18.11.07

Hora Punta Matutina

Sonidos de pasos decididos, apresurados; caras serias y concentradas, con la vista fija en el suelo observando los pies y los pasos, intentando acrecentar la velocidad a través del largo túnel ¿sonrisas? ni una. Manos cargadas con bolsas, carpetas, carteras de mano; bolsos colgando de los hombros y asegurados con la mano en la correa para que no caigan, para que la caída no interfiera en la larga carrera hacia el andén. Las escaleras aparecen llenas de figuras elevadas por piernas que se flexionan una y otra vez, sin descanso. Hay que bajar por la derecha, sin equivocarse, siempre por la derecha, los más inseguros agarrados a la baranda para no caer. Por el medio, entre los que suben y los que bajan, casi vuelan los que ya llegan tarde, los desesperados por recuperar los minutos, los segundos…pero el tren metropolitano ya se marcha...

Hay que esperar, por suerte todavía hay lugares vacíos en las superficies de madera que hacen de asiento en el andén, unos minutos para recuperar el aliento y relajar los músculos de las piernas mientras el oído permanece atento, por encima del barullo de pasos que siguen llegando, a la espera de sentir el mínimo y lejano traqueteo sobre los raíles. El tren ya se acerca, los cuerpos se elevan de los asientos, tensos los rostros con la vista fija en los vagones iluminados que emergen desde la negritud del túnel. Los ojos buscan el espacio vital en las interioridades del monstruo metálico, las puertas se abren como las compuertas de una presa de agua, y chorros de gente descienden de los vagones. Pero no, el agua no retorna y aquí el espacio recién creado en el interior vuelve a llenarse de figuras humanas que se afanan por buscar, de nuevo, algún lugar vacío entre los asientos, algunas consiguen su propósito.

Ahora algún leve murmullo se impone sobre el silencio imperante, las miradas se desvían cuando algunos pares de ojos chocan con otros pares, no importa el color de esas miradas escurridizas, se tornan vacuas si no tienen un lugar donde fijarlas. Algunos parpados intentan mantenerse cerrados durante el trayecto de una estación a otra, son caras cansadas y un tanto demacradas por el insuficiente descanso, aún ahora no se relajan totalmente. Algunas manos cansadas se mueven en las barras que están inundadas de ellas, tal vez alguna mano derecha es sustituida por la izquierda o viceversa. Las hay que sostienen algún periódico o algún libro abierto, alguna juguetea presionando con los dedos las teclas de un teléfono móvil y otras simplemente permanecen apoyadas sobre algún bolso o sobre la tela de una falda, de unos pantalones…

La próxima estación se acerca, la velocidad disminuye, ya hay cuerpos en movimiento que se agolpan ante las puertas, las piernas un tanto abiertas para aguantar el equilibrio ante la frenada del tren. El aire se enrarece con olores de alientos y de cuerpos demasiado próximos, la necesidad de salir se torna más inquietante. ¡Por fin! Las puertas se abren como una liberación hacia el ambiente caliente del andén, apenas una mínima mirada para los que quieren entrar, y de nuevo se reanuda el baile de las carreras contenidas, de los pasos acelerados resonando en las escaleras y en los pasillos que conducen hacia la salida. Se deja oír el canto monótono de las puertas metálicas en un vaivén incesante, desbloqueando el paso de una masa humana que lucha con ellas buscando el camino que conduce hacia la luz de la calle. Otra jornada más en el metro para la inmensa mayoría, un viaje especial quizás para alguien.

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