18.11.07

Perro Viejo

Perro viejo dicen que soy los que trabajaron a mi lado tantos años y aunque peque de inmodestia, he de confesar que tienen toda la razón los que así hablan. El que no se convierte en un perro viejo en esta profesión, no tiene nada que hacer en ella. Ningún indicio, ninguna huella vale nada, si no intuyes, si no doblegas las debilidades humanas. Yo he sacado la inmundicia que había en el interior de hombres intachables y he jugado con la bondad y los sentimientos de asesinos atroces. Las mayor parte de las veces he tenido que tapar la verdad sobre los primeros, en aras de un mal entendido bien comunitario y he dejado que los segundos, en muchas ocasiones, cargasen además con culpas ajenas sin poder evitarlo.

Mi retrato ya cuelga en un lugar de honor junto a los de otras viejas leyendas, algunos de los cuales todavía vegetan en este mundo rumiando sus cuitas, como seguramente haré yo dentro de poco. He sido un tipo duro e implacable y lo seré mientras ostente este cargo y el poder que me da. El poder es ya lo único que me queda. Esos policías que recién entran en el cuerpo, son como monaguillos inocentes que creen que pecan porque dan rienda a sus instintos juveniles y se saltan las normas para deslumbrar a cuatro tangas por encima de unos pantalones ajustados. Pronto se les acabará la tranquilidad en sus conciencias y sacaran la bestia real que llevan dentro; eso o quedarse para los restos vigilando el tráfico en las calles. Aquí no hay sitio para los débiles o los peliculeros incautos, los poetas que se queden en casa.

Este es mi último año, todo se acaba en algún momento, los humanos no somos imprescindibles e insustituibles. Y vamos a dejar a un lado toda esa basura del deber cumplido y demás chorradas para los oradores profesionales. Esto es un trabajo, como otro cualquiera, que te obliga a madrugar y trasnochar para ganarte las alubias. Y lo demás son batallitas para recordar, con nostalgia, aquellos malos momentos que ahora decimos que fueron buenos. ¿O es que alguien cree, que es agradable tratar todo el tiempo con gentuza y delitos graves y aguantar, además, las suspicacias de jueces y familiares de víctimas y acusados? Y lo peor de los últimos tiempos… tratar con politicastros de tres al cuarto, que se creen que pueden venir a decirte cómo tienes que llevar el departamento. Que si déjese ayudar por las última tecnologías, que si las pruebas de laboratorio son muy importantes, que si ha de colaborar obligatoriamente con la policía científica… Eso para los abogados y que Dios los confunda. A mí me basta con mirar a la cara a un asesino, para saber que ha matado y con un interrogatorio bien llevado en el que acabe confesando, también, el porqué lo ha hecho.

Las satisfacciones de la profesión yo no las conozco. Una leyenda no se crea dando de comer migas de pan y la mano dura, con la que tienes que ejercer el poder de este cargo, no engendra simpatías ni grandes amistades. No me conduelo de ello, las cosas son como son y hay que apechugar con lo que a uno le ha tocado en el sorteo; hay quien obtiene peores resultados en esta vida sin buscárselos siquiera. En realidad tengo ganas de irme y desligarme, por fín, de todo este enredo. Antes de acabar en un asilo, contando batallitas que nadie quiera escuchar, quiero empezar a perder mi tiempo sin obligaciones de ningún tipo. Vivir sin horarios, sin tener que afeitarme cada día, o sin tener que comer a una hora determinada, sin tener que dar explicaciones de mis actos o por la falta de ellos. Y como no he tenido apenas momentos para cultivar aficiones, tal vez mi próximo destino me encuentre pescando sobre alguna vieja barca y en algún río perdido entre montañas. Tal vez, como hicieron otros tantos policías de leyenda anteriores a mi…

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