14.8.07

Caravaning carreteril

(Click en la imagen para verla mejor)
Ummm.... salgo o no salgo de vacaciones... mmmm.... he ahí el dilema.

12.8.07

Los mensajes de Joaquin

Al principio nos pareció un tanto extraño no escuchar su voz diariamente dando datos recogidos en los periódicos o abriendo el coloquio sobre cualquier tema de actualidad o sobre algún libro que hubiese pasado últimamente por sus manos. Había empezado el período de vacaciones y él se apuntó al primer reemplazo. Hacía cosa de dos meses que había ganado una buena suma de dinero en una apuesta de tantas que hacía cada semana y cuando llegó el mes de julio se marchó con su mujer a algún pueblo de la costa cuyo nombre no quiso decirnos. Nosotros que teníamos que seguir sacando adelante la faena diaria, nos lo tomamos como lo que parecía: unas vacaciones.

Habían pasado dieciocho días de su partida, cuando empezaron a llegar aquellos extraños mensajes a través del monitor -‘No me esperéis, no volveré’- y debajo el nombre de Joaquín. El primer mensaje nos dejó sumidos en el desconcierto y durante ese día esperamos la llegada de otro mensaje donde nos diese más detalles, este no apareció hasta la mañana siguiente y su contenido lejos de aclararnos algo, nos dejó de nuevo desconcertados. El texto rezaba así: -‘Las palabras las escribí yo, no intentéis localizarme’- y nuevamente su nombre. Haciendo caso omiso le hicimos un reenvío pidiéndole que nos explicara el motivo de tanto misterio, pero no contestó.

Ahora que ya estamos a principio de septiembre, todos y cada uno de nosotros nos hemos reincorporado a nuestro puesto, todos menos él. Los mensajes han seguido llegando periódicamente durante estos dos meses, cada uno de ellos ha ido superando al anterior en cuanto a ese contenido delirante que parece la obra de un demente. El teléfono de su casa suena sin que nadie conteste al otro lado del hilo y las indagaciones que se han hecho para localizarlo no han dado ningún resultado. Ha desaparecido. Únicamente sus mensajes nos hacen creer que sigue vivo. Joaquín debe de tener unos cincuenta y cinco años y siempre ha sido un hombre de vida ordenada, muy coherente con sus ideas y felizmente casado con una mujer inteligente con la que no ha tenido hijos. Los dos se han mantenido unidos y han compartido siempre las mismas actividades. Ahora también han desaparecido juntos.

Mi mesa está situada al lado de la suya y cuando desvío la vista del ordenador y encuentro su silla vacía me entrego a profundas reflexiones sobre el contenido de esos mensajes que no dejan de aparecer: -‘No voy a volver’, ‘Lo hago por vosotros’, ‘Estas palabras han de ser escritas’, ‘Me quedaré aquí esperando’, ‘No me busquéis’, ‘La hora no ha llegado aún’, ‘Respetad mis palabras’-.

Es triste perder a un amigo de esta manera, no tienes razón para llorarle ni para esperar su vuelta. Hasta ahora he conseguido que el director deje su mesa intacta pero sé que no durará mucho tiempo. Cada día le retorno una contestación que me hace parecer algo desquiciado a mí también: - ‘No te preocupes amigo, estamos aquí’, ‘Yo leo tus palabras cada día’- y cuando miro su silla vacía pienso: ‘Aguanta firme Joaquín, aguanta hasta que alguien te encuentre’.

9.8.07

8.8.07

EN MEDIO DE LA JUNGLA



- Ciento veintiocho, ciento veintinueve y ciento treinta. Esto no es más que un pequeño claro en este endemoniado bosque, mejor será aprovecharlo para acampar ahora que comienza a oscurecer y estamos demasiado cansados para continuar ¿te ocupas de la cena Sten?

Se pusieron a trabajar deprisa y en poco rato tuvieron montadas las tiendas, el perro iba de un lado a otro olisqueando pero sin alejarse, tenía hambre y rondaba la pequeña fogata en la que reposaba aquella apreciada olla donde Stendall iba echando trozos de carne salada y patatas. Era cansado caminar todo el día con semejante carga pero a la noche se agradecía tomar una comida caliente al calor de la hoguera. Armand y Lerroux estudiaban de nuevo el plano buscando una explicación coherente para aquellas señales que les obligaban a caminar contando los pasos y a cambiar continuamente de dirección hacia caminos insospechados entre aquella maleza, agobiante de por sí a fuerza de buscar señales hechas con montículos de piedras que la mayoría de las veces se hallaban ocultas por la vegetación. El humo de los pitillos encendidos de Willie y Andrei dejó en el ambiente un aroma que produjo en los cinco hombres un halo de nostalgia por la civilización abandonada, llevaban demasiados días inmersos en aquella jungla plagada de mosquitos y poco a poco el silencio había ido imponiéndose al entusiasmo de los primeros momentos.

Armand se concentró de nuevo en aquella carta que tantos dolores de cabeza le estaban ocasionando, no acababa de comprender porqué aquel antepasado suyo había escogido una manera tan tortuosa para desplazarse por aquella selva. Tantos años observando aquellos signos en aquel papel viejo y amarillento no le habían hecho sospechar en ningún momento lo difícil y duro que sería ejecutarlos. Él fue el único de su familia que había hecho caso de aquel documento llegado a sus manos a través de varias generaciones Lecour, su padre se lo entregó junto con algunos viejos libros cuando siendo aún un niño se aficionó a las leyendas de náufragos y piratas. Le costó poco esfuerzo entender que las primeras cifras y las letras N y W le indicaban la longitud y latitud del lugar donde se encontraba aquella isla según el meridiano de San Luís, después vendrían años de lucha y espera hasta conseguir hacer realidad aquella aventura. Ahora Ardman se preguntaba cual sería el riesgo que correrían si se desviaban de aquella ruta trazada en aquel papel viejo y desgastado.

Al amanecer emprendieron de nuevo la marcha, pero esta vez decididos a acortar el camino siguiendo una línea recta trazada desde aquel claro como punto de partida; avanzaron rápidamente durante dos horas sin tropiezos y el ánimo de los cinco hombres comenzó a elevarse. Habían sorteado con alegría doce kilómetros a golpes de machete cuando Andrei tropezó y cayo en un vacío que se abrió bajo sus pies entre un gran cúmulo de tierra y hojas secas, el grito que emitió frenó a sus seguidores que temerosos se arrastraron hasta la boca de aquella trampa, la profundidad de la cual era lo suficientemente honda para que ningún ser que cayera en ella pudiera salir por sus propios medios. Ayudándose con cuerdas Andrei pudo salir de allí pero hubo que inmovilizarle el brazo izquierdo y repartirse buena parte de su carga para poder seguir adelante; sin embargo, Yenk, el perro, comenzó a emitir pequeños aullidos sordos cada pocos minutos como si presintiera alguna desgracia y los hombres comenzaron a moverse nerviosos y con cautela, ninguno de ellos quería volver atrás, todo su empeño era seguir aquella línea que les llevaría en poco tiempo a su destino. Los aullidos dieron paso a unos ladridos alarmantes cuando llegaron a un estrecho no muy distinto de otros por los que habían pasado anteriormente, no podían entender la alerta del animal y fue Lerroux el que descubrió en el suelo los restos de una liana trenzada y carcomida que en algún tiempo lejano habría estado tensada a la altura de los pies, seguramente para accionar algún tipo de mecanismo mortal; el expedicionario echado en el suelo boca abajo se decidió a tirar de aquella cuerda con un gesto rápido y un buen número de flechas burdas volaron a escasos centímetros de su posición a la altura del pecho de un hombre.

Hicieron un alto allí mismo para descansar y serenarse, Armand miraba ahora fijamente aquel plano y una idea comenzó a abrirse paso a través de su cerebro, aquello no era simplemente una ruta para llegar a un lugar determinado, lo imaginaba como si pudiera ver toda la zona desde la quietud del firmamento, aquello era un laberinto con trampas mortales y el camino indicado por su antecesor en aquella aventura era el único por el que podrían avanzar a salvo de una muerte segura. Ahora se les presentaba el dilema de seguir adelante o deshacer lo andado aquel día, intentar alcanzar la ruta buena desde allí era impensable pues se habían alejado muchos más kilómetros que aquellos que les quedaban por delante para empalmar con ella en el punto señalado. No hubo muchas dudas en el pequeño grupo, ninguno quiso retroceder y se pusieron en camino turnándose en el primer puesto llevando el perro al lado y observando con detenimiento el suelo donde iban a poner los pies. Caminaron durante varias horas sin problemas, Armand imaginaba que a su alrededor iban dejando trampas en las que habrían caído solo con desviarse unos metros, de todos modos –pensaba- muchas de ellas podrían haber quedado inservibles si nadie se había ocupado de su mantenimiento como parecía haber pasado con la anterior.

No bien acababa sus reflexiones cuando se vio izado bruscamente en el aire cogido en una especie de red que se le clavaba en el cuerpo a través de la ropa y que seguía subiendo en unos pocos segundos interminables, sus gritos se confundían con el vocerío que le llegaba desde abajo, la red venció por debajo de su tórax y se vio suspendido a bastantes metros del suelo intentando sujetarse con las manos de aquellas cuerdas cortantes. Como pudo se deshizo de la mochila que fue a estrellarse contra el suelo, intentaba trepar no sabía hacia donde, no había ninguna rama a la que agarrarse y no estaba seguro de que aquello aguantase mucho tiempo el peso de su cuerpo. La voz de Lerroux le llegó desde algún punto cercano a él:

- Procura no balancearte, voy a intentar subir más arriba y lanzar una cuerda a la que puedas cogerte, tiene bastantes metros así que el otro cabo llegará al suelo y la sujetaran desde abajo ¡aguanta, Armand!

Lerroux trepó rápido y pasó la cuerda por encima de una rama gruesa como el cuerpo de un caballo, aquel árbol debía ser milenario y sus ramas eran troncos unidos al grueso árbol padre. Armand agarró la cuerda enroscando un pie en ella, Willie y Stendall comenzaron a soltar cuerda poco a poco y pronto llegó al suelo donde se dejó caer exhausto, Lerroux llegaba a los pocos segundos bajando también por la cuerda, después tiró de uno de los cabos hasta recobrar todos aquellos metros de soga. Pronto emprendieron la marcha, aquella fue la última trampa en aquel camino inhóspito, aunque había anochecido ya cuando llegaron al punto de encuentro con la ruta que señalaba el mapa, junto al montículo de piedras que lo confirmaba levantaron el campamento esa noche y durmieron sin reparos y seguros ya de que en los próximos días contarían pasos, darían vueltas y más vueltas pero llegarían seguros a su destino.

Supongo, amigo lector, que te gustaría saber cual fue ese destino y qué es lo que allí encontraron los cinco aventureros, pero esto sería motivo para otro capítulo que habrá de llegar en su momento.