1.10.07

La dama del lago

No sabría expresar con exactitud fidedigna cuando comenzaron a cambiar mis sentimientos, tantas veces encontrados al unísono en mi mente hasta que mi cabeza pareció estallar como cientos de barriles cargados de pólvora en la bodega de un barco. Aún recuerdo el día en que la conocí, y debería haber imaginado en aquel entonces que aquellas extrañas circunstancias solo podían ser la consecuencia de las excentricidades de una mujer a la que pocos podrían calificar como una dama. Corría el año 18.. y una noche de un invierno de lo más riguroso salí de casa de mi amigo Walter con unas cuantas copas de más que me habían aligerado un tanto el espíritu y enturbiado otro tanto las ideas, de forma que mandé a mi cochero que se retirase y decidí marchar andando de vuelta a casa con objeto de aplacar la nebulosa que envolvía mi mente. Caminaba a través de Hidepark cuando en la orilla del lago distinguí una silueta estática en el interior de una barca, era extraordinario que alguien se aventurase a parar allí con aquella glacial humedad y sin pensarlo dos veces me dirigí hacia aquella figura dispuesto a saciar mi curiosidad.

Entre los jirones que la luz de la luna robaba a la oscuridad distinguí el rostro de una bellísima mujer, sus largos cabellos de color castaño caían en cascada sobre la capa con la que se cubría, había lágrimas en aquellos ojos cuando se giraron hacia mí expectantes y asustados. Súbitamente se disiparon todos los vapores del alcohol ingerido y alargué el brazo con la mano extendida en un movimiento que quiso indicar apoyo y protección, ella aún temblorosa posó su mano en la mía y juntos reanudamos aquel paseo nocturno por un lugar que no era precisamente seguro para ninguna mujer sensata. Comenzó a hablar y su voz me pareció como una melodía acariciadora que ningún instrumento podría jamás igualar, era una historia triste la que brotó de sus labios y cuando llegó a su fin yo me sentía ya embriagado con el perfume que emanaba de aquella mujer. Era como una mezcla de tomillo, orégano y albahaca lo que inundaba el ambiente, algo tan raro que jamás percibí en los salones donde se congregaba la buena sociedad de Londres; tampoco lo encontré en aquellas casas mucho más ordinarias pero más divertidas que solíamos frecuentar Walter y yo en ciertas noches en que nos sentíamos aburridos de las buenas formas y corrección que nuestra clase nos imponía.

No puedo explicar ahora como fue el llevarla a mi casa, cosa totalmente improcedente para un hombre soltero y sin familia, aunque aminorada al ordenar al mayordomo –a medio vestir- que despertase a una doncella que acomodase a Sondra en la habitación para invitados. Me dirigí al salón en el que aún crepitaba alguna brasa encendida en la chimenea y yo mismo añadí leña y carbón para avivar el fuego y caldear la habitación, estuve como una hora sentado en un sillón inmerso en pensamientos que hacían mil cábalas de aquella situación. Un susurro de pasos me sacaron de ellos a tiempo de ver como la figura femenina envuelta en rica seda y tules transparentes se inclinaba sobre mi hechizándome de nuevo con sus ojos y su aroma a hierbas, aquellas ricas vestiduras parecían venidas de oriente y lejos de contrarrestar con la blanca piel aterciopelada de su dueña, la cubría ornamentando si cabe más aún aquella extraña belleza. Solo diré que uno a uno fueron cayendo aquellos tules y aquellas sedas en aquella noche cuyo recuerdo guardaré siempre en lo más recóndito de mi alma. Fue el principio de un torbellino que no acabó ni tan siquiera después del enlace con el que convertía a Sondra en mi esposa, todo mi alrededor dejó de existir. Ni Walter ni otras íntimas amistades consiguieron hacerme volver al mundo en el que había vivido hasta entonces, las pocas veces que me decidía a salir a la calle por alguna gestión necesaria procuraba agilizar aquellas labores para volver cuanto antes a respirar aquel perfume que me tenía embriagado.


Pronto mis horarios se resintieron, dormía hasta avanzadas horas de la mañana, vivía durante las de la tarde y me mostraba impaciente para que llegase la noche y los criados se retiraran a sus aposentos, aquello era como ser un huésped en mi propia casa pero aquellos juegos amatorios a los que me sometía Sondra así lo requerían. Inexplicablemente ella seguía apareciendo cada noche con distintas vestiduras a cual más exótica y rica y me ofrecía licores aromatizados con finas hierbas que ella misma preparaba; yo a cambio cada día estaba más entregado y enamorado de aquella bella mujer.

No sé cuando comenzó el engaño pues cuando fui consciente de él me di cuenta de que los subterfugios empleados habían comenzado hacía bastante tiempo. Aquella noche ella había subido antes que yo a nuestro dormitorio, yo bebía despacio el dulce licor servido como cada noche y torpemente cayó la copa de mi mano derramando el líquido ámbar sobre la alfombra, no le di apenas importancia y subí detrás de ella sin hacerle comentario alguno, como todas las noches caí dormido entrada la madrugada pero aquel fue un sueño alterado y lleno de pesadillas que me hizo despertar a las pocas horas. Lo primero que hice fue alargar la mano buscando aquel cuerpo voluptuoso entre las sábanas y el vacío frío de la ausencia me hizo incorporarme y encender el mechero de gas; en la habitación, ahora iluminada, no había nadie más. Bajé sin hacer ruido hasta el salón, el comedor, la cocina… todo estaba desierto, la habitación de invitados también estaba vacía; bajé de nuevo a comprobar los pasadores de las puertas y ventanas, todo estaba correcto menos los ventanales del salón que daban al jardín.

Sentado en lo alto de la escalera la sentí llegar como una intrusa, ella no me vio y cuando llegó al final de la escalera yo respiraba pausadamente en el lecho con los ojos cerrados. Me maravillé de no haberme despertado en días anteriores con el ruido que produjeron las puertas del viejo y pesado armario de roble en el vestidor y me dije a mi mismo que aquella bebida que Sondra me ofrecía diariamente debía de ser un buen narcótico. Al día siguiente me conduje como si nada hubiera pasado y al llegar la noche me las arreglé para no tomar el brebaje, pero no pasó nada, tuve que esperar tres noches más para poder seguir aquella figura escurridiza a cierta distancia. Muy cerca de Hidepark, en un barrio del que yo conocía lo suficiente para poder afirmar que estaba lleno de prostitutas y chulos de la peor calaña, Sondra se perdió en las entrañas de una casa de fachada sucia y medio caída, yo me escondí en las sombras de la calle con el ala del sombrero inclinado hacia delante intentando hacer ver que era un borracho que se apoyaba en la pared para no caer. Casi una hora después apareció de nuevo aquella pérfida abrazada a uno de aquellos chulos, perdida ya toda compostura, reía a carcajadas las ordinarias gracias de aquel tipo sucio que la mantenía enlazada por la cintura. No esperé más, no necesitaba nada más para comprender lo que aquella desalmada mujer estaba haciendo conmigo.

Nunca antes había reflexionado sobre las circunstancias que pueden llevar a convertir un buen hombre en un asesino, tampoco había comprendido jamás que se antepusiera la locura de un arrebato sobre los principios recibidos e inculcados desde la cuna, cuando la noticia de un crimen pasional había saltado a las páginas de los diarios. He de decir en mi descargo que nunca antes había conocido la verdadera pasión hasta que Sondra irrumpió en mi vida e hizo que el fundamento de mi existencia girara alrededor de su órbita. La maté, sí. La maté tan sutilmente como ella me había embrujado, la maté con el mismo narcótico con el que ella había envilecido nuestras noches de amor apasionado. Ocurrió una semana después de aquella escapada, yo había registrado y encontrado entre sus ropas unas pequeñas botellitas de las que, supuestamente, ella escanciaba algunas gotas en mi copa cada noche después de preparar en la cocina la mezcla con hierbas aromáticas. Aquella noche hice ver que me encontraba indispuesto después de la cena y pedí al mayordomo que no se acostase por si tenía que llamar a un médico; sentados en el salón Sondra me miraba con cara compungida mientras yo seguía con mi comedia. Y le pedí que trajese su licor, el licor que cada noche tomábamos entre nuestros juegos amorosos. Estábamos solos, nadie podía oír mis palabras y después de considerar por un momento lo aceptable de mi petición, aquella mujer bella e implacable salió a cumplir su cometido en la cocina, ante los ojos del criado que hacía guardia esperando mis órdenes.

Fue como engañar a un niño puesto que ella no esperaba ninguna mala intención de mi persona, tal vez esperaba que esa noche me durmiese antes de lo previsto o tal vez no esperaba nada pero el caso fue que pude verter todo el contenido de una de aquellas botellitas en su copa sin ni siquiera levantar sospechas. Sonreía mientras la veía llevarse la copa a los labios, sonreía cuando se llevó la mano al pecho haciendo un esfuerzo tremendo por llenarlo de aire, sonreía cuando clavó sus ojos en mí y los abrió desmesurados por la sorpresa y el horror de reconocer en mi cara el sentimiento de la venganza. Pero dejé de sonreír cuando llamé al mayordomo con voz débil después de colocar la pequeña botellita en el bolsillo del vestido de mi esposa, y después cuando me quedé solo de nuevo, no me importó deleitarme saboreando aquel licor afrodisíaco que sabía de cierto me produciría un sueño reparador en las próximas horas. Lo iba a necesitar pues cuando despertase los inspectores de policía ya habrían sacado conclusiones con las pruebas preparadas por mi y entonces llegaría el momento, ese momento en el que ahora me hallo roto de dolor por todo lo que he perdido. Tal vez alguien pensará que en verdad nunca lo tuve, pero hoy recuerdo aquella felicidad plena mientras me mecía en la ignorancia y lejos de maldecir el recuerdo de aquella bellísima mujer, maldigo la noche en que desperté y encontré la cama vacía, lo daría todo por haberme quedado dormido para siempre.

9 comentarios:

Malena dijo...

Me he quedado después de leerlo ensimismada. Tengo todavía en mi mente la imagen de Sondra tal como la veía el protagonista después del bebedizo. Has mezclado "realidad" y fantasía de una manera genial. Chapeau, Durrell.Besos.

Consuelo Labrado dijo...

Magnífico relato Durrell, estás que te sales, totalmente de acuerdo con Malena, todavía me estoy recreando en tu escrito. Besos, artistaza

Durrell dijo...

Muchísimas gracias a vosotras. A veces yo misma me sorprendo cuando me sale un relato tan largo así de sopetón y con prisas. A veces el subconsciente nos domina :))

Y me ha venido fantastico encontrar, además, este óleo de 'La dama de Shalott' de John William Waterhouse. Tal vez no cumple con el ambiente oscuro e invernal en el paisaje y en el vestido pero aún así dice mucho de lo que yo quería reflejar.

Besos para las dos.

María Narro dijo...

y es que a la larga no suele compensar abrir los ojos.

Un besazo escritora.

pd. yo lo habr�a acortado un poco.

Anónimo dijo...

Gran relato y bellamente narrado, donde la realidad y la fantasia se confunden y sus limites se diluyen, no hay lineas de coete o discontinuidades. Esas lineas dle personaje masculino despertandose y encontrandose solo en la cama, perfecto...
Una vieja historias de venganzas y amores.
Un abrazo.

Durrell dijo...

mmmm comienzo a entender porqué Agatha Christie huía de las entrevistas y conferencias sobre sus novelas. Si tuviese que contestar a las preguntas de como planifiqué este relato, me quedaría con cara de tonta mirando al interlocutor ¿y qué le dices? ¿como vas a explicar que tus dedos escribían a la vez que imaginabas la escena sin planificar y que salió esto como podría haber salido otra cosa? Corregí cuatro comas y cuatro palabras repetidas y 'alehop' ya está.

Y encima, me pasará que estaré una semana haciendo esquemas, buscando mejores expresiones, calculando la cantidad de palabras y el resultado será una patata. ¡Porca vida! :)))

Besos para los dos, María y Prometeo ;)

Fede dijo...

Durrell,
Tu relato es magnífico y bien ambientado. Te felicito. La imaginación, la creatividad, el don de la palabra son magníficos instrumentos de de expresión en tus manos.

Malena dijo...

Que ya estoy mejor, Durrell. Gracias por tus abrazos.Besos.

Durrell dijo...

Gracias Fede, valoro mucho tu opinión que viene de un maestro de la palabra.

Un abrazo.

Malena, me alegro muchísimo, te contesto en tu blog.

Besitos.