La jovencita y el anciano se apearon uno tras otro y de pie en la acera siguieron con la vista las maniobras del automóvil que se alejaba en busca de un hueco donde estacionar. El abuelo observaba el entorno con avidez como queriendo rescatar los días pasados sin aquel paisaje. El aire transportaba el barullo de voces infantiles tan familiar en aquella hora del mediodía; un guardia urbano paseaba inquieto por el paso de viandantes que conducía a la puerta del colegio, esperaba mirando de soslayo a los padres, como buscando su complicidad ante la eminente estampida. El anciano disfrutaba aquellos momentos estorbando el paso de la gente que circulaba por la larga avenida:-¡Si nos damos prisa y no hay mucha gente, todavía me dará tiempo de poner el caldo!- las dos mujeres tiraban de los carritos vacíos llevándolos casi en volandas.
-¡Joder, tío! Si hubiese sido yo le parto la cara en el instante, tenías que haberlo mandado a la mierda- ambos personajes pasaron junto al anciano y la muchacha sin dirigirles apenas una mirada para no tropezar y bajaron la avenida con paso seguro y dominante.
Súbitamente una voz de reconocimiento y una palmada en la espalda del abuelo:
-¡Hombre, Manuel! ¡Hacía ya unos pocos días que no te veía! ¿Has estado malo?
La nieta algo nerviosa esperaba expectante y buscaba con la mirada la figura de su madre que a lo lejos levantaba la palanca de freno y abría la puerta del coche. Rosa cerró deprisa y apresuró el paso entre las carreras de los niños que salían, su padre se despedía ya de aquel conocido y ella al llegar preguntó a su hija con la mirada. Irene movió la cabeza de un lado a otro con disimulo y enlazó su brazo con el de Manuel: -¡venga, abuelo, vamos a dar un paseo hasta la plaza del mercado!- con paso lento subieron la larga avenida. En la parada del autobús la gente se apiñaba entre los cristales, casi todos esperaban de pie junto al pequeño asiento amarillo ocupado por tres mujeres obesas y una niña de corta edad; desde el mercado bajaban riadas de gente con bolsas y cestas plenas, algunos carritos de la compra, los más, desbordaban su contenido a través de las cremalleras sin cerrar o bajo las solapas que se quedaban cortas. Rosa se deleitaba con todo aquel movimiento de la ciudad y recuperaba en su retina momentos y costumbres olvidados tras su marcha hacia aquel tranquilo pueblo en el que vivía hacía ya dieciséis años.
Llegaron hasta el mercado municipal y como una rutina subieron las escaleras de una puerta lateral -¿vamos a comprar algo?- A Irene aquello le parecía un poco tonto y no entendía esa manía de su madre por visitar el mercado como si fuese una exposición de vida, tal y como lo llamaba Rosa. Después de unas vueltas por los pasillos compraron una bolsa de patatas fritas de “ruedas” y salieron por la puerta principal. En la plaza había un corrillo de ancianos y algún hombre de mediana edad, el abuelo los miraba fijo como tardando en reconocerlos:
- Voy a hablar un ratillo con estos amiguetes míos ¿os esperáis?
- Quédate abuelo, nosotras vamos a dar una vuelta y a comprar unas cosas ¿vale? después volveremos a buscarte.
Rosa saludó con la mano a la concurrencia y se alejó con su hija volviendo de vez en cuando la cabeza con disimulo. Veía las preguntas en los labios de aquellos amigos del anciano y también el aturdimiento de éste, algunos lo miraban con tristeza y asentían con los ojos bajos. Pronto se vio que cambiaban de tema como si todos se hubiesen puesto de acuerdo con las miradas y el abuelo pareció que empezaba a sentirse más cómodo. Ellas se pararon ante el escaparate de la tienda de bolsos que les sirvió de espejo para seguir observando aún la escena:
-Vámonos hacia la entrada del metro, desde allí arriba lo veremos bien y no parecerá que vigilamos. Tengo ganas de fumar un cigarrillo.
-¡Otro! No paras de fumar, mamá.
Rosa abrió la bolsa de patatas y se la dio a su hija para que comiese y callase mientras ella sacaba el tabaco del bolso. Allí arriba el ambiente era más tranquilo, había asientos de madera en el diminuto parque y la mayoría se veían vacíos, de vez en cuando unas pocas personas salían de la profunda boca de entrada a la estación del ferrocarril, se notaba que no era hora punta. Una anciana que tomaba el sol se levantó y al cruzarse con ellas miró a Irene con cara divertida y enganchó con la mano la bolsa de patatas:-¡Tú ya te has comido la mitad, ahora me toca a mi!- le guiñaba un ojo y movía sin cesar algo que llevaba en la boca.
Se quedaron un poco paradas pero la mujer sonrió y les enseñó los tres caramelos que removía con la lengua:
-Esta juventud siempre compran patatas, a mi me gustan los caramelos, chupo tres porque con cuatro no puedo- y se alejó hablando sola.
-¡Mamá! ¿Quién es, la conoces?- ante la negativa de su madre, Irene afirmó con mucha rotundidad: -¡Esta ciudad está llena de majaretas!
A lo lejos el grupo de amigos comenzaba a dispersarse y ellas bajaron rápidamente. El abuelo dijo que era hora de volver y los tres se alejaron caminando lentamente, como con desgana. Alguien que llevaba mucha prisa saludó a Manuel -¡Eyyy!-, el anciano lo miró y cuando el otro iba lejos levantó el brazo y contestó: -¡Adiós!





después de insistir nuevamente con el tema del circo las que movieron a Sergio a contarme su aventura del mediodía: -Me he colado en el campamento del circo ¡Hay leones y elefantes! ¡Y he visto a la mujer barbuda!- Aquello me pareció el colmo de las maravillas, aunque no podía creerme que existiera ninguna mujer con barba –será una barba postiza- observé con la sabiduría de mis pocos años. Él puso un dedo sobre sus labios y en voz baja acordamos que me llevaría esa tarde al campamento. Mi madre no puso objeciones a que yo bajase a la calle a jugar siempre y cuando me tuviese a la vista desde el balcón, en cambio, mi hermano tuvo que hacer mil promesas con su cara más inocente antes de que le dejase marchar.






