23.11.07

Continuará...

Desde hace algunos días no dispongo apenas de tiempo para escribir aquí o visitar blogs amigos. Lo cierto es que aún tengo para un tiempo de estar así y voy bastante cansada -como el de la foto, vamos-. Yo creo que me tocaría invernar ya si fuese oso, pero como nadie me va a hacer caso y aún faltan días para las vacaciones, he decidido colgar el letrero de 'Continuará...' para avisaros del paréntesis de inactividad que abriré por unos días. No es una despedida, en cuanto ponga un poco de orden a mi alrededor y dormite lo suficiente en mi cueva, prometo volver a dar la lata, desde esta casa, con mis cuentos inventados.

Os dejo un montón de abrazos para tod@s, sin nombres porque no quiero olvidarme de nadie. Esta vez los abrazos son... de oso. Hasta pronto.

18.11.07

www.Durrell

Se trata de una webb que he creado con algunos de mis relatos. Os invito a entrar y a daros un paseo por sus distintas páginas. Tal vez encontreis contenidos ya conocidos, o tal vez no ....

La dirección es: http://www.palimpalem.com/1/DURRELL/


Perro Viejo

Perro viejo dicen que soy los que trabajaron a mi lado tantos años y aunque peque de inmodestia he de confesar que tienen toda la razón los que así hablan. El que no se convierte en un perro viejo en esta profesión no tiene nada que hacer en ella, ningún indicio, ninguna huella vale nada si no intuyes, si no doblegas las debilidades humanas. Yo he sacado la inmundicia que había en el interior de hombres intachables y he jugado con la bondad y los sentimientos de asesinos atroces; las más de las veces he tenido que tapar la verdad sobre los primeros en aras de un mal entendido bien comunitario y he dejado que los segundos en muchas ocasiones cargasen además con culpas ajenas sin poder evitarlo.

Mi retrato ya cuelga en un lugar de honor junto a los de otras viejas leyendas, algunos de los cuales todavía vegetan en este mundo rumiando sus cuitas como seguramente haré yo dentro de poco. He sido un tipo duro e implacable y lo seré mientras ostente este cargo y el poder que me da, el poder es ya lo único que me queda. Esos policías que recién entran en el cuerpo son como monaguillos inocentes que creen que pecan porque dan rienda a sus instintos juveniles y se saltan las normas para deslumbrar a cuatro tangas por encima de unos pantalones ajustados; pronto se les acabará la tranquilidad en sus conciencias y sacaran la bestia real que llevan dentro, eso o quedarse para los restos vigilando el tráfico en las calles, aquí no hay sitio para los débiles o los peliculeros incautos, los poetas que se queden en casa.

Este es mi último año, todo se acaba en algún momento, los humanos no somos imprescindibles e insustituibles y vamos a dejar a un lado toda esa basura del deber cumplido y demás chorradas para los oradores profesionales, esto es un trabajo como otro cualquiera que te obliga a madrugar y trasnochar para ganarte las alubias, lo demás son batallitas para recordar con nostalgia los malos momentos que ahora decimos que fueron buenos ¿O es que alguien cree que es agradable tratar todo el día con gentuza y delitos graves y aguantar además las suspicacias de jueces y familiares de víctimas y acusados? Y lo peor de los últimos tiempos… tratar con politicastros de tres al cuarto que se creen que pueden venir a decirte cómo tienes que llevar el departamento, que si déjese ayudar por la última tecnología, que si las pruebas de laboratorio son muy importantes, que si ha de colaborar con la policía científica… Eso para los abogados y que Dios los confunda, a mi me basta con mirar a la cara a un asesino para saber que ha matado y con un interrogatorio bien llevado en el que acabe confesando también el porqué lo ha hecho.

Las satisfacciones de la profesión yo no las conozco, una leyenda no se crea dando de comer migas de pan y la mano dura con la que tienes que ejercer el poder de este cargo no engendra simpatías ni grandes amistades. No me conduelo de ello, las cosas son como son y hay que apechugar con lo que a uno le ha tocado en el sorteo, hay quien obtiene peores resultados en esta vida sin buscárselos siquiera. En realidad tengo ganas de irme y desligarme por fin de todo este enredo; antes de acabar en un asilo contando batallitas que nadie quiere escuchar, quiero empezar a perder mi tiempo sin obligaciones de ningún tipo, sin horarios, sin tener que afeitarme cada día o tener que comer a una hora determinada, sin tener que dar explicaciones de mis actos o de la falta de ellos, y como no he tenido apenas momentos para cultivar la originalidad, tal vez en mi próximo destino se me encuentre pescando sobre alguna vieja barca en algún río perdido entre montañas, tal vez como hicieron otros tantos policías de leyenda anteriores a mi…

Llanto por lo que perdí

Hay generaciones de personas que vienen a este mundo únicamente a pasar calamidades. A veces cuando oigo comentarios a este respecto, se me agolpan en la mente visiones de aquella pesadilla en la que me vi envuelta con apenas ocho años. Pero esto es adelantarme al principio de mis recuerdos y exponerlos desordenadamente, será mejor que le dé un comienzo a mi pequeña historia.

Vivíamos en una pequeña casa, heredada de mis difuntos abuelos, mis padres, mi hermano de cuatro años y yo que no sabía estarme quieta apenas cinco minutos entre aquellas paredes. Era muy activa y el tiempo que no estaba en la escuela solía pasarlo jugando en la calle con otros críos de parecida edad. Mis padres creo que eran una pareja bastante bien avenida y mi infancia puede decirse que fue especialmente feliz. Pero todo se rompe de una manera o de otra y aquella felicidad comenzó a resquebrajarse aquella mañana mientras caminaba por las calles camino del colegio, aún resuena en mis oídos la sirena de aquella fábrica que nos invadió con un agónico grito que no tenía fin, recuerdo el estupor de la gente que había a mi alrededor, las caras de mis compañeras que no entendían, como yo, lo que estaba pasando en la ciudad, aquellos hombres que corrían en todas direcciones y el galope tumultuoso que se aproximaba con cien ecos repetidos como en una pesadilla.

Nos arrinconamos como pudimos en las paredes antes de que pasaran aquellos animales obcecados por sus jinetes, después retrocedimos sobre nuestros pasos buscando la protección de nuestras casas. Mamá me esperaba en la esquina de la calle, me abrazó y creo que me llevó casi en volandas mientras continuaba el griterío a nuestro alrededor; así comenzó una larga espera encerrados los tres en nuestra pequeña casa apenas sin movernos y sin hacer ruido. No supe entonces a qué le teníamos miedo, pero todo sentimiento por la ausencia de mi padre lo acallé en mi garganta al ver la tristeza reflejada en el rostro de mi madre; mi hermano, pobre criatura, no acertaba a comprender aquella silenciosa tiniebla que inundaba nuestro pequeño mundo y cada vez que resonaban aquellos cascos de caballos golpeando en la calle se agarraba de mi brazo frenéticamente y dejaba correr algunas lágrimas de espanto.

Estaba oscureciendo ya cuando mi madre se echó un abrigo por los hombros y me instó a que no abriese la puerta a nadie hasta que ella volviese, nosotros nos quedamos los dos templando el miedo que sentíamos bajo el calor de las mantas de mi cama, había sido un día horrible y el cansancio enseguida hizo que mi hermano se quedase dormido. A mi, tanta quietud me tenía descorazonada y comencé una sistemática ronda por todas las ventanas de la casa, apenas podía ver nada en la oscuridad y contrariamente a las anteriores horas ya no se oían ruidos en la calle, ni tan siquiera los maullidos de algún gato callejero. Creo que me había quedado dormida de bruces sobre la mesa cuando me despertó el ruido de la puerta al abrirse, mi madre entró cubierta de barro y de sangre, tenía una herida bastante profunda en la cabeza y apenas podía caminar. Antes de perder el conocimiento acertó a decirme que muchos hombres habían muerto y que no había encontrado a mi padre.

Algunas vecinas nos socorrieron y en los días sucesivos esperamos a que mi madre saliese de aquel trance, pero no fue así, aunque abrió los ojos en varias ocasiones los cerró definitivamente a los dos días de aquella noche fatídica. La habían golpeado con saña y nada se pudo hacer por ella, mi padre continuó desaparecido, seguramente su cuerpo quedó entre aquellos tantos que metieron en las fosas comunes donde fueron a parar los que no tuvieron la oportunidad de ser reclamados. Fue una etapa trágica para la historia y una vida trágica para los que sufrimos la pérdida de nuestros familiares más inmediatos. Mi hermano y yo fuimos separados a pesar de nuestros lloros y súplicas, los orfelinatos no tenían en cuenta los lazos de sangre y mi vida continuó rodeada de otras niñas con las mismas carencias que las mías. No voy a dar detalles de lo que fue mi existencia en aquel hospicio pues hay demasiados testimonios ya de las penalidades por las que pasamos los que tuvimos la desgracia de crecer en ellos. Cuando salí de allí dediqué todos mis esfuerzos a sobrevivir y a buscar a mi hermano, no lo encontré y después de tantos años no confío siquiera en que el niño lograse llegar a adulto pues era muy pequeño y muchos niños morían enfermos por las malas condiciones en las que vivían en aquellos viejos e insalubres edificios.

Fueron años muy difíciles, detrás de las guerras siempre vienen años de hambre y de miserias, de trabajar mucho para obtener muy poco; bien es verdad que la gente tiende a ser más solidaria en esas circunstancias, pero también se vuelve más dura en sus sentimientos y se cierran a la posibilidad de expresarlos. Cuántos somos…, cuántos somos los que hemos tenido que esperar a la vejez para empezar a llorar por nuestras heridas… para empezar a llorar por nuestros desaparecidos y por nuestros muertos…

Deseo

Micro-relatos de: Amor, historia, cómico, muerte, sobrenatural, lírico y filosófico

Me miraba, sí. Como yo a él, acariciando sus ojos. Él seguía hablando, exponiendo el tema… me atraía tanto que me hacía daño la presencia de los demás. Me miró de nuevo y yo, me enganché en aquellas pupilas y le sonreí con deseo, mojé mis labios y él enmudeció.
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Sufrieron tanto en aquel guetto que a la llegada de los aliados no se movieron, las penurias pasadas habían minado sus deseos de libertad, sus deseos de vivir. Hoy se han vuelto a reunir y casi no tienen nada que decirse, tal vez no quieran hacerlo.
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¡Dios! Casi salió volando enganchada de aquella correa y gritó: - paraaaaaaa-. Una mirada hacia atrás y la visión de todos aquellos perros babosos la hizo cambiar de opinión y gritar: -correeeeeee-.
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Miró hacia abajo, aquel abismo sería su último testigo. Por un momento dudó, pero solo fue un segundo incierto, su deseo de abrazar la muerte se impuso, dio dos pasos y se fundió con el vacío.
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Como tantas noches esperaba la llegada de aquella luz, deseaba descubrir el misterio de su origen y entonces sucedió, ella lo iluminó y su cuerpo se descompuso en un líquido fluido. Sólo quedó un charco en la oscuridad.
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¿Quién bordó esa flor en tu boca como un fruto anhelado? ¿Quién esculpió tu cuerpo niña, mujer, diosa, verso perfecto y deseado?
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Nací pero me hice yo, me empujó el deseo de buscar más allá de lo que veían mis ojos, de saber más de lo que decían las palabras y encontré el fundamento de mi existencia que no la razón de mi existir.
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Perdida en mi Soledad

La tarde comienza a caer lentamente y apenas puedo distinguir las letras impresas en las páginas del libro, pero me gusta quedarme así sentada, esperando la oscuridad, sin moverme. Al otro lado de la cristalera las flores han cerrado sus pétalos, no hay insectos ya que vuelen a su alrededor perturbándolas, tampoco se escuchan las voces de los niños jugando, ni hay perros que ladren a las gentes que pasan cerca de las rejas que ellos guardan. Me imagino la vida en otras casas, madres que se afanan en bañar a sus pequeños mientras en la cocina bulle alguna olla, todo allí serán luces, risas y juegos, como antes lo fue aquí. Si cierro los ojos puedo revivir las imágenes de aquellos días tan nítidamente que superan en colores y en brillos a la realidad palpable que me envuelve.

¿Para qué pensar siquiera en ello? Nada queda ya de aquel pasado y recordarlo solo me produce amargura por lo que perdí. Debería levantar mi viejo cuerpo de este sillón desgastado y preparar algo en la cocina, la rutina es lo que me mantiene viva, aunque a veces desearía no continuar así, sin alicientes… quedarme aquí sentada, tranquila y esperar la llegada de ese abrazo que me envuelva en una dulce muerte. Que mal trabajo hace ese obrero de la guadaña que no presta oídos a las súplicas de los fatigados de la vida, y en cambio, arrastra tras de sí a los que beben sus placeres con el orgullo de la juventud. Algo hemos hecho mal con este mundo, algo debió torcerse cuando planeábamos un futuro mejor. Me cuesta trabajo recordar todas aquellas ilusiones compartidas por las que luchábamos, en las que creíamos y nos hacían soñar con llegar a tocar algún día el cielo de la verdad. Todo el afán, toda la emoción sentida en aquellos años era una dulce locura envuelta en papel de celofán; me pregunto cuanto tiempo debieron tardar los otros en darse cuenta que detrás no había nada, en qué momento de sus vidas abrieron sus almas para reconocer que lo realmente importante era la ilusión con la que vivíamos. La ilusión nos hace caminar a través de vendavales y superar las murallas que se levantan a nuestro paso; es el motor que nos acompaña y el que nos hace vivir. Es también lo que yo he perdido en medio de esta soledad que me atormenta cada día cuando me despierto y me obligo a mover los miembros de mi cuerpo una vez más.

Tal vez tenga razón ese joven médico que me visita periódicamente cuando me aconseja que tome esas pastillas para la depresión. Asegura que me ayudarían a salir de mi encierro y a recuperar las ganas de vivir, sin embargo mi conciencia se rebela ante lo absurdo de ese tratamiento, no hay tiempo para conversar, para hacer comprender que no es un encierro voluntario que me haya impuesto libremente. La soledad es el abandono en el que me hallo de todos aquellos que un día amé y que ya no han de volver; para qué rodearme de figuras ajenas a mis sentimientos a los que únicamente puedo transmitirles mis tristezas o intercambiarlas con las suyas propias. Me engañaría a mi misma si saliese a ocupar mi tiempo con mil cosas hechas maquinalmente y sin ilusión, llenando mis oídos, que no mi cerebro, con conversaciones absurdas y sin fundamento que no alejarían la soledad que llevo agarrada con clavos de tristeza en el interior de mi alma.

Ya se ha hecho completamente de noche, no debería haberme quedado aquí sentada en la oscuridad, los pensamientos más obtusos son traidores en estas horas. Creo que no voy a cenar… no tengo ganas ya…

Por un Tintero

El fondo del escenario es una reproducción de un mesón del siglo XVII, hay largas mesas de madera envejecida con bancos a los lados. En primer término a la izquierda aparecen dos personajes: el primero es maese Pedro, un hombre gordo y un poco calvo que lleva un gran mandil blanco y permanece de pie con unas vendas en la mano, el segundo es don Blas, se haya sentado en uno de los bancos y va vestido a usanza de aquella época con medias y calzón corto rayado, espada al cinto, sombrero negro de ala ancha y amplia capa oscura colgando de sus hombros. Este último parece que ha tenido un altercado pues su ropa está llena de polvo, el sombrero se haya sobre la mesa un tanto aplastado y de la cabeza le cae un chorrillo de sangre.

Acto Primero

Segunda escena.

MAESE PEDRO: - ¡Ay, mi señor don Blas! ¿Cómo se os ocurrió a vuesa merced luchar con don Martín? ¿Acaso no sabéis que tiene fama de gran espadachín? Fijaos en vuestro descalabro… ¡aún tenéis suerte de poder contarlo!

DON BLAS: - ¡Voto a bríos! ¿A qué vienen tantos desvaríos? Ni su fama es para tanto, ni yo con la espada soy manco. Una mala jugada me hizo esta vaina del demonio, atascó la maldita espada y no hubo manera de sacarla. Ponedme las vendas pues, maese agorero, que una vez curado he de buscar a ese don Martín y hacerle comer su sombrero. ¡Gran espadachín! ¡Ja!

MAESE PEDRO: - Paréceme mi señor don Blas que idea no tenéis de con quien os las veis. Tres mozos enterró don Martín el año pasado, los tres fueron, como vos, incautos y osados. No queráis para vos semejante destino, dejad pues de buscar tamaño desatino.

DON BLAS: - ¡Voto al diablo, posadero! ¡Dejad de meterme miedo! Que tengo yo redaños para luchar contra ese don Martín y con otros tantos malandrines de mal paño. ¡Y viviendo muchos años! ¡No seáis cicatero!

MAESE PEDRO: - No lo seré si vos no queréis. Aquí tenéis, la cabeza ya vendada y vuestro brazo izquierdo en cabestro, suerte tenéis aún si sois diestro… Ahora os serviré un caldo que ha hecho mi hija, es capaz de revivir hasta a los muertos…

DON BLAS: - Idos a por ello, maese burlón y traedlo presto, que no deseo oír por más tiempo vuestro discurso tan funesto.

(Sale maese Pedro y entra un caballero cubierto el rostro con la capa y el sombrero)

DON BLAS: - ¿Quién vive? ¿Quién ha? ¿Por qué os cubrís el rostro? ¿Quién os persigue?

DESCONOCIDO: - Permitidme que no desvele mi faz, nadie me persigue, más el afán de ser discreto, me lo exige. En cambio vos que vais descubierto, no tendréis a mal, doy por hecho, darme vuestro santo y vuestra seña…

DON BLAS: - No lo tengo a mal, si vuestra duda os empeña. Don Blas de Pesada y Saborío me nombraron en la pila bautismal.

DESCONOCIDO: - Buen nombre ¡Vive Dios! (ríe aparte) ¿y podéis decirme que atropello habéis sufrido que se os ve sin resuello y tan salido?

DON BLAS: - Atropello fue, buen hombre, pues un rufián, Martín, de mal nombre, aprovechó un descuido para atacarme a traición. No quiso Dios que el bellaco marchase sin una lección y tras una lucha encarnizada lo dejé muy mal herido, si criando malvas no anda ya, al menos habrá quedado bien servido.

DESCONOCIDO: - ¿Y cual fue el motivo para tamaña disputa? Tal vez las faldas de alguna dama lisonjera…

DON BLAS: - ¡Ojalá que así fuera! ¡Vive Dios! Un maldito tintero que cogí para escribir y en viendo lo que hacía, el mal mentado caballero, me lo robó llamándome a la vez pájaro de mal agüero.

DESCONOCIDO: - ¡Mal bribón! ¿pues qué escribíais para que tanto llamara su atención?

DON BLAS: - Cosas de política, ya sabéis. En contra de la chusma y a favor del rey…Díjome que ese tintero era muy especial… ¡Bah! ¡Tonterías! Debía creer en brujerías…

DESCONOCIDO: - ¿En brujerías, decís? No a fe mía, que el caballero don Martín es harto conocido, y es famoso por su buen sentido. No penséis que cría malvas, está sano y con toda su barba.

DON BLAS: - ¡Voto al diablo! Sois su amigo quizás…

DESCONOCIDO: - ¡No mentéis a Satanás! O que él os lleve. Soy don Martín por buen nombre y os salva de luchar ese brazo en cabestro, más no creáis que os salvará de un buen escarmiento.

Destapado ya el caballero, se acerca a coger un cayado que hay arrimado contra la pared, y viéndolo hacer don Blas, se apresura éste a coger carrera para que no lo muela a palos. Solo se queda el mesón y el mesonero que aparece con un tazón de caldo y se encuentra el lugar vacío. La luz se va apagando lentamente solo se distingue ya, la silueta de un tintero dorado…

Fin del primer acto.

Corazón Salado

Cuentan que mientras mamaba respiraba la sal de la brisa marina, que sus primeros pasos fueron sobre una red de pescar de tantas que su madre cosía y que aprendió a caminar detrás de las gaviotas confiadas que se acercaban a comer los restos del pescado descargado por la mañana en el muelle. La piel clara le duró muy poco, enseguida se le cubrió de color con los abrumadores rayos del sol, y sus manitas y su cara se hicieron fuertes ante las inclemencias del tiempo que trajeron sus primeros inviernos. Su padre que era pescador y sabía lo duro que era vivir de ese trabajo, soñó y planeó para él otra vida diferente lejos del mar, no supo comprender que todo lo que el niño había vivido hasta entonces sería como un veneno que inundaría su cuerpo y su espíritu para siempre.

Manuel fue un niño inteligente y aprendió rápido en la escuela de aquel pueblecito de pescadores, aunque las hojas de sus libros siempre olían a brisa de mar. Él estudiaba sentado entre las inmensas redes, levantando a veces la vista hacia el azul lejano allí donde una línea une y separa las distintas tonalidades del mismo color. Su madre miraba su cara y lo veía soñar despierto, y sabía que su hijo tenía el corazón lleno de sal, no será fácil –pensaba ella- alejar a este chiquillo del mar…A los diez años Manuel partió tierra a dentro, para seguir sus estudios en un internado de la gran ciudad; el tiempo y las paredes del colegio borraron el tinte moreno en la piel del niño, los libros se impusieron a sus sueños azules y en sus juegos al aire libre dejaron de oírse las voces conocidas de las gaviotas. A pesar de todo, Manuel tuvo siempre muy claro lo que quería hacer con su vida y en su fuero interno llevó guardado por años el compromiso de que algún día el mar sería su dueño y señor. Sin dejar de estudiar, siguió soñando con grandes veleros surcando los mares, él se veía allí sobre el oleaje, en la proa del barco sintiéndose libre bajo el sol y recibiendo en su pecho y en su cara la fuerza del viento impregnado de sal.

No fueron vanos aquellos sueños, pues ayudaron al niño a pasar durante aquellos años los largos meses escolares lejos de casa, en verano se resarcía saliendo a pescar con su padre de madrugada y llenándose los ojos con la vida del puerto después, pocas veces se perdía la venta del pescado -en las lonjas se le podía encontrar mirando absorto el regateo de las subastas- y al acabar, se acercaba al lugar donde trabajaba su madre que seguía adobando las redes de pesca…Así, entre la ciudad y el mar, pasaron los años de su adolescencia y aún corrieron unos cuantos años más de estudio para Manuel hasta que llegó, por fin, aquel día en que volvió a casa.

En realidad volvió para despedirse antes de partir en barco rumbo hacia un destino lejano, ya solamente sería pescador en ratos de ocio, acompañando a su padre por puro placer, y en ratos de ocio pasearía entre las redes llevando del brazo a su madre. Manuel aquel día ya no llevaba libros de estudio debajo del brazo y su piel, de nuevo morena, contrastaba bajo el deslumbrante traje blanco con el que iba vestido, en sus manos, inquietas de pura alegría, giraba y giraba una gorra de capitán. Y es que aquel niño creció con el corazón salado y hubiese sido imposible que luchase por hacer cualquier otra cosa que no fuese, cumplir su sueño de hacerse vasallo del mar.

Manos al Viento

Dicen que a pesar de todas mis caídas tengo una naturaleza muy fuerte, también dicen que mi fuerza está en saber levantarme y resurgir como el ave fénix resurge de sus cenizas. Yo no sé si tienen razón de pensar así, sé que me mueve la rabia que llevo dentro, la rabia de tantas injusticias vividas. A veces me pregunto cómo la mayoría de la gente puede creer todavía en la justicia de este mundo, como también me cuestiono la creencia que tienen en la justicia divina. Hace tiempo que perdí toda esperanza de encontrar la fe en Dios y de encontrar la verdadera bondad en los humanos.

A lomos de mi caballo me alejo por el desierto llano, galopando veloz hacia un lugar incierto, hacia un incierto futuro que tal vez me traiga un poco de calma. Miro hacia atrás y veo los restos de una civilización incivilizada, tejados de casas en las que se esconden bajas pasiones en lucha con elementos prefabricados. Cómo ha podido el hombre llegar a lograr este caos a través de un camino por el que buscaba la perfección… De qué manera hemos caído en esta maraña sin sentido que antepone la búsqueda del poder por encima de la búsqueda de la felicidad… Felicidad…qué difícil es definir esta palabra, tal vez los humanos no sabemos definirla porque realmente no sabemos donde encontrar el origen de su significado…

Sacudo las riendas y golpeo los flancos de mi caballo, más deprisa… más deprisa, quiero correr veloz y sentir como el viento azota mi cara, que nada se interponga en mi camino, mis ojos casi no pueden mantenerse abiertos, correr…correr y huir hacia otro destino. El sol de la mañana hace que me sienta libre, lo limpia todo, le da brillo al paisaje… una voz y una guitarra resuenan en el silencio de mi mente…’Pongo en tus manos abiertas, mi guitarra de cantor…’, el sonido que producen los cascos de mi caballo acompañan a las palabras de la canción. El cantor de la guitarra ya no compone, ya no tiene voz, el ansia de poder y la injusticia también acabaron con sus palabras confiadas, su cuerpo yace bajo una sepultura en un país mil veces vilipendiado en manos de un dictador, el dictador también ha muerto pero no le alcanzó la justicia de este mundo…será que no la habrá…

No quiero pensar, no quiero cantar ni recordar, no podría seguir luchando si lo hiciera. ¡Corre, caballo hermoso y noble! Llévame a las marismas donde habite la dignidad humana, por este sendero iré dejando atrás mi pasado que quedará olvidado junto a las piedras inertes del camino. Permite, caballo, que suelte las riendas y por favor no te desvíes de la senda, quiero alzar mi manos al viento para dar gracias por esta ansiada libertad… Y ahora ya, con el corazón en calma, sigamos la ruta marcada por mi destino… ¡hacia allá vamos!

Caballero Lucifer

- ¡Caballero Lucifer, aquí!

Mi dueño y señor me reclama, dos pasos parsimoniosos y de un salto subo a su falda. Intuyo por la tensión de sus piernas que algo va mal, me acurruco haciéndome un ovillo, no es momento para juegos, su mano me acaricia distraída…lentamente… Deduzco que no está pensando en mí, mi señor tiene una mente privilegiada, más capaz que la del resto de los humanos que conozco, más incluso que la del propio rey. Dicen que es un hombre duro y tienen razón, no le ha temblado nunca el pulso ante sus enemigos pero, éstos no eran dignos de lástima y sé lo que me digo… ¡buff…buff!

Mucho se habla de la gran cantidad de espías que el cardenal despliega por toda la corte e incluso de los espías infiltrados en las cortes extranjeras. Más ¿se han de extrañar vuesas mercedes de que tal cosa acontezca? ¿No quedarán reflejadas en la historia, las intrigas palaciegas contra las que ha luchado mi amo? María de Médicis, la madre del rey, mujer ambiciosa donde las haya y sedienta del poder que da el trono, no dudó en provocar guerras en contra de su hijo y casi logró acabar con mi señor. Pero es experto el cardenal en estas lides y no solo consiguió evitar el perjuicio, ahora es el favorito de su majestad. Y bien que ha ganado el monarca al ponerle a su servicio, toda Francia ha ganado con ello.

Ahora se enfrenta a los malos haceres de la reina Ana, cómplice de su hermano el rey de España. Esta mujer, en apariencia débil, no ha dudado en conspirar contra Richelieu, no le teme, no le ha perdonado que la desenmascarase cuando a espaldas del rey mantuvo amoríos con Villiers, duque de Buckingham. Fue entonces, sí, cuando conocí aquel valeroso caballero gascón, Artagnan. Ardua tarea tuve para evitar que me descubriese el mocetón, pues allá a donde iba parecía que había de encontrarme con el impetuoso muchacho. Mis transformaciones apenas me llevaban más de tres segundos y no bien aparecía con mi capa negra a lomos del caballo, encontraba al aprendiz de mosquetero persiguiéndome en venganza de no se qué agravio, que afirmaba haber recibido de mi persona. Fue una empresa difícil ejecutar los deseos de su eminencia, con semejante tormento pisándome los talones. No le he guardado nunca rencor, muy al contrario, en mis últimas apariciones como Rochefort llegamos a intimar, el me apreciaba y yo reconocía su valor aunque luchase en el bando equivocado. Creo que al final se dio cuenta de quien poseía la razón. ¡Grrroooooommmm!

Hoy es día que me siento viejo, mi pelaje no es tan suave como antaño. Espero que el cardenal no precise de mis servicios, él no sabe –ni lo sabrá- que su tierno gato negro es su mejor caballero, su mejor espía, el que más le ha ayudado. Dicen que los gatos negros no son de fiar y tal vez tengan razón, no en vano me llaman Lucifer como al diablo. ¡Pero cuidado, bellas damas y aguerridos caballeros! ¿Recuerdan de qué color son los gatos que acompañan a esas hermanas brujas? Sí, en efecto. Nosotros tenemos poderes que otros gatos no tienen, vemos el pasado y el futuro, podemos transformar nuestro cuerpo y en ciertas ocasiones, hacernos invisibles al ojo humano. Yo he sido leal a mi señor porque he reconocido en él una sabiduría mayor que la de las brujas. Tal vez la historia no le hará justicia, pero no será por sus actos que no han perseguido, al fin y al cabo, más que el beneficio y el engrandecimiento de Francia. No será por sus actos –insisto- tendrá mucho que ver en ello un tal Alejandro, escribidor de folletines y poco apegado a la verdad, el cual llenará la historia de mosqueteros y se olvidará de nombrar a los gatos del cardenal. Catorce felinos olvidados seremos, pero él pasará a la posteridad como el gran Dumas, el de “Los tres mosqueteros”. ¡Miau!

Luces de Neón

Caminaba deprisa por la oscura calle, desde una ventana se dejó oír la estridente música procedente de un aparato de radio; unos ojos verdes llamearon desde las sombras que abrazaban la pared y se apagaron tras emitir su dueño, un agudo maullido. Los tacones se clavaban con furia en el asfalto, más deprisa, más deprisa… Tuvo que apoyar el puño y clavar el codo en aquella rasposa pared para no caer, el tacón partido, el filo de su mano sangrando y el maldito taxi sin aparecer. Estaba loca, loca rematada, pero no podía quedarse allí, el miedo le hizo quitarse los zapatos y avanzar descalza por aquella calle desierta y mojada. Unos faros brillaron a lo lejos y al verlos echó a correr hacia la fuente de luz, el coche tuvo que desviarse para no atropellarla -¡hija de p...!- Mirella se detuvo en seco ¿qué estaba haciendo? El pánico no la estaba dejando razonar ¿porqué creyó que sería el taxi? Un ruido a sus espaldas la hizo estremecerse, corrió hacia la pared y se ocultó entre sus sombras, el gato pasó rozándose contra sus piernas y ella relajó los hombros, aliviada. No debía perder el tiempo y siguió avanzando, esta vez, al amparo del silencio que le proporcionaban sus pies descalzos.

No podría decir cuanto tiempo había transcurrido, cuando vio aquellas luces de neón, aceleró el paso y se coló por la puerta sin pensar en su deteriorada vestimenta. Un hombre se despertó detrás del mostrador y la miró con cautela, Mirella no habló, le dio su documentación y esperó a que le diese una llave. Él recorrió su figura a través de las gafas y comprobó la foto del pasaporte, no le gustó ver los zapatos de la mujer en la mano manchada de sangre reseca; finalmente, le tendió el llavín y le señaló el ascensor –tercer piso-. Ella, un tanto humillada y otro tanto aliviada se encaminó hacia aquella habitación serena, limpia e iluminada, que le hizo recobrar poco a poco, y después de un baño caliente, la estabilidad perdida unas horas antes. Se metió en la cama con el albornoz y el bolso, eran las tres y media de la madrugada, encontró el móvil apagado sin batería y recordó que había olvidado coger el cargador; aquella noche parecía que todo iba en su contra.

Apenas habría dormido un par de horas cuando unos golpes secos la sacaron de la inconsciencia, los golpes volvieron a repetirse y una voz queda y apremiante emitió un – ¡abra, por favor!-. Mirella se dijo que la vida tiene su recorrido trazado y que romper, aunque solo sea una vez, el monótono ritmo que lo marca, es como romper un cristal que se irá quebrando en mil pedazos, cada vez más pequeños… cada vez más difíciles de volver a unirse. La misma voz se dejó oír de nuevo y se oyó el ruido que hizo la cerradura al girar, la puerta dejó entrar lentamente la luz del pasillo; la mano de ella aferrada al auricular del teléfono del hotel, en un intento vano y desesperado, se quedó inmóvil sin llegar a descolgarlo. Todo el contenido del bolso cayó disperso entre las ropas de la cama, el paquete envuelto con celofán marrón también cayó. Aquel maldito paquete de polvo blanco que Mirella nunca debió poseer, aunque fuese durante unas cuantas horas,… las horas más largas de toda su vida.

Él sabía que aquella mujer no podía traer nada bueno. Así lo repetía una y otra vez a quien quería escucharlo, entre toda aquella marabunta de gentes con cámaras y aparatos diversos, que invadieron la habitación de Mirella buscando cualquier indicio. El hombre de la recepción, ajeno aún al largo interrogatorio que se le avecinaba, evitaba mirar a su huésped que aún tenía los ojos abiertos; el albornoz abierto también, dejaba entrever un amasijo de carne y sangre procedente de las incontables cuchilladas distribuidas por el pecho y el estómago. No había signos evidentes de una gran lucha, sobre la mesita yacía un tacón de zapato suelto, quebrado como el monótono ritmo que había marcado la vida de Mirella.

El enfermo Imaginario

El doctor Fillado agarró su maletín y salió de la consulta, se notaba enormemente cansado y sin mirar a los pacientes que llenaban la enorme sala del hospital, arrastró los pies hacia la salida del edificio. Toda la mañana se le había ido en revisar placas y miembros lesionados –interiormente, se preguntaba qué demonios hacía la gente para destrozarse de esa manera los huesos-, y por último aquella maldita mujer con sus dolores y su verborrea inútil diciéndole que él solo servía para calentar la silla y cobrar a fin de mes. Esa mujer –pensó- aún cree en los reyes magos, qué querrá que haga yo si en las pruebas no se refleja la radiculopatía…el dolor es muy relativo, y cómo voy yo a saber si lo tiene de verdad…a veces…, demasiadas veces, últimamente…

Condujo el automóvil hasta su casa, sin saber muy bien el porqué. Elisa, que no lo esperaba para comer, sacó unos congelados y le apañó una especie de plato combinado sin ensalada; él no pudo terminarse aquella cosa con sabor a plástico… a papel… a…, decididamente la vida había cambiado mucho. En casa de su madre, mientras acababa la carrera y realizaba las primeras prácticas y suplencias, nunca le había faltado el plato de comida caliente a cualquier hora intempestiva que llegase. Ahora, ni Elisa ni él tenían tiempo apenas para hacer una buena comida, y su madre…-sonrió- su madre había colgado el delantal y se pasaba los días viajando con sus amigas.

A las cuatro y diez, abrió la puerta del piso donde tenía su consulta privada, Charo ya había llegado y revisaba la pantalla del ordenador mientras tachaba en la agenda de visitas programadas.

- Buenas tardes doctor, la señora Molina ha anulado la visita, dice que tiene la gripe y que ya nos llamará. No tiene usted más citas esta tarde…

- No importa, estaré en mi despacho. Si llama alguien, dígale que puede venir hoy.

Aquella escena se estaba repitiendo demasiado últimamente, de seguir así, pronto tendría que cerrar la consulta. Tamborileaba pensativo con el bolígrafo en la mesa cuando se abrió la puerta y entró el único paciente del día anterior y de toda la semana: el señor Pávez y sus dolencias imaginarias. El doctor Fillado no pudo por menos que emitir un bufido y señalarle la silla con un gesto brusco, temía a estos pacientes más que a la peste. El señor Pávez se sentó con delicadeza y dejó el bastón apoyado en la mesa.

- Mire doctor, esto no puede continuar, tiene usted que buscar alguna manera de quitarme estas molestias. ¡No! No me diga que no hay inflamación, ni rigidez y que puedo moverme bien. ¡Ya lo sé! ¿Pero sabe usted? Esto me está matando. Doctor Fillado ¿ha tenido lumbago alguna vez? No me diga nada, ya se ve que no. Esas pastillas que me recetó no sirven para nada, ni la pomada, ni las inyecciones… y los dolores del brazo y de la mano cada vez son más intensos, ahora también me duele el pie derecho al caminar. Ayer ni me miró cuando le dije que la cadera me molestaba…

- Veamos señor…Pávez, viene usted cada día a mi consulta esperando un milagro que no puedo ofrecerle, ya le he explicado que estas cosas son lentas y ha de tener un poco de paciencia hasta que el medicamento comience a hacer efecto, no puedo creer que esté tan mal si el dolor no le impide desplazarse a mi consulta diariamente. ¡Ya está bien! Esto no es serio, señor Pávez…, no es serio le digo… ¿me escucha?... ¡Señor Pávez! ¡Señor Pávez!..

Charo oía los gritos desde su mesa, su mirada inquieta iba y venía desde la puerta de entrada al teléfono y otra vez hacia la puerta de entrada, no sabía qué hacer. Los gritos continuaban y la mujer, nerviosa ya, marcó el número de la casa del doctor y esperó a oír la voz de Elisa para hablar atropelladamente.

- ¡Hola! soy Charo, si, otra vez. Debería usted venir a buscarlo, esta vez le llama señor Pávez, pero le aseguro que en su despacho no ha entrado nadie mas que él. No, no ha venido nadie en toda la tarde, ni vendrán…

Hora Punta Matutina

Sonidos de pasos decididos, apresurados; caras serias y concentradas, con la vista fija en el suelo observando los pies y los pasos, intentando acrecentar la velocidad a través del largo túnel ¿sonrisas? ni una. Manos cargadas con bolsas, carpetas, carteras de mano; bolsos colgando de los hombros y asegurados con la mano en la correa para que no caigan, para que la caída no interfiera en la larga carrera hacia el andén. Las escaleras aparecen llenas de figuras elevadas por piernas que se flexionan una y otra vez, sin descanso. Hay que bajar por la derecha, sin equivocarse, siempre por la derecha, los más inseguros agarrados a la baranda para no caer. Por el medio, entre los que suben y los que bajan, casi vuelan los que ya llegan tarde, los desesperados por recuperar los minutos, los segundos…pero el tren metropolitano ya se marcha...

Hay que esperar, por suerte todavía hay lugares vacíos en las superficies de madera que hacen de asiento en el andén, unos minutos para recuperar el aliento y relajar los músculos de las piernas mientras el oído permanece atento, por encima del barullo de pasos que siguen llegando, a la espera de sentir el mínimo y lejano traqueteo sobre los raíles. El tren ya se acerca, los cuerpos se elevan de los asientos, tensos los rostros con la vista fija en los vagones iluminados que emergen desde la negritud del túnel. Los ojos buscan el espacio vital en las interioridades del monstruo metálico, las puertas se abren como las compuertas de una presa de agua, y chorros de gente descienden de los vagones. Pero no, el agua no retorna y aquí el espacio recién creado en el interior vuelve a llenarse de figuras humanas que se afanan por buscar, de nuevo, algún lugar vacío entre los asientos, algunas consiguen su propósito.

Ahora algún leve murmullo se impone sobre el silencio imperante, las miradas se desvían cuando algunos pares de ojos chocan con otros pares, no importa el color de esas miradas escurridizas, se tornan vacuas si no tienen un lugar donde fijarlas. Algunos parpados intentan mantenerse cerrados durante el trayecto de una estación a otra, son caras cansadas y un tanto demacradas por el insuficiente descanso, aún ahora no se relajan totalmente. Algunas manos cansadas se mueven en las barras que están inundadas de ellas, tal vez alguna mano derecha es sustituida por la izquierda o viceversa. Las hay que sostienen algún periódico o algún libro abierto, alguna juguetea presionando con los dedos las teclas de un teléfono móvil y otras simplemente permanecen apoyadas sobre algún bolso o sobre la tela de una falda, de unos pantalones…

La próxima estación se acerca, la velocidad disminuye, ya hay cuerpos en movimiento que se agolpan ante las puertas, las piernas un tanto abiertas para aguantar el equilibrio ante la frenada del tren. El aire se enrarece con olores de alientos y de cuerpos demasiado próximos, la necesidad de salir se torna más inquietante. ¡Por fin! Las puertas se abren como una liberación hacia el ambiente caliente del andén, apenas una mínima mirada para los que quieren entrar, y de nuevo se reanuda el baile de las carreras contenidas, de los pasos acelerados resonando en las escaleras y en los pasillos que conducen hacia la salida. Se deja oír el canto monótono de las puertas metálicas en un vaivén incesante, desbloqueando el paso de una masa humana que lucha con ellas buscando el camino que conduce hacia la luz de la calle. Otra jornada más en el metro para la inmensa mayoría, un viaje especial quizás para alguien.

17.11.07

A las cinco y media

Eran las cinco de la tarde y en contra de lo acostumbrado las mesas estaban llenas de parroquianos. No es que fuera extraño encontrarlos allí bebiendo y jugando al dominó o a las cartas, pues los que estaban eran habituales de las partidas y de la charla con el vaso en la mano. Lo extraño era encontrarlos allí a esa hora, la mayoría de las mesas no solían estar ocupadas antes de las seis de la tarde y Nicolás, que se levantaba cada mañana a las cinco, aprovechaba esa circunstancia para hacer una buena siesta mientras Elisa recogía y limpiaba las mesas y lavaba las ollas utilizadas en la comida del mediodía. Pero aquella tarde Nicolás no durmió y tuvo que quedarse detrás del mostrador a esperar los acontecimientos mientras atendía a la clientela del casino.

La culpa de todo la tenía el viejo José que, harto de poseer unas tierras áridas a las que no podía sacar ningún rendimiento, se rindió a la oferta tentadora de una compañía constructora de la ciudad. Llevaban al menos cinco años rondándole para que se desprendiera de aquellos terrenos baldíos, pero a él, como a tantos otros del pueblo, le costaba desprenderse de unas tierras que siempre habían pertenecido a la familia. Aquel año, sin embargo, José tuvo que elegir entre malvivir con el beneficio mísero de una mala cosecha o asegurarse unos cuantos años de bienestar para él y para la familia de su único hijo.

Hacía una semana que habían llegado las palas excavadoras para abrir el terreno y como era la primera vez que se abría un boquete semejante en las afueras de aquel pueblo, conformado por casas bajas y una iglesia con una torre no muy alta, desde el primer día se convirtió en la atracción de los habitantes. A nadie le había hecho gracia que una constructora entrara en aquellas tierras, pero conocían a José y comprendían la situación por la que pasaba, así que se tragaron los peros y los contras y todos y cada uno de ellos, fueron desfilando por allí día sí y día también para ver como avanzaban las obras.

Aquella mañana, alrededor de las once y media, las máquinas habían parado de trabajar súbitamente, hubo llamadas urgentes por teléfono, los todoterrenos de la guardia civil se personaron rápidamente en el lugar y aparecieron varios personajes de la ciudad con sus trajes elegantes. El cabo de la guardia civil ordenó a varios números que alejaran a los curiosos que iban creciendo en cantidad según se extendía el rumor por las casas del pueblo. José apareció acompañado de un guardia que había ido a buscarlo a la viña, uniéndose a aquel corro variopinto donde ya se encontraba el alcalde del pueblo y el antiguo alguacil que tenía bastante más edad que José. Unos y otros hablaron durante varias horas allí de pie, al lado de las máquinas que se habían sacado fuera del terreno abierto y esperaban vacías de conductores a que alguien determinase qué hacer con ellas.

Ahora, a las cinco de la tarde, los que componían la reunión de la mañana se habían trasladado a la sala de plenos del ayuntamiento, abierta extraordinariamente para la ocasión; también había corrillos de gente ociosa en la plaza mayor del pueblo y en el casino de Nicolás los tertulianos se habían congregado antes de lo habitual para esperar juntos el acontecimiento. Todos hacían cábalas sobre cómo podría haber llegado aquello allí, los más viejos del lugar rememoraban los años de la guerra civil y negaban incrédulos haciendo gestos con la cabeza. Unos minutos antes de las cinco y media se hizo un silencio total entre todos los presentes. Nicolás se quedó de pié detrás del mostrador con la bayeta de secar en la mano, Elisa, procedente de la cocina, se colocó a su lado expectante. Los minutos tensos de la espera empezaron a hacerse eternos, pero nadie dijo nada, ninguno de ellos se movió de su sitio ni emitió el más leve sonido. Tan solo el reloj de la pared dejaba escapar, producido por el movimiento de la aguja, un leve y continuo -tac, tac, tac…- los segundos pasaban, los minutos seguían cayendo…ahora todas las cabezas tenían los ojos fijos en el reloj y empezaban a surgir miradas nerviosas e incrédulas, la aguja ya marcaba cinco minutos más de y media... alguien se removió en su silla…y de pronto rompiendo aquel silencio voluntario y contenido llegó el estruendo de la explosión, los cristales tintinearon por efecto de las vibraciones, todo el local pareció moverse en un rápido y casi imperceptible vaivén, y unos cuantos suspiros de alivio se dejaron escapar entre los presentes. Todo había acabado bien.

12.11.07

Dos semanas de vacaciones

Dijo buenos días al pasar por delante del portero, no fue un saludo alegre ni tampoco triste, sino más bien una frase en el tono sombrío que suele caracterizar a la primera voz sin estrenar de la mañana. Cuando llegó a la calle se levantó el cuello del abrigo y sin mirar más allá del espacio meramente específico que podían abarcar sus pasos, echó a caminar con su maletín de trabajo, adecuándose al apresuramiento de los que le rodeaban, desapareciendo poco a poco en aquel inmenso oleaje de muchedumbre que arrasaba aquella ancha avenida del centro de la ciudad de New York.

Algo así como media hora después llegó Annabel al edificio donde habitaba Abraham Smith, cruzó por delante de la portería y dedicó una tímida sonrisa al conserje mientras se encaminaba hacia el ascensor de servicio. Tras abrir la puerta del piso con su llavín echó una mirada circular por la primera estancia comprobando el orden ya esperado y se dirigió hacia el dormitorio, el baño y la cocina, abriendo las ventanas a su paso para ventilar las piezas. Como de costumbre hizo la cama y lavó la vajilla antes de pasar el aspirador y limpiar el baño, no era difícil mantener limpio aquel apartamento y a las dos horas con el abrigo ya puesto recogía el dinero que Abraham siempre le dejaba en un sobre, aunque en esta ocasión además, apareció entre sus dedos una nota en la que el hombre le avisaba que se tomaría unas cortas vacaciones de quince días. Annabel encogió los hombros y algo pensativa salió deprisa dispuesta a continuar su jornada en otro apartamento.

El porqué el nombre de Abraham Smith se hallaba entre las carpetas de desaparecidos del agente Kingsley es un tanto fácil de suponer si tenemos en cuenta que pasaron dos meses desde la escena descrita más arriba. Que no hubiese vuelto a casa no hubiese tenido tanta importancia si Abraham hubiese salido de ella con varias maletas en las manos, pero no fue ese el caso, según testimonió el portero de la finca. Tampoco la hubiese tenido si Annabel al cerrar la puerta del apartamento, no hubiese estado cavilando acerca de porqué Abraham no la había avisado con antelación y poder recoger su mejor traje de la tintorería, siendo como era un hombre extremadamente puntilloso en sus cosas. Y por no tener, los hombres del FBI no tenían siquiera ni una maldita huella –gracias a Annabel-, ni un maldito recorte escrito en la papelera –otra vez gracias a Annabel-, ni posibilidad alguna de encontrar mensajes en el contestador –el señor Smith usaba móvil-. En las oficinas donde desempeñaba funciones como ejecutivo en la división de marketing no supieron explicar para qué diantre había pedido las vacaciones pues la verdad es que estas cosas no importaban poco ni mucho en una empresa de tamañas dimensiones. Estando así las cosas no es de extrañar que el agente Kingsley archivase aquel caso después de enviar la foto del señor Smith a todas las comisarías del estado de New York y no recibir respuesta alguna.

Pero tal vez, y digo solo tal vez porque estas cosas nunca sabes como las van a tomar los investigadores de una ciudad tan variopinta y con tan alto índice de delitos como New York, tal vez –insisto- si hubiesen investigado tan solo un poquito el pasado de Abraham se hubiesen dado cuenta que treinta años atrás, hasta tan solo un día antes de adquirir la nacionalidad estadounidense, el señor Smith era el señor Abraham Mir Cantaral nacido en España. Y seguramente indagando en su pasado hubiesen descubierto que tenía una hermana tres años mayor que él en Barcelona, en la calle Aragón trescientos veintiuno para más exactitud. Ella, en el caso hipotético de que hubiese estado en su casa, quizás no hubiese tenido reparos en hablarles sobre el posible paradero de su querido hermano; pero tampoco habría sido tan fácil la solución del caso porque la verdad sea dicha, esta hermana de nombre Edmunda –pobre mujer, pero a lo hecho pecho- también llevaba dos meses sin aparecer por su casa. Y es que la verdadera pista a seguir estaba en la fecha de la desaparición de Abraham en New York: exactamente el día veinticuatro de diciembre, dos días después del sorteo de la lotería nacional especial de Navidad que se celebra cada año en España. Dos días en los que el antiguo señor Mir se dio prisa en encontrar un billete de avión y en conseguir quince días de vacaciones, para volar raudo a cobrar la burrada de millones de euros que le habían caído a su hermana y a él en la ristra de décimos que compraban juntos cada año.

Para ser sinceros, os diré que ni él ni ella habían tenido tiempo de hacer planes acerca de lo que iban a hacer con semejante cantidad de dinero jamás esperada. Al ser época de fiestas navideñas Abraham encontró a su llegada todas las entidades bancarias cerradas, por lo que ambos hermanos decidieron quedarse en casa tranquilamente después de comer opíparamente en un buen restaurante. Habían hablado largo y tendido durante la comida y habían brindado y saciado la sed con varias botellas de cava, lo que les provocó una cierta relajación y amodorramiento cuando se hallaban echados -más que sentados- en el sofá de Edmunda delante de la pantalla del televisor. Entre uno de aquellos trances en los que iban cayendo de vez en cuando los dos hermanos, apareció en la pequeña pantalla un pobre hombre que lloraba desconsolado por la pérdida de su perro llamado Pancho, original mascota que dominaba tanto la tarea de recoger el periódico cada mañana como el complicado trabajo de poner lavadoras y fregar los cacharros de la cocina. Y el final inesperado de aquel anuncio comercial fue lo que de verdad, de verdad, inspiró el destino de Abraham y Edmunda Mir Cantaral, de tal modo que hasta el día de hoy ni yo mismo he podido esclarecer pista alguna acerca de su paradero. Tal vez con esta larga perorata que aquí os dejo, puedas indicarme tú, posible y avezado lector, el lugar o el momento en que por casualidad los hayas visto en algún punto de este nuestro querido planeta….

8.11.07