19.2.08

Recuerdo una vez un circo...

Este cuento se lo dedico a Malena, que ha sabido conservar la niña que lleva dentro. ¡Vuelve pronto!

-¡Un momento de silencio! Si no os calláis os quedaréis sin papeletas-. La temible seriedad del profesor nos hizo callar de inmediato. De mano en mano corrieron los deseados boletos del Circo Internacional. Dos caras maquilladas aparecían dibujadas en cada uno, la de la izquierda excesivamente blanca y con las cejas pintadas en ostensible curva, se veía coronada por un alto cono blanco; en la de la derecha sobresalía una enorme bola roja en la nariz e iba cubierta con un sombrero más pequeño que los rizosos cabellos del payaso. - ¡Entrada gratis para un niño con la compra de una entrada para adulto!-. Ya me extrañaba a mi que no hubiese trampa. Mi compañera de mesa tenía ocho años como yo y desde primera hora de la mañana había ido explicándome, a base de escribir a lápiz en la mesa para que no nos viesen hablando, que su hermana, ella, sus padres y hasta sus abuelos irían al circo el día siguiente. Nos levantamos todos y después de rezar un Padre nuestro, un Gloria y un Santamaría, cargamos con las pesadas carteras y bajamos, en correcta fila de a uno, las escaleras que nos llevaban hasta la libertad de la calle.

Mi madre luchaba arremangada con el agua y la ropa que nadaba en el interior de aquel aparato nuevo del que se sentía tan orgullosa. Me asomé como siempre curiosa, para ver los giros de aquel molinillo gigantesco, mientras preguntaba: -Iremos al circo ¿verdad? El señor Ferraz nos ha dado invitaciones ¡mira!-. No me contestó más que con una sonrisa un poco torcida que yo conocía de sobras. Desde el balcón un radiante día de mediados de junio y la llegada de las primeras oleadas de calor estival traían promesas de vacaciones perezosas y juegos en la ancha acera de la calle. Mi madre se había sacado el delantal de plástico y para consolarme puso una moneda en la palma de mi mano, sabiendo que correría al kiosco más cercano en busca del apreciado polo de fresa. No fue un gran consuelo aquel día en medio de aquellos corrillos de amigas que no paraban de hablar, mientras paladeábamos nuestros helados, sobre aquel circo que se me representaba como un lugar mágico y lleno de emociones.

Mi hermano de doce años llegó tarde a la hora de la comida y con los zapatos llenos de polvo, tuvo suerte porque ya no hubiesen clases a la tarde, ya que en otras ocasiones le habían mandado al colegio sin comer en castigo por sus escapadas de las que nunca contaba nada a pesar de las preguntas insistentes con las que mi madre solía atiborrarle los oídos. Supongo que fueron mis lágrimas después de insistir nuevamente con el tema del circo las que movieron a Sergio a contarme su aventura del mediodía: -Me he colado en el campamento del circo ¡Hay leones y elefantes! ¡Y he visto a la mujer barbuda!- Aquello me pareció el colmo de las maravillas, aunque no podía creerme que existiera ninguna mujer con barba –será una barba postiza- observé con la sabiduría de mis pocos años. Él puso un dedo sobre sus labios y en voz baja acordamos que me llevaría esa tarde al campamento. Mi madre no puso objeciones a que yo bajase a la calle a jugar siempre y cuando me tuviese a la vista desde el balcón, en cambio, mi hermano tuvo que hacer mil promesas con su cara más inocente antes de que le dejase marchar.

Sergio había entrado por la mañana por la misma puerta de entrada abierta en la larga valla que rodeaba las instalaciones, más las cosas habían cambiado en esas pocas horas y un vigilante malencarado se hallaba sentado en una silla impidiendo el paso a todo aquel que no le resultase conocido. Esperamos casi una hora, dando vueltas alrededor de aquella valla intentando ver algo desde fuera y buscando cualquier agujero en aquel entrelazado de fuertes alambres sin conseguir ni lo uno ni lo otro. Casi desesperábamos ya cuando un grupo de personas bien trajeadas se llegaron hasta el guardián y comenzaron a charlar amistosamente con él; mi hermano me agarró fuertemente de la mano y atravesamos aquella puerta corriendo enloquecidos mientras el guarda gritaba a nuestras espaldas, pero no nos siguió y poco después caminábamos tranquilamente entre aquellas casas rodantes. La miseria de aquella gente me impresionó sobremanera, los niños iban sucios y mal vestidos; algunas mujeres bastantes despeinadas cosían ropas brillantes sentadas a la sombra, otras fregaban platos o ropa en barreños con agua que algunos niños pequeños traían en cubos desde alguna fuente cercana. Todos nos miraban al pasar, y yo a ellos. Comparaba la vida de aquellos seres con la nuestra, con la limpieza que imperaba en nuestra casa y recordaba a mi madre afanosa con las manos sumergidas en aquella lavadora que había llegado recientemente a nuestras vidas. Sentí tristeza por aquellas mujeres de mirada cansada y por aquellos niños descalzos con agujeros en los pantalones.

Un nuevo tirón de mano me llevó ante una escena insólita, un enorme y grandioso elefante se hallaba allí mismo, en medio de un círculo de feriantes. Uno de ellos le aplicaba en el lomo una especie de gran cepillo enganchado en un largo palo, después de mojarlo en un barreño de agua. Fue muy gracioso, el hombre saltó hacia atrás de improviso y una enorme cantidad de líquido comenzó a salir entre las patas del animal, una inmensa lluvia que llegó hasta el barreño y el cepillo. Sergio me explicó que el elefante estaba meando y yo no podía dar crédito a sus palabras, aquella gran meada era infinita. El cuidador gritaba improperios al animal y daba patadas en la arena, otros feriantes se reían pero nosotros caminábamos ya hacia las enormes jaulas de las fieras. Había leones con grandes melenas aunque parecían bastante aburridos allí tumbados tras los barrotes, tan solo las moscas provocaban un cierto movimiento en sus colas como único medio para espantarlas. Sergio me llevó triunfante ante un hermoso tigre que parecía más joven que los leones; paseaba de un lado a otro de la jaula y de vez en cuando nos lanzaba dentelladas y algún pequeño rugido si intentábamos acercarnos. Un hombre salió portando un cubo lleno de carne ensangrentada y comenzó a gritarnos para que nos fuésemos, nos alejamos unos pasos pero nos paramos enseguida para ver comer a aquel animal. El hombre iba metiendo un largo palo entre los barrotes con el que azuzaba al tigre hacia un lado, y rápidamente echó la carne en el espacio vacío, después se dirigió hacia la jaula de los leones; no pudimos impedir que nos viese desde allí y salió detrás nuestro esgrimiendo aquella gruesa vara en alto, así que nos encaminamos hacia la puerta de salida a todo correr. El vigilante, sentado en una tosca silla, miraba hacia fuera y cuando acertó a reaccionar nosotros nos alejábamos sudorosos, cansados,.. pero felices y emocionados.

El día siguiente a las cuatro de la tarde me encontró sentada en el suelo del balcón con las piernas colgando por fuera del enrejado, miraba el movimiento de los conocidos vecinos de mi calle. Familias enteras con el traje de los domingos y el cabello mojado por la colonia, cruzaban en dirección al lugar donde el circo estaba enclavado. En la acera de enfrente no había niños, tan solo Juan el tonto paseaba arriba y abajo babeando y emitiendo los pequeños gritos que siempre acertaba a pronunciar; pero esta vez no llevaba su eterno jersey a rallas sino un traje más pulido que yo le había visto en pocas ocasiones y estaba claro que a él también lo llevarían al circo. Casi no quedaba nadie en las casas, la puerta del zapatero remendón también se abrió y con un gran sentimiento de tristeza me quedé contemplando su salida en aquella especie de moto-silla de ruedas que se movía con una manivela que él hacía oscilar entre las manos, su sobrino y su hermana salieron detrás y ella cerró con llave la puerta. Los vi alejarse y busqué de nuevo con la mirada a Juan el tonto, pero él también se alejaba con sus hermanos y sus padres. Ya no me hacía ilusión aquel circo en el que trabajaban seres que pasaban tanta miseria, había visto lo que escondían las luces y los trajes brillantes y siempre lo recordaría a lo largo de mi vida, pero aquel día no pude evitar las lágrimas ni dejar de sentir soledad e inferioridad ante la ausencia de todos aquellos que habían podido disponer del dinero suficiente para comprar aquellas entradas. Con las manos enlazadas a los estrechos barrotes y la cabeza hundida en uno de los huecos, me prometí a mi misma, como muchos otros niños harían en aquellos duros años, que iba a luchar a brazo partido con la vida para obtener aquello que entonces se me negaba. Creo que he conseguido, hemos conseguido todos, cumplir aquella promesa ¿no?

8 comentarios:

joshua dijo...

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Congrats!

PALAVROSSAVRVS REX

Patry dijo...

Que bonito homenaje a Malena. ójala vuelva pronto!!!!

Un besote.

María Narro dijo...

pues sí, mi querida Durrell, creo que muchos hemos luchado por conseguir lo que alguna vez se nos nego, aunque aún siga existiendo miseria detrás de las luces.

un beso muy fuerte.

Anónimo dijo...

Hermoso doble homenaje. A Malena, esperemos vuelva pronto y renacida, y al circo, una pasion, la alegria desbordante, los gritos, el no va mas todavia, los trapecistas...
Muy bueno, un abrazo.

Dashina dijo...

No me gusta mucho el circo, pero me encanta el sentido y la persona a quien se lo dedicas!!!

Pásate por mi casa a recoger una cosita!!

Besos!!!

Patry dijo...

¿Cómo estás Durrell? Feliz fin de semana!

Durrell dijo...

Hoy es viernes, por fin... :)
Finalmente no he podido ir a trabajar esta semana y ya veremos la que viene. Me han puesto más días de rehabilitación porque aún no tengo bien el pie, esto se está haciendo largo...largo... Esta tarde toca visita al traumatólogo y le contaré el problema de la rodilla. Lo más probable es que me recomiende una visita a Lourdes...

En fin, está visto que en el circo no me cojeran de trapecista ni equilibrista ni siquiera de payaso :)))

Besos para tod@s

Fede dijo...

Tu relato me ha encantado amiga...
Además, claro está, de traer a mi mente recuerdos vividos... Te aseguro que de niño me tocó vivir el cierco desde la periferia, buscando agujeros en la lona o la condescendencia de algún guardían que durante el día nos dejaba acercarnos a las jaulas.