25.12.10

FELIZ NAVIDAD


Felicidad para todos.

26.8.10

Una pausa



En primer lugar querría agradeceros los comentarios que habeis dejado en la anterior entrada. En esta os comunico que voy estar un tiempo sin escribir. Ya hace días que no lo hago, pero me parece mal irme así, de rositas, sin decir nada :)
No sé el tiempo que tardaré en volver, a lo mejor poco o tal vez mucho.
Mientras tanto os deseo que seais felices.
Hasta la vuelta.

12.8.10

Ayer compré un libro

video

Me enviaron este vídeo por correo el mes pasado y ayer conseguí encontrar el libro por fin. El título en castellano es "Confesiones de un ganster económico". Me parece que va a ser muy interesante porque el vídeo ya confirma lo que muchos sospechábamos.

Siempre se critíca a los políticos, pero los que de verdad manejan el mundo son los que estan detrás de las grandes empresas, a las que les importa muy poco la vida de los hombres, mujeres y niños que han de sufrir la miseria y sus consecuencias.

Después de darle al play, tardan un poco en aparecer las primeras imágenes, pero merece la pena.

9.6.10

Clak Tap

Nadia se sentía cansada bajo los rayos hirientes del sol del mediodía, abrió una de las sillas de tijera y se sentó a beber agua de aquella botella más que templada por el calor. Giró la cabeza y vio a Santiago que le hacía señales interrogándola, era tarde, él se tocó la esfera del reloj con un dedo y Nadia decidió volver al trabajo. Clak tap, clak tap, clak tap, clak tap, clak tap… maderas abiertas y patas en el suelo, maderas abiertas y patas en el suelo,… en línea, detrás y al lado, al lado… clak tap, clak tap… Le dolía la espalda y la nuca, los brazos y los hombros parecían a punto de descolgarse y las manos, aunque las llevaba protegidas con vendas, le dolían tanto que la hacía temer el no poder volver a abrirlas completamente nunca más. Llevaba varias noches soñando con aquellas malditas e infinitas sillas y la voz de Santiago se imponía una y mil veces en sus pesadillas, vocalizando en diferentes tonos, en diferentes medidas de volumen pero, con insistente tenacidad, la misma letanía “…es bastante dinero Nadia, Nadia, tendremos para un año, Nadia, dinero, dinero, un año, Nadia, Nadia... Clak tap, clak tap…

Santiago se daba prisa, quedaba poco tiempo y tenía que sacar el camión de allí. Después de comer debía volver para ayudar a Alex con el equipo de sonido. Quería hablar con él sobre el dinero que aún no había visto y sobre un contrato que aún no habían firmado. Clak tap, clak tap, clak tap… Ahora se daba cuenta de que aquello no iba a ser lo que habían convenido, el tal Alex estaba demostrando ser un “vivo” con mucha labia para convencer y bastante sordo para cumplir. Clak tap, clak tap,… lo que peor llevaba era haber arrastrado a Nadia hacia aquella aventura, la cual no estaba seguro que fuese a terminar como él había imaginado. Veía a la muchacha muy cansada y dudaba que pudiese aguantar los cinco días de trabajo que les quedaban todavía por delante. Clak tap, clak tap, clak tap… Si Alex le pagase lo que le debía, podría buscar a alguien más que les ayudase, aquel trabajo era demasiado pesado para tan pocas manos.

Nadia se arrellanó sobre los dos asientos del camión e intentó conciliar el sueño una vez más pero, de nuevo, aquella voz a través de los altavoces se coló por sus oídos invadiéndole los tímpanos y el cerebro:

—…porque la iniciativa y la responsabilidad son las que promueven las mejoras para los ciudadanos, porque todos los ciudadanos debemos luchar por nuestro futuro…

Nadia se removía intentando ignorar aquellos sonidos, aquel discurso, por tantas veces escuchado y que no le decía nada. Tanta palabrería le sonaba hueca en la boca de aquel candidato a las inminentes elecciones al gobierno del país. Se tapó los oídos con los almohadones que utilizaban Santi y ella para dormir en el camión; cuando, cansados de recoger sillas, tarima y aparatos de sonido, buscaban algún área de descanso donde poder comer algo y dormir unas pocas horas antes de proseguir camino hasta la próxima población; lugar más cercano o más lejano, donde actuase el candidato feliz que dormía en camas de hoteles y comía en buenos restaurantes. Ese candidato que no se preocupaba, en modo alguno, de las circunstancias en que trabajaban los que cuidaban de todos los detalles para que su actuación fuese posible y perfecta. “Clak tap…clak tap…clak tap…” Nadia se despertó bruscamente, apenas había dormido cinco minutos con el subconsciente invadido por el sonido de las sillas, lo tenía metido en el bolsillo del alma esperando a que ella se dejase ir para martirizarla con su eterno son…

A las doce de la noche subieron y cerraron las puertas del camión. Santi lo hizo más fuerte de lo habitual, con ganas de descargar la rabia por no haber podido dormir aquella tarde, intentando hablar con un Alex que le había esquivado con astucia. No había tocado apenas la comida al mediodía con las prisas… Desplantes, malas caras y evasivas es lo único que había obtenido de aquel hijo de… Estaba agotado, pero decidió salir de allí y conducir al menos una hora antes de parar a dormir. Apretó el acelerador mientras le aseguraba a Nadia que buscaría algún motel de carretera donde ambos pudiesen descansar suficientes horas aquella noche. Pisó con más rabia el pedal, no merecía la pena tanta puntualidad con gente que no cumplía su palabra, tomarían una buena cena, dormirían y… el grito de Nadia rompió el hilo de sus pensamientos o de su adormecimiento, antes de abrir los ojos y dar un golpe de volante en sentido contrario para no chocar contra la barrera de aquella carretera. No pudo controlar el vehículo… la fuerza de la carga lo hizo patinar mientras él intentaba enderezarlo girando ora hacia un lado, ora hacia el otro y pisando intermitentemente el freno y el acelerador. Nadia se sintió zarandeada dentro de aquel habitáculo y aún acertó a escuchar el crujido de los vidrios rotos, antes de sumergirse definitivamente en la oscuridad. Para Santiago el vacío llegó en un instante anterior, cuando sintió el estómago y el pecho comprimidos, por aquel volante que aún sostenía entre las manos.

1.6.10

Michelle

El trozo de carboncillo parecía bailar entre sus dedos, ahora manchaba el papel con el lado de una larga barra, después resaltaba un vértice con la parte más afilada de un minúsculo pedacito. Una diminuta goma de borrar, blanca a fuerza de limpiarla sobre la madera, rompía sombras y acentuaba expresiones; el difuminador, aplicado con la gracia que la caracterizaba, convertía negros en distintas gamas de grises y de nuevo, aparecía el carbón sobre todo aquello, sacando reflejos a base de pronunciar oscuridades.

Michelle contempló el rostro de la persona y la comparó con el dibujo, repasó aquí y allá con las yemas de sus dedos expertos y se dio por satisfecha. Firmó en una esquina y después una rociada de laca sobre el papel dio por finalizada su obra. El cliente volvería más tarde a recogerla, cuando se hubiese secado lo suficiente y pudiese ser enrollada y atada con una fina cinta. La muchacha, quitó las chinchetas y con ayuda de unas pinzas colgó el retrato bajo el parasol, así también sería un reclamo para los turistas que se acumulaban en torno de la Place du Tertre. Se limpió las manos con unas toallitas húmedas y clavó una nueva hoja de papel ingres sobre el tablón que soportaba el caballete.

—Michelle, ma belle… ¿no tienes sed?

Ella sonrió, sabía lo que quería Genaro. A pesar de las sombrillas, aquel día de verano hacía un calor abrasador y su compañero tenía la paleta lo suficientemente plena de mezclas oleosas como para no poder abandonar su puesto siquiera por unos minutos. Le sacó un Ducados del bolsillo de la camisa y lo encendió antes de decidirse a ir por unas cervezas a la Mère Catherine.

—Tienes que pedir más cigarrillos de éstos, los Gitane ya no me gustan.

Michelle le hizo un guiño y se alejó mientras él envolvía su cuerpo con los ojos llenos de admiración. Con un fino pantalón tobillero negro y una ajustada blusa de cuadros azules sobre su esbelta figura, caminaba sobre unas sandalias plateadas de tacón mediano pero puntiagudo. El cabello negrísimo lo recogía en una espléndida cola de caballo, mientras que su cara se veía adornada por un corto flequillo que hacía resaltar más, si cabe, las largas pestañas de sus ojos negros. Michelle se perdió entre la gente y Genaro volvió a sus pinceles, imaginando tantas cosas que podrían suceder si encontrase un bon marchand que promocionase sus pinturas entre los grandes galeristas de París… La humedad de las gotas de sudor que resbalaban desde su frente le devolvió a la realidad, su compañera no regresaba y una posible cliente miraba los retratos y buscaba a la autora bajo las sombrillas que cubrían los diferentes puestos de los pintores.

Michelle llegó casi a la carrera con dos botellines de bière muy fría, tal como le gustaba a Genaro. La mujer, que la buscaba, ocupó la silla dispuesta para posar. Y mientras bebía y observaba el nuevo rostro, Michelle comentó con entusiasmo a su compañero:

— ¡He ido a ver al japonés! Deberías acercarte a contemplar su nuevo “intérieur” ¡Es una maravilla!

—No sé qué ves en su pintura. Es demasiado realista para mi gusto.

—Realista preciosista, querrás decir. Fortuny pintaba así y sus cuadros cuelgan en las paredes de los museos.

—Marià Fortuny está muerto.

—También lo están tu admirado Picasso y sus contemporáneos.

—Pues a ti bien que te gusta Modigliani.

— ¡Es una excepción! Modigliani fue y será siempre único… Pero no te enfades mon petit Genaro, tu pintura también me gusta.

— ¡No me llames así! Me haces sentir inferior.

—No soy yo quien te lo hace sentir…, es tu inseguridad, un sentimiento injusto para ti mismo.

Genaro permaneció con gesto enfurruñado mientras su compañera se centraba en el trabajo, el retrato surgía entre sus delicados dedos con un extraordinario parecido al original. Cuando acabó, se giró hacia él con una sonrisa conciliadora:

—Esta noche podrías venir a cenar a mi appartement. He conseguido aceite de oliva y podré hacer esa tortilla de patatas con cebolla que tanto te gusta, y tú, a cambio, podrías traer ese vin doux de Málaga que tanto me gusta a mí.

Genaro nuevamente se siente feliz. No sabe cómo Michelle puede ser capaz de guisar esa tortilla tan buena, sin haber nacido en España. Le gusta todo en ella y solo espera convencerla, un día, para que se decida a compartir el appartement con él. Piensa en ello mientras continúa con sus pinceles y cree que esa vida bohemia que ambos están viviendo, es en realidad lo que siempre había soñado, aunque no llegue nunca a triunfar en las grandes galerías… Una canción le viene a los labios:

Michelle ma belle, sont les mots qui vont très
bien ensemble.
Très bien ensemble…

24.5.10

La Voz de una Tempestad

La pausa, demasiado extensa, se fue rompiendo a jirones. Un delicado quejido, frágil, casi etéreo, apenas perceptible a través del auricular, me obligó a cambiar el aparato al otro oído. Un sollozo quiso ser contenido, cortado en la raíz donde nacía, en aquella garganta que luchaba por emitir alguna palabra coherente. Yo esperaba silenciosa y expectante. Incrédula y asombrada ante aquella respuesta que nunca antes había recibido. Intenté imaginar una cara, una figura y sin embargo, vagamente intuía un esbozo desdibujado en la penumbra de una habitación. Miré hacia la sala de entrada, iluminada por los rayos del sol a las cuatro y diez de una tarde de primavera. Demasiado novelesco, pensé. A mi oído llegaba de nuevo un débil suspiro al que siguió el comienzo de un llanto que, en principio tenue, fue elevándose hacia un volumen algo más sonoro; alargándose en el tiempo, cual sirena de una antigua fábrica. Decidí que era mi deber dominar aquella situación:

—Elisa, no llores por favor.

—Elisa, explícame por qué lloras y tal vez pueda ayudarte…

Los sollozos esta vez brotaron como una cascada, como el torrente de agua liberado de una presa que no tiene más capacidad de contención. Esperé indecisa. Comenzaba a sentir la opresión de aquel dolor ajeno en mi interior. Miré a mi alrededor y maldije, en silencio, aquella ley que me prohibía encender un cigarrillo dentro del edificio. Lo intenté de nuevo:

—Elisa…

—Perdón… es el día…hoy. Este día… murió mi hija. Hace tres años.

—Lo siento mucho, Elisa. Debe ser muy duro y comprendo que no puedas hablar… Mejor lo dejamos para otro día ¿te parece bien?

Su voz trémula había conseguido imponerse al llanto.

—Ya estoy mejor, gracias. Perdóname, necesito que me ayudéis a superar esto. Necesito hacer algo… el psiquiatra me aconsejó que os llamase, me dio vuestra dirección.

Leí, de nuevo, las palabras subrayadas en aquella extraña carta que habíamos recibido por la mañana: “…he sido una mujer maltratada física y mentalmente por mi marido… el brazo derecho no lo puedo utilizar y necesito una muleta para caminar porque la cadera no me ha quedado bien. Puedo aportar informes médicos…”

Cogí aire con profundidad, antes de hablar. Deseaba que mi voz sonase relajada:

—Elisa, hay un problema, cariño. Nosotros pertenecemos a una administración pública que no lleva ningún tema de integración social. Alguien debe haber confundido la dirección. Debes acudir a la persona que te la facilitó y decirle que busque…

—Pero si él dijo que vosotros me podríais ayudar. Mi médico me envió... dice que es parte de la rehabilitación, que necesito hacer algo…

No pudo reprimir un nuevo sollozo, colmado quizás por la desesperación de verse perdida en el entramado de una idiosincrasia burocrática.

—Elisa, lo siento mucho. Me gustaría poder ayudarte. De verdad. Pero aquí no hacemos otra cosa que mover papeles y hacer números. Y tú necesitas ayuda asistencial y humana; sobre todo hoy… ¿tienes algún familiar o amiga que te haga compañía, alguien que pueda ir a quedarse contigo?

—Estoy sola…—. El llanto no la dejaba continuar y comprendí que debía permanecer en un respetuoso silencio, hasta que ella encontrase la fuerza suficiente para seguir hablando. —Mi hijita murió… estoy sola… él la mató, él me la mató hace tres años y yo… yo no quiero vivir… perdóname.

Cortó la comunicación. Me quedé mirando el auricular que temblaba en mi mano. Las lágrimas comenzaron a enturbiar la imagen, igual que aquella voz había enturbiado mi mente, que no acababa de asimilar aquel fuerte choque con una realidad, hasta ese momento, distante para mí. Salí a la calle con el paquete de cigarrillos y comencé a tragar humo en reiteradas caladas, intentando digerir aquel nudo que me oprimía la garganta. La pequeña plaza estaba desierta y me alegré por esa intimidad, por esa ausencia de miradas indiscretas. Entre el caos de ideas que era mi cabeza, surgió una pregunta que me hubiese gustado hacer… ¿qué había sido de aquel monstruo, de aquel ser inmundo, capaz de matar a su propia hija y de lisiar, para siempre, el cuerpo y el espíritu de Elisa?

23.5.10

¡Vaya!







Ahora que lo pienso....


No me había dado cuenta... mmm... pero...pero, sí. Es verdad.....





¡¡¡¡MAÑANA ES FIESTAAAAAA!!!!!!





¡¡¡¡¡¡Que tengais un buen día, todos!!!!!

18.5.10

Un Día de Lluvia para Abel Castellnou

—No me gusta la costa en días de lluvia…

Era la tercera vez que Andrea decía aquello. La primera, cuando el coche entró en la autopista dirección Platja d’Aro y una fina cortina de gotas había rociado el parabrisas del automóvil. Ella miraba por la ventana, contemplando el paisaje oscurecido y triste. También iba a ser una triste tarde en el chalet de Marina. Aunque hacía años que se habían separado Lucas y ella, nunca habían firmado ningún papel que lo hiciese oficial, seguramente porque, a pesar de todo lo pasado, seguían sintiendo un cariño especial el uno por el otro. Y Clara, aquella hija que había muerto horas antes que su padre, había sido el factor más fuerte que los mantuviera unidos. Aquella distinta Clara, hija única que lo tuvo todo y un día desapareció, perdida en un camino de ansiedades al abrigo de otra lucidez…

Me dolía aquel recuerdo, me hacía daño. Si la hubiese encontrado tan solo unas horas antes, tal vez podría haber evitado su muerte. Aunque nada me aseguraba que no se habría hincado aquella mortal dosis de heroína al día siguiente, o a la semana siguiente… quién puede asegurar que el final de su destino no estaba ya escrito.

La lluvia me estaba poniendo de mal humor y aquél debía ser un día amable para todos. Marina se había tomado la molestia de reunir a los amigos y conocidos de Lucas. Y cuando llegamos, por fin, el inmenso salón estaba concurrido de gente con el gesto serio y vestidos discretamente, como si de un funeral se tratase. Yo me había colocado mi traje gris y Andrea, aunque lucía un vestido negro, contrarrestaba la ausencia de color con su espléndida cabellera pelirroja. Marina y ella se fundieron en un cariñoso abrazo mientras yo percibía el rápido deterioro que las circunstancias habían causado en el aspecto de nuestra anfitriona.

En el exterior retumbaban truenos y la lluvia se crecía espesa y dominante. Mantuvimos conversaciones con amigos comunes y con algunos viejos clientes de Lucas, mientras nos servían copas de vino dulce y una selección de pequeños pastelillos con diversos gustos y olores. El murmullo de las voces se había mantenido tenue y sosegado hasta que una voz se elevó por encima de las otras:

—No es momento para parches y recortes. El gobierno debería atreverse a correr riesgos que nos saquen de este atolladero. Un dirigente que no corre riesgos no es un buen político. Tan solo está haciendo campaña.

Aquella cara y aquella voz… podría tener razón, pero aquel miserable, con su pelo engominado y su fatua expresión, no era otro que un granuja al que Lucas había evitado que pisase la cárcel por traficar con droga. Un comercial de poca monta que en las horas bajas no sabía buscar recursos de otra manera. No era algo que se conociese sino por los compañeros que estuvimos trabajando con el abogado, buscando unas pruebas, casi insostenibles pero suficientes, para que el juicio fuese declarado injustamente nulo. A su lado, Edgar, su hijo, que había sido compañero de instituto de Clara y observaba a los oyentes con la mirada, socarrona y satisfecha, de unos veinte años mal llevados por los abusos, de todo tipo, con los que nutría su enclenque persona. Recordé la máxima que había imperado en las relaciones de Lucas: “Con los amigos no se debe hablar jamás de política o religión”. Aquel respeto por los sentimientos ajenos lo mantuvo toda su vida.

Andrea había fijado sus ojos en los míos y así, sin decir nada, supimos que había llegado la hora de marcharnos. La lluvia había amainado y el tránsito por las carreteras, ahora bajo la oscuridad de la noche, sería más seguro. Dejé que el auto rodara lentamente por las curvas que descendían desde aquella pequeña y selecta urbanización, a diez minutos de la playa. Varios coches me precedían y algún que otro vehículo subía en dirección contraria cuando un lejano ruido de motocicleta, con el tubo de escape descubierto, se dejó oír por detrás. Fue creciendo en intensidad y en un instante nos avanzó, invadiendo el carril contrario, un motorista con el casco levantado y echado hacia detrás; conducía una moto de montaña cuyo acelerador forzaba al máximo. Su figura me resultó familiar a la luz de los faros, pero no dije nada.

— ¿Pero a dónde va ese inconsciente, con el casco de esa manera? ¡Y en un día como hoy!

Andrea, indignada, se recolocó mejor el cinturón de seguridad, como si con ese gesto quisiese proteger a la figura que se perdió en la siguiente curva. Primero fueron los chillidos de los frenos, después un golpe seco que se reafirmó en otros distintos e inmediatos. Nos quedamos parados de improviso detrás de los otros coches y suerte tuvimos que el auto de detrás viniese guardando la distancia. Me bajé sin pensarlo y corrí hacia el lugar del accidente. El cuerpo del motorista yacía sobre el asfalto mojado, su cabeza había chocado con el quitamiedos y por su posición, parecía que se había roto el cuello. Alguien hablaba por un móvil con desesperación. A la luz de los focos pude confirmar mis sospechas, Edgar, fiel a la consigna de su padre, se había atrevido a correr un riesgo que le había costado la vida.

17.5.10

Y no digo nada... que ya lo hizo quien mejor sabía.

Escribió mi admirado Antonio Machado:

Y hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.







Y también escribió estos versos, con motivo de la muerte de ese otro gran poeta que fué García Lorca:

Muerto cayó Federico
-sangre en la frente y polvo en las entrañas-
Que fue en Granada el crimen
sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada.
Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban.
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!

Se le vió caminar

Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crímen fue en Granada, ¡en su Granada!

16.5.10

11.5.10

El Sueño

Susurros. Una puerta cerrada lenta y cuidadosamente para provocar el mínimo ruido… Me sumerjo de nuevo en el sueño, intentando empalmar imágenes anteriores como si de una película se tratase. Baldosas rayadas de colores, rosadas unas y blancas otras, sucediéndose simétricamente bajo mis pies. Es la calle de mi infancia. Los jardines, rodeados de una baranda de hierro negra hasta la altura que permite sentarse en ella los días de verano, con el verde brillante de la primavera destilando desde la copa de los árboles. Y rodeando sus troncos, los hermosos arbustos, cuyos nombres desconozco, cubiertos de flores en forma de campanillas. La tierra está mojada y todavía permanecen gotas relucientes cual pulidas esmeraldas, como robando el color a las delicadas hojas que se doblan con su peso. Las flores se asoman a los cuatro peldaños de piedra, donde solía sentarme para descansar de tanta carrera con los patines de cuatro ruedas. Veo esa escalera tan real como si estuviese allí. Después de los escalones, un descanso, lo suficientemente amplio para jugar en él, con las rayas curvadas marcando la unión de las piedras planas y grises, o tal vez de un cierto color terroso. A continuación dos escalones más que descienden a una acera más estrecha antes de la amplia carretera sin salida que conformaba mi calle.

No había tránsito ni apenas coches. En una esquina del final de la calzada se hallaba siempre aparcado de día, el camión del dueño de la tienda de ultramarinos, lo puedo distinguir, nítidamente en mi sueño, con su cabina de un rojo desvaído y la carrocería del remolque cerrada por los lados con tablones de madera. La otra esquina permanecía siempre ocupada por el coche de mi profesor durante las horas de clase por la mañana y desde las tres hasta las nueve por la tarde. El coche que veo es el primero de los que le conocí, un automóvil negro de líneas redondeadas, ni pequeño ni demasiado grande, con bonitos parachoques metalizados en espejo y unos faros redondos hundidos en las curvaturas de cada extremo. No había más vehículos. Cada mañana nos visitaban las escasas furgonetas que traían provisiones para la pequeña lechería que, al lado del colegio, nos permitía saborear durante el recreo: croissants recién hechos o palmeras, ensaimadas y donuts calentitos que metíamos en la cartera, antes de entrar al colegio, con el suficiente esmero para que no se chafaran.

Oigo ruido en el pasillo y me esfuerzo en no despertarme, creo que viene mi madre a levantarme para que vaya a la escuela. Aunque, las baldosas rayadas se repiten de nuevo bajo mis pies, ya no son pies de niña enfundados en merceditas con calcetines hasta la rodilla; mi calzado es negro y de la medida actual. El entorno es el mismo y veo caras conocidas que hablan y me preguntan alguna cosa sobre el ascensor, que en ese momento está siendo utilizado para subir pequeños muebles. Unos operarios lanzan una gruesa soga desde la garrucha que cuelga del terrado y pasan un extremo entorno de un aparador corpulento y pesado, atándolo y fijándolo con fuertes nudos. Vuelvo la mirada y la calzada está llena de coches aparcados en batería, el camión de la mudanza ha tenido que quedarse en doble fila.

La calle está cambiando ante mis ojos y busco y no encuentro los añorados jardines ni la conocida escalera, ni tan siquiera puedo fijar la vista, ya, en la fachada del colegio, ocupada ahora por domicilios particulares. Sé que es una pesadilla y comienzo a angustiarme cuando desaparecen también las baldosas rosas y blancas y en su lugar se repiten, en fila ordenada, rectángulos grandes de cemento coloreados, como queriendo imitar el tono del barro cocido. Un videoclub aparece junto a la entrada del portal y al otro lado una tienda de ropa de niño tiene los escaparates vacíos y, en la parte alta de uno de ellos se enseñorea un letrero negro y naranja anunciando el alquiler del local. A mis ojos todo parece más vulgar, anónimo y deslucido. Ya no es la calle de mi infancia y un sentimiento de soledad me estremece cuando al volver a fijar la vista en los operarios que siguen con su trabajo, veo a gente desconocida, que al pasar por mi lado, no me dirigen siquiera una furtiva mirada.

El despertador suena con prolongados pitidos que por fin me atraen hacia la realidad palpable. Mientras me incorporo me doy cuenta que ya estaba casi en ella, porque la calle, mi calle de antaño, se había reconvertido dentro de mi sueño en las formas actuales con las que volví a verla hace unos meses. Filisteos, godos, vándalos especuladores reventadores de recuerdos… las cuadrillas enviadas por el Ayuntamiento, con sus máquinas excavadoras, destruyeron aquel pequeño paraíso infantil en aras de una práctica modernidad mal concebida. Y mientras me desperezo, me pregunto por qué y para qué se hizo semejante ignominia si el espacio ha resultado el mismo. Los niños que hoy juegan allí, tienen una acera desierta, aburrida sin el bosque misterioso que era aquel jardín; un suelo déspota sin un mínimo espacio de tierra para clavar con tino el punzón, y un entorno desapacible sin un trozo de naturaleza que les invite a descubrir los pequeños habitantes que se cobijan bajo las ramas de los olorosos arbustos. No descubro respuestas para mis preguntas, tan solo puedo decirme a mí misma que ésa ya dejó de ser mi calle.

(Dedicado con cariño a mis amigas blogueras Malena y Raquel )

6.5.10

¿Cuánto mides?

Siempre intentamos imaginar la cara o la apariencia de la persona que está al otro lado en este mundo virtual. Yo no soy partidaria de colgar fotos, aunque respeto el que lo hagais vosotros, si es vuestro caso.

De todos modos, me he dado cuenta de que hay un detalle que se queda oculto tanto con foto o sin ella y es la altura de la persona en cm.

Que vaya tontería ¿verdad? Claro que lo es, de las tontas tontas. Y por eso me he decidido a preguntarlo. A ver quien se decide y me lo cuenta. Por pasar el rato... Se nota que me aburro ¿verdad?

Bueno, no vale añadir centímetros ¡eh! A ver si vamos a montar un equipo de basquet virtual...

29.4.10

Azules

Azules hasta donde se cansa la vista, apenas separados por una difuminada línea recta en la lejanía, señalando aquí el mar y allá el cielo. Y el paseo concurrido, el césped habitado y risas y sonrisas por doquier. Un niño que llora y agita sus pequeñas manos intentando alcanzar un globo que voló. Bicicletas grandes y pequeñas, ruedas de patines en hilera resbalando al compás de una carrera adormecida por el sosiego de una tarde de domingo. El paseo es largo a la orilla de la playa y la gente disfruta de ese sol que a unos calienta la espalda y a otros enturbia la vista. La brisa del mar trae ensoñaciones de cálidos días de verano, pero aún no, todavía es primavera y los que deambulan semidesnudos por la arena, apenas se deciden a mojarse un poco los pies por aquella ilusión de estrenar el comienzo de placeres venideros.

Azules son también mis pensamientos mientras camino lentamente por entre esa maraña desordenada que me acompaña. Al fin acabaron la lluvia, el frío, el gris de la luz sombría que empañaba el paisaje, y me deleito mirando el mar limpio y sereno, la arena, las rocas, algún cachorro de labrador inquieto que se cruza sobre mis pasos y me hace sonreír. Aquí no hay preocupaciones, ni prisas, ni ruidos estridentes. El ambiente está impregnado de una calma cálida y envolvente, ni tan siquiera alterada por los escasos vehículos que en la carretera buscan un lugar, un hueco entre coches inexistente.

Camino y me siento en paz. No quiero pensar en los deberes del día siguiente. Imagino lo que haría si pudiera elegir una vida libre de obligaciones… con posibilidad de viajar a mi antojo, sin limitaciones de movimientos. Y me vienen a la mente los verdes intensos casi tocando el mar entre las rocas, las gaviotas con sus graznidos, las barquitas en las pequeñas calas, y, en otros entornos, las cúpulas de hermosos edificios que cubren tantas maravillas por ver, tantos ambientes por descubrir y humanidad por conocer. Son evocaciones que aparecen y se van con naturalidad, como en otras tantas ocasiones. Soñar no es difícil en días como hoy, saboreando el primer helado de la temporada mientras hacemos una parada para descansar.

El sol continúa su andadura hacia el horizonte y hemos de regresar poco a poco, sobre nuestros pasos, con el azul acompañando nuestro caminar. Lo miro como queriendo llevármelo conmigo. Y después cogemos la carretera de la costa –con muchas curvas, eso sí- pero ideal para disfrutar, todavía, de ese paisaje marino con las olas acariciando las altas rocas, chocando con ellas una y otra vez.

El sol se oculta a nuestras espaldas, los edificios aparecen, la circulación es densa pero no paramos. Pronto llegaremos a casa y a las realidades diarias, a suspirar porque no nos falten esas obligaciones que penden de un hilo. Las vacaciones, cuando lleguen, serán escasas como siempre. Pero no me quejaré porque, disfrutar de estos azules, ya en primavera, es todo un privilegio.

26.4.10

Cuatro años con Durrell

Tal día como hoy, en el 2006, me atreví a registrarme en un foro de escritores de relatos. Digo que me atreví porque hacía años que no escribía nada y no me veía capaz de crear una simple historia que pudiera entrar en un concurso. No me gustaba chatear y nunca había entrado en ningún foro. Pero aquel día andaba aburrida de leer, de ver la televisión y de no encontrar a nadie al otro lado del teléfono. Así que me senté delante del ordenador y decidí indagar más a fondo entre las opciones de la página de Terra.

El nivel de los que escribian era muy alto para mí, pero me alentaron a que escribiera un relato y allí comenzó todo hasta hoy. Desde entonces creo que he mejorado algo, he escrito algunos cuentos aceptables para recibir puntos y tras pasar por varios altos y bajos en los concursos, crear mi propio blog y madurar un poco también en mis lecturas, aquí estoy todavía. Que no es poco.

Esta mañana Malena me ha abierto el interés por Konstandinos Kaváfis del que había leído algunos párrafos sin ir más allá. Google ofrece varias biografías y en una de ellas he encontrado unas palabras escritas por el poeta:

«Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana una gran independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrán circunstancias cuando conociendo lo que el público piensa, lo que gusta y compraría hará algunos pequeños sacrificios, escribirá está frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo con sólo pensarlo, cuando una frase debe ser cambiada, cuando hay que omitir algo

Supuestamente esto no debería aplicarse a lo que uno escribe, para un grupo de amigos internautas o para compañeros de concursos sin ganancias monetarias. Pero tengo mis dudas sobre la vanidad humana y la necesidad de adaptación a las mayorías, sean reales o virtuales, con tal de conseguir algo aunque solo sean unos puntos. Tampoco hay que olvidar tantísimas influencias culturales, ambientales y mediáticas, las que inconsciéntemente manipulan nuestra forma de expresarnos, a unos más que a otros, pero a todos al fin y al cabo.

Con todo lo expuesto, al darme cuenta que Durrell nació tal día como hoy hace cuatro años, he echado la vista atrás y me he preguntado a mí misma acerca de la sinceridad de mis escritos. Y me he contestado que mis cuentos son íntegros y sinceros, aunque también mejorables. Así que, si el destino lo quiere, seguiré escribiendo.

Gracias, señor Google











Cuando tu camino se interrumpe,
y encuentras vacío el lugar
de gentes con quien poder conversar
de pensamientos, ideas y vivencias
porque todo está tan lejano…
y ellos se hallan ocupados
con mil consabidas obligaciones
y vivencias deseadas bajo el sol, el aire,
el frío y el calor, la lluvia,
tal vez bajo tormentas destempladas
o cobijados en el interior de formas inventadas.
Inaccesibles aunque las deseas,
Incompatibles aunque te lo niegas.
Inalcanzables aunque lo intentas.
Y necesitas de una voluntad férrea
para seguir dando pasos en la soledad…
Un día, el menos imaginado,
encuentras un río navegable
con un pequeño barquito.
Y te subes a él y te dejas llevar
por mil corrientes ondulantes
y serpenteantes llenas de palabras.

Y el barquito crece poco a poco,
porque se va llenando de nuevas voces,
de nuevas gentes. Y encuentras nuevos lugares
accesibles, compatibles, alcanzables,
tal vez con un horizonte más pleno
y con más escalas de las que antes
jamás pudieses imaginar.
Ese barco que cogiste aquel día,
tiene un nombre, y lo mimas
y lo acaricias como si frotases
la lámpara de Aladino, porque
sabes que hay magia detrás
de cada una de sus letras de colores.
Hay días como hoy,
que tomas conciencia
y sabes que en el camino hacia Itaca,
en el camino hacia tu destino,
sigues encontrando la riqueza
que buscabas.

19.4.10

Mariela y sus dudas


- Solo sirvo para sembrar muerte a mi alrededor.

Martín no habló, embarcado en la misma tristeza que inundaba el espíritu de Mariela. Ambos contemplaban aquel cuerpecito sin vida del niño que no tuvo oportunidad de llegar a serlo. Ella no podía retirar la mirada de aquellas sábanas ensangrentadas donde reposaba el feto, de casi seis meses, que había expulsado en contra de su voluntad. No acertaba a comprender cuál de sus actos había provocado aquel desenlace mortal. Cuando el doctor don Álvaro le había aconsejado que guardara reposo absoluto porque podía perder la criatura, Mariela había buscado ayuda desesperadamente.

Esa mañana se había levantado muy temprano al sentir un dolor opresivo en su vientre y la humedad del líquido sanguinolento entre sus piernas. Aquello no era un buen augurio. Después de asearse y sin tomar desayuno alguno, salió de casa dispuesta a subir la pendiente que la llevaría hasta la consulta del único médico que había en la población. Era la segunda vez que le ocurría y el consejo de don Álvaro había sido el mismo. Mariela, indecisa, se dirigió después a casa de la comadrona que quedaba dos manzanas más allá, pero no la encontró pues la mujer había salido de madrugada para atender a una parturienta y aún no había regresado. Deshizo todo el camino en sentido contrario sintiendo que el paño que se había colocado al salir, iba empapándose más y más mientras el dolor se acentuaba. Bajó toda la calle pero pasó de largo al llegar ante su puerta, siguió caminando por la larga acera durante unos minutos más. En una travesía, haciendo esquina, se hallaba la casa del practicante y aunque encontró gente esperando fuera, Mariela golpeó la puerta repetidamente ajena a las protestas que surgían a sus espaldas.

– Don Raúl, estoy perdiendo…

El sanitario al ver su palidez acabó rápido con el paciente que atendía en ese momento y la hizo pasar sin mayor dilación. Obligó a tumbarse a la mujer y le palpó la barriga que estaba muy baja. Mariela estaba muy pálida, se sentía débil por la pérdida de sangre y por el esfuerzo que le había supuesto la larga caminata. El practicante le dio a beber agua con mucha azúcar y se dispuso a envolverla con un amplio vendaje, a manera de faja, que sujetase aquella criatura dentro de la entrañas que parecía no querían sostenerla. Después le tomó el pulso y conociendo como era la mujer, le habló con la mayor seriedad y recalcando las palabras.

– Mariela, vete a casa y acuéstate. En tu estado es peligroso que hagas esfuerzos de ningún tipo, por lo tanto, alguien se ha de ocupar de todo para que no te levantes hasta que dejes de sangrar. Hazme caso si no quieres abortar otra vez.

Ella se sintió algo mejor y al salir, comenzó a subir la cuesta lentamente dándole vueltas a las palabras de don Raúl. Aquello era más importante de lo que había supuesto y Martín no sabía nada. Debía avisarle, pensaba para sí,…y alguien debía ir a recoger a Antonin al colegio, y… Divisó la tienda de la señora Angelita y sin pensárselo ni poco ni mucho, entró preguntando por el marido para que le hiciese un favor. El hombre dormitaba en la trastienda después de haber pasado la madrugada en el Borne, el mercado central, en busca de las mercaderías frescas del día. Le costó interrumpir el sueño, pero se decidió a llevarla en el camión cuando se enteró de las razones y poco después llegaban a la fábrica donde trabajaba Martín. Después de dejarlos con el pequeño Antonin en la puerta de su casa, el camionero marchó en busca de la comadrona. No recordaba la falta de sueño porque era un buen hombre y siempre estaba dispuesto para ayudar en casos necesarios como aquél.

Mariela subió las escaleras sujetándose la barriga, llegaba exhausta y en esos momentos no podía por menos que pensar en su madre a la que tanto echaba en falta. Se acostó por fin cuando la campana de la iglesia resonaba anunciando la una y media del mediodía; estaba cansada de las caminatas, del traqueteo del camión sobre los adoquines, de la falta de alimento y de la pérdida de sangre que se había renovado con mayor fluidez.

Creía haber tomado las decisiones correctas a lo largo de la mañana y esperaba que ahora pararían los dolores y la hemorragia, pero cuando notó que no podía retener aquel cuerpo dentro del suyo por más tiempo, se echó a llorar desesperada mientras el niño se le iba. A la comadrona ya no le quedó nada por intentar cuando llegó, pero no se conmovió por las lágrimas de la torpe y frustrada madre a la que no pudo hablar con miramientos ni compasión. Con el enfado, sus palabras salieron a borbotones.

- Si te hubieses venido a casa cuando te lo dijo el médico, el niño podría haberse salvado. Si es que no tienes ni un mínimo de sentido común, Mariela ¿En qué estabas pensando…es que no entiendes lo que te dicen?... ¿Es que no te han repetido unos y otros, acaso, lo importante que era que te estuvieses quieta? Es la segunda vez que te pasa, Mariela, y por lo que se ve no aprendiste nada de la primera. ¡Ni sé cómo está vivo Antonin!

La mujer, sumamente ofuscada, no quiso hablar más y se dispuso a calentar agua dejando a solas a la pareja. Mariela recordó al otro feto de cuatro meses que había perdido dos años antes en las mismas circunstancias. Rememoró la muerte de su madre hacía pocos meses, la de su hermano Antonio antes de la guerra, la de su padre… y sobre todo, aparecieron vívidos en su memoria, con la misma intensa culpabilidad que ahora sentía, los golpes mortales que asestó sobre la cabeza de aquel hombre que había intentado abusar de su hermana. Cerró los ojos con fuerza, como queriendo evitar que Martín pudiese leer a través de ellos, mientras sus labios emitían un lamento.

- Solo sirvo para sembrar muerte a mi alrededor.

Después abrió los ojos y se quedó muy quieta mirando fijamente a la criatura sin vida.

12.3.10

Se nos ha ido Miguel Delibes

Hasta siempre, mi muy admirado Miguel Delibes. Hoy es un día triste para las letras españolas.

Esperaba que le diesen el premio Nobel de Literatura antes de este día, pero hay muchas injusticias en este mundo de las palabras escritas y esta es una de ellas. Era usted, maestro, merecedor de ese premio desde sus primeros libros. El que lo merecía más de todos sus contemporáneos en España, para mi parecer como lectora y así lo digo y lo afirmo por enésima vez.

Ahora, descanse en paz. Nosotros nos quedamos reviviendole a través de unas obras extraordinarias que ha dejado para las futuras generaciones.