17.11.08

Culpable Callejero

Baila caballerito, baila… y no pienses, baila y cierra los ojos cuando mires atrás. Caballerito no pares, no le des oportunidad a la conciencia ni por un segundo… Pero quién maldito mierdoso me ha metido la mano en el bolsillo sin que me diera cuenta… no, ahí está… por un momento pensé… pero no. Ahora necesito un rincón donde nadie me siga, que estoy harto de ver sus miradas ansiosas y al fin el chute es solo mío y lo he pagado con mi dinero… bueno, con el dinero de mi madre, bien está, que es muy cansina la mujer y me tiene harto con sus lloros y sus súplicas, joder, lo que cuesta que me suelte la pasta y la que tengo que liar para convencerla…

Ahí está, ya lo noto correr por mis venas… llega la paz de nuevo y comienzo a sentirme bien, sí. En su justa medida no es tan grave como lo veía todo ayer, no fue culpa mía ni mucho menos, no, que aquel pobre diablo ni siquiera miró y yo iba como Dios, o sea, por la carretera… y por la carretera van los coches y nadie tiene que cruzarse cuando uno va conduciendo con todo su derecho, que se podía haber esperado el muy estúpido a que yo pasara… y es que el tío ni caso hizo cuando me vio venir, ni para adelante ni para atrás, se quedó allí pasmado antes de recibir el golpe. Que se notaba que yo iba con velocidad ¡mierda, que ya estoy llorando otra vez! Y no fue mi culpa. Tampoco había tomado tanto, tres ginebras y una dosis. Yo sabía bien lo que veía y el volante lo tenía bien cogido, tal vez pisaba demasiado el acelerador, pero quién no lo pisa en una vía como esa...

Y el muy desgraciado se quedó tirado como si le hubiese hecho algo serio, que no fue para tanto, joder, que lo más normal es que se haya ido a su casa por su propio pie. Pero que el tío tenía ganas de meterme miedo en el cuerpo, seguro, que lo más querría cobrar de la compañía un buen pellizco y por eso se hacía el muerto el muy… Y ahora se debe estar riendo a mi costa mientras se lo cuenta a cuatro mataos que quieran oírle. Si no había sangre siquiera y a esa velocidad lo tenía que haber reventado, pero el tipo empeñado en no abrir los ojos, pero a mí qué… no había ni un alma por el polígono a esas horas, que también son ganas de caminar por un sitio así a las cinco de la mañana… y si salía de trabajar… pues eso, que el tipo seguro iba cansado y con sueño y no miraba por donde caminaba, ni me vio venir. Que yo no tengo la culpa que no haya escogido otro trabajo, a ver a quien se le ocurre hacer turnos… este sería como mi padre que se esperaba que yo empezara en la fábrica como él, desde abajo. Y qué se me ha perdido a mí en un sitio así, que yo no soy un pasmao cualquiera y tengo mis ideas. Un día de estos les voy a demostrar quien soy yo. Que valgo más que ellos y no voy por el mundo tirándome a los coches para cobrar del seguro, que somos unos incautos los que conducimos con todas las de la ley.

Si al menos pudiese dormir tranquilo… seguro que es culpa de esta ginebra, vete a saber la clase de matarratas que le echan para engordarla. Anda, caballerito, vamos a bailar, ya no te pesan los pies ni las penas… a bailar que la noche empieza y hay unas cuantas loquillas esperando que les de un repaso. Menudas golfas son, como la que iba en el asiento trasero ayer, decía la muy estúpida que no podía dejar al muerto allí… y ella qué… si iba durmiendo cuando pasó todo… se puso histérica, pero los dos guantazos la templaron. Se meó de miedo cuando le puse la navaja en el cuello, no sabía con quien se las tenía… y no dirá nada, ya me encargaré de tenerla bien asustada, porque no se puede jugar con las buenas personas como yo… joder, que no fue culpa mía…

1.11.08

Una Ausencia Vital

La adolescencia es una etapa de corazón ardiente y luces de farolillo, todo es nuevo, todo se abre a nuestro alrededor en un prometedor viaje. Cualquier idea es una escusa factible para acometer las acciones más insospechadas tan solo unos años o unos meses antes. En un momento dado el espíritu adquiere el valor necesario y se decide a enfrentar la suerte con los ojos medio cerrados. Y así fue como se decidió mi futuro cuando apenas contaba quince años. La primera escapada no tuvo un éxito definitivo pues dos números de la guardia civil me llevaron de vuelta a casa, no sin antes retenerme en el cuartelillo durante unas cuantas horas. El segundo intento, más elaborado y meditado, consiguió encaramarme en la ruleta cuyos giros decidirían los avatares de mi existencia.

Recordándolo después, aquellos arduos años de enorme esfuerzo para conseguir apenas mantenerme en los principios de mi vida en solitario, nunca me parecieron tan duros como los vividos bajo el techo de mi padre. No fui un hijo deseado y mi llegada solo sirvió para entorpecer y complicar la armonía de sus tres integrantes hasta aquel momento. Mis padres habían cubierto todas sus aspiraciones procreadoras con mi hermano Pablo, habían calculado y previsto un mañana cierto y viable para su persona y yo aparecí en este mundo reclamando un lugar que no tenía cabida en sus vidas. Pronto empecé a detectar diferencias en los tonos, parcialidad en los derechos y abundancia de obligaciones y castigos en mi persona. Me repetían una y otra vez que yo era malo de naturaleza y que debían corregirme, esa era la vil infamia que me adjudicaron. Pero ante todo, lo que más me hirió a lo largo de mi infancia fue la ausencia del amor materno, esa ausencia que yo trataba de ocultar al mundo como si fuera el resultado de un gran pecado propio, algo que yo había merecido por ser como era, malo de naturaleza.

Lejos de ellos prosperé y crecí como persona, no diré que haya conseguido grandes bienes ni grandes hazañas, más el destino me procuró amigos que supieron valorarme en su día y también una verdadera familia con la que he descubierto muchos sentimientos que creía inexistentes por desconocidos. Lo que yo sentía hasta entonces era producto del insuficiente amor, del escaso valor otorgado, de la incipiente inseguridad adquirida por todo ello. Porque los humanos somos al fin y al cabo el resultado de unos valores inculcados o aprendidos en nuestros primeros años… Aún así han habido momentos en los que me he llenado de angustia hasta el punto de sentirme desgraciado cuando más factores poseía para ser feliz, revivía aquella infamia y no era consciente de que necesitaba purgar hacia el exterior todos aquellos errores ajenos que me marcaron de niño. No me considero un hombre sabio ni mucho menos pero las luces del entendimiento poco a poco me hicieron comprender que el perdón era necesario para calmar mi espíritu. Nadie me lo ha pedido en todo este tiempo, ni yo soy tan arrogante para ir a otorgarlo a quienes en absoluto se han sentido culpables. Los he perdonado dentro de mi corazón, no quiero que el resentimiento le reste plenitud a mi vida y me haga tomar decisiones equivocadas.

Mis hijos me describen en muchas ocasiones como perteneciente a una generación fuerte, sufrida y decidida que ha sabido sobreponerse a muchas calamidades casi sin quejarse. Hablan así porque no han sufrido la ausencia del amor de sus padres y desconocen que la fuerza de sentimientos como la rabia, la ira o el odio te hacen pisar con fuerza, pero que es el verdadero afecto y el sentirte amado los que te ayudan a caminar toda la vida.