6.12.07

Piso de Soltero

Hay momentos en la vida en que a más de uno no nos ha quedado más remedio que plantearnos un interrogante sobre el origen de nuestros propios males y yo hoy me encuentro en uno de esos momentos. ¿Recuerdan el anuncio ese del donuts y del día redondo? Pues yo debo ser de los que no han desayunado el famoso bollo y ahora estoy pagando las consecuencias.

Vivo en un ático de mi propiedad en un edificio sin ascensor, sí, sin ascensor, han leído bien. Me pareció una buena compra cuando me enseñaron este piso, soy joven y en aquel momento las escaleras me parecieron una buena tabla de ejercicios diarios, aunque lo que más influyó en mi decisión fue el tremendo paisaje que atravesando los cristales de las ventanas me envolvió hasta hacerme creer que estaba sentado en una nube, tal fue la amplitud que se abrió ante mi, acostumbrado como estaba a las cortas distancias y a las repetidas paredes vecinales.

Creo que habrán deducido que pertenezco a ese colectivo de jóvenes solteros que ganan un sueldo suficiente para vivir cómodamente y darse pequeños caprichos, así que no entraré en muchos detalles para explicar que mi existencia ha venido desarrollándose entre un trabajo suficientemente agradable y las salidas con un grupo de amigos dispuestos a exprimir las diversiones y frivolidades que el mundo tiene a bien poner a nuestro alcance. No puedo quejarme, creo que he sido un privilegiado por la buena suerte, tal vez sería mejor decir que lo fui hasta que conocí a Teresa. Ella, tan independiente, con su melena castaña hasta la cintura y su mirada escrutadora, se metió en mi vida justo con las campanadas del nuevo año y así, sin anunciarse, empezó a tomar posesión de mi tiempo libre y a ocupar el espacio vital físico que hasta entonces había conseguido reservar y proteger como un avaro guarda y protege sus monedas.

De esta suerte comencé el año lleno de sentimientos contradictorios, por un lado necesitaba, cada día más, encontrar aquellos ojos penetrantes clavados en los míos, toda ella me gustaba, su cuerpo, su cabello, sus pensamientos, su forma de hablar, de caminar…y por otro lado, no quería dejar perder los días de libertad y de desorden colectivo con los amigos. Ya sé que me dirán que soy un inmaduro y que ella seguramente vale más que todas las demás circunstancias de mi vida, pero tenía que intentarlo. Y ahí comenzó todo este lío.

Habíamos pasado la noche juntos en mi cama y al despertar me la quedé mirando con ternura y admiración, su cabello revuelto y sus parpados cerrados le daban un aire un tanto indefenso, como el de un niño acurrucado en el regazo de su madre. Cuando abrió los ojos absorbió el aroma del café que en ese momento le ofrecí en una bandeja con el desayuno. Yo creía haber encontrado las palabras apropiadas y con cuidado fui desgranando mis peticiones y exigencias. Su cara expresó primero asombro, después furia contenida y por último desprecio, la bandeja resbaló hasta el suelo cuando se levantó y precipitadamente se vistió y salió casi sin peinarse. Así comenzó esta maldita mañana.

Me sentí tan torpe y estúpido que corrí hacia la ventana para llamarla, pero no conseguí llegar hasta ella. La taza de café bajo mi pie me hizo resbalar y dar una fuerte patada contra la pata de la cama, algo crujió y no fue la madera. ¿No les suena a alguna escena de película cómica americana? A mi me lo hubiese parecido si el dolor creciente me hubiese dejado pensar en esos momentos. Como pude conseguí vestirme y llamar a un taxi, ya que mi pie se estaba hinchando por momentos, los cuatro pisos de altura me parecieron cuarenta, tardé una eternidad en bajar y encontré al taxista malhumorado por la espera. Tardamos casi media hora en llegar al ambulatorio más cercano y con un “espere, por favor” me dirigí a la pata coja al servicio de urgencias, el recepcionista estaba de muy mal café, como de no haber dormido y me miró de arriba a bajo con aire de perdona vidas. El médico, menos simpático aún, me facilitó unas muletas y me envió al hospital comarcal. Nuevamente acomodado en el taxi empecé a preguntarme por la razón unánime que hacía que todo el mundo a mi alrededor estuviese de tan mal humor, yo creía tener más derecho que ellos a dejar caer lamentaciones e improperios y en cambio estaba siendo el blanco de todos ellos.

Tras otro “espere, por favor” dirigido al taxista entré en la sala del servicio de urgencias del hospital, allí reinaba una calma chicha, hija del cansancio de la espera y de las pocas ganas de hablar por la mañana temprano. Otro médico con cara de palo me envió con silla de ruedas y una enfermera a la sala de radiografías donde me acogieron con un “pronto empezamos” bastante sarcástico, pero esto me sirvió al menos para conseguir una cierta explicación por parte de la enfermera -no haga caso, es lunes, eso es todo-. Tremenda constatación de una realidad tan desafortunada. ¿Quieren saber donde estoy dos horas después? Abandonado en los primeros escalones de las interminables escaleras que conducen a mi casa, con una pierna escayolada y dos muletas compañeras, intentando averiguar las palabras mágicas necesarias para que Teresa se digne contestarme a través del teléfono móvil.

5 comentarios:

María Narro dijo...

eso por no desayunar donuts jajajaja ¡ya te vale el día que le has hecho pasar a tu prota!

como aquí eres Dios... ya le estás pintando un ascensor ;)

Un beso enorme.

Consuelo Labrado dijo...

¡Pobre criatura! Vaya papeleta que le has plantado, pelín desalmada te encuentro ¿no te da pena?
Fuera bromas, me ha gustado tu relato ¡no podía ser de otra manera! un besazo

Consuelo Labrado dijo...

Esto es de traca o no entra o por triplicado, bueno como se suele decir: repitiendo es más largo. Besos A ver si entra esto quinientas treinta y dos veces o más jajaja

Durrell dijo...

@María y Consuelo:
Es el primer relato que colgué en el blog de Terra hace casi un año. Espero que desde entonces el protagonista haya soltado las muletas y entre un poco de más luz en el ático de su cabeza :)))

Besos para las dos ;)

Malena dijo...

Yo también espero que haya dejado las muletas porque si no le veo vendiendo el ático. :)

Un beso muy grande.