11.12.07

No volverá a ser lo mismo

Siento dolor en el costado, la luz… el maldito reloj está lejos, ya llego… las ocho. Otro día más. Otro largo día sin nada que hacer. Bueno hay cosas que debería hacer, pero... ¡mierda! ¿Qué prisa tengo?

Subo la persiana y aparto algunos pliegues de la cortina. La calle está mojada, hay gente que camina deprisa. Aún es pronto, oigo voces a través de las paredes y de las ventanas del edificio. Voces de niños que gritan, voces de madres que riñen, los padres ya no están. Bueno, el vecino de al lado sí. Este se lleva a la niña grande a las ocho y media.

Comienzo la rutina, subo persianas y me tomo la pastilla para el estómago. No tengo ganas de lavarme. Miro el ordenador…no…no lo pongo en marcha, hoy no. Doy otra vuelta por la casa, miro el termómetro de fuera ¡diez grados!, no abro todavía.

En la calle hay más gente y pienso que me gustaría ser uno de ellos. Quisiera correr hacia algún sitio donde me esperen, donde me hablen, donde me miren. La puerta del vecino se cierra, la niña corre. Son las ocho y media y el termómetro sigue en las mismas.

Desayuno de pie en la cocina. En la puerta del frigorífico está el menú de la semana pasada. ¡Algo para hacer! El menú para esta semana, que cuadren las comidas y no se repitan en tres días. ¡Qué aburrimiento! No quiero pensar en mi vida de antes.

Pero yo era una persona activa que corría por las mañanas, era como los demás, con una vida propia en mis manos y la disfrutaba. Lo que hacía era necesario, cumplía mi misión en la rutina del vivir. ¿Quién dijo que el stress es una enfermedad? Enfermedad, esa es la palabra maldita.

La pastilla de la espalda, me toca a las once. Dejo la caja encima del mármol para no olvidarme. Otra vuelta por la casa. Abro las ventanas, niños, madres y padres que corren a los coches, el colegio está lejos. Jorge mira a mi ventana y le saludo. Descarga de la furgoneta plantas y flores y las entra en su tienda. Pienso que tengo suerte de tener una jardinería enfrente. Eso me recuerda que ahora soy un parásito que mira lo que hacen los demás.

No volverá a ser lo mismo, me han dicho. Ahora te puedes dedicar a lo que quieras. Tienes suerte de jubilarte con tu edad. ¡Qué gracia! Suerte tengo de no coger una depresión. No quiero pensar en ello. Vuelvo al menú de la semana, la verdad es que es una gran tontería esto del menú. Esta semana no lo hago, además siempre me lo salto cuando no tengo ganas de hacer la comida.

Cierro las ventanas y pongo la televisión. Debates sobre política. No gracias. Los documentales van sobre animales. Nada, apago la “tele”. Me voy al ordenador ¡ha ganado por puntos! El correo, las noticias, algún foro…¡Ay, la pastilla! Se me pasa la mañana y no me he lavado, no he hecho nada.

Es mediodía, me ducho y como un bocadillo ¡Adiós menú! Una naranja y más pastillas, miro a la calle y no hay nadie. Suena el teléfono y el corazón se me acelera, las manos me tiemblan, ya le doy a la tecla verde…

-¿Siiií? ¿Quién es?

Y la voz:

- Buenas tardes, le hemos llamado para comunicarle que ha tenido usted la suerte de ser…

- Espere, no siga. Lo siento pero no me interesa. Hasta luego.

- Bueno, señor… ¡clic!

Pienso que, no hace mucho, el del teléfono podía haber sido yo. De nuevo me vuelve la apatía, esto si que es una enfermedad. Hago cuatro cosas mientras veo un programa de prensa rosa-amarilla.

Me había quedado dormido, son las seis. Oigo ruidos en la escalera, los vecinos vuelven. Mi hijo aún no ha llegado, tal vez sí.

- ¡Andrés! ¡Andrés! ¿Estás ahí?

- ¿Papá? Como dormías no te he dicho nada.

- ¿Qué tal el trabajo?

- Hoy me lo he pasado de puta m… Ya te contaré, ahora me voy a duchar que he quedado ¿vale?

Al ratillo me dice:

-Papá, me voy. No me esperes levantado. Ya sabes que tienes que cuidarte. Cenaré fuera, por eso. Adiós.

Y yo:

-Adiós, hijo, adiós.

A las nueve me pongo el pijama y miro en la nevera. Hay caldo de ayer, hago una tortilla y tras la cena tomo dos pastillas que me dan más sueño. Esto no es mi vida de antes. Mientras me tumbo en la cama pienso que no, que no volverá a ser lo mismo…y me duermo.

4 comentarios:

María Narro dijo...

lo leí en el otro blog, lo recordaba perfectamente y aún así lo he vuelto a leer entero.
Es bueno, muy bueno.

Un beso grande.

Fede dijo...

Querida amiga,
Tu relato me ha hecho sonreír...Me jubilé hace cuatro meses... Tenía tanto miedo que me ocurriera lo que tu describes...
Resulta que me sigo lenvantando a las siete y media de la mañana. Que vuelvo tarde a casa y que tengo un montón de tarea por hacer...
¿Cuestión de suerte?
No, en absoluto. Es necesario, tener o inventarse objetivos vitales claros. Cuando los objetivos existen ya sólo queda por definir estrategias...
Al segundo día de vida como la de tu protagonista creo que me daría un infarto!

Durrell dijo...

Gracias, María. Era la primera vez que escribía un relato y no quedó mal. Los siguientes son muy malos, tal vez los arregle en algún momento y los cuelgue aquí. Necesitan un lavado de cara y un centrifugado completo :)))) Besitos.

Durrell dijo...

Hola Fede. Es estupendo como te ha ido esa jubilación, me alegro mucho por ti, hay que saber disfrutar todos los momentos que tenemos y enriquecernos cada día un poco más con aquello a lo que no optábamos por falta de tiempo.

El personaje de mi historia es un enfermo de cincuenta años con muchas limitaciones para poder salir de casa. Tiene una lesión en la espalda y en la cadera por lo que a duras penas puede caminar, bajar escaleras es un tormento para él y se ve obligado a pasar sus días tumbado o sentado entre las cuatro paredes que forman su hogar. Esta es la realidad de muchos discapacitados. Era mi realidad (ahora ya estoy mejor) cuando escribí esta historia, aunque yo soy más joven, claro:) Tuve la suerte de encontrar un foro de escritores y empezar a escribir, y después llegaron Malena y Milú y prácticamente me adoptaron e introdujeron en este grupo tan precioso de blogueros que formamos todos.
Internet es una gran herramienta, una grandísima herramienta y debería estar más extendida y asequible.
Un gran abrazo ;)