18.11.07

Llanto por lo que perdí

Hay generaciones de personas que vienen a este mundo únicamente a pasar calamidades. A veces cuando oigo comentarios a este respecto, se me agolpan en la mente visiones de aquella pesadilla en la que me vi envuelta con apenas ocho años. Pero esto es adelantarme al principio de mis recuerdos y exponerlos desordenadamente, será mejor que le dé un comienzo a mi pequeña historia.

Vivíamos en una pequeña casa, heredada de mis difuntos abuelos, mis padres, mi hermano de cuatro años y yo que no sabía estarme quieta apenas cinco minutos entre aquellas paredes. Era muy activa y el tiempo que no estaba en la escuela solía pasarlo jugando en la calle con otros críos de parecida edad. Mis padres creo que eran una pareja bastante bien avenida y mi infancia puede decirse que fue especialmente feliz. Pero todo se rompe de una manera o de otra y aquella felicidad comenzó a resquebrajarse aquella mañana mientras caminaba por las calles camino del colegio, aún resuena en mis oídos la sirena de aquella fábrica que nos invadió con un agónico grito que no tenía fin, recuerdo el estupor de la gente que había a mi alrededor, las caras de mis compañeras que no entendían, como yo, lo que estaba pasando en la ciudad, aquellos hombres que corrían en todas direcciones y el galope tumultuoso que se aproximaba con cien ecos repetidos como en una pesadilla.

Nos arrinconamos como pudimos en las paredes antes de que pasaran aquellos animales obcecados por sus jinetes, después retrocedimos sobre nuestros pasos buscando la protección de nuestras casas. Mamá me esperaba en la esquina de la calle, me abrazó y creo que me llevó casi en volandas mientras continuaba el griterío a nuestro alrededor; así comenzó una larga espera encerrados los tres en nuestra pequeña casa apenas sin movernos y sin hacer ruido. No supe entonces a qué le teníamos miedo, pero todo sentimiento por la ausencia de mi padre lo acallé en mi garganta al ver la tristeza reflejada en el rostro de mi madre; mi hermano, pobre criatura, no acertaba a comprender aquella silenciosa tiniebla que inundaba nuestro pequeño mundo y cada vez que resonaban aquellos cascos de caballos golpeando en la calle se agarraba de mi brazo frenéticamente y dejaba correr algunas lágrimas de espanto.

Estaba oscureciendo ya cuando mi madre se echó un abrigo por los hombros y me instó a que no abriese la puerta a nadie hasta que ella volviese, nosotros nos quedamos los dos templando el miedo que sentíamos bajo el calor de las mantas de mi cama, había sido un día horrible y el cansancio enseguida hizo que mi hermano se quedase dormido. A mi, tanta quietud me tenía descorazonada y comencé una sistemática ronda por todas las ventanas de la casa, apenas podía ver nada en la oscuridad y contrariamente a las anteriores horas ya no se oían ruidos en la calle, ni tan siquiera los maullidos de algún gato callejero. Creo que me había quedado dormida de bruces sobre la mesa cuando me despertó el ruido de la puerta al abrirse, mi madre entró cubierta de barro y de sangre, tenía una herida bastante profunda en la cabeza y apenas podía caminar. Antes de perder el conocimiento acertó a decirme que muchos hombres habían muerto y que no había encontrado a mi padre.

Algunas vecinas nos socorrieron y en los días sucesivos esperamos a que mi madre saliese de aquel trance, pero no fue así, aunque abrió los ojos en varias ocasiones los cerró definitivamente a los dos días de aquella noche fatídica. La habían golpeado con saña y nada se pudo hacer por ella, mi padre continuó desaparecido, seguramente su cuerpo quedó entre aquellos tantos que metieron en las fosas comunes donde fueron a parar los que no tuvieron la oportunidad de ser reclamados. Fue una etapa trágica para la historia y una vida trágica para los que sufrimos la pérdida de nuestros familiares más inmediatos. Mi hermano y yo fuimos separados a pesar de nuestros lloros y súplicas, los orfelinatos no tenían en cuenta los lazos de sangre y mi vida continuó rodeada de otras niñas con las mismas carencias que las mías. No voy a dar detalles de lo que fue mi existencia en aquel hospicio pues hay demasiados testimonios ya de las penalidades por las que pasamos los que tuvimos la desgracia de crecer en ellos. Cuando salí de allí dediqué todos mis esfuerzos a sobrevivir y a buscar a mi hermano, no lo encontré y después de tantos años no confío siquiera en que el niño lograse llegar a adulto pues era muy pequeño y muchos niños morían enfermos por las malas condiciones en las que vivían en aquellos viejos e insalubres edificios.

Fueron años muy difíciles, detrás de las guerras siempre vienen años de hambre y de miserias, de trabajar mucho para obtener muy poco; bien es verdad que la gente tiende a ser más solidaria en esas circunstancias, pero también se vuelve más dura en sus sentimientos y se cierran a la posibilidad de expresarlos. Cuántos somos…, cuántos somos los que hemos tenido que esperar a la vejez para empezar a llorar por nuestras heridas… para empezar a llorar por nuestros desaparecidos y por nuestros muertos…

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