30.10.08

23.10.08

Inconstantes

La constancia es a veces un mérito difícil de conseguir cuando se tiene un caracter impetuoso que depende en sumo grado de la ilusión. La monotonía, la repetición, la falta de elementos afines y la involución de las ideas pueden provocar una reflexión que derive hacia la propia prescindibilidad en la causa. La realidad, entonces, se impondrá como una losa cierta y verdadera que acabará de asfixiar cualquier iniciativa; los deberes y obligaciones aparcados mientras duró la ilusión, se tornarán en gigantescos desordenes vitales. Dónde se halla la verdadera estabilidad, será la pregunta que se haga la persona inconstante que de algún modo persigue y necesita llegar a una meta de vez en cuando para sentirse bien consigo mismo.

Un medio o tal vez el único con viabilidad suficiente para encarrilar el espíritu de nuevo hacia el positivismo, se halla en la capacidad para cerrar los ojos a los posibles daños interiores y poner todo el empeño en ordenar el exterior vital. Esos ojos cerrados convertirán al individuo en un autómata constante, pero por otro lado ayudarán a conseguir pequeñas metas necesarias que harán renacer paso a paso la satisfacción, antesala de la Ilusión.