24.5.10

La Voz de una Tempestad

La pausa, demasiado extensa, se fue rompiendo a jirones. Un delicado quejido, frágil, casi etéreo, apenas perceptible a través del auricular, me obligó a cambiar el aparato al otro oído. Un sollozo quiso ser contenido, cortado en la raíz donde nacía, en aquella garganta que luchaba por emitir alguna palabra coherente. Yo esperaba silenciosa y expectante. Incrédula y asombrada ante aquella respuesta que nunca antes había recibido. Intenté imaginar una cara, una figura y sin embargo, vagamente intuía un esbozo desdibujado en la penumbra de una habitación. Miré hacia la sala de entrada, iluminada por los rayos del sol a las cuatro y diez de una tarde de primavera. Demasiado novelesco, pensé. A mi oído llegaba de nuevo un débil suspiro al que siguió el comienzo de un llanto que, en principio tenue, fue elevándose hacia un volumen algo más sonoro; alargándose en el tiempo, cual sirena de una antigua fábrica. Decidí que era mi deber dominar aquella situación:

—Elisa, no llores por favor.

—Elisa, explícame por qué lloras y tal vez pueda ayudarte…

Los sollozos esta vez brotaron como una cascada, como el torrente de agua liberado de una presa que no tiene más capacidad de contención. Esperé indecisa. Comenzaba a sentir la opresión de aquel dolor ajeno en mi interior. Miré a mi alrededor y maldije, en silencio, aquella ley que me prohibía encender un cigarrillo dentro del edificio. Lo intenté de nuevo:

—Elisa…

—Perdón… es el día…hoy. Este día… murió mi hija. Hace tres años.

—Lo siento mucho, Elisa. Debe ser muy duro y comprendo que no puedas hablar… Mejor lo dejamos para otro día ¿te parece bien?

Su voz trémula había conseguido imponerse al llanto.

—Ya estoy mejor, gracias. Perdóname, necesito que me ayudéis a superar esto. Necesito hacer algo… el psiquiatra me aconsejó que os llamase, me dio vuestra dirección.

Leí, de nuevo, las palabras subrayadas en aquella extraña carta que habíamos recibido por la mañana: “…he sido una mujer maltratada física y mentalmente por mi marido… el brazo derecho no lo puedo utilizar y necesito una muleta para caminar porque la cadera no me ha quedado bien. Puedo aportar informes médicos…”

Cogí aire con profundidad, antes de hablar. Deseaba que mi voz sonase relajada:

—Elisa, hay un problema, cariño. Nosotros pertenecemos a una administración pública que no lleva ningún tema de integración social. Alguien debe haber confundido la dirección. Debes acudir a la persona que te la facilitó y decirle que busque…

—Pero si él dijo que vosotros me podríais ayudar. Mi médico me envió... dice que es parte de la rehabilitación, que necesito hacer algo…

No pudo reprimir un nuevo sollozo, colmado quizás por la desesperación de verse perdida en el entramado de una idiosincrasia burocrática.

—Elisa, lo siento mucho. Me gustaría poder ayudarte. De verdad. Pero aquí no hacemos otra cosa que mover papeles y hacer números. Y tú necesitas ayuda asistencial y humana; sobre todo hoy… ¿tienes algún familiar o amiga que te haga compañía, alguien que pueda ir a quedarse contigo?

—Estoy sola…—. El llanto no la dejaba continuar y comprendí que debía permanecer en un respetuoso silencio, hasta que ella encontrase la fuerza suficiente para seguir hablando. —Mi hijita murió… estoy sola… él la mató, él me la mató hace tres años y yo… yo no quiero vivir… perdóname.

Cortó la comunicación. Me quedé mirando el auricular que temblaba en mi mano. Las lágrimas comenzaron a enturbiar la imagen, igual que aquella voz había enturbiado mi mente, que no acababa de asimilar aquel fuerte choque con una realidad, hasta ese momento, distante para mí. Salí a la calle con el paquete de cigarrillos y comencé a tragar humo en reiteradas caladas, intentando digerir aquel nudo que me oprimía la garganta. La pequeña plaza estaba desierta y me alegré por esa intimidad, por esa ausencia de miradas indiscretas. Entre el caos de ideas que era mi cabeza, surgió una pregunta que me hubiese gustado hacer… ¿qué había sido de aquel monstruo, de aquel ser inmundo, capaz de matar a su propia hija y de lisiar, para siempre, el cuerpo y el espíritu de Elisa?

23.5.10

¡Vaya!







Ahora que lo pienso....


No me había dado cuenta... mmm... pero...pero, sí. Es verdad.....





¡¡¡¡MAÑANA ES FIESTAAAAAA!!!!!!





¡¡¡¡¡¡Que tengais un buen día, todos!!!!!

18.5.10

Un Día de Lluvia para Abel Castellnou

—No me gusta la costa en días de lluvia…

Era la tercera vez que Andrea decía aquello. La primera, cuando el coche entró en la autopista dirección Platja d’Aro y una fina cortina de gotas había rociado el parabrisas del automóvil. Ella miraba por la ventana, contemplando el paisaje oscurecido y triste. También iba a ser una triste tarde en el chalet de Marina. Aunque hacía años que se habían separado Lucas y ella, nunca habían firmado ningún papel que lo hiciese oficial, seguramente porque, a pesar de todo lo pasado, seguían sintiendo un cariño especial el uno por el otro. Y Clara, aquella hija que había muerto horas antes que su padre, había sido el factor más fuerte que los mantuviera unidos. Aquella distinta Clara, hija única que lo tuvo todo y un día desapareció, perdida en un camino de ansiedades al abrigo de otra lucidez…

Me dolía aquel recuerdo, me hacía daño. Si la hubiese encontrado tan solo unas horas antes, tal vez podría haber evitado su muerte. Aunque nada me aseguraba que no se habría hincado aquella mortal dosis de heroína al día siguiente, o a la semana siguiente… quién puede asegurar que el final de su destino no estaba ya escrito.

La lluvia me estaba poniendo de mal humor y aquél debía ser un día amable para todos. Marina se había tomado la molestia de reunir a los amigos y conocidos de Lucas. Y cuando llegamos, por fin, el inmenso salón estaba concurrido de gente con el gesto serio y vestidos discretamente, como si de un funeral se tratase. Yo me había colocado mi traje gris y Andrea, aunque lucía un vestido negro, contrarrestaba la ausencia de color con su espléndida cabellera pelirroja. Marina y ella se fundieron en un cariñoso abrazo mientras yo percibía el rápido deterioro que las circunstancias habían causado en el aspecto de nuestra anfitriona.

En el exterior retumbaban truenos y la lluvia se crecía espesa y dominante. Mantuvimos conversaciones con amigos comunes y con algunos viejos clientes de Lucas, mientras nos servían copas de vino dulce y una selección de pequeños pastelillos con diversos gustos y olores. El murmullo de las voces se había mantenido tenue y sosegado hasta que una voz se elevó por encima de las otras:

—No es momento para parches y recortes. El gobierno debería atreverse a correr riesgos que nos saquen de este atolladero. Un dirigente que no corre riesgos no es un buen político. Tan solo está haciendo campaña.

Aquella cara y aquella voz… podría tener razón, pero aquel miserable, con su pelo engominado y su fatua expresión, no era otro que un granuja al que Lucas había evitado que pisase la cárcel por traficar con droga. Un comercial de poca monta que en las horas bajas no sabía buscar recursos de otra manera. No era algo que se conociese sino por los compañeros que estuvimos trabajando con el abogado, buscando unas pruebas, casi insostenibles pero suficientes, para que el juicio fuese declarado injustamente nulo. A su lado, Edgar, su hijo, que había sido compañero de instituto de Clara y observaba a los oyentes con la mirada, socarrona y satisfecha, de unos veinte años mal llevados por los abusos, de todo tipo, con los que nutría su enclenque persona. Recordé la máxima que había imperado en las relaciones de Lucas: “Con los amigos no se debe hablar jamás de política o religión”. Aquel respeto por los sentimientos ajenos lo mantuvo toda su vida.

Andrea había fijado sus ojos en los míos y así, sin decir nada, supimos que había llegado la hora de marcharnos. La lluvia había amainado y el tránsito por las carreteras, ahora bajo la oscuridad de la noche, sería más seguro. Dejé que el auto rodara lentamente por las curvas que descendían desde aquella pequeña y selecta urbanización, a diez minutos de la playa. Varios coches me precedían y algún que otro vehículo subía en dirección contraria cuando un lejano ruido de motocicleta, con el tubo de escape descubierto, se dejó oír por detrás. Fue creciendo en intensidad y en un instante nos avanzó, invadiendo el carril contrario, un motorista con el casco levantado y echado hacia detrás; conducía una moto de montaña cuyo acelerador forzaba al máximo. Su figura me resultó familiar a la luz de los faros, pero no dije nada.

— ¿Pero a dónde va ese inconsciente, con el casco de esa manera? ¡Y en un día como hoy!

Andrea, indignada, se recolocó mejor el cinturón de seguridad, como si con ese gesto quisiese proteger a la figura que se perdió en la siguiente curva. Primero fueron los chillidos de los frenos, después un golpe seco que se reafirmó en otros distintos e inmediatos. Nos quedamos parados de improviso detrás de los otros coches y suerte tuvimos que el auto de detrás viniese guardando la distancia. Me bajé sin pensarlo y corrí hacia el lugar del accidente. El cuerpo del motorista yacía sobre el asfalto mojado, su cabeza había chocado con el quitamiedos y por su posición, parecía que se había roto el cuello. Alguien hablaba por un móvil con desesperación. A la luz de los focos pude confirmar mis sospechas, Edgar, fiel a la consigna de su padre, se había atrevido a correr un riesgo que le había costado la vida.

17.5.10

Y no digo nada... que ya lo hizo quien mejor sabía.

Escribió mi admirado Antonio Machado:

Y hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.







Y también escribió estos versos, con motivo de la muerte de ese otro gran poeta que fué García Lorca:

Muerto cayó Federico
-sangre en la frente y polvo en las entrañas-
Que fue en Granada el crimen
sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada.
Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban.
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!

Se le vió caminar

Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crímen fue en Granada, ¡en su Granada!

16.5.10

11.5.10

El Sueño

Susurros. Una puerta cerrada lenta y cuidadosamente para provocar el mínimo ruido… Me sumerjo de nuevo en el sueño, intentando empalmar imágenes anteriores como si de una película se tratase. Baldosas rayadas de colores, rosadas unas y blancas otras, sucediéndose simétricamente bajo mis pies. Es la calle de mi infancia. Los jardines, rodeados de una baranda de hierro negra hasta la altura que permite sentarse en ella los días de verano, con el verde brillante de la primavera destilando desde la copa de los árboles. Y rodeando sus troncos, los hermosos arbustos, cuyos nombres desconozco, cubiertos de flores en forma de campanillas. La tierra está mojada y todavía permanecen gotas relucientes cual pulidas esmeraldas, como robando el color a las delicadas hojas que se doblan con su peso. Las flores se asoman a los cuatro peldaños de piedra, donde solía sentarme para descansar de tanta carrera con los patines de cuatro ruedas. Veo esa escalera tan real como si estuviese allí. Después de los escalones, un descanso, lo suficientemente amplio para jugar en él, con las rayas curvadas marcando la unión de las piedras planas y grises, o tal vez de un cierto color terroso. A continuación dos escalones más que descienden a una acera más estrecha antes de la amplia carretera sin salida que conformaba mi calle.

No había tránsito ni apenas coches. En una esquina del final de la calzada se hallaba siempre aparcado de día, el camión del dueño de la tienda de ultramarinos, lo puedo distinguir, nítidamente en mi sueño, con su cabina de un rojo desvaído y la carrocería del remolque cerrada por los lados con tablones de madera. La otra esquina permanecía siempre ocupada por el coche de mi profesor durante las horas de clase por la mañana y desde las tres hasta las nueve por la tarde. El coche que veo es el primero de los que le conocí, un automóvil negro de líneas redondeadas, ni pequeño ni demasiado grande, con bonitos parachoques metalizados en espejo y unos faros redondos hundidos en las curvaturas de cada extremo. No había más vehículos. Cada mañana nos visitaban las escasas furgonetas que traían provisiones para la pequeña lechería que, al lado del colegio, nos permitía saborear durante el recreo: croissants recién hechos o palmeras, ensaimadas y donuts calentitos que metíamos en la cartera, antes de entrar al colegio, con el suficiente esmero para que no se chafaran.

Oigo ruido en el pasillo y me esfuerzo en no despertarme, creo que viene mi madre a levantarme para que vaya a la escuela. Aunque, las baldosas rayadas se repiten de nuevo bajo mis pies, ya no son pies de niña enfundados en merceditas con calcetines hasta la rodilla; mi calzado es negro y de la medida actual. El entorno es el mismo y veo caras conocidas que hablan y me preguntan alguna cosa sobre el ascensor, que en ese momento está siendo utilizado para subir pequeños muebles. Unos operarios lanzan una gruesa soga desde la garrucha que cuelga del terrado y pasan un extremo entorno de un aparador corpulento y pesado, atándolo y fijándolo con fuertes nudos. Vuelvo la mirada y la calzada está llena de coches aparcados en batería, el camión de la mudanza ha tenido que quedarse en doble fila.

La calle está cambiando ante mis ojos y busco y no encuentro los añorados jardines ni la conocida escalera, ni tan siquiera puedo fijar la vista, ya, en la fachada del colegio, ocupada ahora por domicilios particulares. Sé que es una pesadilla y comienzo a angustiarme cuando desaparecen también las baldosas rosas y blancas y en su lugar se repiten, en fila ordenada, rectángulos grandes de cemento coloreados, como queriendo imitar el tono del barro cocido. Un videoclub aparece junto a la entrada del portal y al otro lado una tienda de ropa de niño tiene los escaparates vacíos y, en la parte alta de uno de ellos se enseñorea un letrero negro y naranja anunciando el alquiler del local. A mis ojos todo parece más vulgar, anónimo y deslucido. Ya no es la calle de mi infancia y un sentimiento de soledad me estremece cuando al volver a fijar la vista en los operarios que siguen con su trabajo, veo a gente desconocida, que al pasar por mi lado, no me dirigen siquiera una furtiva mirada.

El despertador suena con prolongados pitidos que por fin me atraen hacia la realidad palpable. Mientras me incorporo me doy cuenta que ya estaba casi en ella, porque la calle, mi calle de antaño, se había reconvertido dentro de mi sueño en las formas actuales con las que volví a verla hace unos meses. Filisteos, godos, vándalos especuladores reventadores de recuerdos… las cuadrillas enviadas por el Ayuntamiento, con sus máquinas excavadoras, destruyeron aquel pequeño paraíso infantil en aras de una práctica modernidad mal concebida. Y mientras me desperezo, me pregunto por qué y para qué se hizo semejante ignominia si el espacio ha resultado el mismo. Los niños que hoy juegan allí, tienen una acera desierta, aburrida sin el bosque misterioso que era aquel jardín; un suelo déspota sin un mínimo espacio de tierra para clavar con tino el punzón, y un entorno desapacible sin un trozo de naturaleza que les invite a descubrir los pequeños habitantes que se cobijan bajo las ramas de los olorosos arbustos. No descubro respuestas para mis preguntas, tan solo puedo decirme a mí misma que ésa ya dejó de ser mi calle.

(Dedicado con cariño a mis amigas blogueras Malena y Raquel )

6.5.10

¿Cuánto mides?

Siempre intentamos imaginar la cara o la apariencia de la persona que está al otro lado en este mundo virtual. Yo no soy partidaria de colgar fotos, aunque respeto el que lo hagais vosotros, si es vuestro caso.

De todos modos, me he dado cuenta de que hay un detalle que se queda oculto tanto con foto o sin ella y es la altura de la persona en cm.

Que vaya tontería ¿verdad? Claro que lo es, de las tontas tontas. Y por eso me he decidido a preguntarlo. A ver quien se decide y me lo cuenta. Por pasar el rato... Se nota que me aburro ¿verdad?

Bueno, no vale añadir centímetros ¡eh! A ver si vamos a montar un equipo de basquet virtual...