29.4.08

Querido Amor

Recuerdo el día que llegasteis a la ciudad huyendo de la desidia de aquel pequeño poblado en el que apenas había futuro tan siquiera para un pobre perro callejero, una mancha olvidada en algún punto del mapa que maltrataba a sus hijos con la dureza de una tierra mal repartida en manos de unos pocos. La ciudad era un sueño lleno de promesas para ti. Esperabas mucho de aquella oportunidad y comenzaste a trabajar duro aunque eras casi un niño.

¿Por qué pienso ahora en aquellos días tan lejanos? No sabría explicarlo. Tal vez porque la palabra ilusión me trae recuerdos de aquel tiempo. Cuando nos miramos la primera vez me cautivó tu sonrisa y la seguridad en ti mismo. Yo no era más que una niña de colegio que apenas había comenzado a jugar a ser mayor y me impresionó la fuerza de tu espíritu y tu férrea voluntad. ¿Recuerdas tú aquellos días? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

Me gustaba escuchar aquellas historias de tu niñez, eran tan diferentes de mis vivencias que me parecían relatos contados para entretener en tardes de lluvia: Aquel año en que debías comenzar un sexto de primaria y todos los alumnos de aquel curso hubisteis de repetir quinto porque nunca llegaron los libros necesarios; las veces que dejaste de asistir a las clases para ir con el rebaño que tu padre enfermo no podía cuidar; la vez en que se escapó aquel toro, traído para las fiestas, por las calles del pueblo y tuvo que acudir la guardia civil….

A mí me gustaba tocar tus manos: fuertes, grandes y endurecidas por el trabajo. Yo las acariciaba con respeto, venerando cada espacio de piel gruesa en la palmas, recorriendo con la yema de mis dedos los fuertes nudillos y sintiendo la ternura con la que acariciaban las mías, suaves y finas y tan diferentes a las tuyas. Un día pusiste un precioso anillo en uno de mis dedos ¿recuerdas, amor? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

En tu casa los muebles eran escasos, un armario para todos y algunas camas compartidas; en el comedor las sillas alrededor de la pequeña mesa y un aparador que tu madre mimaba con ceras y con el celo insistente con el que mantenía impecable vuestro pequeño espacio. Tu madre llegó a esta casa de la ciudad arrastrada por vosotros, sus cinco hijos y un marido casi derrotado, envejecida y enflaquecida por el trabajo y la necesidad, aunque en sus ojos brillaba la misma determinación que en los tuyos. Hace varios años que no sé de ella, la última vez me abrazó como si supiese que no nos veríamos más, yo la recuerdo como la valiente mujer que supo imponerse con tesón a todas las vicisitudes y a todo el dolor que la vida le trajo.

Pero hablábamos de la ilusión, la de aquellos días que recuerdo felices mientras nos abríamos a la vida de adultos y a las nuevas experiencias. Nuestro afán por estar juntos nos hacía soñar con el momento en que tendríamos nuestra propia casa y hacíamos planes y soñábamos despiertos. Yo preparaba un ajuar como las chicas de antes y tú trabajabas demasiadas horas lejos de mí. Ahora pienso que tal vez desperdiciamos las horas que podríamos haber tenido para estar juntos ¿tal vez tu también piensas así, querido? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

Aquel día fui a trabajar como cada día al taller, era poco más de media mañana cuando fue a buscarme mi padre. Su mentira no me convenció, era demasiado burda y él no sabe hablar sin verdad. Una angina de pecho fulminante y tu cuerpo descansando en aquel cajón metálico y frío del depósito del cementerio, tú parecías dormido pero no quisieron que te tocara. Las lágrimas casi no me dejaban verte y el espacio de tiempo, yo contigo y tú conmigo, se cortó de golpe cuando cerraron aquel cajón. Aquel momento no lo podrías recordar si pudieras, cariño, porque tu corazón ya no latía y el mío, en aquel escaso minuto en que pude mirarte por última vez, se rompió para siempre.

28.4.08

23.4.08

Sant Jordi 2008

Otro día de Sant Jordi con vosotr@s.
No podía faltar mi rosa dedicada
que me acompañais siempre
con vuestros comentarios.



Y aquí está Sant Jordi,
la princesa y
el dragón.... y la rosa.

...¿y el libro?


Pues el libro estará
tal vez en uno de esos
puestos de las Ramblas,
intentaré llegar y asomarme.
Como podeis ver no es nada fácil,
pero sí es emocionante
vivir esta fiesta
y escoger
un libro para regalar.


¡¡¡ F E L I Z D Í A !!!

2.4.08

El Ermitaño

Acabo de llegar a la ciudad y es como un gran monstruo en movimiento. Hace treinta y cinco años que huí de aquí y dejé de lado el contacto con la gente, me aparté de sus miserias, sus ruidos y sus gritos. He sido hasta hoy lo que vulgarmente se llamaría un ermitaño, he vivido completamente solo en mi montaña, en una casa que yo mismo me hice con piedras y con troncos de madera. Tal vez quieran saber porqué escogí esa vida y si he sido realmente feliz, pues no tienen nada que esperar porque no les hablaré de esa parte de mi existencia. Si están ahí es porque he pensado que pueden acompañarme en esta aventura que es volver a la ciudad. Es una temeridad por mi parte adentrarme en esta jungla de asfalto y creo que me irá bien que alguien sepa de mis andanzas.

Gracias a la ayuda del guarda forestal dispongo de una cantidad de dinero cada mes, es una pensión para pobres sin recursos. Pablo, el guarda, me entregó estos billetes y me dijo: -son ebros, ya te acostumbrarás-. Y aquí estoy, me han dejado en la Gran Avenida y no se parece en nada a lo que yo recordaba, hay demasiados coches y la gente parece que no los ven. Esta gente también es muy rara, creo que se han vuelto todos locos mientras he estado fuera. He intentado cruzar la calle por el paso de cebra y he tenido que saltar para que alguien en bicicleta no me arrollase, he visto una cara con una especie de antifaz en los ojos y cables colgando de las orejas, en la cabeza apuntaban una especie de montañas puntiagudas. A mi lado un hombre hablaba solo mientras se tocaba la oreja, gesticulaba y se reía, y lo peor es que los demás parecían no verlo; pero ¡Dios mío! si es que hay más gente así, por la calzada rayada veo venir a otros individuos que también hablan solos con la mano en la oreja. En fin, no puedo continuar andando, algo con forma de gusano gigante se mueve por encima de una isla de césped que hay en medio de la calzada…es un tranvía, no puedo decir si me gusta, tal vez sí, pues tiene un aspecto sumamente limpio.

He llegado a la acera, aunque antes he tenido que dejar pasar algunas figuras con ropas estrafalarias y más cables colgando de las orejas que iban en una especie de patines muy aparatosos, esto es agotador: coches, autobuses, bicicletas, tranvías, motos… y la gente corriendo sin mirar. Me dejo arrastrar por la multitud hacia lo que parece un gran almacén pero…no, esto no es… ¿o sí? Me he sentado a tomar una taza de café en una de esas calles internas y después de media hora observando a mi alrededor he visto que los humanos tienen mucha prisa para llegar a ninguna parte ¿qué les impulsa a entrar y salir de estas tiendas acumulando bolsas y más bolsas? ¿Por qué está todo tan clasificado, rotulado y expuesto en lujosos escaparates? Veo que no son capaces de mirarse a las caras los unos a los otros, incluso, muchos de ellos se tapan los ojos con gafas oscuras. Y estos jóvenes que pasan caminando por mi lado los veo un tanto perdidos en los afanes que los motivan. He visto que llevan los pantalones caídos por debajo de la ropa interior, las camisetas cortadas, el cabello pintado y peinado en formas imposibles, otros van con la cabeza rapada, muestran tatuajes y aros por diversas partes del cuerpo y no pasan por delante de un escaparate sin mirarse detenidamente en el reflejo del cristal.

He cumplido sesenta y cinco años y dicen que con mi edad no debo vivir solo, que he de reintegrarme de nuevo en la sociedad. ¿Creéis vosotros que yo pertenezco a este mundo ridículo y esperpéntico que me rodea? En este momento me envuelve más la soledad que en todos estos años pasados en la montaña. Veo a los hombres como prisioneros maniatados a un cúmulo de cadenas que ellos mismos se han creado. No voy a adentrarme más en la ciudad, no me hace falta ya para asegurar que esto no es para mí. Voy a volver a casa, allá el aire es limpio y libre. Tal vez Pablo quiera cederme una habitación en invierno donde pueda estar con mi perro….