12.11.07

Dos semanas de vacaciones

Dijo buenos días al pasar por delante del portero, no fue un saludo alegre ni tampoco triste, sino más bien una frase en el tono sombrío que suele caracterizar a la primera voz sin estrenar de la mañana. Cuando llegó a la calle se levantó el cuello del abrigo y sin mirar más allá del espacio meramente específico que podían abarcar sus pasos, echó a caminar con su maletín de trabajo, adecuándose al apresuramiento de los que le rodeaban, desapareciendo poco a poco en aquel inmenso oleaje de muchedumbre que arrasaba aquella ancha avenida del centro de la ciudad de New York.

Algo así como media hora después llegó Annabel al edificio donde habitaba Abraham Smith, cruzó por delante de la portería y dedicó una tímida sonrisa al conserje mientras se encaminaba hacia el ascensor de servicio. Tras abrir la puerta del piso con su llavín echó una mirada circular por la primera estancia comprobando el orden ya esperado y se dirigió hacia el dormitorio, el baño y la cocina, abriendo las ventanas a su paso para ventilar las piezas. Como de costumbre hizo la cama y lavó la vajilla antes de pasar el aspirador y limpiar el baño, no era difícil mantener limpio aquel apartamento y a las dos horas con el abrigo ya puesto recogía el dinero que Abraham siempre le dejaba en un sobre, aunque en esta ocasión además, apareció entre sus dedos una nota en la que el hombre le avisaba que se tomaría unas cortas vacaciones de quince días. Annabel encogió los hombros y algo pensativa salió deprisa dispuesta a continuar su jornada en otro apartamento.

El porqué el nombre de Abraham Smith se hallaba entre las carpetas de desaparecidos del agente Kingsley es un tanto fácil de suponer si tenemos en cuenta que pasaron dos meses desde la escena descrita más arriba. Que no hubiese vuelto a casa no hubiese tenido tanta importancia si Abraham hubiese salido de ella con varias maletas en las manos, pero no fue ese el caso, según testimonió el portero de la finca. Tampoco la hubiese tenido si Annabel al cerrar la puerta del apartamento, no hubiese estado cavilando acerca de porqué Abraham no la había avisado con antelación y poder recoger su mejor traje de la tintorería, siendo como era un hombre extremadamente puntilloso en sus cosas. Y por no tener, los hombres del FBI no tenían siquiera ni una maldita huella –gracias a Annabel-, ni un maldito recorte escrito en la papelera –otra vez gracias a Annabel-, ni posibilidad alguna de encontrar mensajes en el contestador –el señor Smith usaba móvil-. En las oficinas donde desempeñaba funciones como ejecutivo en la división de marketing no supieron explicar para qué diantre había pedido las vacaciones pues la verdad es que estas cosas no importaban poco ni mucho en una empresa de tamañas dimensiones. Estando así las cosas no es de extrañar que el agente Kingsley archivase aquel caso después de enviar la foto del señor Smith a todas las comisarías del estado de New York y no recibir respuesta alguna.

Pero tal vez, y digo solo tal vez porque estas cosas nunca sabes como las van a tomar los investigadores de una ciudad tan variopinta y con tan alto índice de delitos como New York, tal vez –insisto- si hubiesen investigado tan solo un poquito el pasado de Abraham se hubiesen dado cuenta que treinta años atrás, hasta tan solo un día antes de adquirir la nacionalidad estadounidense, el señor Smith era el señor Abraham Mir Cantaral nacido en España. Y seguramente indagando en su pasado hubiesen descubierto que tenía una hermana tres años mayor que él en Barcelona, en la calle Aragón trescientos veintiuno para más exactitud. Ella, en el caso hipotético de que hubiese estado en su casa, quizás no hubiese tenido reparos en hablarles sobre el posible paradero de su querido hermano; pero tampoco habría sido tan fácil la solución del caso porque la verdad sea dicha, esta hermana de nombre Edmunda –pobre mujer, pero a lo hecho pecho- también llevaba dos meses sin aparecer por su casa. Y es que la verdadera pista a seguir estaba en la fecha de la desaparición de Abraham en New York: exactamente el día veinticuatro de diciembre, dos días después del sorteo de la lotería nacional especial de Navidad que se celebra cada año en España. Dos días en los que el antiguo señor Mir se dio prisa en encontrar un billete de avión y en conseguir quince días de vacaciones, para volar raudo a cobrar la burrada de millones de euros que le habían caído a su hermana y a él en la ristra de décimos que compraban juntos cada año.

Para ser sinceros, os diré que ni él ni ella habían tenido tiempo de hacer planes acerca de lo que iban a hacer con semejante cantidad de dinero jamás esperada. Al ser época de fiestas navideñas Abraham encontró a su llegada todas las entidades bancarias cerradas, por lo que ambos hermanos decidieron quedarse en casa tranquilamente después de comer opíparamente en un buen restaurante. Habían hablado largo y tendido durante la comida y habían brindado y saciado la sed con varias botellas de cava, lo que les provocó una cierta relajación y amodorramiento cuando se hallaban echados -más que sentados- en el sofá de Edmunda delante de la pantalla del televisor. Entre uno de aquellos trances en los que iban cayendo de vez en cuando los dos hermanos, apareció en la pequeña pantalla un pobre hombre que lloraba desconsolado por la pérdida de su perro llamado Pancho, original mascota que dominaba tanto la tarea de recoger el periódico cada mañana como el complicado trabajo de poner lavadoras y fregar los cacharros de la cocina. Y el final inesperado de aquel anuncio comercial fue lo que de verdad, de verdad, inspiró el destino de Abraham y Edmunda Mir Cantaral, de tal modo que hasta el día de hoy ni yo mismo he podido esclarecer pista alguna acerca de su paradero. Tal vez con esta larga perorata que aquí os dejo, puedas indicarme tú, posible y avezado lector, el lugar o el momento en que por casualidad los hayas visto en algún punto de este nuestro querido planeta….

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bien narras, excepcional.
He disfrutado un monton leyendote en esta mañana fria y soleada.
Un abarzo.

María Narro dijo...

solo vengo a decirte que el bulto he sebaceo. Te he dejado mesajes por mi blog.
Ahora tengo mucho que hacer, pero en cuanto pueda vendre a leerte.

Un abrazo grandeeeeee.

Malena dijo...

¡Qué buena eres, Durrell! Yo ya iba pensando en lo bien que escribías novelas de suspense y que eras un genio que seguro pertenecías al FBI, cuando me encuentro el árbol de Navidad y el décimo. ¡Yo te mato! Me he hartado de reir y he pensado:Esto sólo se le puede ocurrir a Durrell.

¡Qué buena eres, chiquilla!

Un besazo.

Miguel Schweiz dijo...

Repito lo que dice Malena... :)))

Y con respecto a Terra, me ha sido difícil entrar allí, lo mismo me ocurrió con Malena. :(
Por eso me alegra tu decisión de ponerlos aquí...
Un fuerte abrazo con este regocijo de risa que nos has dejado...

María Narro dijo...

jajajajjajaja

¡lo sé! ¡lo sé!

fijo que lo sé.

Cuannnnnnnnnndo estaban viendo por la tele a Pancho se les ocurrió crea una escuela de adiestramiento para perros jjajajajaja

¡eres única!

Durrell dijo...

Jeje me alegro que os haya gustado. A mi a veces me influye mucho el modo de narrar del autor cuyo libro estoy leyendo en el momento de escribir el relato, y aquí desde luego ha quedado plasmado.

Datos del libro actual: 'El laberinto de las aceitunas' de Eduardo Mendoza. Una gozada de lo esperpéntico y como personaje principal: el mismo de 'La Cripta embrujada' que en este libro tiene la continuación de sus andanzas y mucho mayor protagonismo. No digo más por si alguien aún no se lo ha leído :)

¿Una escuela de adiestramiento para perros? ummmm creo que no, yo los busco por algún lugar del caribe con playita, piscina, juerga nocturna y un montón de maromos y maromas de buen ver alrededor. ¿Para qué querría su mejor traje Abraham, si seguro que se pasa el día en bermudas floreadas? :)))))

Besos para todos ;)