17.11.07

A las cinco y media

Eran las cinco de la tarde y en contra de lo acostumbrado las mesas estaban llenas de parroquianos. No es que fuera extraño encontrarlos allí bebiendo y jugando al dominó o a las cartas, pues los que estaban eran habituales de las partidas y de la charla con el vaso en la mano. Lo extraño era encontrarlos allí a esa hora, la mayoría de las mesas no solían estar ocupadas antes de las seis de la tarde y Nicolás, que se levantaba cada mañana a las cinco, aprovechaba esa circunstancia para hacer una buena siesta mientras Elisa recogía y limpiaba las mesas y lavaba las ollas utilizadas en la comida del mediodía. Pero aquella tarde Nicolás no durmió y tuvo que quedarse detrás del mostrador a esperar los acontecimientos mientras atendía a la clientela del casino.

La culpa de todo la tenía el viejo José que, harto de poseer unas tierras áridas a las que no podía sacar ningún rendimiento, se rindió a la oferta tentadora de una compañía constructora de la ciudad. Llevaban al menos cinco años rondándole para que se desprendiera de aquellos terrenos baldíos, pero a él, como a tantos otros del pueblo, le costaba desprenderse de unas tierras que siempre habían pertenecido a la familia. Aquel año, sin embargo, José tuvo que elegir entre malvivir con el beneficio mísero de una mala cosecha o asegurarse unos cuantos años de bienestar para él y para la familia de su único hijo.

Hacía una semana que habían llegado las palas excavadoras para abrir el terreno y como era la primera vez que se abría un boquete semejante en las afueras de aquel pueblo, conformado por casas bajas y una iglesia con una torre no muy alta, desde el primer día se convirtió en la atracción de los habitantes. A nadie le había hecho gracia que una constructora entrara en aquellas tierras, pero conocían a José y comprendían la situación por la que pasaba, así que se tragaron los peros y los contras y todos y cada uno de ellos, fueron desfilando por allí día sí y día también para ver como avanzaban las obras.

Aquella mañana, alrededor de las once y media, las máquinas habían parado de trabajar súbitamente, hubo llamadas urgentes por teléfono, los todoterrenos de la guardia civil se personaron rápidamente en el lugar y aparecieron varios personajes de la ciudad con sus trajes elegantes. El cabo de la guardia civil ordenó a varios números que alejaran a los curiosos que iban creciendo en cantidad según se extendía el rumor por las casas del pueblo. José apareció acompañado de un guardia que había ido a buscarlo a la viña, uniéndose a aquel corro variopinto donde ya se encontraba el alcalde del pueblo y el antiguo alguacil que tenía bastante más edad que José. Unos y otros hablaron durante varias horas allí de pie, al lado de las máquinas que se habían sacado fuera del terreno abierto y esperaban vacías de conductores a que alguien determinase qué hacer con ellas.

Ahora, a las cinco de la tarde, los que componían la reunión de la mañana se habían trasladado a la sala de plenos del ayuntamiento, abierta extraordinariamente para la ocasión; también había corrillos de gente ociosa en la plaza mayor del pueblo y en el casino de Nicolás los tertulianos se habían congregado antes de lo habitual para esperar juntos el acontecimiento. Todos hacían cábalas sobre cómo podría haber llegado aquello allí, los más viejos del lugar rememoraban los años de la guerra civil y negaban incrédulos haciendo gestos con la cabeza. Unos minutos antes de las cinco y media se hizo un silencio total entre todos los presentes. Nicolás se quedó de pié detrás del mostrador con la bayeta de secar en la mano, Elisa, procedente de la cocina, se colocó a su lado expectante. Los minutos tensos de la espera empezaron a hacerse eternos, pero nadie dijo nada, ninguno de ellos se movió de su sitio ni emitió el más leve sonido. Tan solo el reloj de la pared dejaba escapar, producido por el movimiento de la aguja, un leve y continuo -tac, tac, tac…- los segundos pasaban, los minutos seguían cayendo…ahora todas las cabezas tenían los ojos fijos en el reloj y empezaban a surgir miradas nerviosas e incrédulas, la aguja ya marcaba cinco minutos más de y media... alguien se removió en su silla…y de pronto rompiendo aquel silencio voluntario y contenido llegó el estruendo de la explosión, los cristales tintinearon por efecto de las vibraciones, todo el local pareció moverse en un rápido y casi imperceptible vaivén, y unos cuantos suspiros de alivio se dejaron escapar entre los presentes. Todo había acabado bien.

3 comentarios:

Malena dijo...

¡Vamos a ver! Porque yo me he quedado mosqueada.O bien, se encontraron una bomba sin explotar y la detonaron o... pues no sé, pero conociéndote a tí hay algo más que a mí se me escapa. :)

Besos con muchas interrogaciones.

Anónimo dijo...

Misterio, misterio...muy bueno...Un abrazo.

Durrell dijo...

Un abrazo prometeo, estoy subiendo relatos del otro blog, tal vez encuentres que ya los habías leído...


Malena, es tal como lo has imaginado, al abrir el terreno se encontraron con una bomba de la guerra civil sin detonar. Esto pasó en Cornellá hace unos años en el lugar donde se levantó un centro comercial y que antes era un bosque. Casualmente aquel día yo estaba por allí y me ha servido para montar el relato.

No te mosquees que la unica picaresca es montar el relato entorno al artefacto pero sin nombrarlo jaja así el lector se queda pensando en él e imaginando lo que pudo haber sido :) Si yo soy una santita mmmmm ¿o no? :)))))

Muchos besitos.