18.11.07

Corazón Salado

Cuentan que mientras mamaba respiraba la sal de la brisa marina, que sus primeros pasos fueron sobre una red de pescar de tantas que su madre cosía y que aprendió a caminar detrás de las gaviotas confiadas que se acercaban a comer los restos del pescado descargado por la mañana en el muelle. La piel clara le duró muy poco, enseguida se le cubrió de color con los abrumadores rayos del sol, y sus manitas y su cara se hicieron fuertes ante las inclemencias del tiempo que trajeron sus primeros inviernos. Su padre que era pescador y sabía lo duro que era vivir de ese trabajo, soñó y planeó para él otra vida diferente lejos del mar, no supo comprender que todo lo que el niño había vivido hasta entonces sería como un veneno que inundaría su cuerpo y su espíritu para siempre.

Manuel fue un niño inteligente y aprendió rápido en la escuela de aquel pueblecito de pescadores, aunque las hojas de sus libros siempre olían a brisa de mar. Él estudiaba sentado entre las inmensas redes, levantando a veces la vista hacia el azul lejano allí donde una línea une y separa las distintas tonalidades del mismo color. Su madre miraba su cara y lo veía soñar despierto, y sabía que su hijo tenía el corazón lleno de sal, no será fácil –pensaba ella- alejar a este chiquillo del mar…A los diez años Manuel partió tierra a dentro, para seguir sus estudios en un internado de la gran ciudad; el tiempo y las paredes del colegio borraron el tinte moreno en la piel del niño, los libros se impusieron a sus sueños azules y en sus juegos al aire libre dejaron de oírse las voces conocidas de las gaviotas. A pesar de todo, Manuel tuvo siempre muy claro lo que quería hacer con su vida y en su fuero interno llevó guardado por años el compromiso de que algún día el mar sería su dueño y señor. Sin dejar de estudiar, siguió soñando con grandes veleros surcando los mares, él se veía allí sobre el oleaje, en la proa del barco sintiéndose libre bajo el sol y recibiendo en su pecho y en su cara la fuerza del viento impregnado de sal.

No fueron vanos aquellos sueños, pues ayudaron al niño a pasar durante aquellos años los largos meses escolares lejos de casa, en verano se resarcía saliendo a pescar con su padre de madrugada y llenándose los ojos con la vida del puerto después, pocas veces se perdía la venta del pescado -en las lonjas se le podía encontrar mirando absorto el regateo de las subastas- y al acabar, se acercaba al lugar donde trabajaba su madre que seguía adobando las redes de pesca…Así, entre la ciudad y el mar, pasaron los años de su adolescencia y aún corrieron unos cuantos años más de estudio para Manuel hasta que llegó, por fin, aquel día en que volvió a casa.

En realidad volvió para despedirse antes de partir en barco rumbo hacia un destino lejano, ya solamente sería pescador en ratos de ocio, acompañando a su padre por puro placer, y en ratos de ocio pasearía entre las redes llevando del brazo a su madre. Manuel aquel día ya no llevaba libros de estudio debajo del brazo y su piel, de nuevo morena, contrastaba bajo el deslumbrante traje blanco con el que iba vestido, en sus manos, inquietas de pura alegría, giraba y giraba una gorra de capitán. Y es que aquel niño creció con el corazón salado y hubiese sido imposible que luchase por hacer cualquier otra cosa que no fuese, cumplir su sueño de hacerse vasallo del mar.

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