22.9.07

El Ático

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua tenía una vista fantástica sobre la ciudad. Se trataba del ático de un edificio emblemático diseñado por un renombrado arquitecto del modernismo, sus curvas cubrían con un halo de misterio cada rincón de la casa y se proyectaba al exterior zigzagueando por la fachada y recorriendo las pequeñas piedrecillas de colores que la adornaban. No recuerdo en que momento de mi infancia me quedé prendada de aquellas líneas y comencé a soñar con una vida dentro de aquellas paredes, pero eso ya no importaba porque había llegado el día en que mi sueño comenzaría a hacerse realidad.

Eduardo, mi querido y venerado Eduardo, me había pedido que fuese puntual aquella tarde pues quería comenzar a restaurar las paredes y debíamos escoger los colores de los distintos ambientes. Yo estaba tan ilusionada que no había ido a casa a comer y me dediqué a vagabundear por las calles, mirando muebles y complementos en los escaparates mientras hacía tiempo hasta las cuatro y media. Pocos minutos antes ya esperaba pacientemente delante del portal bajo la atenta mirada del portero de la finca, pero pasó un cuarto de la hora prevista y Eduardo todavía no había aparecido así que algo intranquila dirigí mis pasos hacia el interior de la casa. Enseguida la figura del atento guardián se interpuso en mi camino bloqueando la entrada e indagando a cerca de mis intenciones, ante mis respuestas apareció en su rostro una irónica sonrisa:

- A ver señora, permítame explicarle que este edificio no es una comunidad de vecinos, hace aproximadamente dos años que pertenece a una entidad bancaria y lo están restaurando para convertirlo en un lugar de exposiciones.

Me quedé algo aturdida por el efecto de sus palabras pues no podía creer lo que me estaba diciendo, yo conocía esa casa y había estado en ella, había recorrido sus habitaciones con Eduardo, habíamos contemplado la ciudad desde la pequeña terraza de la que colgaba aún el letrero publicitando el alquiler de la vivienda; no podía haber error posible en cuanto que aquel era el edificio tantas veces admirado a lo largo de los años. De nuevo insistí en mis razones:

- Mire, yo he quedado aquí con Eduardo. Tal vez lo haya visto entrar con los enseres de pintura y decoración, se trata del último piso… el ático…

- ¿Eduardo? ¿Quiere usted ver a Eduardo? Bueno, si hubiese empezado por ahí ya la hubiese dejado pasar antes. Pero no está en el ático, búsquelo en el tercero B, seguramente él mismo le abrirá la puerta. Pase por aquí señora, allá a la derecha encontrará el ascensor.

Aún asombrada por aquella conversación tan surrealista, enigmática y desconcertante, me dirigí al ático del edificio, no importaban las palabras de aquel pobre hombre, yo debía seguir mi camino y encontrar a Eduardo. Una vez ante la puerta golpeé varias veces y presioné repetidamente el timbre hasta comprobar que el piso estaba vacío, me sentí incómoda ante aquella situación, pensé un tanto insegura que si el portero lo había visto es que Eduardo debía estar allí. Resignada bajé por las escaleras hasta el tercero B, una figura enfundada en un mono blanco me indicó una habitación. Yo no entendía nada, aquel no era el piso que habíamos alquilado…, dentro de la estancia una luz cegadora entraba por la ventana abierta, él estaba de espaldas a la puerta… pintando:

- ¡Eduardo! Menos mal que te encuentro, todo esto es un lío, el portero me ha dicho que estarías aquí pero, no entiendo porqué si nuestro piso es el de arriba…

Él se volvió y me miró fijamente lleno de asombro, no parecía entender nada de lo que le estaba diciendo. Después se impuso un denso silencio entre nosotros mientras las gotas de pintura resbalaban desde el rodillo que sostenía en la mano. Le indiqué con el dedo índice la mancha que se estaba formando en el suelo cubierto por papel y él dejó el rodillo en la cubeta. Se lavó las manos en un cubo de agua y mientras se secaba, sin dejar de mirarme atentamente, habló por fin:

- Usted parece conocerme, pero yo juraría que no la he visto nunca hasta este momento… no, no sé de qué me habla, será mejor que salga de aquí, puede usted mancharse y sería una lástima.

- ¡Eduardo! ¿Pero qué te pasa? No es posible que me hables así, no me gustan esta clase de bromas, explícame porqué actúas de este modo ¿qué ocurre aquí?

Él me cogió del brazo y me condujo hacia la salida, bajamos en el ascensor y ante mi sorpresa avisó al portero para que me sacase del edificio. No cedieron ante mis súplicas, ni siquiera ante las lágrimas que no pude contener al ver el rechazo de Eduardo, aquello era peor que una pesadilla y turbada como estaba comencé a caminar sin rumbo fijo por la calle. Una y otra vez me preguntaba a mi misma qué cosa tan horrible había hecho yo para merecer aquel desprecio, aquello parecía el fin de nuestra relación y si de algo estaba segura es de que no podría seguir viviendo sin Eduardo -palabras trágicas que parecían nacidas de la obra de un novelista romántico, pero tan ciertas para mi como la sentencia de un juez-. Deambulé sumergida en mil pensamientos sin darme cuenta que se hacía de noche, las calles se quedaron casi vacías y de pronto sentí todo el cansancio y la tensión acumulados en mi cuerpo. Aún no sabía lo que debía hacer. Me senté en un escalón y en aquel momento noté que sonaba el teléfono en mi bolso, aquel número me resultó familiar aunque lejano:

- ¿Oiga? ¿Quién es?

- Elena ¿Dónde estás? ¿Qué te ha pasado? Llevamos todo la tarde llamándote, hija.

- ¿Mamá? tú… Eduardo… Eduardo me ha dejado… hemos estado en el piso… en el ático, no, él estaba en otro… pero hemos discutido ¿sabes?

- Hija ¿otra vez? No puede ser. Sabes que Eduardo murió. Hace dieciséis años, Elena. Tienes que olvidarlo. ¿Dónde estás? Dímelo.

- ¡Mamá! ¿Cómo puedes decir algo así? Eduardo no está muerto, he estado con él esta tarde…

- Elena, cariño, escúchame. Tienes dos hijos y a Andrés… te está buscando ¿sabes? Por favor, dime donde estás.

Andrés…. Algo como un chispazo cruzó mi mente… Andrés… Miré a mi alrededor pero todas las calles me parecían iguales. La voz de mi madre seguía llegando a través del teléfono, podía oírla aunque el aparato ahora se balanceaba en mi mano mientras me dirigía hacia la puerta iluminada de un pequeño bar. En la barra un hombre de unos treinta años miraba la televisión mientras secaba vasos con una bayeta. Me miró con cara de rutina y con voz fatigada me preguntó qué deseaba, yo le contesté:

- ¿Dónde estoy?- Y le tendí el teléfono.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay que ver lo chula que estais poniendo vuestras nuevas casas, aunque tengo que decirte por si no te ha dado cuenta que he vuelto a leer el texto aunque ya lo había hecho en el 'rincón de sherezade' y por defecto del blog se te duplican las palabras. Pero seguro que con un destonillador y un par de ajustes lo arreglas. Por lo demás tu blog es muy acogedor y solo entrar y la foto de inicio insuperable.

Ah¡ soy indya, firmo anonimo porque es la única forma en la que en muchos blog entra mi comentario, asi que ya ni intento identificarme.
Muakkiss.

prometeoencadenado dijo...

Hermoso relato, muy hermoso.
Me ha encantado. Me has dejado de piedra, granitica, por supuesto.
Y adoro a Gaudi. Siempre que voy a Barcelo hace el crecorrido. Pero mi imaginacion se va a Astorga y a Comillas. Comí alli, una lejana vez, en El capricho. La comida un pena y cara, es decir, una pena de cara pero, el sitio, la luz, las formas...
Aun, ahora, lo vivo en mi mente.
Un abrazo.

María Narro dijo...

¡joder!

Durrell es buenísimo!!!

Felisitasiones peaso escritora.

¡smuack!

Malena dijo...

Durrell, corazón mío, este relato es increible. No solo por como lo expresas, sino por ese personaje que es de premio Nóbel.Mantienes siempre la expectación hasta última hora. ¡Corcho! Esto es buenísimo. Un montón de besos.

Patry dijo...

¿Por qué será que esa foto me recuerda a Barna?
A mi también me encantan los áticos.
Besos!

Durrell dijo...

@ Indya, me alegro de que te resulte acogedor el blog, ponte comoda que aquí tienes tu casa :)
Lo que no he pillado es lo de las palabras duplicadas, he releído el texto y lo veo normal. Dime donde está ¿...? me hacen chiribitas los ojos ya y no acabo de verlo.
Besotes.


@ Prometeo, a mi también me encanta Gaudí, en conjunto la época del modernismo fue tremenda por la gran creatividad que se desarrolló, no solo estéticamente (que es de agradecer, haciendo comparaciones con la actualidad) sino técnicamente y Gaudí fue un genio.
Comillas es un pequeño paraiso, la universidad episcopal también es de la época y es muy interesante descubrir las innovaciones de los arcos que hay en ella, El Capricho de Gaudí es sorprendente por las diferencias que hay con los edificios de Barna y en fin... la playa, las casas, me pareció precioso todo Comillas... algún día he de volver a Cantabria.
Un abrazote para ti :)


@ María, muchísimas gracias. Viniendo de ti, es un supercumplido. Aunque siempre me hace mucha gracia como te espresas en estas ocasiones. No cambies nunca :) Besitos.

Durrell dijo...

@ Malena, muchas gracias, me poneis colorá colorá, pero es un buen aliciente para seguir intentandolo cada día. Un gran besote para ti :)


@ Patry, pues yo tengo la suerte (muy buscada) de vivir en uno y se me escapa por las teclas cuando tengo que escoger vivienda en un relato :))) si además el edificio fuese estilo Gaudí sería miel sobre hojuelas, pero no voy a quejarme porque ya estoy a gusto aquí. Y la foto es Barna, claro, aunque he puesto solo un detalle para que el relato pudiese haber ocurrido en cualquier ciudad más conocida por el lector.
Besos para ti también.

Consuelo Labrado dijo...

Felicidades por otro de tus maravillosos relatos, un besote

Durrell dijo...

Gracias Consuelo. Hoy te mando un besazo y un abrazote gorilero estilo King-Kong.

Fede dijo...

Querida amiga,
Me han concedido el Premio Blog Solidario y como considero que tienes más méritos que yo para tenerlo te lo ofrezco con gran placer.

Durrell dijo...

Gracias Fede, lo pondré al lado del que me concedió María. Aunque no esté de acuerdo contigo en eso de los méritos, que tú vales un imperio :) Otra vez gracias.