18.11.07

Por un Tintero

El fondo del escenario es una reproducción de un mesón del siglo XVII, hay largas mesas de madera envejecida con bancos a los lados. En primer término a la izquierda aparecen dos personajes: el primero es maese Pedro, un hombre gordo y un poco calvo que lleva un gran mandil blanco y permanece de pie con unas vendas en la mano, el segundo es don Blas, se haya sentado en uno de los bancos y va vestido a usanza de aquella época con medias y calzón corto rayado, espada al cinto, sombrero negro de ala ancha y amplia capa oscura colgando de sus hombros. Este último parece que ha tenido un altercado pues su ropa está llena de polvo, el sombrero se haya sobre la mesa un tanto aplastado y de la cabeza le cae un chorrillo de sangre.

Acto Primero

Segunda escena.

MAESE PEDRO: - ¡Ay, mi señor don Blas! ¿Cómo se os ocurrió a vuesa merced luchar con don Martín? ¿Acaso no sabéis que tiene fama de gran espadachín? Fijaos en vuestro descalabro… ¡aún tenéis suerte de poder contarlo!

DON BLAS: - ¡Voto a bríos! ¿A qué vienen tantos desvaríos? Ni su fama es para tanto, ni yo con la espada soy manco. Una mala jugada me hizo esta vaina del demonio, atascó la maldita espada y no hubo manera de sacarla. Ponedme las vendas pues, maese agorero, que una vez curado he de buscar a ese don Martín y hacerle comer su sombrero. ¡Gran espadachín! ¡Ja!

MAESE PEDRO: - Paréceme mi señor don Blas que idea no tenéis de con quien os las veis. Tres mozos enterró don Martín el año pasado, los tres fueron, como vos, incautos y osados. No queráis para vos semejante destino, dejad pues de buscar tamaño desatino.

DON BLAS: - ¡Voto al diablo, posadero! ¡Dejad de meterme miedo! Que tengo yo redaños para luchar contra ese don Martín y con otros tantos malandrines de mal paño. ¡Y viviendo muchos años! ¡No seáis cicatero!

MAESE PEDRO: - No lo seré si vos no queréis. Aquí tenéis, la cabeza ya vendada y vuestro brazo izquierdo en cabestro, suerte tenéis aún si sois diestro… Ahora os serviré un caldo que ha hecho mi hija, es capaz de revivir hasta a los muertos…

DON BLAS: - Idos a por ello, maese burlón y traedlo presto, que no deseo oír por más tiempo vuestro discurso tan funesto.

(Sale maese Pedro y entra un caballero cubierto el rostro con la capa y el sombrero)

DON BLAS: - ¿Quién vive? ¿Quién ha? ¿Por qué os cubrís el rostro? ¿Quién os persigue?

DESCONOCIDO: - Permitidme que no desvele mi faz, nadie me persigue, más el afán de ser discreto, me lo exige. En cambio vos que vais descubierto, no tendréis a mal, doy por hecho, darme vuestro santo y vuestra seña…

DON BLAS: - No lo tengo a mal, si vuestra duda os empeña. Don Blas de Pesada y Saborío me nombraron en la pila bautismal.

DESCONOCIDO: - Buen nombre ¡Vive Dios! (ríe aparte) ¿y podéis decirme que atropello habéis sufrido que se os ve sin resuello y tan salido?

DON BLAS: - Atropello fue, buen hombre, pues un rufián, Martín, de mal nombre, aprovechó un descuido para atacarme a traición. No quiso Dios que el bellaco marchase sin una lección y tras una lucha encarnizada lo dejé muy mal herido, si criando malvas no anda ya, al menos habrá quedado bien servido.

DESCONOCIDO: - ¿Y cual fue el motivo para tamaña disputa? Tal vez las faldas de alguna dama lisonjera…

DON BLAS: - ¡Ojalá que así fuera! ¡Vive Dios! Un maldito tintero que cogí para escribir y en viendo lo que hacía, el mal mentado caballero, me lo robó llamándome a la vez pájaro de mal agüero.

DESCONOCIDO: - ¡Mal bribón! ¿pues qué escribíais para que tanto llamara su atención?

DON BLAS: - Cosas de política, ya sabéis. En contra de la chusma y a favor del rey…Díjome que ese tintero era muy especial… ¡Bah! ¡Tonterías! Debía creer en brujerías…

DESCONOCIDO: - ¿En brujerías, decís? No a fe mía, que el caballero don Martín es harto conocido, y es famoso por su buen sentido. No penséis que cría malvas, está sano y con toda su barba.

DON BLAS: - ¡Voto al diablo! Sois su amigo quizás…

DESCONOCIDO: - ¡No mentéis a Satanás! O que él os lleve. Soy don Martín por buen nombre y os salva de luchar ese brazo en cabestro, más no creáis que os salvará de un buen escarmiento.

Destapado ya el caballero, se acerca a coger un cayado que hay arrimado contra la pared, y viéndolo hacer don Blas, se apresura éste a coger carrera para que no lo muela a palos. Solo se queda el mesón y el mesonero que aparece con un tazón de caldo y se encuentra el lugar vacío. La luz se va apagando lentamente solo se distingue ya, la silueta de un tintero dorado…

Fin del primer acto.

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