14.12.07

La casa deshabitada

Él me dijo:

- Ayer estuve en una casa deshabitada. Ven conmigo y te la enseñaré.

- ¿Está muy lejos? Si mamá se asoma a la ventana y no me ve, saldrá a buscarme.

- Si vamos corriendo no se enterará nadie. ¡Ah! Es un secreto, no lo puedes contar en casa, si lo haces te acordarás de mí. No lo digo en broma.

Yo me estaba muriendo de ganas por ver el motivo de tanto misterio, así que echamos a correr a través de calles inmediatas y conocidas. Pronto llegamos a un gran descampado donde solamente crecían algunos arbustos polvorientos diseminados aquí y allá, entre malas hierbas y restos de escombros. No podía correr más y toda sudorosa me paré a coger aire mientras miraba a lo lejos un grupo de casas viejas y solitarias.

- Tengo miedo- le dije.

- Si no hay nadie. Son las once de la mañana. La gente se ha ido a trabajar temprano.

- Por eso tengo miedo. ¿Si nos sale alguno de esos que cuenta la gente con ganas de hacernos algo, a quién vamos a pedir ayuda?

- ¡Que miedica eres! No eres más que una niña tonta, me voy yo solo.

Me quedé mirando como se alejaba despacio, sabíamos los dos que le seguiría. Por un momento la rabia me hizo girarme para volver a casa y di unos pasos. Alguien venía caminando hacia nosotros. El miedo irracional de mis pocos años me hizo correr hacia mi hermano y me agarré de su mano temblando.

- ¡No me dejes! ¡Viene un hombre y mira que cara tiene!

Él sonriendo me apretó la mano y seguimos caminando. Cuando alcanzamos la altura de las primeras casas respiré tranquila, allí vivía gente. Una mujer tendía ropa de niño en una cuerda sujeta a una pared blanca algo desconchada. Aquello me dio seguridad, si ella puede vivir aquí -pensé- es que nada malo ocurre en estas casas. En ese momento el hombre de la cara siniestra pasó por nuestro lado y sin mirarnos se dirigió, llave en mano, a la puerta de una de las casas blancas y entró en su interior.

- ¡Camina más deprisa que se hace tarde!- dije, ya más aliviada.

- Ahí está la casa. ¡Mírala!

Otra casa blanca un poco más alejada, pero más grande que las otras y medio caída. Cerca de la entrada unas piedras ennegrecidas puestas en círculo y en su interior restos de una fogata nocturna. No había puerta y entramos agarrados de la mano, despacio, observando, cuidando de no hacer ruido. Mi corazón latía tan fuerte que estaba sintiendo todas las palpitaciones. A nuestro alrededor muebles viejos y abandonados, una mesa caída en el suelo a la que alguien le había arrancado una pata y le había doblado otra. Cruzamos hacia la siguiente habitación, se hallaba iluminada por la bombilla de una lámpara que colgaba del techo, las ventanas estaban cerradas con postigos marrones, me extrañó ver ropa tirada en una cama. Le hice un gesto a mi hermano señalando la luz del techo y bajito le dije:

- ¡Vámonos! Aquí hay gente.

- La encendí yo ayer por la tarde. No hay nadie.

En silencio y con un dedo en los labios me señaló también la ropa que había en los cajones abiertos de una cómoda vieja. Yo no me sentía muy segura con todo aquello, más le seguí a la siguiente habitación. Aquella se hallaba bañada con la luz de la mañana que entraba por una de las paredes medio caída. Un objeto enorme reposaba bastante torcido en el centro de la habitación. Una gran tapa rota, apartada a un lado, dejaba ver dentro de aquella gran caja de madera, alargada y curvada, una larga fila de cuerdas tensas cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y rojo. Casi me senté en él, pero en ese momento mi hermano cogió un trozo de rama que había en el suelo y mirándome con los ojos brillantes explicó:

- Esto es lo que quería enseñarte ¡escucha!

Pasó la rama por encima de cada una de aquellas cuerdas tensadas y comenzó a oírse un tremendo chillido, agudo y grave a la vez, que inundó todos los rincones de la casa, de mis oídos y de mi cabeza. Los dos salimos corriendo. Sin mirar atrás. Espantados. Cruzamos entre las casas blancas, corrimos por las calles conocidas e inmediatas y por fin apareció la puerta de nuestra casa. Mi madre nos miraba, impaciente.

- ¿Dónde estabais? ¿Qué os ha pasado que venís así? Llevo un rato buscándoos. ¡Helena, mira como llevas el vestido!

- Hemos estado haciendo carreras- dije yo.

Mi hermano solamente sonrió y me guiñó un ojo.

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Se ha quedado un momento en silencio como ensimismada, hasta que le he preguntado:

- Helena,… ¿Pero qué era aquella caja?

- ¡Pues… un piano de cola!

- Qué lugar más extraño para tener un piano de cola. ¿Y tu madre?

- No sabe nada de todo aquello, sigue siendo un secreto que guardo con mi hermano. Fue uno de tantos buenos momentos de mi niñez.

3 comentarios:

Malena dijo...

Durrell, eres única describiendo situaciones y escenarios, es como ver una película poniendo uno mismo las imágenes. Yo me he visto en aquella casa y casi, casi, he salido corriendo al mismo tiempo que los hermanos.

Un beso muy grande.

Anónimo dijo...

Hermosa historia y muy bien contada.
Un abrazo.

Durrell dijo...

Pues tengo que deciros que esta historia es producto de la realidad tal cual :)

Besos y abrazos para los dos.