29.12.09

¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOS!


Me agradaria
preparar en estos días,
un árbol
muy especial y colgar,
en lugar de regalos,
los nombres de todos mis amigos.
Los de cerca y los de más lejos.
Los de siempre y los que tengo ahora.
Los que veo cada dia, los que veo de vez en cuando.
Los que siempre recuerdo y a los que a menudo olvido.
A los constantes y a los inconstantes. A los de las horas
alegres y a los de las horas difíciles. A los que sin querer herí,
y a los que sin querer me hirieron. Aquellos a quienes conozco
profundamente, y aquellos a quienes solo conozco por su apariencia.
A los que me deben algo y a los que les debo mucho. A los amigos humildes
y a los amigos importantes. Por eso los nombro a todos, a todos los amigos que han
pasado por mi vida. A los que recibis este mensaje y a los que no lo recibirán.
Un arbol de raices profundas, para que vuestros nombres no se puedan arrancar jamás.
Un árbol que, al florecer el año que viene, nos traiga ilusión, salud, amor y paz.
Ojalá que en estas fiestas, nos podamos reencontrar compartiendo los mejores deseos
de esperanza,
dando algo
de felicidad a aquellos que lo han perdido todo.

10.12.09

Castellnou en "El Bullicio de la Rambla"

Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad,
los acontecimientos del relato son en verdad, pura ficción
inventada por la autora.


Me impresionó tanto la presencia de aquella máquina al fondo de la inmensa cocina, hasta el punto que durante un intenso minuto dejé de sentir el ruido de las voces y de los grandes cucharones removiendo sopas y salsas en las enormes ollas aposentadas sobre los numerosos fogones. El potente disco de cuchillas con forma de sierra, aparecía embutido hasta su mitad en una raja, hecha a medida, sobre un amplio y frío mármol blanco. Me volví hacia mi acompañante intentando disimular los crecientes latidos que mi corazón había comenzado a producir ante aquella verdad revelada.

—No acierto a comprender la utilidad de este aparato tan grande ¿no les suministran las piezas en la medida necesaria para su utilización?

—En realidad, sí. Pero se trata de algo más que un capricho de mi jefe, no es desconocido para el público que por un cierto tiempo estuvo estudiando, en diversos países, el arte de las diversas técnicas que existen para cortar la carne. Hay cocineros que han intentado imitar algunos de sus platos y no lo han conseguido, simplemente porque el secreto no estaba en la guarnición ni en las salsas, sino en el modo en que se había fileteado la ternera, el cordero, o cualquier otro animal, según haya sido el caso. Él mismo se encarga de escoger las grandes piezas en el matadero, y a última hora, cuando nos hemos ido todos, las trocea en el modo adecuado para el menú del día siguiente.

—Entonces, es de suponer que cada día desechan bastantes residuos crudos aparte de los restos de comida que dejan los clientes ¿Quién se encarga de retirarlos?

— Ezequiel se ocupa de ello. Vacía los cubos en un camión que tenemos ante la puerta trasera y él mismo lo conduce, a última hora de la noche, hasta una empresa que lo tritura y convierte en pienso para animales. Y mire usted por donde, aquí tenemos al protagonista de la conversación. Buenas noches Ezequiel.

Un hombre rudo, de unos cincuenta y muchos años, con un mono azul marcado por diversas manchas, imposibles de determinar el origen, nos miró de través con desconfianza mientras cogía uno de los cubos, arrastrándolo, para después desaparecer por la mencionada puerta trasera.

—No le haga caso, he de decirle que es mudo, aunque no sordo, oye perfectamente. Algo de las cuerdas vocales, parece ser que de nacimiento. No se trata con nadie, pero tiene delirio por el jefe pues babea como un perrillo faldero cuando está a su lado. Creo que se dejaría matar por él si fuese necesario. Yo creo que su cerebro no se acabó de cocer cuando nació y de resultas, sus instintos son bastante primarios.

—Volviendo a la conversación, deduzco, por lo que me ha contado, que ningún cocinero está presente cuando Mario Torres utiliza esta sierra. Que se trata de uno de sus secretos de cocina.

—En efecto. Así es.

— ¿Y Ezequiel?

—No podría confirmárselo, pero la creencia general es que es él quien le ayuda. Mover esas piezas tan grandes no es cosa fácil para una sola persona.

Me despedí dándole las gracias efusivamente, por aquel recorrido por las interioridades de la cocina de El Bullicio de la Rambla. Pocos clientes pueden presumir de haber tenido este privilegio y en mi caso puedo asegurar que no hubiese disfrutado de él, sin el carnet que el director de un destacado periódico, amigo mío, había tenido a bien prestarme para este caso. Un caso producto de mi curiosidad como detective. Nadie me ha contratado y de nada van a servir mis deducciones pues Mario Torres es un restaurados con dos estrellas Michelin y está sentado en la cima del mundo en lo que a alta cocina se refiere. Si la policía y los jueces se decidieron, en su día, a archivar el caso, sus buenas razones tendrían. Las dificultades por la falta de pruebas y el renombre del chef ayudarían a dar carpetazo a un asunto políticamente molesto por la relevancia internacional del personaje y porque su imagen había aparecido en momentos puntuales de la anterior campaña electoral.

Un también afamado crítico de restauración, enviado por la guía Michelín, había desaparecido unos meses atrás y la última vez que se le vio fue en El bullicio de la Rambla. Al parecer se trataba de un gran amigo de Mario Torres, pero un abrazo olvidado al recibirlo y un frío intercambio de manos, antes de sentarse ambos a la mesa esa noche, llamó la atención de los camareros. La velada no había sido precisamente plácida para los dos comensales, según se desprendió de las declaraciones de algunos clientes que se hallaban allí esa noche. Se les había visto discutir en el transcurso de la cena y Mario se retiró a la cocina antes de los postres. El crítico no tuvo inconveniente en continuar allí mientras tomaba notas en una pequeña libreta y siguió sentado paladeando un viejo armañac cuando ya el local se hallaba vacío y el último camarero echaba el cierre a la puerta acristalada. Torres declaró que salieron por la puerta de atrás y tras un largo paseo y una razonable conversación, se despidieron amigablemente a unos pasos del hotel donde se hospedaba el enviado por Michelín. En el hotel nadie recogió su llave, sus ropas y sus maletas continuaron en la habitación mientras los diferentes medios se hacían eco de su desaparición. Y esta es la historia, hasta el día de hoy para el resto del mundo, no ya para mí. Considero innecesario afirmar que me mantendré prudentemente alejado de las puertas de dicho restaurante, pues esa sierra infernal y la maligna mirada que me dirigió Ezequiel no son más que tema para una terrible pesadilla.

2.12.09

Abel Castellnou, Detective.

Cuando llegué aquella mañana, la encontré esperándome en el sofá de la portería. Ella me miró fijamente como estudiando toda mi persona. Se presentó con una sonrisa muy segura alargándome la mano:

—Hola, buenos días. Le estaba esperando. Me han dicho que no tenía ninguna cita esta mañana y que podría recibirme. Mi nombre es Durrell.

—Abel Castellnou, buenos días.

Subimos a mi despacho en el pequeño y antiguo ascensor que ella observaba como intentando memorizar todos sus detalles. Después supe que, antes de mi llegada, había hecho lo mismo con el edificio situado en la Gran Via de les Corts y también con el portero, con el que parece ser había estado hablando y sonsacándole información acerca de mi persona. Una vez acomodada ante mi mesa, bien acomodada por cierto, encendió un cigarrillo y dejó caer la parrafada que se convertiría en el principio de mis pesadillas:

—Escribo relatos. He decidido que usted va a ser el protagonista de ellos. y para ello, estoy dispuesta a acompañarle durante unos días para imbuirme del ambiente que le rodea y hacerme una idea lo más fidedigna posible de sus métodos de trabajo.

No era la primera vez que un novelista venía a pedirme que le ayudase con unas indicaciones, pero ella, pertrechada tras una extensa sonrisa, daba por hecho lo inconsistente de una negativa por mi parte. No había tenido tiempo de parpadear aún cuando ella ya continuaba:

— ¿Está preparado? No le prometo que vaya usted a hacerse famoso, porque yo soy una simple escribidora de relatos y bastante mediocre. Aunque podría ser que con el tiempo y su ayuda, mis cuentos empezasen a gustar a los que me leen. Ya ha sido usted protagonista de dos casos, que a mi entender, no le han dejado en mal lugar. El problema es que su figura no estaba suficientemente perfilada, por no tener… no tenía usted ni nombre y eso va a cambiar. No creo en los cuentos de Mujercitas ni en los finales felices, no lo espere en los finales de mis historias. Para mí, las puestas de sol nunca son románticas, siempre hay algo que rompe la perfección, la alegría de los personajes. Y no estoy dispuesta a saltarme la veracidad de esa realidad, aunque usted intente con su fe en la humanidad, está en todo su derecho a tenerla, que yo busque la lágrima fácil con tiernos abrazos de una familia reencontrada. No, siempre hay un después y lo que en principio parece un final feliz, se puede convertir, en cuestión de horas, en una horrible pesadilla.

Una pesadilla me estaba pareciendo a mí la verborrea continuada de mi visitante. Intuía que en el día a día, no se mostraba tan segura de sí misma y que, seguramente, acostumbraba a meditar largamente antes de tomar una decisión. Pero también la delataba el impulso que la llevaba a lanzarse con los ojos cerrados cuando creía tener una idea genial. Y tristemente este era el caso actual. No es que quiera criticarla pues en el fondo siento una cierta simpatía por ella. Y su sonrisa me desarma, al igual que me desarman sus lágrimas fáciles ante las desgracias ajenas. Quiere ir de dura, quiere escribir relatos duros pero esa fe en la humanidad de la que me acusa, crece en realidad en su propia mente. Es una constante discusión en medio de nuestras largas conversaciones.

—Su nombre me ha dicho que es…

—Durrell, llámeme así. El verdadero no importa y éste lo simplifica todo ¿no le parece?

—Bien, no me deja opciones, por lo que veo. Y como sé que un personaje no puede rebelarse contra su autor, por mucho que lo intente, voy a acceder a su petición — la palabra “petición” la recalqué en todas sus sílabas, con toda la ironía de la que fui capaz—. Si le parece, me deja un par de horas para que escriba un informe de mi último caso y arregle unos asuntos en la caja de ahorros. Después podemos quedar para comer. Yo la invito ¿le parece bien que quedemos a la una y media en el Divinus? Está en la Ronda Universidad y se come muy bien, se lo aseguro.

—Lo conozco, parece que tenemos los mismos gustos, cosa natural por otro lado. Acepto su invitación. Aprovecharemos para que me cuente acerca de ese informe que va a redactar, me iría muy bien para crear el relato de la semana que viene.

Y este fue nuestro primer contacto. Pasé toda la mañana con un cierto desasosiego por la incertidumbre que se cernía sobre mi futuro. Todavía, a día de hoy, no estoy seguro de haber tomado la decisión correcta ¿pero cómo podía negarme a los caprichos de mi autora, si me tiene cogido entre las teclas de su ordenador y las ideas que pasan por su cabeza?