31.12.07


¡¡¡Feliz Año Nuevo 2008!!!

Espero que este año venga lleno de salud, amor y felicidad.

Ojalá que se cumplan todos esos deseos que tanto anhelamos.

y

como decía aquel famoso personaje aquejado de alopecia extrema...

Que la suerte nos acompañe ;)

29.12.07

Santos Inocentes

Felices Fiestas para todos.
Y un saludo muy especial a todos los
compañeros blogueros que ayer nos
siguieron la broma de los santos inocentes.
Es muy bueno y sano reir
y ayer era un día que invitaba a la broma.
Espero que os lo hayais pasado muy bien
con Consuelo y conmigo
y espero que el año que viene
seamos o seais más
jajajajajajajaja
;)

27.12.07

Desdémona


A Desdémona le marcó el destino un padrino amante de la ópera y de las letras de Shakespeare. A sus padres que no tuvieron apenas posibilidad de aprender a leer y a escribir, el nombre les pareció un tanto extraño para una criatura tan pequeña, pero en aquellos tiempos de pobreza y necesidad estos detalles carecían de importancia. Aquel apadrinamiento por parte del amo de la hacienda vendría acompañado de una moneda de plata y un cesto con ropa desechada por su propia hija que tenía más edad.

Desdémona llegó a los siete años con el cuerpo pequeño y flaco pero no exento de armonía, en su cara morena aparecían como engarzados unos ojos verdes y brillantes que ella solía fijar en los demás con la avidez de un felino. La muerte de su madre dejándola tan pequeña, conmovió el corazón de la señora de la hacienda y después de consolar al viudo decidieron llevársela a la casa grande. El ama la puso bajo las órdenes de la cocinera, que era una buena mujer, y a partir de aquel día la niña dedicó todas las mañanas a los quehaceres en la casa con los que iniciaría su largo aprendizaje. Las tardes las pasaría con los hijos de su padrino, Román de diez años y Julia de ocho, con ellos empezó a compartir horas de estudio y tiempo de juego.

La niña acostumbrada a la vida del campo, se mostró ágil y emprendedora y Román no tardó en aceptarla como a un igual. Julia, más serena, aunque se dejaba arrastrar por ellos en sus aventuras por el bosque y los baños en el río, solía quedarse en la orilla o bajo los árboles observándolos. A Román le fascinaba su pequeña amiga, decía que Desdémona flotaba ingrávida sobre sus pies, tal era la agilidad que demostraba. Julia apretaba fuertemente los labios cada vez que le oía hablar así, y si la pequeña la había observado en ese momento con aquella mirada suya tan penetrante, Julia sin contemplaciones la había rehuido velando sus pensamientos a aquellos ojos que consideraba descarados y salvajes. Estuvieron juntos hasta que Román cumplió los catorce años, momento en que los dos hermanos partieron hacia distintos internados para seguir sus estudios.

No volvieron a verse hasta cuatro años después. Desdémona, gracias a los buenos cuidados que le había prodigado la excelente cocinera había crecido fuerte y sana. Román y Julia también habían cambiado mucho y con sus ropas elegantes y a la moda deslumbraron a todos los componentes del servicio de la gran casa, los dos venían cargados de proyectos para pasar un verano entre fiestas, excursiones y amigos que no tardarían en llegar. Román había heredado de su padre el gusto por la música y las letras y sufría de unos dieciocho años tormentosamente románticos y novelescos. Julia más fría y reflexiva, era muy consciente de la realidad y creía firmemente que ésta podía doblegarse con decisión y firmeza para satisfacer sus caprichos.

En esos cuatro años Desdémona había aprendido y comprendido que su lugar no estaba al lado de sus compañeros de juegos y un poco por timidez y otro por respeto, se mantuvo alejada de ellos durante unos días. Todas las tardes solía bajar hasta la casa de su padre y después volvía corriendo a través de los campos, por los atajos conocidos; no había perdido nada de su agilidad y se sentía libre y feliz en aquellos momentos de expansión. Al cuarto día de su regreso, Román vio desde la ventana la llegada de su antigua compañera de juegos corriendo con la melena al viento, y no dudó ni un momento de quien era ella. No pudo reprimir emitir unas palabras en voz alta -‘Corre Desdémona, corre, flota, vuela, tu cuerpo es como una melodía’-. Si él se hubiese girado en ese momento, se habría sorprendido con la expresión de odio reflejada en la cara habitualmente serena de su hermana. Julia había sentido en ese momento renacer los celos infantiles que le habían embargado durante tantos días en su infancia, y tal vez por la inconsciencia de sus dieciséis años o porque sus celos habían madurado demasiado en su espíritu, decidió esa tarde acabar con Desdémona.

Román, Julia y Desdémona se hallaban tumbados sobre la hierba, oyendo el rumor del agua cantarina, secándose al calor de los rayos del sol. Se habían bañado juntos, se habían recordado anécdotas de los días pasados en aquel río y ahora descansaban medio adormecidos por el calor. Julia se incorporó y sacó botellines de refresco de la cesta que habían llevado con la comida, le tendió uno abierto a su hermano, mientras ella bebía de otro. Román señaló hacia Desdémona y su hermana se encogió de hombros en un gesto despectivo y continuó bebiendo, a él no le gustó esa altivez de su hermana, sentimiento cada vez más habitual en ella. Llamó a Desdémona y le ofreció su botella, la muchacha le dio las gracias con sus ojos brillantes. Y comenzó a beber con la sed impetuosa que trae el calor del verano, bebió más de la mitad del líquido de la botella y la dejó caer mientras la tarde se nublaba para sus ojos, unos ojos de penetrante mirada que se clavaron en los de Julia, leyendo por fin en ellos el odio desafiante y corrompido por los celos. Román no veía a su hermana, el cuerpo de Desdémona dejó de flotar ante él y cayó sobre la hierba, pesado, inerte y sin vida.

19.12.07

¿Conejo? ¡Anda ya!

Pues yo, como mujer prevenida que soy, hace varios meses que me puse a reflexionar sobre lo que se acrecientan los precios en Navidad. En estas estaba cuando salió por la tele un señor muy conocido ofreciendo dinero fácil y al momento, y recordé un reportaje que hicieron, no hace mucho, sobre los desastres acarreados en varias familias que se atrevieron a llamar al numerito tentador del anuncio. Así, con el temor metido como un puño en el estómago, meneé la cabeza de lado a lado y deseché los consejos del buen señor.

Y se me vino a continuación la esplendida idea de pedir una hipoteca para comprar el típico tópico Pavo de Navidad, rellenito con castañas, ciruelas, beicon y otras gustosas ofrendas de la naturaleza que te hacen caer saliva por la comisura de los labios con solo pensarlo. Ya estaba yo toda decidida y a punto de ponerme los zapatos para ir a visitar esos amigos tan íntimos que te salen en la caja de ahorros, cuando ven el negocio, claro está, cuando me vino la imágen de la presentadora de noticias hablando de la subida de los intereses en las hipotecas.

¡Madre mía! ¡Donde me voy a meter! - pensé- porque si nos quedamos sin trabajo ¿quien paga la hipoteca? Las hipotecas son para quien puede conservarlas, mimarlas y darles brillo durante muchos muchos años, no en vano te recomiendan que tengas suficiente visión para pasarlas a tus herederos. ¡Quita, quita! -me dije- esto requiere un ataque frontal como hacían las madres y las abuelas de antaño y que ahora tanto promocionan los gobiernos para los asuntos menos importantes como la educación, las pensiones a los discapacitados, las prestaciones de la seguridad social, y otras menudencias, o sea El Recorte.

Y ahí comencé a bajar el índice del consumo de tabaco, rebajé la medida del bocadillo del desayuno, mantuve al mínimo las luces de la casa a pesar de los hostiones que me di con las puertas, y aguantamos como fieros cosacos la estufita encendida en una sola barra. Después se nos fue un poco el racionamiento con el gasto superfluo del gelocatil, pero bueno, un resfriado son tres días... Y con todas estas y otras premisas logré ahorrar lo suficiente para comprar el tan ansiado pavo. Ahí lo tengo en el congelador, a pesar de que ahora sale un tal señor a recomendarme que compre conejo. ¡Anda ya! con lo bien que me lo he montado yo, que menuda soy para estas cosas.... Y ahora otro con lo de las propinas ¿Pero qué propinas oiga? si yo estoy para que me las den a mi. ¡Y que no cuento yo los euros, cada día! Los cuento, los reconvierto a pesetas y los vuelvo a reconvertir para no perder el valor de los céntimos de euro. ¡Propinas darán ustedes que ganan más de lo que dejan decir! ¡Venga hombre!

Bueno y con la misión cumplida, me paro ya para desearos que tengáis unas Felices Fiestas y que las podáis disfrutar tal así como sean vuestros anhelados deseos :)

18.12.07

El desván de Raquel



El blog de nuestra querida Espejodevanidad

¡Shssss! Entrad


Aprovechemos que la puerta está abierta...


16.12.07

Con Corona Real

(Dedicado a Patry)


Esto si que ha sido lo que se llama tener mala suerte, nunca encontraré otra como ella. Esto lo aseguro con la mano en el corazón, que lo tengo triste y dolorido desde que se la llevaron escaleras abajo como si fuese un deshecho sin valor. Y no lo era, no, para mí fue como una compañera, como una sierva dispuesta siempre a satisfacer todos mis anhelos, era única entre todas las que he conocido, no tengo suficientes palabras para elogiarla y sé que nunca, jamás la olvidaré.

- ¡Venga, Manolita, que solo era un vulgar frigorífico!

- ¡Cállate Antonio, tú que sabrás! ¡Y no la llames vulgar frigorífico! Era mi nevera, una Real nevera, y eso no me lo puedes negar porque hasta tenía corona…

- ¡Sí, menudo diseño! Como debía estar de la cabeza el que ideó semejante…, bueno, mejor me callo que no tengo ganas de discutir.

No hagáis caso de las palabras de Antonio, tiene menos sensibilidad que el clavo de un armario. En fin, pasaré a describiros detalladamente el cuerpo de la tristemente fenecida: Su color oscilaba entre un rojo y un granate metalizado, cuando incidía la luz sobre ella le arrancaba destellos en tonos plateados, como la superficie de las bolas que se cuelgan en el árbol de navidad, y su interior estaba dividido en un gran habitáculo que era el frigorífico propiamente y en la parte de arriba otro más pequeño como de unos tres palmos de altura que era el congelador. Y ahora os cuento el detalle más peculiar a la vista: Sobre la parte superior de la zona frontal reposaba un listón en forma de tiara plateada y con pequeños cristales en forma de brillantes. Esto supongo que ya os da una idea de lo que era su interior…

- Si, cuenta… cuenta que ahora viene lo bueno.

- ¡Antonio! No me interrumpas, que así no hay manera…

¡Qué hombre este! ¡Y porqué no se irá a darle una vuelta al planeta en vez de estar revoloteando a mis espaldas…! Bueno, sigamos. Os explicaba que en su interior no se encontraban los típicos estantes de alambres pintados, sino unas bandejas sumamente preciosas, plateadas y con flores heráldicas grabadas en su superficie; los botelleros de la puerta no estaban cerrados con tiras metálicas, pues nuevamente aparecían las imitaciones de tiaras como la que os he descrito antes y la huevera representaba un grupo de dedales plateados con coronas, pero en el tamaño adecuado, claro está.

- ¡Hombre, eso me gusta! ¡Tamaño adecuado! Pero si ahí no había manera de que se estuvieran quietos los huevos, Manolita. Cuenta mujer, cuenta las veces que se han caído los huevos al suelo por culpa de los dedalitos del demonio…

- ¡Si tú no dieses esos portazos!

- ¿Portazos yo? Pero si abriendo la puerta a velocidad normal, podíamos haber jugado a ‘Tiro al huevo’, si allí los huevos volaban más que la gallina que los puso…

Haré como que no he oído nada y seguiré con el relato que es lo mejor. Ahora viene lo más increíble de lo que os contaba: resulta que desde el primer día que llené la nevera con los diversos alimentos, a la hora de recogerlos tenían un sabor inmensamente más bueno y exquisito. Todos los guisos empezaron a quedarme sabrosísimos después de cocinarlos, los yogures, los flanes y todos los lácteos en general salían de la nevera convertidos en caprichos de dioses, las ensaladas me quedaban divinas y las frutas se convertían propiamente en pecados de cardenales…

- ¡Eso, tú lo has dicho! Un pecado era ver cada verano el chorretón que caía en el suelo proveniente de los melones y las sandías que metías en la nevera dichosa.

- ¡Ya salió! Tampoco era para tanto ¿no? Todos tenemos nuestros defectos y eso era bien poca cosa comparado con la cantidad de virtudes que estoy enumerando.

- Pero a ver, Manolita, que no era una cosa cualquiera, que el chorretón tenía recorrido largo y cada año se levantaba el parqué del pasillo…

- ¡Bueno y qué! ¿Acaso no se volvía a bajar después cuando se acababa la temporada?

- Sí claro, después de que yo me pasara las horas arreglando el desperfecto. ¡Lo que hay que oír! Y las sandías y los melones ¿qué? se encogían por falta del jugo, si es que no sé que entiendes tú por “pecados de cardenales”….

- Pues a mi me iba muy bien que se secaran un poco, era más adecuado para hacer bolitas para las ensaladas.

- ¡Sí y qué más!

Sigo, sigo con el relato, si es que a esto se le puede llamar propiamente un relato después de tanta interferencia… El caso es que mi nevera parecía tener vida propia y yo la cuidaba y la mimaba para que estuviese a gusto con nosotros, no me iba ningún día a la cama sin hacerle, con la punta de mi dedo índice, tres cruces en la puerta grande y sé que por eso es que me ha durado veintiún años, estoy segura. Y lo más probable sería que hubiese durado bastante más si Antonio no le hubiese toqueteado los circuitos...

- ¡Encima! Si le toqué los circuitos, como tú dices, es porque se había parado el motor de puro viejo. ¡Ni cruces ni monsergas!

- ¿Me estás llamando supersticiosa…?

- ¿Yo? ¡No! ¡Nada más lejos de mi intención! Anda, envía el relato que ya se verá quien tiene razón…

15.12.07

No quieres caldo, pues toma dos tazas

Mmmmm, a ver como lo digo.... Ya he hecho las vacaciones y he pasado la Navidad.


Así de golpe ¡Plof!


Y lo de golpe no es una metáfora, porque estoy aquí sentada con el pie derecho (mi pie bueno) en lo alto de una silla y envuelto en un bota de pesado yeso.


Borrica, desastre, torpe,... me quedo corta.


Fuí a buscar a mi hija al centro de rehabilitación y al salir, caminando hacia el coche, metí el pie en una losa un poco hundida de la acera y me torcí el pie. Vale, muy bien, me aguanto el dolor que ya se irá y continúo caminando. LLegamos al coche, abro la puerta, pongo el pie izquierdo dentro y se me resbala el derecho hacia el hueco entre la acera y el vehículo, pierdo el equilibrio y me tuerzo de nuevo el pie (no me llegué a caer). Cuando consigo entrar en el coche, me ataca la risa tonta durante un buen rato (por no llorar) y bueno, como antes pienso que ya se me irá en el tiempo que dure el trayecto hasta el centro comercial al que fuímos a comprar. Y compramos durante dos horas con mi pie dolorido dentro de un zapato-botín con cordones. El dolor va y viene pero no me deja ni cuando vuelvo al coche, así que a mitad de camino damos media vuelta y enfilamos para la clínica, a urgencias.


Me quito el zapato en la sala de espera y logro meter de nuevo el pie, después de quitarle los cordones y forcejear con el zapato. El médico se mira la radiografía que me acaban de hacer y yo le afirmo más que le pregunto: no me he hecho nada ¿verdad? y él sonrie y me contesta: pues tienes una fractura. Y yo me sonrío y le digo: ¿es broma no? Y él: si, verás que broma, vamos aquí al lado que te voy a poner una bota nueva. Y me lleva (yo iba en silla de ruedas) a la sala de yesos. Y le pregunto: ¿esto para la Navidad ya estará? y el hombre me mira ya divertido: cuatro semanas. ¡Cuatro semanas! ¡Adiós vacaciones! ¡Adiós fiestas! ¡Adiós conducir! ¿Y ahora quien lleva a ...? ¿Y cómo voy a ...? ¿Se puede conducir con este yeso? Y el médico repasando mis datos en la cartulina me previene de que voy a tener que estar bastante quieta porque la otra pierna no va a aguantar el peso ni el trajín de caminar con muletas.


Y tenía toda la razón, aquí estoy sentada porque no puedo con las muletas, voy con una silla de ordenador con ruedas y me estorban todas las puertas.


Repito: Soy un desastre.

14.12.07

La casa deshabitada

Él me dijo:

- Ayer estuve en una casa deshabitada. Ven conmigo y te la enseñaré.

- ¿Está muy lejos? Si mamá se asoma a la ventana y no me ve, saldrá a buscarme.

- Si vamos corriendo no se enterará nadie. ¡Ah! Es un secreto, no lo puedes contar en casa, si lo haces te acordarás de mí. No lo digo en broma.

Yo me estaba muriendo de ganas por ver el motivo de tanto misterio, así que echamos a correr a través de calles inmediatas y conocidas. Pronto llegamos a un gran descampado donde solamente crecían algunos arbustos polvorientos diseminados aquí y allá, entre malas hierbas y restos de escombros. No podía correr más y toda sudorosa me paré a coger aire mientras miraba a lo lejos un grupo de casas viejas y solitarias.

- Tengo miedo- le dije.

- Si no hay nadie. Son las once de la mañana. La gente se ha ido a trabajar temprano.

- Por eso tengo miedo. ¿Si nos sale alguno de esos que cuenta la gente con ganas de hacernos algo, a quién vamos a pedir ayuda?

- ¡Que miedica eres! No eres más que una niña tonta, me voy yo solo.

Me quedé mirando como se alejaba despacio, sabíamos los dos que le seguiría. Por un momento la rabia me hizo girarme para volver a casa y di unos pasos. Alguien venía caminando hacia nosotros. El miedo irracional de mis pocos años me hizo correr hacia mi hermano y me agarré de su mano temblando.

- ¡No me dejes! ¡Viene un hombre y mira que cara tiene!

Él sonriendo me apretó la mano y seguimos caminando. Cuando alcanzamos la altura de las primeras casas respiré tranquila, allí vivía gente. Una mujer tendía ropa de niño en una cuerda sujeta a una pared blanca algo desconchada. Aquello me dio seguridad, si ella puede vivir aquí -pensé- es que nada malo ocurre en estas casas. En ese momento el hombre de la cara siniestra pasó por nuestro lado y sin mirarnos se dirigió, llave en mano, a la puerta de una de las casas blancas y entró en su interior.

- ¡Camina más deprisa que se hace tarde!- dije, ya más aliviada.

- Ahí está la casa. ¡Mírala!

Otra casa blanca un poco más alejada, pero más grande que las otras y medio caída. Cerca de la entrada unas piedras ennegrecidas puestas en círculo y en su interior restos de una fogata nocturna. No había puerta y entramos agarrados de la mano, despacio, observando, cuidando de no hacer ruido. Mi corazón latía tan fuerte que estaba sintiendo todas las palpitaciones. A nuestro alrededor muebles viejos y abandonados, una mesa caída en el suelo a la que alguien le había arrancado una pata y le había doblado otra. Cruzamos hacia la siguiente habitación, se hallaba iluminada por la bombilla de una lámpara que colgaba del techo, las ventanas estaban cerradas con postigos marrones, me extrañó ver ropa tirada en una cama. Le hice un gesto a mi hermano señalando la luz del techo y bajito le dije:

- ¡Vámonos! Aquí hay gente.

- La encendí yo ayer por la tarde. No hay nadie.

En silencio y con un dedo en los labios me señaló también la ropa que había en los cajones abiertos de una cómoda vieja. Yo no me sentía muy segura con todo aquello, más le seguí a la siguiente habitación. Aquella se hallaba bañada con la luz de la mañana que entraba por una de las paredes medio caída. Un objeto enorme reposaba bastante torcido en el centro de la habitación. Una gran tapa rota, apartada a un lado, dejaba ver dentro de aquella gran caja de madera, alargada y curvada, una larga fila de cuerdas tensas cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y rojo. Casi me senté en él, pero en ese momento mi hermano cogió un trozo de rama que había en el suelo y mirándome con los ojos brillantes explicó:

- Esto es lo que quería enseñarte ¡escucha!

Pasó la rama por encima de cada una de aquellas cuerdas tensadas y comenzó a oírse un tremendo chillido, agudo y grave a la vez, que inundó todos los rincones de la casa, de mis oídos y de mi cabeza. Los dos salimos corriendo. Sin mirar atrás. Espantados. Cruzamos entre las casas blancas, corrimos por las calles conocidas e inmediatas y por fin apareció la puerta de nuestra casa. Mi madre nos miraba, impaciente.

- ¿Dónde estabais? ¿Qué os ha pasado que venís así? Llevo un rato buscándoos. ¡Helena, mira como llevas el vestido!

- Hemos estado haciendo carreras- dije yo.

Mi hermano solamente sonrió y me guiñó un ojo.

…………………………………………………………….

Se ha quedado un momento en silencio como ensimismada, hasta que le he preguntado:

- Helena,… ¿Pero qué era aquella caja?

- ¡Pues… un piano de cola!

- Qué lugar más extraño para tener un piano de cola. ¿Y tu madre?

- No sabe nada de todo aquello, sigue siendo un secreto que guardo con mi hermano. Fue uno de tantos buenos momentos de mi niñez.

11.12.07

No volverá a ser lo mismo

Siento dolor en el costado, la luz… el maldito reloj está lejos, ya llego… las ocho. Otro día más. Otro largo día sin nada que hacer. Bueno hay cosas que debería hacer, pero... ¡mierda! ¿Qué prisa tengo?

Subo la persiana y aparto algunos pliegues de la cortina. La calle está mojada, hay gente que camina deprisa. Aún es pronto, oigo voces a través de las paredes y de las ventanas del edificio. Voces de niños que gritan, voces de madres que riñen, los padres ya no están. Bueno, el vecino de al lado sí. Este se lleva a la niña grande a las ocho y media.

Comienzo la rutina, subo persianas y me tomo la pastilla para el estómago. No tengo ganas de lavarme. Miro el ordenador…no…no lo pongo en marcha, hoy no. Doy otra vuelta por la casa, miro el termómetro de fuera ¡diez grados!, no abro todavía.

En la calle hay más gente y pienso que me gustaría ser uno de ellos. Quisiera correr hacia algún sitio donde me esperen, donde me hablen, donde me miren. La puerta del vecino se cierra, la niña corre. Son las ocho y media y el termómetro sigue en las mismas.

Desayuno de pie en la cocina. En la puerta del frigorífico está el menú de la semana pasada. ¡Algo para hacer! El menú para esta semana, que cuadren las comidas y no se repitan en tres días. ¡Qué aburrimiento! No quiero pensar en mi vida de antes.

Pero yo era una persona activa que corría por las mañanas, era como los demás, con una vida propia en mis manos y la disfrutaba. Lo que hacía era necesario, cumplía mi misión en la rutina del vivir. ¿Quién dijo que el stress es una enfermedad? Enfermedad, esa es la palabra maldita.

La pastilla de la espalda, me toca a las once. Dejo la caja encima del mármol para no olvidarme. Otra vuelta por la casa. Abro las ventanas, niños, madres y padres que corren a los coches, el colegio está lejos. Jorge mira a mi ventana y le saludo. Descarga de la furgoneta plantas y flores y las entra en su tienda. Pienso que tengo suerte de tener una jardinería enfrente. Eso me recuerda que ahora soy un parásito que mira lo que hacen los demás.

No volverá a ser lo mismo, me han dicho. Ahora te puedes dedicar a lo que quieras. Tienes suerte de jubilarte con tu edad. ¡Qué gracia! Suerte tengo de no coger una depresión. No quiero pensar en ello. Vuelvo al menú de la semana, la verdad es que es una gran tontería esto del menú. Esta semana no lo hago, además siempre me lo salto cuando no tengo ganas de hacer la comida.

Cierro las ventanas y pongo la televisión. Debates sobre política. No gracias. Los documentales van sobre animales. Nada, apago la “tele”. Me voy al ordenador ¡ha ganado por puntos! El correo, las noticias, algún foro…¡Ay, la pastilla! Se me pasa la mañana y no me he lavado, no he hecho nada.

Es mediodía, me ducho y como un bocadillo ¡Adiós menú! Una naranja y más pastillas, miro a la calle y no hay nadie. Suena el teléfono y el corazón se me acelera, las manos me tiemblan, ya le doy a la tecla verde…

-¿Siiií? ¿Quién es?

Y la voz:

- Buenas tardes, le hemos llamado para comunicarle que ha tenido usted la suerte de ser…

- Espere, no siga. Lo siento pero no me interesa. Hasta luego.

- Bueno, señor… ¡clic!

Pienso que, no hace mucho, el del teléfono podía haber sido yo. De nuevo me vuelve la apatía, esto si que es una enfermedad. Hago cuatro cosas mientras veo un programa de prensa rosa-amarilla.

Me había quedado dormido, son las seis. Oigo ruidos en la escalera, los vecinos vuelven. Mi hijo aún no ha llegado, tal vez sí.

- ¡Andrés! ¡Andrés! ¿Estás ahí?

- ¿Papá? Como dormías no te he dicho nada.

- ¿Qué tal el trabajo?

- Hoy me lo he pasado de puta m… Ya te contaré, ahora me voy a duchar que he quedado ¿vale?

Al ratillo me dice:

-Papá, me voy. No me esperes levantado. Ya sabes que tienes que cuidarte. Cenaré fuera, por eso. Adiós.

Y yo:

-Adiós, hijo, adiós.

A las nueve me pongo el pijama y miro en la nevera. Hay caldo de ayer, hago una tortilla y tras la cena tomo dos pastillas que me dan más sueño. Esto no es mi vida de antes. Mientras me tumbo en la cama pienso que no, que no volverá a ser lo mismo…y me duermo.

9.12.07

¿Quién te ahoga?

Ya está otra vez aquí, sin remedio. ¿Hay alguien a quien le gusten los lunes, si le toca trabajar?
Pero no hablo de tener o no un trabajo, porque eso lo queremos todos a menos que se disponga de una renta sustanciosa con la que subsistir haciendo panching. Tampoco hablo de hacer o no una actividad con la que te sientes útil y te socializas con tu entorno. Ni siquiera me refiero a poder desarrollar un objetivo para el que te has preparado y con el que te sientes -o no- totalmente satisfecho.
No.
Yo hablo del momento crucial en que se acaba ese día con derecho a relentizar todos los movimientos, a saltarse los horarios establecidos, incluído el de la comida; a salir o volver a la hora que te dé la gana, a invertir el tiempo en inquietudes más placenteras, etc, etc, etc,.....
De ahí mi pregunta.
¿Hay alguien a quien le gusten los lunes?

6.12.07

Piso de Soltero

Hay momentos en la vida en que a más de uno no nos ha quedado más remedio que plantearnos un interrogante sobre el origen de nuestros propios males y yo hoy me encuentro en uno de esos momentos. ¿Recuerdan el anuncio ese del donuts y del día redondo? Pues yo debo ser de los que no han desayunado el famoso bollo y ahora estoy pagando las consecuencias.

Vivo en un ático de mi propiedad en un edificio sin ascensor, sí, sin ascensor, han leído bien. Me pareció una buena compra cuando me enseñaron este piso, soy joven y en aquel momento las escaleras me parecieron una buena tabla de ejercicios diarios, aunque lo que más influyó en mi decisión fue el tremendo paisaje que atravesando los cristales de las ventanas me envolvió hasta hacerme creer que estaba sentado en una nube, tal fue la amplitud que se abrió ante mi, acostumbrado como estaba a las cortas distancias y a las repetidas paredes vecinales.

Creo que habrán deducido que pertenezco a ese colectivo de jóvenes solteros que ganan un sueldo suficiente para vivir cómodamente y darse pequeños caprichos, así que no entraré en muchos detalles para explicar que mi existencia ha venido desarrollándose entre un trabajo suficientemente agradable y las salidas con un grupo de amigos dispuestos a exprimir las diversiones y frivolidades que el mundo tiene a bien poner a nuestro alcance. No puedo quejarme, creo que he sido un privilegiado por la buena suerte, tal vez sería mejor decir que lo fui hasta que conocí a Teresa. Ella, tan independiente, con su melena castaña hasta la cintura y su mirada escrutadora, se metió en mi vida justo con las campanadas del nuevo año y así, sin anunciarse, empezó a tomar posesión de mi tiempo libre y a ocupar el espacio vital físico que hasta entonces había conseguido reservar y proteger como un avaro guarda y protege sus monedas.

De esta suerte comencé el año lleno de sentimientos contradictorios, por un lado necesitaba, cada día más, encontrar aquellos ojos penetrantes clavados en los míos, toda ella me gustaba, su cuerpo, su cabello, sus pensamientos, su forma de hablar, de caminar…y por otro lado, no quería dejar perder los días de libertad y de desorden colectivo con los amigos. Ya sé que me dirán que soy un inmaduro y que ella seguramente vale más que todas las demás circunstancias de mi vida, pero tenía que intentarlo. Y ahí comenzó todo este lío.

Habíamos pasado la noche juntos en mi cama y al despertar me la quedé mirando con ternura y admiración, su cabello revuelto y sus parpados cerrados le daban un aire un tanto indefenso, como el de un niño acurrucado en el regazo de su madre. Cuando abrió los ojos absorbió el aroma del café que en ese momento le ofrecí en una bandeja con el desayuno. Yo creía haber encontrado las palabras apropiadas y con cuidado fui desgranando mis peticiones y exigencias. Su cara expresó primero asombro, después furia contenida y por último desprecio, la bandeja resbaló hasta el suelo cuando se levantó y precipitadamente se vistió y salió casi sin peinarse. Así comenzó esta maldita mañana.

Me sentí tan torpe y estúpido que corrí hacia la ventana para llamarla, pero no conseguí llegar hasta ella. La taza de café bajo mi pie me hizo resbalar y dar una fuerte patada contra la pata de la cama, algo crujió y no fue la madera. ¿No les suena a alguna escena de película cómica americana? A mi me lo hubiese parecido si el dolor creciente me hubiese dejado pensar en esos momentos. Como pude conseguí vestirme y llamar a un taxi, ya que mi pie se estaba hinchando por momentos, los cuatro pisos de altura me parecieron cuarenta, tardé una eternidad en bajar y encontré al taxista malhumorado por la espera. Tardamos casi media hora en llegar al ambulatorio más cercano y con un “espere, por favor” me dirigí a la pata coja al servicio de urgencias, el recepcionista estaba de muy mal café, como de no haber dormido y me miró de arriba a bajo con aire de perdona vidas. El médico, menos simpático aún, me facilitó unas muletas y me envió al hospital comarcal. Nuevamente acomodado en el taxi empecé a preguntarme por la razón unánime que hacía que todo el mundo a mi alrededor estuviese de tan mal humor, yo creía tener más derecho que ellos a dejar caer lamentaciones e improperios y en cambio estaba siendo el blanco de todos ellos.

Tras otro “espere, por favor” dirigido al taxista entré en la sala del servicio de urgencias del hospital, allí reinaba una calma chicha, hija del cansancio de la espera y de las pocas ganas de hablar por la mañana temprano. Otro médico con cara de palo me envió con silla de ruedas y una enfermera a la sala de radiografías donde me acogieron con un “pronto empezamos” bastante sarcástico, pero esto me sirvió al menos para conseguir una cierta explicación por parte de la enfermera -no haga caso, es lunes, eso es todo-. Tremenda constatación de una realidad tan desafortunada. ¿Quieren saber donde estoy dos horas después? Abandonado en los primeros escalones de las interminables escaleras que conducen a mi casa, con una pierna escayolada y dos muletas compañeras, intentando averiguar las palabras mágicas necesarias para que Teresa se digne contestarme a través del teléfono móvil.