18.11.07

Perdida en mi Soledad

La tarde comienza a caer lentamente y apenas puedo distinguir las letras impresas en las páginas del libro, pero me gusta quedarme así sentada, esperando la oscuridad, sin moverme. Al otro lado de la cristalera las flores han cerrado sus pétalos, no hay insectos ya que vuelen a su alrededor perturbándolas, tampoco se escuchan las voces de los niños jugando, ni hay perros que ladren a las gentes que pasan cerca de las rejas que ellos guardan. Me imagino la vida en otras casas, madres que se afanan en bañar a sus pequeños mientras en la cocina bulle alguna olla, todo allí serán luces, risas y juegos, como antes lo fue aquí. Si cierro los ojos puedo revivir las imágenes de aquellos días tan nítidamente que superan en colores y en brillos a la realidad palpable que me envuelve.

¿Para qué pensar siquiera en ello? Nada queda ya de aquel pasado y recordarlo solo me produce amargura por lo que perdí. Debería levantar mi viejo cuerpo de este sillón desgastado y preparar algo en la cocina, la rutina es lo que me mantiene viva, aunque a veces desearía no continuar así, sin alicientes… quedarme aquí sentada, tranquila y esperar la llegada de ese abrazo que me envuelva en una dulce muerte. Que mal trabajo hace ese obrero de la guadaña que no presta oídos a las súplicas de los fatigados de la vida, y en cambio, arrastra tras de sí a los que beben sus placeres con el orgullo de la juventud. Algo hemos hecho mal con este mundo, algo debió torcerse cuando planeábamos un futuro mejor. Me cuesta trabajo recordar todas aquellas ilusiones compartidas por las que luchábamos, en las que creíamos y nos hacían soñar con llegar a tocar algún día el cielo de la verdad. Todo el afán, toda la emoción sentida en aquellos años era una dulce locura envuelta en papel de celofán; me pregunto cuanto tiempo debieron tardar los otros en darse cuenta que detrás no había nada, en qué momento de sus vidas abrieron sus almas para reconocer que lo realmente importante era la ilusión con la que vivíamos. La ilusión nos hace caminar a través de vendavales y superar las murallas que se levantan a nuestro paso; es el motor que nos acompaña y el que nos hace vivir. Es también lo que yo he perdido en medio de esta soledad que me atormenta cada día cuando me despierto y me obligo a mover los miembros de mi cuerpo una vez más.

Tal vez tenga razón ese joven médico que me visita periódicamente cuando me aconseja que tome esas pastillas para la depresión. Asegura que me ayudarían a salir de mi encierro y a recuperar las ganas de vivir, sin embargo mi conciencia se rebela ante lo absurdo de ese tratamiento, no hay tiempo para conversar, para hacer comprender que no es un encierro voluntario que me haya impuesto libremente. La soledad es el abandono en el que me hallo de todos aquellos que un día amé y que ya no han de volver; para qué rodearme de figuras ajenas a mis sentimientos a los que únicamente puedo transmitirles mis tristezas o intercambiarlas con las suyas propias. Me engañaría a mi misma si saliese a ocupar mi tiempo con mil cosas hechas maquinalmente y sin ilusión, llenando mis oídos, que no mi cerebro, con conversaciones absurdas y sin fundamento que no alejarían la soledad que llevo agarrada con clavos de tristeza en el interior de mi alma.

Ya se ha hecho completamente de noche, no debería haberme quedado aquí sentada en la oscuridad, los pensamientos más obtusos son traidores en estas horas. Creo que no voy a cenar… no tengo ganas ya…

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