7.1.08

El árbol del ahorcado

El ruido aquel se sucedía repetida y compulsivamente, apenas unos segundos entre moneda y moneda y el tiempo que necesitaba el dedo para presionar el botón verde. La música estridente de aquella máquina apenas le dejaba escuchar las voces de los contertulios que masticaban y bebían junto a la barra. La cesta de mimbre, con la cartera dentro, se hallaba en el estrecho espacio que quedaba entre sus pies y aquel cuerpo metálico, origen de su atención y su desidia.

Había salido de casa antes de que su marido despertase y comenzara a importunar con sus exigencias, aquello ya duraba demasiado tiempo, demasiados años para ser más exactos. Ya no recordaba, tal vez porque ni siquiera se lo proponía, vivencias anteriores al comienzo de su vida de casada. Eran tiempos ya lejanos y ella había ido cayendo poco a poco en la rutina diaria sin grandes alegrías y sin grandes tristezas, con un trabajo continuado y sin descanso al lado de un hombre que era incapaz de mover un dedo para ayudarla. Había reflexionado a menudo a cerca del origen de su insatisfacción; al principio lo achacó a la inexistencia de unos hijos que hubiesen llevado algo de alegría a su vida, pues durante años se atormentó a sí misma a causa de esta circunstancia y como consecuencia su carácter se fue retrayendo poco a poco hacia interioridades que nunca deseó compartir. No pretendía, sin embargo, engañarse a sí misma con quejas agostadas, al fin y al cabo su espíritu pronto se hizo fiel compañero de la resignación.

Por la rendija cayó la última moneda y la presión en el botón verde no logró que coincidieran los tres dibujos mellizos de la suerte. Sin un gesto de contrariedad, recogió la cartera del capazo y sacó un billete de cien euros que dejó en la barra al lado de la caja. Los gestos bruscos y la mirada severa de la dueña del bar no consiguieron amilanarla y sin despegar los labios se abrió paso nuevamente hasta El árbol del ahorcado, nombre que figuraba iluminado en el frontal del artilugio; tal vez su creador disponía de un humor suficientemente socarrón e irónico como para extenderlo a la vista de sus clientes. La moneda entró en su agujero y la música comenzó a sonar de nuevo…

Tomás se despertó súbitamente como si hubiese tenido un conato de temor, miró a su alrededor y distinguió la luz del día a través de la rendija de la puerta sin ajustar; se levantó torpemente, sin querer mirar el reloj de la mesita y sin calzarse las zapatillas. Mientras orinaba estuvo pendiente de los pequeños ruidos que pudiesen provenir del interior de la vivienda y cuando terminó se dirigió a la cocina con paso presuroso. No encontró huella alguna del paso de su mujer por ninguna de las habitaciones, todo estaba como quedó la noche anterior y desde luego ella no estaba en la casa. Por lo visto no habían servido de nada sus amenazas ni la gran bronca que habían tenido el día anterior. Su desayuno no estaba hecho, la cocina se hallaba sin recoger y el polvo seguía amontonándose sobre los muebles y las ropas que se hallaban sobre una silla, esperando para ser planchadas o ni siquiera eso, quizás se quedaron allí esperando continuar su camino hacia la lavadora. Todo aquel tema lo tenía destrozado, había trabajado toda su vida para tener una jubilación digna, y ahora, en menos de un mes que llevaba en casa, se le habían venido todas sus previsiones abajo cuando se percató de que la mayor parte del dinero había desaparecido en casinos de juegos y máquinas tragaperras. Había buscado ayuda de los médicos y ella le había hecho muchas promesas, pero él se quedaba casi todos los días sin desayunar y sin comer esperando que ella apareciese y se pusiese el delantal. Cuando por fin llegaba, le contaba cualquier cuento mientras él registraba su cartera siempre vacía. Tomás pensó que no podría continuar así, no estaba dispuesto a soportar aquella miseria a la que ya comenzaba a sentirse atenazado…

Se extrañó al encontrar las dos vueltas de llave echadas en la cerradura y algo inquieta entró desplazando de su mente la excusa que había venido elaborando mientras regresaba con el monedero y el cenacho sin peso alguno. Un vistazo a la cocina y al comedor le confirmó una vez más que su marido no estaba dispuesto a molestarse ni para cuidar de sí mismo. Era algo de lo que estaba bastante harta y que él no quería comprender; ella desde luego no necesitaba a nadie para que le preparase un vaso de leche y nunca tampoco se había quedado sin comer aunque hubiese estado enferma o le hubiese surgido cualquier otro contratiempo. De todas maneras, a las alturas que estaban, ya no le importaba ni poco ni mucho lo que hiciese Tomás. Mientras dialogaba para sí con esta y otras razones, cogió una manzana que se estaba ranciando en el frutero y se encaminó hacia la puerta del pequeño jardín. Se quedó fría cuando encontró a Tomás balanceándose e inmediatamente le vinieron a la trastienda de sus pupilas las tres figuras de la máquina en la que había estado intentado ganar durante toda la mañana. Allí, en su propio jardín y delante de sus ojos hallaba por fin el premio, no había música ni pequeñas luces de neón, tan solo el árbol y el ahorcado.

8 comentarios:

Patry dijo...

He sentido un poco de tensión!jajaja
¿Qué tal se han portado los Reyes?
Un besitooo

Anónimo dijo...

Muy buen relato, mantienes la tension todo el rato y el giro final te descoloca. Muy bueno.
Y si, es un infierno la vida de esta gente enganchada al juego, jugandose la comida y la de los suyos por la vuelta de uno figuritas que siempre, siempre, ganan.
En fien, espero que los reyes se hayan portado tan bien contigo como mis deseos.
Un fuerte abrazo.

Pablete dijo...

¡¡¡COÑO!!! Me has dejado helado a mi también......

Muy bueno

María Narro dijo...

¡qué fuerte!

te superas escribiendo, Durrell querida.

Un beso grande.

pd. he estado leyendo, tenía mucho atrasado. ¡Felicidades Consuelo! con retraso :(

Durrell dijo...

Hola Patry, los reyes este año más o menos, se ha complicado bastante el asunto por causa de mi pata escayolá. Pero lo realmente importante fue que pudiesemos disfrutar ese día juntos, lo demás son anécdotas. Que tu sigas ahí también es un gran regalo :) Un beso, preciosa.

Durrell dijo...

Hola, Pablete. Veo que has vuelto de las vacaciones con renovadas energías. Me alegro mucho que hayas entrado aquí, hazlo siempre que quieras y sientete como en tu casa ;) Un abrazo.

Durrell dijo...

Prometeo, hay historias que te erizan los pelos cuando son verdad y lo malo malísimo de esta es que es cierta, yo tan solo la he novelado. El juego es un veneno cuando te atrapa.

Un abrazo :)

Durrell dijo...

Eres muy amable, María. Supongo que algún día terminaré por hacerlo bien :)))))

Un gran beso para ti ;)