18.11.07

Caballero Lucifer

- ¡Caballero Lucifer, aquí!

Mi dueño y señor me reclama, dos pasos parsimoniosos y de un salto subo a su falda. Intuyo por la tensión de sus piernas que algo va mal, me acurruco haciéndome un ovillo, no es momento para juegos, su mano me acaricia distraída…lentamente… Deduzco que no está pensando en mí, mi señor tiene una mente privilegiada, más capaz que la del resto de los humanos que conozco, más incluso que la del propio rey. Dicen que es un hombre duro y tienen razón, no le ha temblado nunca el pulso ante sus enemigos pero, éstos no eran dignos de lástima y sé lo que me digo… ¡buff…buff!

Mucho se habla de la gran cantidad de espías que el cardenal despliega por toda la corte e incluso de los espías infiltrados en las cortes extranjeras. Más ¿se han de extrañar vuesas mercedes de que tal cosa acontezca? ¿No quedarán reflejadas en la historia, las intrigas palaciegas contra las que ha luchado mi amo? María de Médicis, la madre del rey, mujer ambiciosa donde las haya y sedienta del poder que da el trono, no dudó en provocar guerras en contra de su hijo y casi logró acabar con mi señor. Pero es experto el cardenal en estas lides y no solo consiguió evitar el perjuicio, ahora es el favorito de su majestad. Y bien que ha ganado el monarca al ponerle a su servicio, toda Francia ha ganado con ello.

Ahora se enfrenta a los malos haceres de la reina Ana, cómplice de su hermano el rey de España. Esta mujer, en apariencia débil, no ha dudado en conspirar contra Richelieu, no le teme, no le ha perdonado que la desenmascarase cuando a espaldas del rey mantuvo amoríos con Villiers, duque de Buckingham. Fue entonces, sí, cuando conocí aquel valeroso caballero gascón, Artagnan. Ardua tarea tuve para evitar que me descubriese el mocetón, pues allá a donde iba parecía que había de encontrarme con el impetuoso muchacho. Mis transformaciones apenas me llevaban más de tres segundos y no bien aparecía con mi capa negra a lomos del caballo, encontraba al aprendiz de mosquetero persiguiéndome en venganza de no se qué agravio, que afirmaba haber recibido de mi persona. Fue una empresa difícil ejecutar los deseos de su eminencia, con semejante tormento pisándome los talones. No le he guardado nunca rencor, muy al contrario, en mis últimas apariciones como Rochefort llegamos a intimar, el me apreciaba y yo reconocía su valor aunque luchase en el bando equivocado. Creo que al final se dio cuenta de quien poseía la razón. ¡Grrroooooommmm!

Hoy es día que me siento viejo, mi pelaje no es tan suave como antaño. Espero que el cardenal no precise de mis servicios, él no sabe –ni lo sabrá- que su tierno gato negro es su mejor caballero, su mejor espía, el que más le ha ayudado. Dicen que los gatos negros no son de fiar y tal vez tengan razón, no en vano me llaman Lucifer como al diablo. ¡Pero cuidado, bellas damas y aguerridos caballeros! ¿Recuerdan de qué color son los gatos que acompañan a esas hermanas brujas? Sí, en efecto. Nosotros tenemos poderes que otros gatos no tienen, vemos el pasado y el futuro, podemos transformar nuestro cuerpo y en ciertas ocasiones, hacernos invisibles al ojo humano. Yo he sido leal a mi señor porque he reconocido en él una sabiduría mayor que la de las brujas. Tal vez la historia no le hará justicia, pero no será por sus actos que no han perseguido, al fin y al cabo, más que el beneficio y el engrandecimiento de Francia. No será por sus actos –insisto- tendrá mucho que ver en ello un tal Alejandro, escribidor de folletines y poco apegado a la verdad, el cual llenará la historia de mosqueteros y se olvidará de nombrar a los gatos del cardenal. Catorce felinos olvidados seremos, pero él pasará a la posteridad como el gran Dumas, el de “Los tres mosqueteros”. ¡Miau!

No hay comentarios: