10.6.08

Crónica de un mordisco anunciado

El día en que a Ramón Rodríguez Robles le mordió el perro llamado “Cinco”, había hecho su entrada casi anunciando la desdicha. Lo primero que sintió Ramón Rodríguez cuando levantó las persianas fue el golpeteo de unas gruesas gotas como chorretones de manguera que azotaban los cristales de las ventanas. El hombre que vivía solo y era el colmo de la pulcritud, a causa de la llegada del buen tiempo, había decidido pasarse la tarde anterior fregando persianas y ventanas hasta dejarlas inmaculadas y al borde del desgaste, por el afán de pasar el trapo cincuenta veces más por encima del brillo más rutilante.

No se habría tomado tan mal la llegada de aquellas lluvias, que buena falta estaba haciendo que lloviese para que se llenasen los pantanos, si hubiesen durado algo más que aquellos escasos diez minutos en que todo el esfuerzo hecho por Ramón Rodríguez quedó eclipsado por las manchas de barro que en ese momento maceraban en sus cristales y persianas. Desde luego su humor sí que quedó lleno de nubarrones en aquella mañana.

Ramón vivía solo, tenía cincuenta años y había pasado la mayor parte de su vida en un pueblo perdido del interior cuidando las fincas de la familia y el ganado. De joven había tenido una novia de la que estuvo muy enamorado, Edelmira Galindo Baños, una mujer de gran belleza y no menos carácter, que le envió a freír espárragos un día en que le pilló en un mal paso cuando salía de buscar a un amigo borracho, en la única casa de mal uso del pueblo. Eso sí que fue mala suerte porque ella no se creyó la historia aunque se la hubiese confirmado el amigo y la doña de aquel club de tres al cuarto. Edelmira rompió el noviazgo y no volvió a dirigirle la palabra para los restos. Pero no todo fueron desgracias para Ramón Rodríguez que a los cuarenta y cinco años heredó una buena suma de dinero y decidió que ya había trabajado bastante. Alquiló la casa y las fincas y se dirigió a la ciudad dispuesto a comenzar una nueva etapa viviendo de rentas, sin grandes lujos pero con lo suficiente para no tener que temerle al futuro. Se compró un pequeño piso en una buena zona muy tranquila de la ciudad y tras contactar con unos cuantos amigos y hacerse socio de las partidas de mus en el bar de la esquina, comenzó a sentirse satisfecho como gato panza arriba.

Todo hubiese ido bien, si el destino no jugase tan malas pasadas a costa de jugar con los sentimientos del buen hombre, y es que desde hacía dos años tenía una nueva vecina que no se dignaba dirigirle ni un mal saludo de buenos días. No le hubiese importado tanto en cualquier otro miembro de la comunidad, más aquella vecina vivía en el piso de la puerta que daba frente a la suya y no era otra que Edelmira Galindo Baños, su antigua novia despechada. No se había casado al igual que él, pero no estaba sola, había llegado acompañada de un gran perro danés de color gris que respondía al nombre “Cinco” y cuya actitud no recordaba en nada a su otrora primo-hermano Scooby Doo. Tenía el animal la fea e insistente manía de enseñar las amígdalas, tras una gran boca babeante cada vez que se cruzaba en el camino de Ramón Rodríguez y éste, a su vez, se tocaba la pierna con un fino y cimbreante bastón que había optado por utilizar desde que viera por primera vez al odioso perro. También había sido maldita la casualidad que siendo tan grande el mundo tuviesen que venir a cruzarse sus destinos de aquella manera. Edelmira no perdía ni un segundo en los momentos en que se cruzaban para demostrarle su desprecio y Ramón empezaba a sentir que era la chacota del barrio.

Aquella mañana no había comenzado bien y Ramón andaba un poco de los nervios, después de desayunar dejó el cartón de leche en el fregadero y la taza sucia en el frigorífico, se puso la chaqueta y salió a buscar el periódico sin acordarse de coger el inseparable bastón. Por su parte Edelmira también andaba un pelín nerviosa, no le gustaban los días de lluvia porque le daban dolor de cabeza y además era bastante aprensiva y durante toda la noche no había parado de tener pesadillas angustiosas. Esto para ella era presagio de catástrofe y para colmo de males “Cinco” no paraba de ladrar y de rascar la puerta de la calle, lo que aún la desconcertaba más. Visto el asunto, no le quedó mas remedio que agarrar la correa y sacar el perro a dar su vueltecita de desahogo en cuanto paró de llover. Iba tan sumida en sus cábalas que no se fijó en la piel de plátano caída en el suelo y tampoco distinguió al sujeto que se acercaba despacio con los ojos embebidos en la plana del periódico.

Ramón Rodríguez Robles hubiese seguido su ruta cargado con su mal humor si la sorpresa no se lo hubiese borrado de un plumazo. De pronto algo gelatinoso hizo resbalar uno de sus pies que salió disparado como una bala hacia delante con tan mala pata –y nunca mejor dicho- que fue a impactar contra los morros de un también sorprendido “cinco” que en ese momento tenía la pata levantada junto al tronco de un árbol. El perro se quedó a media meada contando sus dientes, Edelmira con la boca abierta como una pánfila y Ramón con los ojos a punto de salirle de las órbitas recordando en el acto la falta de su bastón. Antes de que pasase un minuto más de esta escena, “Cinco” comprobaba el perfecto estado de su dentadura en el tobillo de Ramón Rodríguez y cosa curiosa, fue la propia Edelmira la que le obligó a abrir la boca y a soltar al pobre Ramón antes de ayudarle a levantarse y llevarlo a su casa donde le aplicó una buena cura que duró el tiempo necesario para que hiciesen las paces. Bueno, no es que decidieran casarse ni nada de eso, lo cierto es que cada uno en su casa estaban muy a gusto haciendo lo que les daba la gana. Es solo que de vez en cuando “Cinco” se quedaba solo en casa mientras Edelmira se acercaba a visitar al “vecino de enfrente”