29.4.10

Azules

Azules hasta donde se cansa la vista, apenas separados por una difuminada línea recta en la lejanía, señalando aquí el mar y allá el cielo. Y el paseo concurrido, el césped habitado y risas y sonrisas por doquier. Un niño que llora y agita sus pequeñas manos intentando alcanzar un globo que voló. Bicicletas grandes y pequeñas, ruedas de patines en hilera resbalando al compás de una carrera adormecida por el sosiego de una tarde de domingo. El paseo es largo a la orilla de la playa y la gente disfruta de ese sol que a unos calienta la espalda y a otros enturbia la vista. La brisa del mar trae ensoñaciones de cálidos días de verano, pero aún no, todavía es primavera y los que deambulan semidesnudos por la arena, apenas se deciden a mojarse un poco los pies por aquella ilusión de estrenar el comienzo de placeres venideros.

Azules son también mis pensamientos mientras camino lentamente por entre esa maraña desordenada que me acompaña. Al fin acabaron la lluvia, el frío, el gris de la luz sombría que empañaba el paisaje, y me deleito mirando el mar limpio y sereno, la arena, las rocas, algún cachorro de labrador inquieto que se cruza sobre mis pasos y me hace sonreír. Aquí no hay preocupaciones, ni prisas, ni ruidos estridentes. El ambiente está impregnado de una calma cálida y envolvente, ni tan siquiera alterada por los escasos vehículos que en la carretera buscan un lugar, un hueco entre coches inexistente.

Camino y me siento en paz. No quiero pensar en los deberes del día siguiente. Imagino lo que haría si pudiera elegir una vida libre de obligaciones… con posibilidad de viajar a mi antojo, sin limitaciones de movimientos. Y me vienen a la mente los verdes intensos casi tocando el mar entre las rocas, las gaviotas con sus graznidos, las barquitas en las pequeñas calas, y, en otros entornos, las cúpulas de hermosos edificios que cubren tantas maravillas por ver, tantos ambientes por descubrir y humanidad por conocer. Son evocaciones que aparecen y se van con naturalidad, como en otras tantas ocasiones. Soñar no es difícil en días como hoy, saboreando el primer helado de la temporada mientras hacemos una parada para descansar.

El sol continúa su andadura hacia el horizonte y hemos de regresar poco a poco, sobre nuestros pasos, con el azul acompañando nuestro caminar. Lo miro como queriendo llevármelo conmigo. Y después cogemos la carretera de la costa –con muchas curvas, eso sí- pero ideal para disfrutar, todavía, de ese paisaje marino con las olas acariciando las altas rocas, chocando con ellas una y otra vez.

El sol se oculta a nuestras espaldas, los edificios aparecen, la circulación es densa pero no paramos. Pronto llegaremos a casa y a las realidades diarias, a suspirar porque no nos falten esas obligaciones que penden de un hilo. Las vacaciones, cuando lleguen, serán escasas como siempre. Pero no me quejaré porque, disfrutar de estos azules, ya en primavera, es todo un privilegio.

26.4.10

Cuatro años con Durrell

Tal día como hoy, en el 2006, me atreví a registrarme en un foro de escritores de relatos. Digo que me atreví porque hacía años que no escribía nada y no me veía capaz de crear una simple historia que pudiera entrar en un concurso. No me gustaba chatear y nunca había entrado en ningún foro. Pero aquel día andaba aburrida de leer, de ver la televisión y de no encontrar a nadie al otro lado del teléfono. Así que me senté delante del ordenador y decidí indagar más a fondo entre las opciones de la página de Terra.

El nivel de los que escribian era muy alto para mí, pero me alentaron a que escribiera un relato y allí comenzó todo hasta hoy. Desde entonces creo que he mejorado algo, he escrito algunos cuentos aceptables para recibir puntos y tras pasar por varios altos y bajos en los concursos, crear mi propio blog y madurar un poco también en mis lecturas, aquí estoy todavía. Que no es poco.

Esta mañana Malena me ha abierto el interés por Konstandinos Kaváfis del que había leído algunos párrafos sin ir más allá. Google ofrece varias biografías y en una de ellas he encontrado unas palabras escritas por el poeta:

«Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana una gran independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrán circunstancias cuando conociendo lo que el público piensa, lo que gusta y compraría hará algunos pequeños sacrificios, escribirá está frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo con sólo pensarlo, cuando una frase debe ser cambiada, cuando hay que omitir algo

Supuestamente esto no debería aplicarse a lo que uno escribe, para un grupo de amigos internautas o para compañeros de concursos sin ganancias monetarias. Pero tengo mis dudas sobre la vanidad humana y la necesidad de adaptación a las mayorías, sean reales o virtuales, con tal de conseguir algo aunque solo sean unos puntos. Tampoco hay que olvidar tantísimas influencias culturales, ambientales y mediáticas, las que inconsciéntemente manipulan nuestra forma de expresarnos, a unos más que a otros, pero a todos al fin y al cabo.

Con todo lo expuesto, al darme cuenta que Durrell nació tal día como hoy hace cuatro años, he echado la vista atrás y me he preguntado a mí misma acerca de la sinceridad de mis escritos. Y me he contestado que mis cuentos son íntegros y sinceros, aunque también mejorables. Así que, si el destino lo quiere, seguiré escribiendo.

Gracias, señor Google











Cuando tu camino se interrumpe,
y encuentras vacío el lugar
de gentes con quien poder conversar
de pensamientos, ideas y vivencias
porque todo está tan lejano…
y ellos se hallan ocupados
con mil consabidas obligaciones
y vivencias deseadas bajo el sol, el aire,
el frío y el calor, la lluvia,
tal vez bajo tormentas destempladas
o cobijados en el interior de formas inventadas.
Inaccesibles aunque las deseas,
Incompatibles aunque te lo niegas.
Inalcanzables aunque lo intentas.
Y necesitas de una voluntad férrea
para seguir dando pasos en la soledad…
Un día, el menos imaginado,
encuentras un río navegable
con un pequeño barquito.
Y te subes a él y te dejas llevar
por mil corrientes ondulantes
y serpenteantes llenas de palabras.

Y el barquito crece poco a poco,
porque se va llenando de nuevas voces,
de nuevas gentes. Y encuentras nuevos lugares
accesibles, compatibles, alcanzables,
tal vez con un horizonte más pleno
y con más escalas de las que antes
jamás pudieses imaginar.
Ese barco que cogiste aquel día,
tiene un nombre, y lo mimas
y lo acaricias como si frotases
la lámpara de Aladino, porque
sabes que hay magia detrás
de cada una de sus letras de colores.
Hay días como hoy,
que tomas conciencia
y sabes que en el camino hacia Itaca,
en el camino hacia tu destino,
sigues encontrando la riqueza
que buscabas.

19.4.10

Mariela y sus dudas


- Solo sirvo para sembrar muerte a mi alrededor.

Martín no habló, embarcado en la misma tristeza que inundaba el espíritu de Mariela. Ambos contemplaban aquel cuerpecito sin vida del niño que no tuvo oportunidad de llegar a serlo. Ella no podía retirar la mirada de aquellas sábanas ensangrentadas donde reposaba el feto, de casi seis meses, que había expulsado en contra de su voluntad. No acertaba a comprender cuál de sus actos había provocado aquel desenlace mortal. Cuando el doctor don Álvaro le había aconsejado que guardara reposo absoluto porque podía perder la criatura, Mariela había buscado ayuda desesperadamente.

Esa mañana se había levantado muy temprano al sentir un dolor opresivo en su vientre y la humedad del líquido sanguinolento entre sus piernas. Aquello no era un buen augurio. Después de asearse y sin tomar desayuno alguno, salió de casa dispuesta a subir la pendiente que la llevaría hasta la consulta del único médico que había en la población. Era la segunda vez que le ocurría y el consejo de don Álvaro había sido el mismo. Mariela, indecisa, se dirigió después a casa de la comadrona que quedaba dos manzanas más allá, pero no la encontró pues la mujer había salido de madrugada para atender a una parturienta y aún no había regresado. Deshizo todo el camino en sentido contrario sintiendo que el paño que se había colocado al salir, iba empapándose más y más mientras el dolor se acentuaba. Bajó toda la calle pero pasó de largo al llegar ante su puerta, siguió caminando por la larga acera durante unos minutos más. En una travesía, haciendo esquina, se hallaba la casa del practicante y aunque encontró gente esperando fuera, Mariela golpeó la puerta repetidamente ajena a las protestas que surgían a sus espaldas.

– Don Raúl, estoy perdiendo…

El sanitario al ver su palidez acabó rápido con el paciente que atendía en ese momento y la hizo pasar sin mayor dilación. Obligó a tumbarse a la mujer y le palpó la barriga que estaba muy baja. Mariela estaba muy pálida, se sentía débil por la pérdida de sangre y por el esfuerzo que le había supuesto la larga caminata. El practicante le dio a beber agua con mucha azúcar y se dispuso a envolverla con un amplio vendaje, a manera de faja, que sujetase aquella criatura dentro de la entrañas que parecía no querían sostenerla. Después le tomó el pulso y conociendo como era la mujer, le habló con la mayor seriedad y recalcando las palabras.

– Mariela, vete a casa y acuéstate. En tu estado es peligroso que hagas esfuerzos de ningún tipo, por lo tanto, alguien se ha de ocupar de todo para que no te levantes hasta que dejes de sangrar. Hazme caso si no quieres abortar otra vez.

Ella se sintió algo mejor y al salir, comenzó a subir la cuesta lentamente dándole vueltas a las palabras de don Raúl. Aquello era más importante de lo que había supuesto y Martín no sabía nada. Debía avisarle, pensaba para sí,…y alguien debía ir a recoger a Antonin al colegio, y… Divisó la tienda de la señora Angelita y sin pensárselo ni poco ni mucho, entró preguntando por el marido para que le hiciese un favor. El hombre dormitaba en la trastienda después de haber pasado la madrugada en el Borne, el mercado central, en busca de las mercaderías frescas del día. Le costó interrumpir el sueño, pero se decidió a llevarla en el camión cuando se enteró de las razones y poco después llegaban a la fábrica donde trabajaba Martín. Después de dejarlos con el pequeño Antonin en la puerta de su casa, el camionero marchó en busca de la comadrona. No recordaba la falta de sueño porque era un buen hombre y siempre estaba dispuesto para ayudar en casos necesarios como aquél.

Mariela subió las escaleras sujetándose la barriga, llegaba exhausta y en esos momentos no podía por menos que pensar en su madre a la que tanto echaba en falta. Se acostó por fin cuando la campana de la iglesia resonaba anunciando la una y media del mediodía; estaba cansada de las caminatas, del traqueteo del camión sobre los adoquines, de la falta de alimento y de la pérdida de sangre que se había renovado con mayor fluidez.

Creía haber tomado las decisiones correctas a lo largo de la mañana y esperaba que ahora pararían los dolores y la hemorragia, pero cuando notó que no podía retener aquel cuerpo dentro del suyo por más tiempo, se echó a llorar desesperada mientras el niño se le iba. A la comadrona ya no le quedó nada por intentar cuando llegó, pero no se conmovió por las lágrimas de la torpe y frustrada madre a la que no pudo hablar con miramientos ni compasión. Con el enfado, sus palabras salieron a borbotones.

- Si te hubieses venido a casa cuando te lo dijo el médico, el niño podría haberse salvado. Si es que no tienes ni un mínimo de sentido común, Mariela ¿En qué estabas pensando…es que no entiendes lo que te dicen?... ¿Es que no te han repetido unos y otros, acaso, lo importante que era que te estuvieses quieta? Es la segunda vez que te pasa, Mariela, y por lo que se ve no aprendiste nada de la primera. ¡Ni sé cómo está vivo Antonin!

La mujer, sumamente ofuscada, no quiso hablar más y se dispuso a calentar agua dejando a solas a la pareja. Mariela recordó al otro feto de cuatro meses que había perdido dos años antes en las mismas circunstancias. Rememoró la muerte de su madre hacía pocos meses, la de su hermano Antonio antes de la guerra, la de su padre… y sobre todo, aparecieron vívidos en su memoria, con la misma intensa culpabilidad que ahora sentía, los golpes mortales que asestó sobre la cabeza de aquel hombre que había intentado abusar de su hermana. Cerró los ojos con fuerza, como queriendo evitar que Martín pudiese leer a través de ellos, mientras sus labios emitían un lamento.

- Solo sirvo para sembrar muerte a mi alrededor.

Después abrió los ojos y se quedó muy quieta mirando fijamente a la criatura sin vida.