21.5.08

Busco Okupas

El rincón de Sherezade se ha quedado estancado. Tal vez los que estábamos nos hemos quedado sin imaginación para continuar escribiendo... No me gustaría que se quedase ahí olvidado y flotando a la deriva... Así que busco amigos que quieran compartir sus inquietudes literarias en ese espacio.

Es un foro abierto a diversas colaboraciones: dispone de un concurso de relatos "Los cuentos de las mil y una palabras", en el que se vota y el ganador pone el tema de la siguiente semana, también en este apartado hay una tertulia para comentar los relatos escritos y sacar conclusiones sobre el trabajo hecho.

Hay un apartado para exponer otras creacciones literarias como poesía, teatro, relatos largos, opiniones sobre el tema, etc... Le sigue un lugar para hablar sobre autores y también un pequeño taller con consejos para escribir.

¿Qué más os cuento?...

En Offtopics hablamos de todo: música, películas, pintura, utilizamos fotografías para adivinar el emplazamiento donde se hicieron..., vídeos, personajes, noticias peculiares, opiniones propias sobre cualquier tema..., etc.

Si os apetece compartir vuestra imaginación con nosotros y ayudarnos a revivificar el foro, os dejo aquí la dirección:

http://usuarios.lycos.es/tintero/phpBB2/index.php

Entrad y ocupad el espacio con total libertad, sois bienvenidos.

Durrell
P. D: Hay que registrarse para escribir, pero cualquier duda os la resolveré aquí mismo.

También agradecería vuestra colaboración si haceis un copi/pega de este post para que llegue a más gente. Gracias :)

18.5.08

Verdades y mentiras

No estaba tan lejos como para no divisarlo, pero descender aquella calle cada día me resultaba más laborioso. A mis piernas y más en concreto a mis rodillas, parecía que les daba miedo perder aquella marcha lenta, acompasada y segura como si se fuesen a desencajar en cualquier momento. Azarías no podía presumir de tener las suyas en mejor estado que yo, muy al contrario, desde hacía unos días ya no sabía caminar sin aquella muleta que parecía una extensión de su persona. Conservaba aún aquella apostura de galán que le hacía parecer más alto de lo que ya era, el cuerpo y la cabeza erguidos a pesar de sus dificultades y una cierta coquetería en su arreglo personal.

Me esperaba bajo aquel sol primaveral que ayudaba a calentar nuestras articulaciones doloridas, con la misma expresión de desconcierto que siempre intentaba ocultarme con una amplia sonrisa de bienvenida:

- Buenos días. ¿Cómo andamos? Parece que hoy caminas un poco más lenta que la última vez...

- Hola, Azarías. Déjame que me siente un poco, esos medicamentos no están haciendo nada más que debilitarme y fastidiarme el estómago.

- No sabes lo que me apena oír eso, Matilde, yo creía que esta vez te iría bien el tratamiento. -Me lo dijo con verdadero sentimiento y en sus ojos se veía claramente una sombra de tristeza- Pero venga, no nos pongamos tristes… ¿cómo va esa novela que estás escribiendo?

- Ja ja ja, Azarías, ya te he dicho que no es ninguna novela, hombre. Escribo historias que se me ocurren, cuentos sobre la vida cotidiana… bueno… mira, ahora estoy intentando escribir diálogos entre dos personajes pero, te digo de verdad que es bastante difícil de conseguir, al menos para mí. Se trata de meterme en la piel de cada uno y dejar bien patente la diferencia de carácter entre los dos, porque… ¡bueno! Resulta difícil que me ponga en el lugar..., que me ponga a pensar como otra persona que no soy yo.

- Escúchame atentamente, que yo podría ser tu padre por los años que te llevo y ya te he contado ¿verdad? que he dado muchas vueltas antes de recalar en este lugar. A la María la conocí en un barco en el que trabajábamos los dos… no me pierdo, no, lo que te estoy contando es que he conocido a mucha gente de todo tipo y condición y he tenido que convivir con ellos en un lugar del que no podíamos salir aunque quisiéramos... ¡Que me río yo del Gran Hermano ese, vamos!... La gente hacía las mismas cosas siempre, se repetían unos a otros como muñecos de feria. En el fondo todos somos hijos de vecinos y el que no cojea de una pierna cojea de la otra... ¡Como nosotros! ¡coño! Ja ja ja ja…

- Tienes la virtud de ponerme de buen humor, Azarías.

- Es que la vida son tres días, Matilde y como no le echemos un poco de guasa al asunto vamos a acabar muy mal. Fíjate en mí, ya no puedo salir por las tardes que me las paso enganchado a la bombona de oxígeno ¿y qué? Pues aprovecho para leer y ver la tele, para qué me voy a amargar la vida… Pero, sigamos, a ver, cuéntame cómo son esos personajes tuyos…

Lo cierto es que a mi sí me preocupaba bastante el declive en el que estaba cayendo mi amigo, le temblaban las manos mientras gesticulaba y su estómago se notaba hinchado como la otra vez que tuvo que ingresar en el hospital por más de dos meses. Pero en absoluto quería estropearle uno de los momentos que como él mismo decía, cada vez se le hacían más cortos y más añorados. Su bigote canoso estaba curvado en una amplia sonrisa expectante y me apresuré a contestarle.

- Verás… son dos amigos, o al menos lo parece. Se conocieron en un curso de estos que se organizan para los que buscan trabajo y enseguida entablaron amistad. Uno de ellos, digámosle Román, invitó al otro a compartir su coche para acudir a las empresas. Y el otro, que se llama Juan, aceptó y quedó como un pacto implícito entre los dos el compartir toda la información… ¡creo que me estoy enrollando demasiado…! La cuestión es que Juan, que tiene un carácter bastante alegre aunque casi siempre se enfada por cualquier cosa, en realidad está engañando a su amigo. Y no es que mienta respecto a lo que hace a espaldas del otro, sino que lo oculta…

- ¡La vida está plagada de tramposos! Y las más de las veces suelen ser los más simpáticos.
Claro que, estos dos amigos no lo son en realidad, están aún conociéndose… y la amistad es otra cosa más profunda…, las relaciones humanas siempre están rodeadas de verdades y mentiras, de luces y de sombras; unas veces por casos como el que me explicas y otras para evitar más complicaciones de las necesarias, que es de lo que más solemos huir los humanos.

Azarías se quedó un tanto pensativo, tal vez recordando alguna experiencia pasada que aún le rechinara en la memoria. Yo me quedé a la espera, respetando su silencio. El sol había llegado a lo más alto y desde unos minutos antes comenzaba a sentir demasiado calor en aquel banco de la calle. Me decidí a rebuscar el abanico en el bolso y el movimiento que hice para abrirlo pareció sacar a Azarías de sus ensoñaciones.

- ¡Coño! ¡Déjate de abanicos, mujer! Vamos a entrar a tomarnos una cerveza fresquita acompañada con pimientos del padrón…

- Hombre, Azarías… ¿quieres decir que haces bien en comer esos pimientos picantes…?

- No te preocupes, no es eso lo que me va a llevar a la tumba y los tres días que me quedan al menos que sean a mi gusto.

Nos levantamos y entramos en la penumbra del local, se estaba bien allí y como en otras ocasiones seguimos la charla acompañados por la dueña del bar y otros parroquianos conocidos.

15.5.08

Perdido en la Obsesión


Javier se desesperaba, aquello ya se pasaba de sus límites y no sabía cómo hacérselo ver a su hermano. Abrió como pudo el ventanal y salió a respirar un poco de aire fresco, le parecía mentira tanta decadencia, tanta dejadez a su alrededor. En la terraza no quedaba ninguno de aquellos frondosos arbustos que dejó la antigua dueña. En su lugar trasnochaban una colección de tiestos vacíos o en el peor de los casos, restos orgánicos de alguna planta que había luchado por sobrevivir hasta el último momento.

Pisoteó unas cuantas hormigas cuya ruta se había situado peligrosamente en el umbral de los ventanales y se decidió de nuevo a entrar en la estancia. Su hermano Luís no hizo ademán alguno y continuó tumbado en el destartalado sofá con la vista fija en el libro, pareció como que su presencia no tenía ninguna importancia para él y Javier comenzó a pasarse repetidamente la mano por el poco cabello que le quedaba mientras se quedaba absorto mirando a Luís. Se preguntó a donde había ido a parar aquella confianza plena que había entre los dos, sus relaciones se habían ido enfriando y tan solo le llegaba la superficialidad de unas respuestas metódicas. Había perdido el contacto con el alma de su hermano que vagaba a la deriva por mundos irreales.

- Vamos a un médico, Javier.

El otro, sin apartar los ojos de las profundidades del libro, soltó un bufido.

- Si no te gusta, no vengas a incordiar. Ahí tienes la puerta.

Aquello era una batalla perdida y él lo sabía. Se abrió paso como pudo entre aquella maraña y miró en la cocina. Al menos no había muchos platos sucios y en el frigorífico la leche y la comida se veían en buen estado. Fregó los cacharros, recogió la bolsa de basura, la pila de libros olvidados sobre la encimera y caminó hasta el cuarto del ordenador con la férrea voluntad de acabar con todo aquello. Sabía que iba a ser doloroso y que su hermano tal vez no se lo perdonaría nunca…

……………………..

Pasaban diez minutos sobre las nueve de la mañana cuando comenzaron los timbrazos y los golpes en la puerta. Luís se levantó de un salto, irritado por aquella estúpida interrupción, las imprecaciones que soltó no transcendieron al exterior porque los golpes siguieron hasta que giró la llave en la cerradura. Ante él, dos uniformes azules y detrás un personaje con aires de funcionario, Luís en pijama y descalzo no acertaba a comprender aquella invasión en su intimidad. Se vio empujado hacia adentro mientras los hombres se habrían paso por aquellas habitaciones llenas de libros apilados por los suelos, por los muebles, por las mesas, por las camas, por las sillas y sillones, en la bañera, en el bidet…

- ¿Dónde se lava?

- Tengo una ducha… allí en un aseo pequeño…

……………………..

Javier firmó la donación en nombre de su hermano. A los de la biblioteca municipal se les venía encima un laborioso trabajo para desembalar, clasificar y buscar sitio para toda aquella colección de volúmenes, pero dejaron la casa limpia, tan solo quedaron algunos libros, los justos en los espacio de las estanterías.

En la residencia donde se hallaba internado, Luís solía pasear por los jardines con aire un tanto apesadumbrado y meditabundo. Le habían prohibido la lectura por una temporada y no tenía acceso a los periódicos. En su mente enferma comenzaba a aparecer una pequeña chispa de razonamiento aunque se negaba a hablar con Javier por teléfono. No obstante había entablado un conato de amistad con otro interno que llegó a la residencia unos días antes que él, el hombre estaba intentando recuperarse de una fuerte depresión post-estrés provocado por las excesivas responsabilidades que campeaba al frente de una sucursal bancaria con escaso personal y gran actividad. Éste preguntó a Luís el primer día:

- ¿Una depresión, no?

- No, Síndrome de Librógenes.

12.5.08

Mis seis cosas "no importantes"

El sueño huye y sin abrir los ojos comienzo a implicarme en la realidad, ya no soy la protagonista de un cuento fantástico e incorpóreo, ahora la rutina se impone y la voz de la mañana se hace presente instándome a comenzar un nuevo día. Me apetece, como siempre, contemplar las montañas bajo un cielo limpio y recién estrenado y primero uno y después otro, decido colocar mis pies en las zapatillas. Es difícil caminar en frío pero persevero en mi afán y poco a poco mis músculos responden mientras me dirijo a la cocina, recogiendo por el camino el pequeño paquete del que soy esclava sumisa.

Abrigada con un anorak viejo me siento revivificada en el exterior, es impresionante contemplar esa naturaleza verde y viva. Voy dando caladas lentas, el espectáculo durará el mismo tiempo que tardaré en consumir ese primer cigarrillo de la mañana.

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Sumida en mis pensamientos apretaba el pedal del acelerador solventando las sinuosas curvas de la carretera, la pista estaba libre y había rebasado al menos dos kilómetros sin problemas cuando de pronto el estómago se me encogió en un acto reflejo al encontrar aquellas cuatro ruedas mirando al cielo. No había nadie en el interior del coche ni en los alrededores y continué, pero más despacio…

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¡Caramba! Otra vez el ruido de esa puerta ¡la de veces que he dicho que hay que echarle aceite en las bisagras!

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¡Pero qué pedazo de mula! El teléfono me quema en las manos y aprieto los labios para no decirle cuatro cosas al borde que tengo al otro lado del teléfono. Le hablo de la solidaridad que debemos guardar entre todos para que podamos seguir haciendo nuestro trabajo y el muy bruto se despide despectivamente.

Mi compañera me mira fijamente y me pregunta, después sonreímos para aliviar la tensión.

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No se me ocurre ninguna idea y apoyando los codos en la mesa, delante del teclado, giro la cabeza y contemplo a mi hija que esta subrayando el libro de geografía. Ella también me mira y se echa para detrás estirando los brazos mientras afirma:

-Tengo mucho sueño.

Yo la observo como bosteza esta vez sobre el libro y sigue subrayando.

- Siéntate bien –le pido, y su respuesta es- mmmm.

Pero se coloca bien en la silla. Después le leo este párrafo y nos reímos.

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Creo que somos demasiados habitantes en un mismo sitio. ¿Cómo se lo harán los chinos?

Cuando logramos llegar a las cajas del supermercado, digo que me voy al lavabo y veo a lo lejos el letrero con los dos muñequitos y la barra en medio. Suspiro y me encamino decidida. Bajo el letrero comienza un largo pasillo que continúa después de una curva, al fin llego a la puerta en la que un letrero avisa que hay que ir a pedir la llave a la caja central. En mi pensamiento me acuerdo de toda la familia del que puso ese letrero ahí y no en la caja central, me digo que ya paso de ir al lavabo pero mientras vuelvo por el infinito pasillo me doy cuenta de que no voy a aguantar… ¡####! ¡#####!

La caja central está al otro extremo del super y suspiro cargándome de paciencia mientras observo como mis pies se alternan por delante de mí. Me dan la llave y comienzo de nuevo la maratón hacia el lavabo, cuando vuelvo y la entrego de nuevo a la cajera, mis labios no se curvan para sonreír y mis párpados se quedan abiertos solo hasta la mitad de su recorrido. En fin…

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Mi querida Malena me envió este reto de escribir seis pequeñas cosas sin importancia y aquí lo dejo, ya cumplido, a la vez que le paso los deberes a seis personas más.

Reglas del desafío:
1 - Poner el enlace de la persona que nos eligió: http://eltinterodechina.blogspot.com/
2 - Poner las reglas en el blog.
3 - Compartir seis cosas no importantes y que nos gusten a nosotros.
4 -Elegir a seis personas al final: Dashina, Patry, Cálidabrisa, María Narro, Exlucifer y Consuelo.
5 - Avisar a estas personas y dejar un comentario en sus blogs

Rescatando viejos post



- Panoramix, Necesito un poco de tu poción mágica
- Ummm ¿sabes que está terminantemente prohibida a los romanos?
- Yo no soy romana, soy humana





- Están locos estos humanos, je. ¿Para qué la quieres? ¿Te atacan las legiones de Cesar?
- Otras legiones me atacan , no se ven pero hacen estragos allá donde se presentan. Necesito fuerza y optimismo.






- Bueno, de eso entiendo bastante. Voy a prepararte una poción mágica especial para ti. Tengo todos los ingredientes, echemos mano del caldero.








- Un poco de alegría, una pizca de amistad, un soplo de energía, unas hebras de cariño, un pellizco de esperanza, y voilà aquí está tu poción. ¡Que aproveche!

6.5.08

La Huida

Después del conflicto, el país volvió a la rutina de los días anteriores, la vida comenzó a transcurrir como el agua mansa y continua, tras los rápidos de un tormentoso río. En el hospital, no obstante, se palpaba un cierto nerviosismo soterrado entre el personal. En el departamento de urgencias se mantenían las dos líneas de entrada y los médicos y el personal de enfermería que asistían en ellas eran reconocidos fácilmente por las grandes ojeras y el cansancio que acumulaban sobre sus agachados hombros.

Aunque un tanto extraordinarias, mis nuevas obligaciones eran claras y precisas. Cada mañana recogía el portátil con la batería cargada y me apostaba en el camino distante entre la zona de aparcamiento y la entrada del hospital. A todos se les hacía extraño que les abordase con aquel aparato, dispuesta a no dejarles marchar hasta que hiciesen una evaluación de nuestro servicio. Yo también me sentía, la mayor parte de las veces, vencida por aquella exasperante interrupción en la angustia de aquellos familiares que caminaban sumidos en sus propias inquietudes inmediatas. El nombre del Ministerio del Interior los hacía parar en seco y el desconcierto unido a la rabia les impelía a contestar con prevención a todas las preguntas que iban apareciendo sobre la oscura pantalla.

Aquella mañana, sin embargo, se volvió distinta desde que Jennifer, la coordinadora de administración, apareció de improviso en la entrada de los aparcamientos y entre susurros atropellados me rogó que indagara en su expediente desde mi portátil. Sin más explicaciones continuó su camino mientras yo miraba fijamente la pantalla, sin comprender porqué me pedía algo que podía hacer ella misma desde su ordenador. Observé a mi alrededor con disimulo e hice algunas entrevistas más antes de decidirme a extraer el pequeño papel que había dejado en mi bolsillo. Introduje las claves y saltando a través de las diversas ventanas que se iban abriendo encontré su ficha, una más de tantas que componían la base de datos del personal, la revisé y la cerré rápidamente. No tenía noción alguna sobre lo que ella esperaba encontrar e intenté seguir con mi trabajo mientras me iba acercando a la entrada del edificio.

En la zona de fumadores un conocido usuario de la metadona, casi rehabilitado, se avino a realizar la encuesta adornándola con una inquietante opinión sobre la puta dictadura que se había adueñado del país. Yo lo escuchaba, tecleando sus respuestas de espaldas a la carretera y no advertí alarma alguna que obligase a mi interlocutor a abalanzarse sobre mí lanzándome contra el suelo, pero sentí las detonaciones y el griterío aterrado en un espacio de tiempo que se volvió infinitamente lento mientras conseguía girar la cabeza y distinguir al jefe de equipo quirúrgico, Manuel Solano, inerte en medio de un charco de sangre tras recibir dos disparos certeros en el pecho. Mi angel de la guarda, Sebastián, me ayudó a levantarme con sumo cuidado mientras profería innumerables improperios:

- ¡Puta mierda de país! ¡Doctora! ¿Está bien?

- ¡No soy doctora, pero estoy bien, gracias!

- ¡Lo que sea! ¡Vámonos de aquí!

- ¡Venga conmigo, lo necesito!

Lo llevé hasta los lavabos y le pedí que me esperase mientras yo entraba en un servicio y lograba poner de nuevo en marcha aquel portátil que por suerte no había sufrido desperfecto alguno. Metí las claves de la base de datos y busqué la ficha de Manuel Solano. Todo era correcto, no había nada extraño. Después indagué en mi ficha y entonces pude ver la diferencia, introduje de nuevo el apellido del hombre asesinado y apareció aquella letra E mayúscula al lado de su nombre tras un guión. Volví a entrar en la ficha de Jennifer de la que estaba segura ya, antes de verla, también poseía aquella E detrás de su nombre. ¿Podría aquella letra significar “Eliminar”? ¿No era una solemne estupidez que apareciera tan claramente en una base de datos a la que tenía acceso todo el personal de administración del hospital? Pensé en la petición de la coordinadora, si ella me había buscado aquella mañana debía ser porque algún motivo que yo no conocía le impedía acceder a aquellas páginas desde su ordenador. También podría ser que aquella no fuese la base de datos que se estaba utilizando en el hospital y que Jennifer, por algún medio que se escapaba a mi razonamiento, hubiese conseguido las claves de acceso. No tenía tiempo para resolver tantas dudas, ni siquiera para imaginar los motivos por los cuales se habían escogido aquellos nombres y aquel medio para anunciar la muerte de sus propietarios.

Salí sin tener claro aún lo que debía hacer, por suerte Sebastián estaba todavía allí. Ante mis preguntas me aseguró que tenía un pequeño y viejo coche que funcionaba perfectamente y que estaba dispuesto a ayudarme. Fue una larga hora la que invertimos en encontrar a la coordinadora en medio de aquel caos que se había producido entre el personal del hospital. Apenas nos atrevíamos a pronunciar su nombre por miedo a levantar cualquier sospecha y tuvimos que sumergirnos entre aquella gran oleada de rostros indecisos y asustados que se movían de un lugar a otro por todo el edificio. La encontramos, al fin, pensativa y con los brazos apoyados en el alféizar de una ventana solitaria; cruzamos las palabras suficientes para ponernos de acuerdo y nos encaminamos a toda prisa hacia una salida posterior desde la cual y tras un gran rodeo por las calles y zonas sin asfaltar, colindantes con el hospital, conseguimos llegar hasta el viejo automóvil de Sebastián.

Sería largo de explicar todas las vicisitudes que vivimos aquellos dos largos días hasta que Jennifer y yo conseguimos salir del país y llegar a casa de mi hermana en España. Sebastián nos ayudó a escapar a un país vecino a través de un paso fronterizo de montaña, pues aquel hombre castigado por la droga, había tenido una vida intensa en la que había hecho muchas relaciones en un submundo que nosotras apenas intuíamos. Llevábamos unas cuantas ropas metidas en dos mochilas pero, toda nuestra documentación y todo el dinero que pudimos rescatar de nuestras cuentas iban con nosotras. En las pocas horas de espera en el aeropuerto insistimos con vehemencia para que Sebastián nos acompañara, pero no logramos convencerle, él confiaba plenamente en que su persona no era importante para aquellos usurpadores de libertades y hacía tiempo que se había hecho a la idea de morir cualquier día en cualquier esquina. Se volvió hacia aquel infierno en el que se convirtió nuestro pobre país durante largos años. Supimos a través de las cartas que nos fue enviando, de todas las torturas que sufrieron compañeros nuestros, cercanos a la persona de Manuel Solano y comprendimos con certeza que habíamos logrado escapar a tiempo de aquellos miserables.

Jennifer aclaró mis dudas durante aquel largo vuelo hacia la libertad. Ella había sido la pareja de Solano en los dos últimos años y sabía que él había obtenido información confidencial a través de un herido que murió en la mesa de operaciones. Cómo había conseguido aquellas claves y porqué se vio envuelto en aquel conflicto es algo que jamás pudimos averiguar, sino es haciendo conjeturas acerca de una supuesta vida política encubierta. Tampoco pudimos hacer nada más con aquellas cifras del pequeño papel, las claves fueron cambiadas en las posteriores horas de su muerte.

Jennifer y yo nos integramos bien en España, hemos vivido y trabajado en este país esperando y suspirando por este día en el que ha sido anunciada la llegada de la democracia al lugar donde nacimos y donde se encuentran nuestras raíces. Las dos volveremos muy pronto allí, para ella será un regreso y para mí tan solo un viaje para que mi nueva familia conozca el país donde comenzó mi vida.