18.11.07

Luces de Neón

Caminaba deprisa por la oscura calle, desde una ventana se dejó oír la estridente música procedente de un aparato de radio; unos ojos verdes llamearon desde las sombras que abrazaban la pared y se apagaron tras emitir su dueño, un agudo maullido. Los tacones se clavaban con furia en el asfalto, más deprisa, más deprisa… Tuvo que apoyar el puño y clavar el codo en aquella rasposa pared para no caer, el tacón partido, el filo de su mano sangrando y el maldito taxi sin aparecer. Estaba loca, loca rematada, pero no podía quedarse allí, el miedo le hizo quitarse los zapatos y avanzar descalza por aquella calle desierta y mojada. Unos faros brillaron a lo lejos y al verlos echó a correr hacia la fuente de luz, el coche tuvo que desviarse para no atropellarla -¡hija de p...!- Mirella se detuvo en seco ¿qué estaba haciendo? El pánico no la estaba dejando razonar ¿porqué creyó que sería el taxi? Un ruido a sus espaldas la hizo estremecerse, corrió hacia la pared y se ocultó entre sus sombras, el gato pasó rozándose contra sus piernas y ella relajó los hombros, aliviada. No debía perder el tiempo y siguió avanzando, esta vez, al amparo del silencio que le proporcionaban sus pies descalzos.

No podría decir cuanto tiempo había transcurrido, cuando vio aquellas luces de neón, aceleró el paso y se coló por la puerta sin pensar en su deteriorada vestimenta. Un hombre se despertó detrás del mostrador y la miró con cautela, Mirella no habló, le dio su documentación y esperó a que le diese una llave. Él recorrió su figura a través de las gafas y comprobó la foto del pasaporte, no le gustó ver los zapatos de la mujer en la mano manchada de sangre reseca; finalmente, le tendió el llavín y le señaló el ascensor –tercer piso-. Ella, un tanto humillada y otro tanto aliviada se encaminó hacia aquella habitación serena, limpia e iluminada, que le hizo recobrar poco a poco, y después de un baño caliente, la estabilidad perdida unas horas antes. Se metió en la cama con el albornoz y el bolso, eran las tres y media de la madrugada, encontró el móvil apagado sin batería y recordó que había olvidado coger el cargador; aquella noche parecía que todo iba en su contra.

Apenas habría dormido un par de horas cuando unos golpes secos la sacaron de la inconsciencia, los golpes volvieron a repetirse y una voz queda y apremiante emitió un – ¡abra, por favor!-. Mirella se dijo que la vida tiene su recorrido trazado y que romper, aunque solo sea una vez, el monótono ritmo que lo marca, es como romper un cristal que se irá quebrando en mil pedazos, cada vez más pequeños… cada vez más difíciles de volver a unirse. La misma voz se dejó oír de nuevo y se oyó el ruido que hizo la cerradura al girar, la puerta dejó entrar lentamente la luz del pasillo; la mano de ella aferrada al auricular del teléfono del hotel, en un intento vano y desesperado, se quedó inmóvil sin llegar a descolgarlo. Todo el contenido del bolso cayó disperso entre las ropas de la cama, el paquete envuelto con celofán marrón también cayó. Aquel maldito paquete de polvo blanco que Mirella nunca debió poseer, aunque fuese durante unas cuantas horas,… las horas más largas de toda su vida.

Él sabía que aquella mujer no podía traer nada bueno. Así lo repetía una y otra vez a quien quería escucharlo, entre toda aquella marabunta de gentes con cámaras y aparatos diversos, que invadieron la habitación de Mirella buscando cualquier indicio. El hombre de la recepción, ajeno aún al largo interrogatorio que se le avecinaba, evitaba mirar a su huésped que aún tenía los ojos abiertos; el albornoz abierto también, dejaba entrever un amasijo de carne y sangre procedente de las incontables cuchilladas distribuidas por el pecho y el estómago. No había signos evidentes de una gran lucha, sobre la mesita yacía un tacón de zapato suelto, quebrado como el monótono ritmo que había marcado la vida de Mirella.

No hay comentarios: