11.5.10

El Sueño

Susurros. Una puerta cerrada lenta y cuidadosamente para provocar el mínimo ruido… Me sumerjo de nuevo en el sueño, intentando empalmar imágenes anteriores como si de una película se tratase. Baldosas rayadas de colores, rosadas unas y blancas otras, sucediéndose simétricamente bajo mis pies. Es la calle de mi infancia. Los jardines, rodeados de una baranda de hierro negra hasta la altura que permite sentarse en ella los días de verano, con el verde brillante de la primavera destilando desde la copa de los árboles. Y rodeando sus troncos, los hermosos arbustos, cuyos nombres desconozco, cubiertos de flores en forma de campanillas. La tierra está mojada y todavía permanecen gotas relucientes cual pulidas esmeraldas, como robando el color a las delicadas hojas que se doblan con su peso. Las flores se asoman a los cuatro peldaños de piedra, donde solía sentarme para descansar de tanta carrera con los patines de cuatro ruedas. Veo esa escalera tan real como si estuviese allí. Después de los escalones, un descanso, lo suficientemente amplio para jugar en él, con las rayas curvadas marcando la unión de las piedras planas y grises, o tal vez de un cierto color terroso. A continuación dos escalones más que descienden a una acera más estrecha antes de la amplia carretera sin salida que conformaba mi calle.

No había tránsito ni apenas coches. En una esquina del final de la calzada se hallaba siempre aparcado de día, el camión del dueño de la tienda de ultramarinos, lo puedo distinguir, nítidamente en mi sueño, con su cabina de un rojo desvaído y la carrocería del remolque cerrada por los lados con tablones de madera. La otra esquina permanecía siempre ocupada por el coche de mi profesor durante las horas de clase por la mañana y desde las tres hasta las nueve por la tarde. El coche que veo es el primero de los que le conocí, un automóvil negro de líneas redondeadas, ni pequeño ni demasiado grande, con bonitos parachoques metalizados en espejo y unos faros redondos hundidos en las curvaturas de cada extremo. No había más vehículos. Cada mañana nos visitaban las escasas furgonetas que traían provisiones para la pequeña lechería que, al lado del colegio, nos permitía saborear durante el recreo: croissants recién hechos o palmeras, ensaimadas y donuts calentitos que metíamos en la cartera, antes de entrar al colegio, con el suficiente esmero para que no se chafaran.

Oigo ruido en el pasillo y me esfuerzo en no despertarme, creo que viene mi madre a levantarme para que vaya a la escuela. Aunque, las baldosas rayadas se repiten de nuevo bajo mis pies, ya no son pies de niña enfundados en merceditas con calcetines hasta la rodilla; mi calzado es negro y de la medida actual. El entorno es el mismo y veo caras conocidas que hablan y me preguntan alguna cosa sobre el ascensor, que en ese momento está siendo utilizado para subir pequeños muebles. Unos operarios lanzan una gruesa soga desde la garrucha que cuelga del terrado y pasan un extremo entorno de un aparador corpulento y pesado, atándolo y fijándolo con fuertes nudos. Vuelvo la mirada y la calzada está llena de coches aparcados en batería, el camión de la mudanza ha tenido que quedarse en doble fila.

La calle está cambiando ante mis ojos y busco y no encuentro los añorados jardines ni la conocida escalera, ni tan siquiera puedo fijar la vista, ya, en la fachada del colegio, ocupada ahora por domicilios particulares. Sé que es una pesadilla y comienzo a angustiarme cuando desaparecen también las baldosas rosas y blancas y en su lugar se repiten, en fila ordenada, rectángulos grandes de cemento coloreados, como queriendo imitar el tono del barro cocido. Un videoclub aparece junto a la entrada del portal y al otro lado una tienda de ropa de niño tiene los escaparates vacíos y, en la parte alta de uno de ellos se enseñorea un letrero negro y naranja anunciando el alquiler del local. A mis ojos todo parece más vulgar, anónimo y deslucido. Ya no es la calle de mi infancia y un sentimiento de soledad me estremece cuando al volver a fijar la vista en los operarios que siguen con su trabajo, veo a gente desconocida, que al pasar por mi lado, no me dirigen siquiera una furtiva mirada.

El despertador suena con prolongados pitidos que por fin me atraen hacia la realidad palpable. Mientras me incorporo me doy cuenta que ya estaba casi en ella, porque la calle, mi calle de antaño, se había reconvertido dentro de mi sueño en las formas actuales con las que volví a verla hace unos meses. Filisteos, godos, vándalos especuladores reventadores de recuerdos… las cuadrillas enviadas por el Ayuntamiento, con sus máquinas excavadoras, destruyeron aquel pequeño paraíso infantil en aras de una práctica modernidad mal concebida. Y mientras me desperezo, me pregunto por qué y para qué se hizo semejante ignominia si el espacio ha resultado el mismo. Los niños que hoy juegan allí, tienen una acera desierta, aburrida sin el bosque misterioso que era aquel jardín; un suelo déspota sin un mínimo espacio de tierra para clavar con tino el punzón, y un entorno desapacible sin un trozo de naturaleza que les invite a descubrir los pequeños habitantes que se cobijan bajo las ramas de los olorosos arbustos. No descubro respuestas para mis preguntas, tan solo puedo decirme a mí misma que ésa ya dejó de ser mi calle.

(Dedicado con cariño a mis amigas blogueras Malena y Raquel )

8 comentarios:

Prometeo dijo...

Hermos y triste post, al tiempo que marca como un cambio de rumbo, una asuncion del tiempo y de la histoira por la que avanzamos a saltos. Mirar hacia atras es peligroso pues los recuerdos y añoranzas no nos dejan ver las zanjas de este presente; recordar y vivir y pelear en nuevas calles. Un fuerte abrazo y espero que el trabajo te vaya bien.

Durrell dijo...

Qué horas más tardías, Prometeo... pero aún ando por aquí. Eres valiente porque te has leído todo el cuento, a mí, ahora, me resulta cansino y espeso... Pero me hace sonreir porque me recuerda una canción de Serrat donde explica que en su antiguo barrio, en cada lugar donde recordaba que antes había... ahora encontraba una sucursal de un banco. Seguramente durante su infancia, había que andar bastante para encontrar alguna de ellas.

En mi infancia no había tanto cemento, seguro :)

Gracias por tus buenos deseos, me hace bien poder ir a trabajar en todos los sentidos.

Un gran abrazo.

Malena dijo...

Mi querida Durrell: Como dice Prometeo, hermoso y triste a la vez. Hermoso por tu forma de describir tu sueño en el que van todos los sentimientos de tu infancia y triste porque ha desaparecido esa calle tal como la llevas en tu corazón.

¡Tantas calles han perdido su encanto en aras de una modernidad no entendible!

Gracias por dedicarme este escrito compartido con nuestra Raquel. Sigue escribiendo así porque me encanta.

Un munt d'abraçades goril.leres.

P.D/ ¿Qué pasará cuando nos cambien la Diagonal? :(

Ana Bohemia dijo...

Para nada cansino ni espeso, me lo he leído del tirón, y si me permites decirtelo me has llenado de ternura y también de melancolía. Mientras te leía me has hecho soñar con esa calle que ya no te parece la misma y he comprendido tus recuerdos porque todos sentimos un poco eso: que todo cambia y para peor.
Pero al menos tenemos nuestros sueños. Sueños de lo fue y lo que no se borrará.
Estoy segura de que a mi hermana Raquel le encantara este relato pero sobre todo tu dedicatoria.
Un saludo
:)

Durrell dijo...

¡Ay, Malena! ¡Qué miedo me da la reforma de la Diagonal! Es el lugar por donde más me muevo y espero que no toquen nada de nada de Francesc Maciá hacia acá. Podrían repetir ese paisaje por la otra parte que hay después de salir del centro ¿verdad?

Y aprovecho para preguntarte si recuerdas el título de esa canción de Serrat que le he comentado a Prometeo... es que no me viene y la quiero colocar aquí.

Un fuerte abrazo :)

PD: Te escribiré.

Durrell dijo...

Ana, gracias por leer el relato y por tus palabras. Tienes mucha razón, los sueños, los recuerdos, los tendremos mientras nos aguante la memória. Si con ella he conseguido conmoverte ya me vale haber intentado plasmarla en palabras escritas.

De todos modos te cuento, ahora que nadie nos ve, que yo me he hecho un jardín en la terraza que, ahora no puedo cuidar pero permanece. Aquí no pueden subir las excavadoras y tengo una pequeña población de caracoles, abejas, avispas, pájaros, arañas, lagartijas de verano, zánganos, escarabajos voladores y demás insectos. Las hormigas las regalo a quien quiera venir a buscarlas, hay para todos :) mmm... tengo un relato sobre ellas que no acaba muy bien... ¿porqué será?

Me ha gustado ver tu nombre aquí.

Un gran abrazo ;)

Raquel dijo...

Gracias Durrell, me siento muy honrada por esta dedicatoria compartida con Malena.
A mi no me parece espeso para nada, es más, cuando comienzas a leerlo te lleva de la mano hasta el final porque todas las descripciones van creando un mundo maravilloso, de recuerdos y viejos olores. Me parece tierno, a pesar de su melancolía.
Ah, y enhorabuena por haber ganado el Tintero con este relato.

Un beso.

Durrell dijo...

Gracias a ti Raquel por la valoración que haces del relato y por tu felicitación. Ahora que ha ganado El Tintero me alegro más de habéroslo dedicado.

Lo cierto es que a mi, siempre me pilla por sorpresa cuando gano. Cuando creo que me ha salido un buen relato, no pasa nada. Y en otras ocasiones, como ésta, que le veo defectos a lo escrito, va y sale ganador. Para quedarse pasmada, de verdad.

Ya he puesto tema, me gustaría que te animases a escribir un relato y a Ana también la animo que sé que lo hace muy bien.

Un gran abrazo.