4.1.08

Mi querida Lola

Llueve. Detrás de los cristales llueve y llueve, en el suelo mojado caen y rebotan los gruesos goterones, las copas de los árboles jóvenes se mecen violentamente empujadas por el viento, un poco más lejos se oye el barritar de los truenos que no cesan. Como cada mes de septiembre han llegado las tormentas. Observando tras los cristales me pregunto si serán como las del año anterior, en ese septiembre llovió como para imaginar peces en el aire, la riera se desbordó por encima del puente y de los campos adyacentes, los árboles viejos arrancados quedaron caídos en el camino desvelando el misterio de sus largas raíces, volaron persianas, danzaron sillas olvidadas a su suerte, y la muerte de Lola llegó sin anunciarse.

A Lola le asustaban las tormentas en el campo. Ella había venido de la ciudad no muy convencida y arrastrada por el entusiasmo de Joaquín, dejó atrás el piso de la ciudad, sus padres y sus amistades de toda la vida. Sus hijos Adrián e Isabel se entusiasmaron rápidamente con la nueva casa, sus habitaciones más del doble de grandes que las que tenían antes, el gran porche para jugar y sobre todo la gran piscina de estilo romano. Por si fuera poco, el padre apareció un buen día con un gran mastín joven y juguetón al que llamaron ‘Pipas’ y que se convirtió en el perfecto compañero de juegos de los niños. Lola estaba satisfecha en este punto, pensaba que el aire de la montaña los harían más fuertes y más sanos sin tantos catarros y demás enfermedades víricas de la gran ciudad.

Era el tercer septiembre que Lola cogía su coche y vadeaba con él, los dos pies de agua que se formaban en el cruce de la carretera que subía hacia el colegio. A pesar de sus miedos era una mujer valiente y se enfrentaba a las adversidades sin que la traicionase el más pequeño gesto delante de los niños. Aquel mediodía no fui con ella como cada día, yo tenía un fuerte catarro y me quedé mirando su marcha tras los cristales de mi ventana. Tardó un poco más de veinte minutos en volver con los tres niños, pero venía angustiada y con prisa, su padre acababa de llamarla para decir que acababan de ingresar a su madre en el hospital por lo que parecía ser un infarto. Claro está que me quedé con los niños y la dejé marchar, cómo decirle que era peligroso salir con esa lluvia cuando no sabía siquiera si iba a perder a su madre. Prometió llamarme en cuanto pudiese y yo me quedé esperando esa llamada que no llegó nunca.

Mi catarro y las tres criaturas inquietas no me dejaron apenas tiempo para reflexionar, al principio no presté atención al ruido de las sirenas que se oía en la distancia, el agua seguía cayendo con violencia, la tarde estaba sumamente oscura y había encendido las luces y elevado la voz de la televisión para que los niños se sintiesen más seguros. Lo primero que llamó mi atención fue el repique de las campanas de la iglesia, algo extraordinario pasaba en el pueblo -la última vez que sentí tocar las campanas de esa manera se había incendiado parte del bosque- el sonido de las sirenas llegó a mis oídos, salí a la terraza a mirar hacia la carretera que pasa por fuera del pueblo –mi casa está en la falda de la montaña- y divisé dos camiones de bomberos que bajaban rápidamente precedidos por un coche de la policía, los tres se dirigían hacia la salida de la población, hacia el puente.

Apenas media hora después sonó el timbre de la puerta y al abrir me encontré a Mercedes, sus ojos me indujeron a cerrar a mis espaldas y nos sentamos en las escaleras. Después de aquella tarde no he vuelto a recordar sus palabras, en mi mente se quedaron grabadas las lágrimas que caían de sus tristes ojos azules y el calor de sus manos acariciando las mías mientras me relataba que Lola, mi valiente Lola, había sido arrastrada con el coche por el agua desbordada y había caído al río tan desafortunadamente que se había partido el cuello en un mal golpe. Había fallecido antes de que los bomberos lograsen llegar hasta ella.

Era septiembre y llovía con fuerza, pero allí sentada en aquellos peldaños dejé de sentir el escándalo de la tormenta, mis oídos se inundaron con el sonido de mis sollozos y un silencio interior que me dejó la muerte de mi querida Lola.

4 comentarios:

María Narro dijo...

triste y nostálgico ¿no?. La lluvia es triste.

pero eso sí, mme tenías que haber escuchado la carcajada que he soltado en el primer párrafo...

'llovía como para imaginar peces en el aire'...

no puedo, con el tío ese no puedo. Me cae como una patada en los mismos. No soporto la prepotencia.

Un besote.

Durrell dijo...

Ha hecho bien en reirte jaja. Era la frase de aquel tintero y ahí está. Particularmente me gusta más la versión de nuestro amigo diablo. ¿La has leído? si la encuentro te pongo el enlace.

Un beso María ;)

Anónimo dijo...

Ya decía yo que me sonaba; recuerdo ese tintero, pero no el relato de diablo.

Durrell dijo...

http://exlucifer.blogspot.com/2007/07/las-sandas-del-toreador.html

Aquí está María y Espejo. Lo leí en su blog y me hizo mucha gracia el cambio en la frase famosa jajaja. Si es que este muchacho es tremendo ;)

Besos a las dos y feliz noche de reyes.