17.11.08

Culpable Callejero

Baila caballerito, baila… y no pienses, baila y cierra los ojos cuando mires atrás. Caballerito no pares, no le des oportunidad a la conciencia ni por un segundo… Pero quién maldito mierdoso me ha metido la mano en el bolsillo sin que me diera cuenta… no, ahí está… por un momento pensé… pero no. Ahora necesito un rincón donde nadie me siga, que estoy harto de ver sus miradas ansiosas y al fin el chute es solo mío y lo he pagado con mi dinero… bueno, con el dinero de mi madre, bien está, que es muy cansina la mujer y me tiene harto con sus lloros y sus súplicas, joder, lo que cuesta que me suelte la pasta y la que tengo que liar para convencerla…

Ahí está, ya lo noto correr por mis venas… llega la paz de nuevo y comienzo a sentirme bien, sí. En su justa medida no es tan grave como lo veía todo ayer, no fue culpa mía ni mucho menos, no, que aquel pobre diablo ni siquiera miró y yo iba como Dios, o sea, por la carretera… y por la carretera van los coches y nadie tiene que cruzarse cuando uno va conduciendo con todo su derecho, que se podía haber esperado el muy estúpido a que yo pasara… y es que el tío ni caso hizo cuando me vio venir, ni para adelante ni para atrás, se quedó allí pasmado antes de recibir el golpe. Que se notaba que yo iba con velocidad ¡mierda, que ya estoy llorando otra vez! Y no fue mi culpa. Tampoco había tomado tanto, tres ginebras y una dosis. Yo sabía bien lo que veía y el volante lo tenía bien cogido, tal vez pisaba demasiado el acelerador, pero quién no lo pisa en una vía como esa...

Y el muy desgraciado se quedó tirado como si le hubiese hecho algo serio, que no fue para tanto, joder, que lo más normal es que se haya ido a su casa por su propio pie. Pero que el tío tenía ganas de meterme miedo en el cuerpo, seguro, que lo más querría cobrar de la compañía un buen pellizco y por eso se hacía el muerto el muy… Y ahora se debe estar riendo a mi costa mientras se lo cuenta a cuatro mataos que quieran oírle. Si no había sangre siquiera y a esa velocidad lo tenía que haber reventado, pero el tipo empeñado en no abrir los ojos, pero a mí qué… no había ni un alma por el polígono a esas horas, que también son ganas de caminar por un sitio así a las cinco de la mañana… y si salía de trabajar… pues eso, que el tipo seguro iba cansado y con sueño y no miraba por donde caminaba, ni me vio venir. Que yo no tengo la culpa que no haya escogido otro trabajo, a ver a quien se le ocurre hacer turnos… este sería como mi padre que se esperaba que yo empezara en la fábrica como él, desde abajo. Y qué se me ha perdido a mí en un sitio así, que yo no soy un pasmao cualquiera y tengo mis ideas. Un día de estos les voy a demostrar quien soy yo. Que valgo más que ellos y no voy por el mundo tirándome a los coches para cobrar del seguro, que somos unos incautos los que conducimos con todas las de la ley.

Si al menos pudiese dormir tranquilo… seguro que es culpa de esta ginebra, vete a saber la clase de matarratas que le echan para engordarla. Anda, caballerito, vamos a bailar, ya no te pesan los pies ni las penas… a bailar que la noche empieza y hay unas cuantas loquillas esperando que les de un repaso. Menudas golfas son, como la que iba en el asiento trasero ayer, decía la muy estúpida que no podía dejar al muerto allí… y ella qué… si iba durmiendo cuando pasó todo… se puso histérica, pero los dos guantazos la templaron. Se meó de miedo cuando le puse la navaja en el cuello, no sabía con quien se las tenía… y no dirá nada, ya me encargaré de tenerla bien asustada, porque no se puede jugar con las buenas personas como yo… joder, que no fue culpa mía…

1.11.08

Una Ausencia Vital

La adolescencia es una etapa de corazón ardiente y luces de farolillo, todo es nuevo, todo se abre a nuestro alrededor en un prometedor viaje. Cualquier idea es una escusa factible para acometer las acciones más insospechadas tan solo unos años o unos meses antes. En un momento dado el espíritu adquiere el valor necesario y se decide a enfrentar la suerte con los ojos medio cerrados. Y así fue como se decidió mi futuro cuando apenas contaba quince años. La primera escapada no tuvo un éxito definitivo pues dos números de la guardia civil me llevaron de vuelta a casa, no sin antes retenerme en el cuartelillo durante unas cuantas horas. El segundo intento, más elaborado y meditado, consiguió encaramarme en la ruleta cuyos giros decidirían los avatares de mi existencia.

Recordándolo después, aquellos arduos años de enorme esfuerzo para conseguir apenas mantenerme en los principios de mi vida en solitario, nunca me parecieron tan duros como los vividos bajo el techo de mi padre. No fui un hijo deseado y mi llegada solo sirvió para entorpecer y complicar la armonía de sus tres integrantes hasta aquel momento. Mis padres habían cubierto todas sus aspiraciones procreadoras con mi hermano Pablo, habían calculado y previsto un mañana cierto y viable para su persona y yo aparecí en este mundo reclamando un lugar que no tenía cabida en sus vidas. Pronto empecé a detectar diferencias en los tonos, parcialidad en los derechos y abundancia de obligaciones y castigos en mi persona. Me repetían una y otra vez que yo era malo de naturaleza y que debían corregirme, esa era la vil infamia que me adjudicaron. Pero ante todo, lo que más me hirió a lo largo de mi infancia fue la ausencia del amor materno, esa ausencia que yo trataba de ocultar al mundo como si fuera el resultado de un gran pecado propio, algo que yo había merecido por ser como era, malo de naturaleza.

Lejos de ellos prosperé y crecí como persona, no diré que haya conseguido grandes bienes ni grandes hazañas, más el destino me procuró amigos que supieron valorarme en su día y también una verdadera familia con la que he descubierto muchos sentimientos que creía inexistentes por desconocidos. Lo que yo sentía hasta entonces era producto del insuficiente amor, del escaso valor otorgado, de la incipiente inseguridad adquirida por todo ello. Porque los humanos somos al fin y al cabo el resultado de unos valores inculcados o aprendidos en nuestros primeros años… Aún así han habido momentos en los que me he llenado de angustia hasta el punto de sentirme desgraciado cuando más factores poseía para ser feliz, revivía aquella infamia y no era consciente de que necesitaba purgar hacia el exterior todos aquellos errores ajenos que me marcaron de niño. No me considero un hombre sabio ni mucho menos pero las luces del entendimiento poco a poco me hicieron comprender que el perdón era necesario para calmar mi espíritu. Nadie me lo ha pedido en todo este tiempo, ni yo soy tan arrogante para ir a otorgarlo a quienes en absoluto se han sentido culpables. Los he perdonado dentro de mi corazón, no quiero que el resentimiento le reste plenitud a mi vida y me haga tomar decisiones equivocadas.

Mis hijos me describen en muchas ocasiones como perteneciente a una generación fuerte, sufrida y decidida que ha sabido sobreponerse a muchas calamidades casi sin quejarse. Hablan así porque no han sufrido la ausencia del amor de sus padres y desconocen que la fuerza de sentimientos como la rabia, la ira o el odio te hacen pisar con fuerza, pero que es el verdadero afecto y el sentirte amado los que te ayudan a caminar toda la vida.

30.10.08

23.10.08

Inconstantes

La constancia es a veces un mérito difícil de conseguir cuando se tiene un caracter impetuoso que depende en sumo grado de la ilusión. La monotonía, la repetición, la falta de elementos afines y la involución de las ideas pueden provocar una reflexión que derive hacia la propia prescindibilidad en la causa. La realidad, entonces, se impondrá como una losa cierta y verdadera que acabará de asfixiar cualquier iniciativa; los deberes y obligaciones aparcados mientras duró la ilusión, se tornarán en gigantescos desordenes vitales. Dónde se halla la verdadera estabilidad, será la pregunta que se haga la persona inconstante que de algún modo persigue y necesita llegar a una meta de vez en cuando para sentirse bien consigo mismo.

Un medio o tal vez el único con viabilidad suficiente para encarrilar el espíritu de nuevo hacia el positivismo, se halla en la capacidad para cerrar los ojos a los posibles daños interiores y poner todo el empeño en ordenar el exterior vital. Esos ojos cerrados convertirán al individuo en un autómata constante, pero por otro lado ayudarán a conseguir pequeñas metas necesarias que harán renacer paso a paso la satisfacción, antesala de la Ilusión.

24.9.08

¿Os acordais de Suzie Quatro?



Con Cris Norman de Smokie...



Y ahora ellos...

20.9.08

Cita a ciegas


Adiós, verano, adiós.

Se acaba el verano y con él las calores empalagosas, el deleite de saborear los apreciados helados, la comodidad de vestir pantalones informales y sandalias, los baños en la playa, el placer de tener la ropa seca en poco rato, las duchas contínuas, el rastro del reloj en la muñeca, el gazpacho frío, la horchata, la siesta a media película esperando que pase la calor...

¿Y de la tele qué? ¡Uf! negro verano para muchas familias, ahí están sin consuelo porque no lo hay... y las olimpiadas de Pekin, bien por los gratos momentos que nos han dejado: Nadal, un sufrimiento ver los partidos pero venían con recompensa, es un verdadero fenómeno este chico; Jamaica nos ha dejado con la boca abierta y ha dado en las narices a muchos, en cambio, la piscina me dejó un mal sabor de boca y sigo creyendo que Mark Spitz aún no ha sido superado... pero dejemos a los atletas.

Las noticias de sociedad o más bien la falta de ellas nos trajeron la portada de la operación de nariz y salieron los cuervos, buitres leonados y demás carroñeros que vieron la oportunidad de seguir metiendonos sus rollos como "periodistas" y continuar haciendo caja. Digo yo o más bien me pregunto porqué no puede operarse Letizia como cualquier otro personaje de esa "sociedad", ... claro está, que ella no es más que una plebeya al fin y al cabo como insisten tantos en recordar y su familia no es "buena família" como leo por algunos lugares de Internet. ¿Somos tontos los españoles? No queremos tener familia real porque consideramos que lo de la sangre azul está ya trasnochado y que aquello de aristócratas y plebeyos pasó a la historia y sin embargo, seguimos haciendo distinciones de ese tipo indistintamente de nuestras creencias. A mi me parece una familia muy normal la de Letizia y ella también, con sus cosas buenas y menos buenas. No encuentro la necesidad de machacarla sin fundamento pues está haciendo correctamente el trabajo que le han adjudicado y eso es lo que cuenta, en su casa, como en la de todos, que haga lo que quiera. Otra cosa distinta es lo que opinemos sobre la necesidad de tener monarquía o no y para expresarlo hay otros modos y otros sitios.

Pero se acaba el verano y estos programas siguen, ahora llega otro espacio tomatero con la frasecita real como título del programa y veo uno y no más, santo Tomás. Por lo que se demuestra, Telecinco y Antena3 insisten en escoger personajes públicos o conocidos para desollarles vivos, sacar o inventar rumores malintencionados para ningunearlos y destrozar su imagen pública. Y vuelvo a decir ¿a mí qué me importa lo que hagan o dejen de hacer con sus vidas? Parece que la libertad de expresión solo puede ser válido para esos pocos carroñeros que viven del cuento justamente, del "cuento" de los dimes y diretes. La libertad de expresión es también la libertad de hacer sin que te pongan a caldo por la tele, sobre todo sin que se inventen gestos, palabras y situaciones donde no las ha habido y cuando además ponen imágenes que demuestran lo contrario de lo que están diciendo. Estamos olvidando aquella frase de "Vive y deja vivir" y ciertos profesionales han olvidado también lo que debería ser su trabajo, que hay cosas más serias de las que informar y ocuparse.

Bueno, pues ha comenzado nueva etapa de trabajo y de búsqueda para los que se han quedado sin él. Esto si es algo serio, esto si que divide a la población en diferentes escalas. Por un lado los que pueden seguir con una vida más o menos cómoda y por otro los que comienzan a desesperarse porque no saben como van a hacer frente a los mínimos gastos familiares y empieza a entrarles la miseria por la ventana. Y sin olvidar a los desheredados de la sociedad que aparecen a la vuelta de cualquier esquina... Esta sí es una realidad de la que deberíamos ocuparnos con más acierto que salir a la palestra haciendo politiqueo barato, sobre todo a propósito de ganar elecciones. Se nota que tienen la mesa puesta y el ropero lleno cuando hablan y cuando pierden el tiempo en discursos y réplicas. Me resultan cansinos. Todo lo que se hace es "pan para hoy y hambre para mañana". Pero no ahora, siempre. Desde hace años. Y así vamos.

Voy a recomendarles a todos para que lean "Las Uvas de La Ira" de John Steinbeck, muy interesante para aclarar algunas ideas. Y ahora sí se acabó el verano.

16.9.08

El espejo mágico I

Discernir la causa por la cual me hallo en esta situación no representa una tarea fácil, ni es tampoco un estudio al que quiera dedicar tiempo alguno, ya que por otro lado no siento que mi espíritu, en pleno descenso hacia el decaimiento, se vea en posesión del suficiente entusiasmo para tan encomiable esfuerzo. Mi mente en estos momentos es como un borrón, una suerte de maraña, una nebulosa que no me deja reaccionar y buscar a través del razonamiento lógico una idea, un principio de luz, un comienzo de ilusión al que agarrarme para salir de este pozo en el que me veo sumergido.

Mi entorno no es precisamente alentador, más bien al contrario, esta buhardilla o cuartillo trastero al que he venido a parar incita al mínimo entusiasmo. Podría decir que mide alrededor de unos quince metros cuadrados si contase el espacio -más de la mitad- que ocupan una colección de muebles, sillas, juguetes rotos, ropas diversas y un enorme espejo rubinado por el paso del tiempo que tengo colocado enfrente de mi cama. Esa idea de poner el espejo ahí me pareció buena en un principio, cuando aún me sentía lleno de optimismo y consideraba esta situación como una anécdota pasajera de la que me vería libre en unos pocos días. Ahora, en estos momentos de lucidez en los que me doy cuenta de la realidad palpable, el espejo no cesa de reflejar la miseria de este lugar, las paredes sucias y desconchadas, la escasa luz que entra por el pequeño ventanuco que hay cercano al techo y el destartalado camastro sobre el que descanso mientras observo mi figura, una triste figura como la de aquel famoso caballero, reflejada en el cristal.

Espejito… espejito mágico ... He de sonreír a mi pesar por las tonterías que aparecen en mi cerebro disparatado. Si creyese en la magia del espejo sería más oportuno interrogarlo para averiguar la solución a mis problemas y ciertamente no estoy por la labor de hacerlo. No se podría creer ni en el cuento más enrevesado que este pobre artefacto en su decrepitud, carcomido, moteado por el paso del tiempo y el abandono, fuera el más idóneo para dar consejos de este tipo. Bien lo dejó claro el pobre Andrei, el día antes de su muerte, cuando observó que esta tabla de cristal le provocaba tristeza en el alma, no le gustaba mirarse en él y es cierto que la sonrisa con la que casi siempre aparecía por la puerta, se desvanecía al verse reflejado en el espejo. A todo esto no es mala idea la que se me está ocurriendo, no es precisamente la que estaba buscando, sin embargo creo es algo que debería haber hecho desde el principio. Ya está. No más duplicidades. Quién querría ver ampliadas las angustias y los malos momentos del presente. Un espejo ha de reflejar el brillo de las luces en un salón acogedor y bien decorado, la imagen de una bella mujer ataviada con su mejor vestido, los vivos ojos de unos niños satisfaciendo su curiosidad… Pero aquí está mejor contra la pared mientras pongo en orden mis pensamientos, algo me dice que ahora será más fácil hacerlo.

8.7.08

En el Limbo... y con los pies colgando

Este gato está como yo: aburrida, sin alicientes y esperando en la inopia a que aparezca algo nuevo y emocionante por ese horizonte limitado que me rodea. Ya no me apetece nada, pero nada, escribir relatos; "El Rincón de Sherezade" hace tiempo que se quedó bailando en la red para los restos y en este blog no me apetece seguir colgando cuentos mediocres y sin sentido.

Tampoco me apetece empezar a comentar las noticias desde aquí, ya es suficientemente desolador pensar en los muertos en las pateras, en los atentados terroristas o en esas guerras creadas para lucro de unos cuantos y donde la vida importa tan poco. Mejor no remenar más en ello.

¿Y qué haré? Ni idea. Mantengo las antenas abiertas por si en algún momento se produce ese "contacto". Mientras tanto, mis escasas neuronas estarán haciendo la siesta como el gatito de la foto. Zzzzzzzzzzz zzzzzzzz....

10.6.08

Crónica de un mordisco anunciado

El día en que a Ramón Rodríguez Robles le mordió el perro llamado “Cinco”, había hecho su entrada casi anunciando la desdicha. Lo primero que sintió Ramón Rodríguez cuando levantó las persianas fue el golpeteo de unas gruesas gotas como chorretones de manguera que azotaban los cristales de las ventanas. El hombre que vivía solo y era el colmo de la pulcritud, a causa de la llegada del buen tiempo, había decidido pasarse la tarde anterior fregando persianas y ventanas hasta dejarlas inmaculadas y al borde del desgaste, por el afán de pasar el trapo cincuenta veces más por encima del brillo más rutilante.

No se habría tomado tan mal la llegada de aquellas lluvias, que buena falta estaba haciendo que lloviese para que se llenasen los pantanos, si hubiesen durado algo más que aquellos escasos diez minutos en que todo el esfuerzo hecho por Ramón Rodríguez quedó eclipsado por las manchas de barro que en ese momento maceraban en sus cristales y persianas. Desde luego su humor sí que quedó lleno de nubarrones en aquella mañana.

Ramón vivía solo, tenía cincuenta años y había pasado la mayor parte de su vida en un pueblo perdido del interior cuidando las fincas de la familia y el ganado. De joven había tenido una novia de la que estuvo muy enamorado, Edelmira Galindo Baños, una mujer de gran belleza y no menos carácter, que le envió a freír espárragos un día en que le pilló en un mal paso cuando salía de buscar a un amigo borracho, en la única casa de mal uso del pueblo. Eso sí que fue mala suerte porque ella no se creyó la historia aunque se la hubiese confirmado el amigo y la doña de aquel club de tres al cuarto. Edelmira rompió el noviazgo y no volvió a dirigirle la palabra para los restos. Pero no todo fueron desgracias para Ramón Rodríguez que a los cuarenta y cinco años heredó una buena suma de dinero y decidió que ya había trabajado bastante. Alquiló la casa y las fincas y se dirigió a la ciudad dispuesto a comenzar una nueva etapa viviendo de rentas, sin grandes lujos pero con lo suficiente para no tener que temerle al futuro. Se compró un pequeño piso en una buena zona muy tranquila de la ciudad y tras contactar con unos cuantos amigos y hacerse socio de las partidas de mus en el bar de la esquina, comenzó a sentirse satisfecho como gato panza arriba.

Todo hubiese ido bien, si el destino no jugase tan malas pasadas a costa de jugar con los sentimientos del buen hombre, y es que desde hacía dos años tenía una nueva vecina que no se dignaba dirigirle ni un mal saludo de buenos días. No le hubiese importado tanto en cualquier otro miembro de la comunidad, más aquella vecina vivía en el piso de la puerta que daba frente a la suya y no era otra que Edelmira Galindo Baños, su antigua novia despechada. No se había casado al igual que él, pero no estaba sola, había llegado acompañada de un gran perro danés de color gris que respondía al nombre “Cinco” y cuya actitud no recordaba en nada a su otrora primo-hermano Scooby Doo. Tenía el animal la fea e insistente manía de enseñar las amígdalas, tras una gran boca babeante cada vez que se cruzaba en el camino de Ramón Rodríguez y éste, a su vez, se tocaba la pierna con un fino y cimbreante bastón que había optado por utilizar desde que viera por primera vez al odioso perro. También había sido maldita la casualidad que siendo tan grande el mundo tuviesen que venir a cruzarse sus destinos de aquella manera. Edelmira no perdía ni un segundo en los momentos en que se cruzaban para demostrarle su desprecio y Ramón empezaba a sentir que era la chacota del barrio.

Aquella mañana no había comenzado bien y Ramón andaba un poco de los nervios, después de desayunar dejó el cartón de leche en el fregadero y la taza sucia en el frigorífico, se puso la chaqueta y salió a buscar el periódico sin acordarse de coger el inseparable bastón. Por su parte Edelmira también andaba un pelín nerviosa, no le gustaban los días de lluvia porque le daban dolor de cabeza y además era bastante aprensiva y durante toda la noche no había parado de tener pesadillas angustiosas. Esto para ella era presagio de catástrofe y para colmo de males “Cinco” no paraba de ladrar y de rascar la puerta de la calle, lo que aún la desconcertaba más. Visto el asunto, no le quedó mas remedio que agarrar la correa y sacar el perro a dar su vueltecita de desahogo en cuanto paró de llover. Iba tan sumida en sus cábalas que no se fijó en la piel de plátano caída en el suelo y tampoco distinguió al sujeto que se acercaba despacio con los ojos embebidos en la plana del periódico.

Ramón Rodríguez Robles hubiese seguido su ruta cargado con su mal humor si la sorpresa no se lo hubiese borrado de un plumazo. De pronto algo gelatinoso hizo resbalar uno de sus pies que salió disparado como una bala hacia delante con tan mala pata –y nunca mejor dicho- que fue a impactar contra los morros de un también sorprendido “cinco” que en ese momento tenía la pata levantada junto al tronco de un árbol. El perro se quedó a media meada contando sus dientes, Edelmira con la boca abierta como una pánfila y Ramón con los ojos a punto de salirle de las órbitas recordando en el acto la falta de su bastón. Antes de que pasase un minuto más de esta escena, “Cinco” comprobaba el perfecto estado de su dentadura en el tobillo de Ramón Rodríguez y cosa curiosa, fue la propia Edelmira la que le obligó a abrir la boca y a soltar al pobre Ramón antes de ayudarle a levantarse y llevarlo a su casa donde le aplicó una buena cura que duró el tiempo necesario para que hiciesen las paces. Bueno, no es que decidieran casarse ni nada de eso, lo cierto es que cada uno en su casa estaban muy a gusto haciendo lo que les daba la gana. Es solo que de vez en cuando “Cinco” se quedaba solo en casa mientras Edelmira se acercaba a visitar al “vecino de enfrente”

21.5.08

Busco Okupas

El rincón de Sherezade se ha quedado estancado. Tal vez los que estábamos nos hemos quedado sin imaginación para continuar escribiendo... No me gustaría que se quedase ahí olvidado y flotando a la deriva... Así que busco amigos que quieran compartir sus inquietudes literarias en ese espacio.

Es un foro abierto a diversas colaboraciones: dispone de un concurso de relatos "Los cuentos de las mil y una palabras", en el que se vota y el ganador pone el tema de la siguiente semana, también en este apartado hay una tertulia para comentar los relatos escritos y sacar conclusiones sobre el trabajo hecho.

Hay un apartado para exponer otras creacciones literarias como poesía, teatro, relatos largos, opiniones sobre el tema, etc... Le sigue un lugar para hablar sobre autores y también un pequeño taller con consejos para escribir.

¿Qué más os cuento?...

En Offtopics hablamos de todo: música, películas, pintura, utilizamos fotografías para adivinar el emplazamiento donde se hicieron..., vídeos, personajes, noticias peculiares, opiniones propias sobre cualquier tema..., etc.

Si os apetece compartir vuestra imaginación con nosotros y ayudarnos a revivificar el foro, os dejo aquí la dirección:

http://usuarios.lycos.es/tintero/phpBB2/index.php

Entrad y ocupad el espacio con total libertad, sois bienvenidos.

Durrell
P. D: Hay que registrarse para escribir, pero cualquier duda os la resolveré aquí mismo.

También agradecería vuestra colaboración si haceis un copi/pega de este post para que llegue a más gente. Gracias :)

18.5.08

Verdades y mentiras

No estaba tan lejos como para no divisarlo, pero descender aquella calle cada día me resultaba más laborioso. A mis piernas y más en concreto a mis rodillas, parecía que les daba miedo perder aquella marcha lenta, acompasada y segura como si se fuesen a desencajar en cualquier momento. Azarías no podía presumir de tener las suyas en mejor estado que yo, muy al contrario, desde hacía unos días ya no sabía caminar sin aquella muleta que parecía una extensión de su persona. Conservaba aún aquella apostura de galán que le hacía parecer más alto de lo que ya era, el cuerpo y la cabeza erguidos a pesar de sus dificultades y una cierta coquetería en su arreglo personal.

Me esperaba bajo aquel sol primaveral que ayudaba a calentar nuestras articulaciones doloridas, con la misma expresión de desconcierto que siempre intentaba ocultarme con una amplia sonrisa de bienvenida:

- Buenos días. ¿Cómo andamos? Parece que hoy caminas un poco más lenta que la última vez...

- Hola, Azarías. Déjame que me siente un poco, esos medicamentos no están haciendo nada más que debilitarme y fastidiarme el estómago.

- No sabes lo que me apena oír eso, Matilde, yo creía que esta vez te iría bien el tratamiento. -Me lo dijo con verdadero sentimiento y en sus ojos se veía claramente una sombra de tristeza- Pero venga, no nos pongamos tristes… ¿cómo va esa novela que estás escribiendo?

- Ja ja ja, Azarías, ya te he dicho que no es ninguna novela, hombre. Escribo historias que se me ocurren, cuentos sobre la vida cotidiana… bueno… mira, ahora estoy intentando escribir diálogos entre dos personajes pero, te digo de verdad que es bastante difícil de conseguir, al menos para mí. Se trata de meterme en la piel de cada uno y dejar bien patente la diferencia de carácter entre los dos, porque… ¡bueno! Resulta difícil que me ponga en el lugar..., que me ponga a pensar como otra persona que no soy yo.

- Escúchame atentamente, que yo podría ser tu padre por los años que te llevo y ya te he contado ¿verdad? que he dado muchas vueltas antes de recalar en este lugar. A la María la conocí en un barco en el que trabajábamos los dos… no me pierdo, no, lo que te estoy contando es que he conocido a mucha gente de todo tipo y condición y he tenido que convivir con ellos en un lugar del que no podíamos salir aunque quisiéramos... ¡Que me río yo del Gran Hermano ese, vamos!... La gente hacía las mismas cosas siempre, se repetían unos a otros como muñecos de feria. En el fondo todos somos hijos de vecinos y el que no cojea de una pierna cojea de la otra... ¡Como nosotros! ¡coño! Ja ja ja ja…

- Tienes la virtud de ponerme de buen humor, Azarías.

- Es que la vida son tres días, Matilde y como no le echemos un poco de guasa al asunto vamos a acabar muy mal. Fíjate en mí, ya no puedo salir por las tardes que me las paso enganchado a la bombona de oxígeno ¿y qué? Pues aprovecho para leer y ver la tele, para qué me voy a amargar la vida… Pero, sigamos, a ver, cuéntame cómo son esos personajes tuyos…

Lo cierto es que a mi sí me preocupaba bastante el declive en el que estaba cayendo mi amigo, le temblaban las manos mientras gesticulaba y su estómago se notaba hinchado como la otra vez que tuvo que ingresar en el hospital por más de dos meses. Pero en absoluto quería estropearle uno de los momentos que como él mismo decía, cada vez se le hacían más cortos y más añorados. Su bigote canoso estaba curvado en una amplia sonrisa expectante y me apresuré a contestarle.

- Verás… son dos amigos, o al menos lo parece. Se conocieron en un curso de estos que se organizan para los que buscan trabajo y enseguida entablaron amistad. Uno de ellos, digámosle Román, invitó al otro a compartir su coche para acudir a las empresas. Y el otro, que se llama Juan, aceptó y quedó como un pacto implícito entre los dos el compartir toda la información… ¡creo que me estoy enrollando demasiado…! La cuestión es que Juan, que tiene un carácter bastante alegre aunque casi siempre se enfada por cualquier cosa, en realidad está engañando a su amigo. Y no es que mienta respecto a lo que hace a espaldas del otro, sino que lo oculta…

- ¡La vida está plagada de tramposos! Y las más de las veces suelen ser los más simpáticos.
Claro que, estos dos amigos no lo son en realidad, están aún conociéndose… y la amistad es otra cosa más profunda…, las relaciones humanas siempre están rodeadas de verdades y mentiras, de luces y de sombras; unas veces por casos como el que me explicas y otras para evitar más complicaciones de las necesarias, que es de lo que más solemos huir los humanos.

Azarías se quedó un tanto pensativo, tal vez recordando alguna experiencia pasada que aún le rechinara en la memoria. Yo me quedé a la espera, respetando su silencio. El sol había llegado a lo más alto y desde unos minutos antes comenzaba a sentir demasiado calor en aquel banco de la calle. Me decidí a rebuscar el abanico en el bolso y el movimiento que hice para abrirlo pareció sacar a Azarías de sus ensoñaciones.

- ¡Coño! ¡Déjate de abanicos, mujer! Vamos a entrar a tomarnos una cerveza fresquita acompañada con pimientos del padrón…

- Hombre, Azarías… ¿quieres decir que haces bien en comer esos pimientos picantes…?

- No te preocupes, no es eso lo que me va a llevar a la tumba y los tres días que me quedan al menos que sean a mi gusto.

Nos levantamos y entramos en la penumbra del local, se estaba bien allí y como en otras ocasiones seguimos la charla acompañados por la dueña del bar y otros parroquianos conocidos.

15.5.08

Perdido en la Obsesión


Javier se desesperaba, aquello ya se pasaba de sus límites y no sabía cómo hacérselo ver a su hermano. Abrió como pudo el ventanal y salió a respirar un poco de aire fresco, le parecía mentira tanta decadencia, tanta dejadez a su alrededor. En la terraza no quedaba ninguno de aquellos frondosos arbustos que dejó la antigua dueña. En su lugar trasnochaban una colección de tiestos vacíos o en el peor de los casos, restos orgánicos de alguna planta que había luchado por sobrevivir hasta el último momento.

Pisoteó unas cuantas hormigas cuya ruta se había situado peligrosamente en el umbral de los ventanales y se decidió de nuevo a entrar en la estancia. Su hermano Luís no hizo ademán alguno y continuó tumbado en el destartalado sofá con la vista fija en el libro, pareció como que su presencia no tenía ninguna importancia para él y Javier comenzó a pasarse repetidamente la mano por el poco cabello que le quedaba mientras se quedaba absorto mirando a Luís. Se preguntó a donde había ido a parar aquella confianza plena que había entre los dos, sus relaciones se habían ido enfriando y tan solo le llegaba la superficialidad de unas respuestas metódicas. Había perdido el contacto con el alma de su hermano que vagaba a la deriva por mundos irreales.

- Vamos a un médico, Javier.

El otro, sin apartar los ojos de las profundidades del libro, soltó un bufido.

- Si no te gusta, no vengas a incordiar. Ahí tienes la puerta.

Aquello era una batalla perdida y él lo sabía. Se abrió paso como pudo entre aquella maraña y miró en la cocina. Al menos no había muchos platos sucios y en el frigorífico la leche y la comida se veían en buen estado. Fregó los cacharros, recogió la bolsa de basura, la pila de libros olvidados sobre la encimera y caminó hasta el cuarto del ordenador con la férrea voluntad de acabar con todo aquello. Sabía que iba a ser doloroso y que su hermano tal vez no se lo perdonaría nunca…

……………………..

Pasaban diez minutos sobre las nueve de la mañana cuando comenzaron los timbrazos y los golpes en la puerta. Luís se levantó de un salto, irritado por aquella estúpida interrupción, las imprecaciones que soltó no transcendieron al exterior porque los golpes siguieron hasta que giró la llave en la cerradura. Ante él, dos uniformes azules y detrás un personaje con aires de funcionario, Luís en pijama y descalzo no acertaba a comprender aquella invasión en su intimidad. Se vio empujado hacia adentro mientras los hombres se habrían paso por aquellas habitaciones llenas de libros apilados por los suelos, por los muebles, por las mesas, por las camas, por las sillas y sillones, en la bañera, en el bidet…

- ¿Dónde se lava?

- Tengo una ducha… allí en un aseo pequeño…

……………………..

Javier firmó la donación en nombre de su hermano. A los de la biblioteca municipal se les venía encima un laborioso trabajo para desembalar, clasificar y buscar sitio para toda aquella colección de volúmenes, pero dejaron la casa limpia, tan solo quedaron algunos libros, los justos en los espacio de las estanterías.

En la residencia donde se hallaba internado, Luís solía pasear por los jardines con aire un tanto apesadumbrado y meditabundo. Le habían prohibido la lectura por una temporada y no tenía acceso a los periódicos. En su mente enferma comenzaba a aparecer una pequeña chispa de razonamiento aunque se negaba a hablar con Javier por teléfono. No obstante había entablado un conato de amistad con otro interno que llegó a la residencia unos días antes que él, el hombre estaba intentando recuperarse de una fuerte depresión post-estrés provocado por las excesivas responsabilidades que campeaba al frente de una sucursal bancaria con escaso personal y gran actividad. Éste preguntó a Luís el primer día:

- ¿Una depresión, no?

- No, Síndrome de Librógenes.

12.5.08

Mis seis cosas "no importantes"

El sueño huye y sin abrir los ojos comienzo a implicarme en la realidad, ya no soy la protagonista de un cuento fantástico e incorpóreo, ahora la rutina se impone y la voz de la mañana se hace presente instándome a comenzar un nuevo día. Me apetece, como siempre, contemplar las montañas bajo un cielo limpio y recién estrenado y primero uno y después otro, decido colocar mis pies en las zapatillas. Es difícil caminar en frío pero persevero en mi afán y poco a poco mis músculos responden mientras me dirijo a la cocina, recogiendo por el camino el pequeño paquete del que soy esclava sumisa.

Abrigada con un anorak viejo me siento revivificada en el exterior, es impresionante contemplar esa naturaleza verde y viva. Voy dando caladas lentas, el espectáculo durará el mismo tiempo que tardaré en consumir ese primer cigarrillo de la mañana.

…………………………………………………

Sumida en mis pensamientos apretaba el pedal del acelerador solventando las sinuosas curvas de la carretera, la pista estaba libre y había rebasado al menos dos kilómetros sin problemas cuando de pronto el estómago se me encogió en un acto reflejo al encontrar aquellas cuatro ruedas mirando al cielo. No había nadie en el interior del coche ni en los alrededores y continué, pero más despacio…

………………………………………………..

¡Caramba! Otra vez el ruido de esa puerta ¡la de veces que he dicho que hay que echarle aceite en las bisagras!

…………………………………………………

¡Pero qué pedazo de mula! El teléfono me quema en las manos y aprieto los labios para no decirle cuatro cosas al borde que tengo al otro lado del teléfono. Le hablo de la solidaridad que debemos guardar entre todos para que podamos seguir haciendo nuestro trabajo y el muy bruto se despide despectivamente.

Mi compañera me mira fijamente y me pregunta, después sonreímos para aliviar la tensión.

…………………………………………………

No se me ocurre ninguna idea y apoyando los codos en la mesa, delante del teclado, giro la cabeza y contemplo a mi hija que esta subrayando el libro de geografía. Ella también me mira y se echa para detrás estirando los brazos mientras afirma:

-Tengo mucho sueño.

Yo la observo como bosteza esta vez sobre el libro y sigue subrayando.

- Siéntate bien –le pido, y su respuesta es- mmmm.

Pero se coloca bien en la silla. Después le leo este párrafo y nos reímos.

………………………………………………

Creo que somos demasiados habitantes en un mismo sitio. ¿Cómo se lo harán los chinos?

Cuando logramos llegar a las cajas del supermercado, digo que me voy al lavabo y veo a lo lejos el letrero con los dos muñequitos y la barra en medio. Suspiro y me encamino decidida. Bajo el letrero comienza un largo pasillo que continúa después de una curva, al fin llego a la puerta en la que un letrero avisa que hay que ir a pedir la llave a la caja central. En mi pensamiento me acuerdo de toda la familia del que puso ese letrero ahí y no en la caja central, me digo que ya paso de ir al lavabo pero mientras vuelvo por el infinito pasillo me doy cuenta de que no voy a aguantar… ¡####! ¡#####!

La caja central está al otro extremo del super y suspiro cargándome de paciencia mientras observo como mis pies se alternan por delante de mí. Me dan la llave y comienzo de nuevo la maratón hacia el lavabo, cuando vuelvo y la entrego de nuevo a la cajera, mis labios no se curvan para sonreír y mis párpados se quedan abiertos solo hasta la mitad de su recorrido. En fin…

................................................................




Mi querida Malena me envió este reto de escribir seis pequeñas cosas sin importancia y aquí lo dejo, ya cumplido, a la vez que le paso los deberes a seis personas más.

Reglas del desafío:
1 - Poner el enlace de la persona que nos eligió: http://eltinterodechina.blogspot.com/
2 - Poner las reglas en el blog.
3 - Compartir seis cosas no importantes y que nos gusten a nosotros.
4 -Elegir a seis personas al final: Dashina, Patry, Cálidabrisa, María Narro, Exlucifer y Consuelo.
5 - Avisar a estas personas y dejar un comentario en sus blogs

Rescatando viejos post



- Panoramix, Necesito un poco de tu poción mágica
- Ummm ¿sabes que está terminantemente prohibida a los romanos?
- Yo no soy romana, soy humana





- Están locos estos humanos, je. ¿Para qué la quieres? ¿Te atacan las legiones de Cesar?
- Otras legiones me atacan , no se ven pero hacen estragos allá donde se presentan. Necesito fuerza y optimismo.






- Bueno, de eso entiendo bastante. Voy a prepararte una poción mágica especial para ti. Tengo todos los ingredientes, echemos mano del caldero.








- Un poco de alegría, una pizca de amistad, un soplo de energía, unas hebras de cariño, un pellizco de esperanza, y voilà aquí está tu poción. ¡Que aproveche!

6.5.08

La Huida

Después del conflicto, el país volvió a la rutina de los días anteriores, la vida comenzó a transcurrir como el agua mansa y continua, tras los rápidos de un tormentoso río. En el hospital, no obstante, se palpaba un cierto nerviosismo soterrado entre el personal. En el departamento de urgencias se mantenían las dos líneas de entrada y los médicos y el personal de enfermería que asistían en ellas eran reconocidos fácilmente por las grandes ojeras y el cansancio que acumulaban sobre sus agachados hombros.

Aunque un tanto extraordinarias, mis nuevas obligaciones eran claras y precisas. Cada mañana recogía el portátil con la batería cargada y me apostaba en el camino distante entre la zona de aparcamiento y la entrada del hospital. A todos se les hacía extraño que les abordase con aquel aparato, dispuesta a no dejarles marchar hasta que hiciesen una evaluación de nuestro servicio. Yo también me sentía, la mayor parte de las veces, vencida por aquella exasperante interrupción en la angustia de aquellos familiares que caminaban sumidos en sus propias inquietudes inmediatas. El nombre del Ministerio del Interior los hacía parar en seco y el desconcierto unido a la rabia les impelía a contestar con prevención a todas las preguntas que iban apareciendo sobre la oscura pantalla.

Aquella mañana, sin embargo, se volvió distinta desde que Jennifer, la coordinadora de administración, apareció de improviso en la entrada de los aparcamientos y entre susurros atropellados me rogó que indagara en su expediente desde mi portátil. Sin más explicaciones continuó su camino mientras yo miraba fijamente la pantalla, sin comprender porqué me pedía algo que podía hacer ella misma desde su ordenador. Observé a mi alrededor con disimulo e hice algunas entrevistas más antes de decidirme a extraer el pequeño papel que había dejado en mi bolsillo. Introduje las claves y saltando a través de las diversas ventanas que se iban abriendo encontré su ficha, una más de tantas que componían la base de datos del personal, la revisé y la cerré rápidamente. No tenía noción alguna sobre lo que ella esperaba encontrar e intenté seguir con mi trabajo mientras me iba acercando a la entrada del edificio.

En la zona de fumadores un conocido usuario de la metadona, casi rehabilitado, se avino a realizar la encuesta adornándola con una inquietante opinión sobre la puta dictadura que se había adueñado del país. Yo lo escuchaba, tecleando sus respuestas de espaldas a la carretera y no advertí alarma alguna que obligase a mi interlocutor a abalanzarse sobre mí lanzándome contra el suelo, pero sentí las detonaciones y el griterío aterrado en un espacio de tiempo que se volvió infinitamente lento mientras conseguía girar la cabeza y distinguir al jefe de equipo quirúrgico, Manuel Solano, inerte en medio de un charco de sangre tras recibir dos disparos certeros en el pecho. Mi angel de la guarda, Sebastián, me ayudó a levantarme con sumo cuidado mientras profería innumerables improperios:

- ¡Puta mierda de país! ¡Doctora! ¿Está bien?

- ¡No soy doctora, pero estoy bien, gracias!

- ¡Lo que sea! ¡Vámonos de aquí!

- ¡Venga conmigo, lo necesito!

Lo llevé hasta los lavabos y le pedí que me esperase mientras yo entraba en un servicio y lograba poner de nuevo en marcha aquel portátil que por suerte no había sufrido desperfecto alguno. Metí las claves de la base de datos y busqué la ficha de Manuel Solano. Todo era correcto, no había nada extraño. Después indagué en mi ficha y entonces pude ver la diferencia, introduje de nuevo el apellido del hombre asesinado y apareció aquella letra E mayúscula al lado de su nombre tras un guión. Volví a entrar en la ficha de Jennifer de la que estaba segura ya, antes de verla, también poseía aquella E detrás de su nombre. ¿Podría aquella letra significar “Eliminar”? ¿No era una solemne estupidez que apareciera tan claramente en una base de datos a la que tenía acceso todo el personal de administración del hospital? Pensé en la petición de la coordinadora, si ella me había buscado aquella mañana debía ser porque algún motivo que yo no conocía le impedía acceder a aquellas páginas desde su ordenador. También podría ser que aquella no fuese la base de datos que se estaba utilizando en el hospital y que Jennifer, por algún medio que se escapaba a mi razonamiento, hubiese conseguido las claves de acceso. No tenía tiempo para resolver tantas dudas, ni siquiera para imaginar los motivos por los cuales se habían escogido aquellos nombres y aquel medio para anunciar la muerte de sus propietarios.

Salí sin tener claro aún lo que debía hacer, por suerte Sebastián estaba todavía allí. Ante mis preguntas me aseguró que tenía un pequeño y viejo coche que funcionaba perfectamente y que estaba dispuesto a ayudarme. Fue una larga hora la que invertimos en encontrar a la coordinadora en medio de aquel caos que se había producido entre el personal del hospital. Apenas nos atrevíamos a pronunciar su nombre por miedo a levantar cualquier sospecha y tuvimos que sumergirnos entre aquella gran oleada de rostros indecisos y asustados que se movían de un lugar a otro por todo el edificio. La encontramos, al fin, pensativa y con los brazos apoyados en el alféizar de una ventana solitaria; cruzamos las palabras suficientes para ponernos de acuerdo y nos encaminamos a toda prisa hacia una salida posterior desde la cual y tras un gran rodeo por las calles y zonas sin asfaltar, colindantes con el hospital, conseguimos llegar hasta el viejo automóvil de Sebastián.

Sería largo de explicar todas las vicisitudes que vivimos aquellos dos largos días hasta que Jennifer y yo conseguimos salir del país y llegar a casa de mi hermana en España. Sebastián nos ayudó a escapar a un país vecino a través de un paso fronterizo de montaña, pues aquel hombre castigado por la droga, había tenido una vida intensa en la que había hecho muchas relaciones en un submundo que nosotras apenas intuíamos. Llevábamos unas cuantas ropas metidas en dos mochilas pero, toda nuestra documentación y todo el dinero que pudimos rescatar de nuestras cuentas iban con nosotras. En las pocas horas de espera en el aeropuerto insistimos con vehemencia para que Sebastián nos acompañara, pero no logramos convencerle, él confiaba plenamente en que su persona no era importante para aquellos usurpadores de libertades y hacía tiempo que se había hecho a la idea de morir cualquier día en cualquier esquina. Se volvió hacia aquel infierno en el que se convirtió nuestro pobre país durante largos años. Supimos a través de las cartas que nos fue enviando, de todas las torturas que sufrieron compañeros nuestros, cercanos a la persona de Manuel Solano y comprendimos con certeza que habíamos logrado escapar a tiempo de aquellos miserables.

Jennifer aclaró mis dudas durante aquel largo vuelo hacia la libertad. Ella había sido la pareja de Solano en los dos últimos años y sabía que él había obtenido información confidencial a través de un herido que murió en la mesa de operaciones. Cómo había conseguido aquellas claves y porqué se vio envuelto en aquel conflicto es algo que jamás pudimos averiguar, sino es haciendo conjeturas acerca de una supuesta vida política encubierta. Tampoco pudimos hacer nada más con aquellas cifras del pequeño papel, las claves fueron cambiadas en las posteriores horas de su muerte.

Jennifer y yo nos integramos bien en España, hemos vivido y trabajado en este país esperando y suspirando por este día en el que ha sido anunciada la llegada de la democracia al lugar donde nacimos y donde se encuentran nuestras raíces. Las dos volveremos muy pronto allí, para ella será un regreso y para mí tan solo un viaje para que mi nueva familia conozca el país donde comenzó mi vida.

29.4.08

Querido Amor

Recuerdo el día que llegasteis a la ciudad huyendo de la desidia de aquel pequeño poblado en el que apenas había futuro tan siquiera para un pobre perro callejero, una mancha olvidada en algún punto del mapa que maltrataba a sus hijos con la dureza de una tierra mal repartida en manos de unos pocos. La ciudad era un sueño lleno de promesas para ti. Esperabas mucho de aquella oportunidad y comenzaste a trabajar duro aunque eras casi un niño.

¿Por qué pienso ahora en aquellos días tan lejanos? No sabría explicarlo. Tal vez porque la palabra ilusión me trae recuerdos de aquel tiempo. Cuando nos miramos la primera vez me cautivó tu sonrisa y la seguridad en ti mismo. Yo no era más que una niña de colegio que apenas había comenzado a jugar a ser mayor y me impresionó la fuerza de tu espíritu y tu férrea voluntad. ¿Recuerdas tú aquellos días? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

Me gustaba escuchar aquellas historias de tu niñez, eran tan diferentes de mis vivencias que me parecían relatos contados para entretener en tardes de lluvia: Aquel año en que debías comenzar un sexto de primaria y todos los alumnos de aquel curso hubisteis de repetir quinto porque nunca llegaron los libros necesarios; las veces que dejaste de asistir a las clases para ir con el rebaño que tu padre enfermo no podía cuidar; la vez en que se escapó aquel toro, traído para las fiestas, por las calles del pueblo y tuvo que acudir la guardia civil….

A mí me gustaba tocar tus manos: fuertes, grandes y endurecidas por el trabajo. Yo las acariciaba con respeto, venerando cada espacio de piel gruesa en la palmas, recorriendo con la yema de mis dedos los fuertes nudillos y sintiendo la ternura con la que acariciaban las mías, suaves y finas y tan diferentes a las tuyas. Un día pusiste un precioso anillo en uno de mis dedos ¿recuerdas, amor? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

En tu casa los muebles eran escasos, un armario para todos y algunas camas compartidas; en el comedor las sillas alrededor de la pequeña mesa y un aparador que tu madre mimaba con ceras y con el celo insistente con el que mantenía impecable vuestro pequeño espacio. Tu madre llegó a esta casa de la ciudad arrastrada por vosotros, sus cinco hijos y un marido casi derrotado, envejecida y enflaquecida por el trabajo y la necesidad, aunque en sus ojos brillaba la misma determinación que en los tuyos. Hace varios años que no sé de ella, la última vez me abrazó como si supiese que no nos veríamos más, yo la recuerdo como la valiente mujer que supo imponerse con tesón a todas las vicisitudes y a todo el dolor que la vida le trajo.

Pero hablábamos de la ilusión, la de aquellos días que recuerdo felices mientras nos abríamos a la vida de adultos y a las nuevas experiencias. Nuestro afán por estar juntos nos hacía soñar con el momento en que tendríamos nuestra propia casa y hacíamos planes y soñábamos despiertos. Yo preparaba un ajuar como las chicas de antes y tú trabajabas demasiadas horas lejos de mí. Ahora pienso que tal vez desperdiciamos las horas que podríamos haber tenido para estar juntos ¿tal vez tu también piensas así, querido? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

Aquel día fui a trabajar como cada día al taller, era poco más de media mañana cuando fue a buscarme mi padre. Su mentira no me convenció, era demasiado burda y él no sabe hablar sin verdad. Una angina de pecho fulminante y tu cuerpo descansando en aquel cajón metálico y frío del depósito del cementerio, tú parecías dormido pero no quisieron que te tocara. Las lágrimas casi no me dejaban verte y el espacio de tiempo, yo contigo y tú conmigo, se cortó de golpe cuando cerraron aquel cajón. Aquel momento no lo podrías recordar si pudieras, cariño, porque tu corazón ya no latía y el mío, en aquel escaso minuto en que pude mirarte por última vez, se rompió para siempre.

28.4.08

23.4.08

Sant Jordi 2008

Otro día de Sant Jordi con vosotr@s.
No podía faltar mi rosa dedicada
que me acompañais siempre
con vuestros comentarios.



Y aquí está Sant Jordi,
la princesa y
el dragón.... y la rosa.

...¿y el libro?


Pues el libro estará
tal vez en uno de esos
puestos de las Ramblas,
intentaré llegar y asomarme.
Como podeis ver no es nada fácil,
pero sí es emocionante
vivir esta fiesta
y escoger
un libro para regalar.


¡¡¡ F E L I Z D Í A !!!

2.4.08

El Ermitaño

Acabo de llegar a la ciudad y es como un gran monstruo en movimiento. Hace treinta y cinco años que huí de aquí y dejé de lado el contacto con la gente, me aparté de sus miserias, sus ruidos y sus gritos. He sido hasta hoy lo que vulgarmente se llamaría un ermitaño, he vivido completamente solo en mi montaña, en una casa que yo mismo me hice con piedras y con troncos de madera. Tal vez quieran saber porqué escogí esa vida y si he sido realmente feliz, pues no tienen nada que esperar porque no les hablaré de esa parte de mi existencia. Si están ahí es porque he pensado que pueden acompañarme en esta aventura que es volver a la ciudad. Es una temeridad por mi parte adentrarme en esta jungla de asfalto y creo que me irá bien que alguien sepa de mis andanzas.

Gracias a la ayuda del guarda forestal dispongo de una cantidad de dinero cada mes, es una pensión para pobres sin recursos. Pablo, el guarda, me entregó estos billetes y me dijo: -son ebros, ya te acostumbrarás-. Y aquí estoy, me han dejado en la Gran Avenida y no se parece en nada a lo que yo recordaba, hay demasiados coches y la gente parece que no los ven. Esta gente también es muy rara, creo que se han vuelto todos locos mientras he estado fuera. He intentado cruzar la calle por el paso de cebra y he tenido que saltar para que alguien en bicicleta no me arrollase, he visto una cara con una especie de antifaz en los ojos y cables colgando de las orejas, en la cabeza apuntaban una especie de montañas puntiagudas. A mi lado un hombre hablaba solo mientras se tocaba la oreja, gesticulaba y se reía, y lo peor es que los demás parecían no verlo; pero ¡Dios mío! si es que hay más gente así, por la calzada rayada veo venir a otros individuos que también hablan solos con la mano en la oreja. En fin, no puedo continuar andando, algo con forma de gusano gigante se mueve por encima de una isla de césped que hay en medio de la calzada…es un tranvía, no puedo decir si me gusta, tal vez sí, pues tiene un aspecto sumamente limpio.

He llegado a la acera, aunque antes he tenido que dejar pasar algunas figuras con ropas estrafalarias y más cables colgando de las orejas que iban en una especie de patines muy aparatosos, esto es agotador: coches, autobuses, bicicletas, tranvías, motos… y la gente corriendo sin mirar. Me dejo arrastrar por la multitud hacia lo que parece un gran almacén pero…no, esto no es… ¿o sí? Me he sentado a tomar una taza de café en una de esas calles internas y después de media hora observando a mi alrededor he visto que los humanos tienen mucha prisa para llegar a ninguna parte ¿qué les impulsa a entrar y salir de estas tiendas acumulando bolsas y más bolsas? ¿Por qué está todo tan clasificado, rotulado y expuesto en lujosos escaparates? Veo que no son capaces de mirarse a las caras los unos a los otros, incluso, muchos de ellos se tapan los ojos con gafas oscuras. Y estos jóvenes que pasan caminando por mi lado los veo un tanto perdidos en los afanes que los motivan. He visto que llevan los pantalones caídos por debajo de la ropa interior, las camisetas cortadas, el cabello pintado y peinado en formas imposibles, otros van con la cabeza rapada, muestran tatuajes y aros por diversas partes del cuerpo y no pasan por delante de un escaparate sin mirarse detenidamente en el reflejo del cristal.

He cumplido sesenta y cinco años y dicen que con mi edad no debo vivir solo, que he de reintegrarme de nuevo en la sociedad. ¿Creéis vosotros que yo pertenezco a este mundo ridículo y esperpéntico que me rodea? En este momento me envuelve más la soledad que en todos estos años pasados en la montaña. Veo a los hombres como prisioneros maniatados a un cúmulo de cadenas que ellos mismos se han creado. No voy a adentrarme más en la ciudad, no me hace falta ya para asegurar que esto no es para mí. Voy a volver a casa, allá el aire es limpio y libre. Tal vez Pablo quiera cederme una habitación en invierno donde pueda estar con mi perro….

31.3.08

30.3.08

11.3.08

El Reuma de las Vacas

Hace frío aquí arriba, el termómetro de mi mochila marca cinco grados y aunque el grueso anorak protege mi cuerpo, siento que las piernas piden más abrigo que el simple pantalón que las cubre. El sacrificio merece la pena, aún no ha salido el sol tras las montañas y el azul aparece roto a jirones en un malabarismo de blancos y anaranjados. Es una maravilla. Los apretados pinos conforman un enorme bosque en escalera, todas las montañas están llenas de ellos, guareciendo en lo más oculto la variada fauna conformada desde la pequeña y danzarina ardilla hasta el voluminoso jabalí que anida junto a las raíces de los árboles. Alguna vez, mientras contemplaba una de esas camas me sorprendió el repentino batir de alas de un gran águila, tan impresionante a la vista que no pude hacer otra cosa que quedarme embobado contemplando su elegante vuelo. Acostumbrado a sentir que estas aves habitan en escarpadas rocas alejadas de la vista de los humanos, me asombra que se hallen en montes tan bajos, pero bien está para el disfrute de los que osamos caminar entre este compendio de naturaleza.

Las encinas y algún que otro roble se entremezclan también con los pinos. El suelo se haya cubierto de romero, de espliego, tomillo y lentisco. Por el camino la tierra cruje bajo mis pies y el frío pero limpio aire de la mañana parece quemar mis pulmones acostumbrados al viciado aire de la ciudad. El sol aparece ya con sus primeros rayos hirientes, aclarando aún más el paisaje que baja por la falda de la montaña. A lo lejos, en una gran explanada del pequeño valle, se divisa la gran casona de los Segarra rodeada de un gran prado robado a la montaña. Está muy verde ese espacio y es normal aquí pues el grado de humedad es muy alto, por eso a las enormes vacas cuyo futuro será convertirse en carne tras su paso por algún matadero de la ciudad, no les falta nunca junto con el pienso, el apetecible pasto que tanto les gusta. Y ahora que estoy sintiendo el dolor en mis rodillas producido por el aire frío que me acompaña, no puedo por más que preguntarme si no sufren de reuma las vacas. Tanto frío y humedad no es bueno para nadie y ellas que parecen no inmutarse antes los cambios climáticos de la naturaleza, buscan, sin embargo, los pedazos soleados entre ese césped brillante. Pienso que su cuerpo gordo está abrigado por capas de grasa que las protegen, más sus patas, no tan gruesas, tal vez adolezcan en sus rodillas del inevitable dolor. Podría ser quizás que no dispongan en su corta vida del tiempo suficiente para desarrollar esta enfermedad de viejos tempranos, metidos a veces en oficios poco saludables en los que impera el movimiento mecánico y continuo.

En la nueva carretera que rodea el pequeño pueblo, allá en el valle, han desaparecido las luces de los escasos coches que marchaban hacia la ciudad. Ahora con los faros apagados son más y con el aumento de la velocidad se intuyen las prisas por salvar la inevitable caravana de todas las mañanas. Las persianas de las casas van desapareciendo y en su interior se adivinan las caras aún adormecidas, los movimientos lentos pero sin pausa, los velados gritos a los niños para que se den prisa y también imagino ese embriagador aroma a café recién hecho en las cocinas. No puedo evitar tragar saliva y añorar una buena y humeante taza de café con leche, una gran rebanada de pan redondo todavía caliente y algo del estupendo embutido de la comarca.

Voy a quedarme sin ver a las vacas que no han salido aún, deben tener la cabeza metida entre el forraje y el grano que almacenado en los silos les hace más práctica la vida a ellas y a sus cuidadores. Pero he avanzado mucho ya por el camino que baja de la montaña y ahora que estoy más cerca del pueblo encuentro cambiado el vestido de la vegetación, hay infinidad de chopos estirados en hileras y los bonitos y gruesos troncos de los plataneros hacen guardia a lo largo de la carretera y por encima de la estrecha riera que en paralelo baja recorriendo kilómetros con su escasa, aunque constante agua. Las cañas abundan a los costados de esa riera y de vez en cuando aparece algún campesino cortando brazadas de ellas que le servirán después para atar las tomateras de la temporada o para encauzar el crecimiento de alguna otra mata del huerto. A un lado encuentro la fuente risueña y cantarina de la que borbotea el agua que mana de la montaña, y las dos encinas que la acompañan suelen asistir como testigos quietos al movimiento de garrafas de plástico blanco que a menudo recogen su preciado don, aunque eso será más tarde quizás, cuando en este rincón haga más calor del que hace ahora. Los pájaros ya revolotean inquietos buscando el desayuno y entre las ramas de los árboles los chamarines entonan al unísono sus armoniosas y continuas voces protestonas. Es un pájaro éste, el chamarín, que me agrada sobremanera, inquieto, pequeño y del color de las hojas, pero con un canto que me hace sentirme acompañado. Las adelfas, las paredes cubiertas de buganvillas aún sin su roja flor, otras tapizadas con las ramas que acunan incipientes hojillas de parras vírgenes y algún majestuoso magnolio en un jardín, me anuncian sin dudarlo el dominio del hombre sobre la naturaleza. La tierra que pisaba se ha convertido en asfalto, el sol luce arriba y algún vecino me saluda. Respiro hondo antes de acabar por hoy este paseo matinal.

6.3.08

Viaje Nocturno

La película estaba durando más de lo normal y ella, por no levantarse, estaba encogida de frío desde hacía más de una hora. Al fin llegó el intermedio y Sandra volvió a activar el termostato de la calefacción central que había dejado de funcionar a las doce de la noche. Se colocó un anorak viejo y salió a la terraza pues con lo que duraban los comerciales le daba tiempo de sobras de fumarse un cigarro y volver a dentro sin prisas. Pero con los primeros pasos por el exterior sus pies pisaron algo blando y suave y no pudo evitar un estremecimiento de pánico, corrió hacia la ventana y le dio al interruptor. Un baño de luz iluminó una amplia y preciosa alfombra de colores vivos y ardientes que se iban difuminando hacia el centro en donde el tejido conformaba un águila negra con las alas blancas desplegadas. Sandra miró a su alrededor, más el lugar estaba desierto y no pareció que nadie hubiese podido llegar hasta la terraza de su ático. Se arrodilló sobre aquella alfombra para sentir en su mano aquel tacto aterciopelado, perfilando con su índice el contorno de la figura del águila que la tenía como hipnotizada; tanto que apenas notó aquella brisa que comenzó a acariciar sus mejillas y a alborotar su cabello.

El paquete de cigarrillos cayó de sus manos cuando intentó sostenerse agarrando el vacío, más su cuerpo quedó tendido por la fuerza con la que se elevó la alfombra. Ante aquella furia de vértigo contenido no le quedó más remedio que cerrar los ojos mientras sus manos pellizcaban con fuerza sus piernas y hasta su cara, buscando deshacer aquella pesadilla en la que seguramente había caído influenciada por el telefilme de televisión. De su boca apenas logró sacar más que un triste gemido cuando quiso emitir una petición de socorro, los nervios le habían bloqueado la voz y se encontró luchando consigo misma para incorporarse y lograr abrir los ojos sin hacer caso a los mensajes de su estómago que le informaba continuadamente del proceso de elevación al que seguía sometida. Se revolvió agarrando con las manos uno de los bordes de la alfombra y se arrastró lo suficiente para sacar la cabeza y poder observar el alejamiento de todo el compendio que conformaba la ciudad. De sus ojos brotaron lágrimas que no llegaron a cubrir su cara, simplemente arrastradas y diluidas por la fuerza con la que chocaron con el aire. Aquel viaje duró una media hora aunque para Sandra pasó como una larga eternidad; el final fue más lento y suave, y en el descenso se sintió hasta mecida y arrullada sobre aquella cuna sedosa y aterciopelada.

Las formas de los pequeños árboles y plantas tan conocidas le indicaron que había vuelto a su casa y que de nuevo descansaba sobre el suelo de su terraza. Pensó, incorporándose casi a tientas, que aquella broma solo podía ser obra de algún boludo capaz de haber creado aquel artefacto para volver loca a la población. No se lo pensó dos veces y muy decidida enrolló como pudo aquella maldita alfombra y después de lograr apoyarla encima de la baranda la dejó caer hacia la oscuridad. Aún temblorosa entró en el salón y se dejó caer en el sofá, en la televisión se repetían sin cesar diferentes publicitarios sobre música para móviles y no parecía que fuese a continuar aquella película de Alí-Babá y los cuarenta ladrones. Pero se equivocaba, la película seguía aunque no donde ella la dejó, en aquel momento el protagonista que viajaba en una alfombra mágica se veía arrojado hacia el suelo atravesando las ramas de un árbol entre las cuales se quedaba colgando la alfombra con un águila en su centro. Sandra apagó la televisión sin pensárselo dos veces y salió de nuevo, esta vez logró encender un cigarrillo y con los brazos apoyados en la baranda intentó vislumbrar el destino de la alfombra, no la distinguió, desde luego, pues aquella había planeado sin hacer ruido hasta otra terraza lejana y se hallaba ante la ventana de un joven que miraba las peripecias de Alí-Babá en la televisión mientras recogía de la superficie de la mesa de centro un paquete de tabaco…

3.3.08

El lunes de Consuelo

Y nunca mejor dicho
Gracias Consuelo ;)

26.2.08

Y el abuelo volvió...




La jovencita y el anciano se apearon uno tras otro y de pie en la acera siguieron con la vista las maniobras del automóvil que se alejaba en busca de un hueco donde estacionar. El abuelo observaba el entorno con avidez como queriendo rescatar los días pasados sin aquel paisaje. El aire transportaba el barullo de voces infantiles tan familiar en aquella hora del mediodía; un guardia urbano paseaba inquieto por el paso de viandantes que conducía a la puerta del colegio, esperaba mirando de soslayo a los padres, como buscando su complicidad ante la eminente estampida. El anciano disfrutaba aquellos momentos estorbando el paso de la gente que circulaba por la larga avenida:

-¡Si nos damos prisa y no hay mucha gente, todavía me dará tiempo de poner el caldo!- las dos mujeres tiraban de los carritos vacíos llevándolos casi en volandas.

Súbitamente una voz de reconocimiento y una palmada en la espalda del abuelo:

-¡Hombre, Luís! ¡Hacía ya unos pocos días que no te veía! ¿Has estado malo?

La nieta algo nerviosa esperaba expectante y buscaba con la mirada la figura de su madre que a lo lejos levantaba la palanca de freno y abría la puerta del coche. Rosa cerró deprisa y apresuró el paso entre las carreras de los niños que salían del colegio, su padre se despedía ya de aquel conocido y ella al llegar preguntó a su hija con la mirada. Irene movió la cabeza de un lado a otro con disimulo y enlazó su brazo con el de Luís -¡venga, abuelo, vamos a dar un paseo hasta la plaza del mercado!- con paso lento subieron la larga avenida. En la parada del autobús la gente se apiñaba entre los cristales, casi todos esperaban de pie junto al pequeño asiento amarillo ocupado por tres mujeres obesas y una niña de corta edad. Desde el mercado bajaban riadas de gente con bolsas y cestas plenas, algunos carritos de la compra, los más, desbordaban su contenido a través de las cremalleras sin cerrar o bajo las solapas que se quedaban escasas. Rosa se deleitaba con todo aquel movimiento de la ciudad y recuperaba en su retina momentos y costumbres olvidados tras su marcha hacia aquel tranquilo pueblo en el que vivía hacía ya dieciséis años.

Llegaron hasta el mercado municipal y como una rutina subieron las escaleras de una puerta lateral -¿vamos a comprar algo?- A Irene aquello le parecía un poco tonto y no entendía esa manía de su madre por visitar el mercado como si fuese una exposición de vida, tal y como lo llamaba Rosa. Después de unas vueltas por los pasillos compraron una bolsa de patatas fritas de “ruedas” y salieron por la puerta principal. En la plaza había un corrillo de ancianos y algún hombre de mediana edad, el abuelo los miraba fijo como tardando en reconocerlos:

- Voy a hablar un ratillo con estos amiguetes míos ¿os esperáis?

- Quédate abuelo, nosotras vamos a dar una vuelta y a comprar unas cosas ¿vale? después volveremos a buscarte.

Rosa saludó con la mano a la concurrencia y se alejó con su hija volviendo de vez en cuando la cabeza con disimulo. Veía las preguntas en los labios de aquellos amigos del anciano y también el aturdimiento de éste, algunos lo miraban con tristeza y asentían con los ojos bajos. Pronto se vio que cambiaban de tema como si todos se hubiesen puesto de acuerdo y el abuelo pareció que empezaba a sentirse más cómodo. Ellas se pararon ante el escaparate de la tienda de bolsos que les sirvió de espejo para seguir observando aún la escena:

-Vámonos hacia la entrada del metro, desde allí arriba lo veremos bien y no parecerá que vigilamos. Tengo ganas de fumar un cigarrillo.

-¡Otro! No paras de fumar, mamá...

Rosa abrió la bolsa de patatas y se la dio a su hija para que comiese y callase mientras ella sacaba el tabaco del bolso. Allí arriba el ambiente era más tranquilo, había asientos de madera en el diminuto parque y la mayoría se veían vacíos. De vez en cuando unas pocas personas salían de la profunda boca de entrada a la estación del ferrocarril, se notaba que no era hora punta. Una anciana que tomaba el sol se levantó y al cruzarse con ellas miró a Irene con cara divertida y enganchó con la mano la bolsa de patatas.

-¡Tú ya te has comido la mitad, ahora me toca a mi!- le guiñaba un ojo y movía sin cesar algo que llevaba en la boca.

Se quedaron un poco paradas pero la mujer sonrió y les enseñó los tres caramelos que removía con la lengua:

-Esta juventud siempre compran patatas, a mi me gustan los caramelos, chupo tres porque con cuatro no puedo- y se alejó hablando sola.

-¡Mamá! ¿Quién es, la conoces?- ante la negativa de su madre, Irene afirmó con mucha rotundidad:

 -¡Esta ciudad está llena de majaretas!

Rosa movió la cabeza sin asentir, pensando en lo joven que era aún su hija. Aquella simpática abuela seguro debía tener diez años más que su padre y parecía rebosante de salud... A lo lejos el grupo de amigos comenzaba a dispersarse y Luís podía quedarse solo, así que bajaron rápidamente. El abuelo dijo que era hora de volver y emprendieron el regreso caminando lentamente, como con desgana. Alguien que llevaba mucha prisa saludó a Luís -¡Eyyy!-, el anciano lo miró desconcertado y cuando el otro iba lejos levantó el brazo y contestó: -¡Adiós!