9.6.10

Clak Tap

Nadia se sentía cansada bajo los rayos hirientes del sol del mediodía, abrió una de las sillas de tijera y se sentó a beber agua de aquella botella más que templada por el calor. Giró la cabeza y vio a Santiago que le hacía señales interrogándola, era tarde, él se tocó la esfera del reloj con un dedo y Nadia decidió volver al trabajo. Clak tap, clak tap, clak tap, clak tap, clak tap… maderas abiertas y patas en el suelo, maderas abiertas y patas en el suelo,… en línea, detrás y al lado, al lado… clak tap, clak tap… Le dolía la espalda y la nuca, los brazos y los hombros parecían a punto de descolgarse y las manos, aunque las llevaba protegidas con vendas, le dolían tanto que la hacía temer el no poder volver a abrirlas completamente nunca más. Llevaba varias noches soñando con aquellas malditas e infinitas sillas y la voz de Santiago se imponía una y mil veces en sus pesadillas, vocalizando en diferentes tonos, en diferentes medidas de volumen pero, con insistente tenacidad, la misma letanía “…es bastante dinero Nadia, Nadia, tendremos para un año, Nadia, dinero, dinero, un año, Nadia, Nadia... Clak tap, clak tap…

Santiago se daba prisa, quedaba poco tiempo y tenía que sacar el camión de allí. Después de comer debía volver para ayudar a Alex con el equipo de sonido. Quería hablar con él sobre el dinero que aún no había visto y sobre un contrato que aún no habían firmado. Clak tap, clak tap, clak tap… Ahora se daba cuenta de que aquello no iba a ser lo que habían convenido, el tal Alex estaba demostrando ser un “vivo” con mucha labia para convencer y bastante sordo para cumplir. Clak tap, clak tap,… lo que peor llevaba era haber arrastrado a Nadia hacia aquella aventura, la cual no estaba seguro que fuese a terminar como él había imaginado. Veía a la muchacha muy cansada y dudaba que pudiese aguantar los cinco días de trabajo que les quedaban todavía por delante. Clak tap, clak tap, clak tap… Si Alex le pagase lo que le debía, podría buscar a alguien más que les ayudase, aquel trabajo era demasiado pesado para tan pocas manos.

Nadia se arrellanó sobre los dos asientos del camión e intentó conciliar el sueño una vez más pero, de nuevo, aquella voz a través de los altavoces se coló por sus oídos invadiéndole los tímpanos y el cerebro:

—…porque la iniciativa y la responsabilidad son las que promueven las mejoras para los ciudadanos, porque todos los ciudadanos debemos luchar por nuestro futuro…

Nadia se removía intentando ignorar aquellos sonidos, aquel discurso, por tantas veces escuchado y que no le decía nada. Tanta palabrería le sonaba hueca en la boca de aquel candidato a las inminentes elecciones al gobierno del país. Se tapó los oídos con los almohadones que utilizaban Santi y ella para dormir en el camión; cuando, cansados de recoger sillas, tarima y aparatos de sonido, buscaban algún área de descanso donde poder comer algo y dormir unas pocas horas antes de proseguir camino hasta la próxima población; lugar más cercano o más lejano, donde actuase el candidato feliz que dormía en camas de hoteles y comía en buenos restaurantes. Ese candidato que no se preocupaba, en modo alguno, de las circunstancias en que trabajaban los que cuidaban de todos los detalles para que su actuación fuese posible y perfecta. “Clak tap…clak tap…clak tap…” Nadia se despertó bruscamente, apenas había dormido cinco minutos con el subconsciente invadido por el sonido de las sillas, lo tenía metido en el bolsillo del alma esperando a que ella se dejase ir para martirizarla con su eterno son…

A las doce de la noche subieron y cerraron las puertas del camión. Santi lo hizo más fuerte de lo habitual, con ganas de descargar la rabia por no haber podido dormir aquella tarde, intentando hablar con un Alex que le había esquivado con astucia. No había tocado apenas la comida al mediodía con las prisas… Desplantes, malas caras y evasivas es lo único que había obtenido de aquel hijo de… Estaba agotado, pero decidió salir de allí y conducir al menos una hora antes de parar a dormir. Apretó el acelerador mientras le aseguraba a Nadia que buscaría algún motel de carretera donde ambos pudiesen descansar suficientes horas aquella noche. Pisó con más rabia el pedal, no merecía la pena tanta puntualidad con gente que no cumplía su palabra, tomarían una buena cena, dormirían y… el grito de Nadia rompió el hilo de sus pensamientos o de su adormecimiento, antes de abrir los ojos y dar un golpe de volante en sentido contrario para no chocar contra la barrera de aquella carretera. No pudo controlar el vehículo… la fuerza de la carga lo hizo patinar mientras él intentaba enderezarlo girando ora hacia un lado, ora hacia el otro y pisando intermitentemente el freno y el acelerador. Nadia se sintió zarandeada dentro de aquel habitáculo y aún acertó a escuchar el crujido de los vidrios rotos, antes de sumergirse definitivamente en la oscuridad. Para Santiago el vacío llegó en un instante anterior, cuando sintió el estómago y el pecho comprimidos, por aquel volante que aún sostenía entre las manos.

1.6.10

Michelle

El trozo de carboncillo parecía bailar entre sus dedos, ahora manchaba el papel con el lado de una larga barra, después resaltaba un vértice con la parte más afilada de un minúsculo pedacito. Una diminuta goma de borrar, blanca a fuerza de limpiarla sobre la madera, rompía sombras y acentuaba expresiones; el difuminador, aplicado con la gracia que la caracterizaba, convertía negros en distintas gamas de grises y de nuevo, aparecía el carbón sobre todo aquello, sacando reflejos a base de pronunciar oscuridades.

Michelle contempló el rostro de la persona y la comparó con el dibujo, repasó aquí y allá con las yemas de sus dedos expertos y se dio por satisfecha. Firmó en una esquina y después una rociada de laca sobre el papel dio por finalizada su obra. El cliente volvería más tarde a recogerla, cuando se hubiese secado lo suficiente y pudiese ser enrollada y atada con una fina cinta. La muchacha, quitó las chinchetas y con ayuda de unas pinzas colgó el retrato bajo el parasol, así también sería un reclamo para los turistas que se acumulaban en torno de la Place du Tertre. Se limpió las manos con unas toallitas húmedas y clavó una nueva hoja de papel ingres sobre el tablón que soportaba el caballete.

—Michelle, ma belle… ¿no tienes sed?

Ella sonrió, sabía lo que quería Genaro. A pesar de las sombrillas, aquel día de verano hacía un calor abrasador y su compañero tenía la paleta lo suficientemente plena de mezclas oleosas como para no poder abandonar su puesto siquiera por unos minutos. Le sacó un Ducados del bolsillo de la camisa y lo encendió antes de decidirse a ir por unas cervezas a la Mère Catherine.

—Tienes que pedir más cigarrillos de éstos, los Gitane ya no me gustan.

Michelle le hizo un guiño y se alejó mientras él envolvía su cuerpo con los ojos llenos de admiración. Con un fino pantalón tobillero negro y una ajustada blusa de cuadros azules sobre su esbelta figura, caminaba sobre unas sandalias plateadas de tacón mediano pero puntiagudo. El cabello negrísimo lo recogía en una espléndida cola de caballo, mientras que su cara se veía adornada por un corto flequillo que hacía resaltar más, si cabe, las largas pestañas de sus ojos negros. Michelle se perdió entre la gente y Genaro volvió a sus pinceles, imaginando tantas cosas que podrían suceder si encontrase un bon marchand que promocionase sus pinturas entre los grandes galeristas de París… La humedad de las gotas de sudor que resbalaban desde su frente le devolvió a la realidad, su compañera no regresaba y una posible cliente miraba los retratos y buscaba a la autora bajo las sombrillas que cubrían los diferentes puestos de los pintores.

Michelle llegó casi a la carrera con dos botellines de bière muy fría, tal como le gustaba a Genaro. La mujer, que la buscaba, ocupó la silla dispuesta para posar. Y mientras bebía y observaba el nuevo rostro, Michelle comentó con entusiasmo a su compañero:

— ¡He ido a ver al japonés! Deberías acercarte a contemplar su nuevo “intérieur” ¡Es una maravilla!

—No sé qué ves en su pintura. Es demasiado realista para mi gusto.

—Realista preciosista, querrás decir. Fortuny pintaba así y sus cuadros cuelgan en las paredes de los museos.

—Marià Fortuny está muerto.

—También lo están tu admirado Picasso y sus contemporáneos.

—Pues a ti bien que te gusta Modigliani.

— ¡Es una excepción! Modigliani fue y será siempre único… Pero no te enfades mon petit Genaro, tu pintura también me gusta.

— ¡No me llames así! Me haces sentir inferior.

—No soy yo quien te lo hace sentir…, es tu inseguridad, un sentimiento injusto para ti mismo.

Genaro permaneció con gesto enfurruñado mientras su compañera se centraba en el trabajo, el retrato surgía entre sus delicados dedos con un extraordinario parecido al original. Cuando acabó, se giró hacia él con una sonrisa conciliadora:

—Esta noche podrías venir a cenar a mi appartement. He conseguido aceite de oliva y podré hacer esa tortilla de patatas con cebolla que tanto te gusta, y tú, a cambio, podrías traer ese vin doux de Málaga que tanto me gusta a mí.

Genaro nuevamente se siente feliz. No sabe cómo Michelle puede ser capaz de guisar esa tortilla tan buena, sin haber nacido en España. Le gusta todo en ella y solo espera convencerla, un día, para que se decida a compartir el appartement con él. Piensa en ello mientras continúa con sus pinceles y cree que esa vida bohemia que ambos están viviendo, es en realidad lo que siempre había soñado, aunque no llegue nunca a triunfar en las grandes galerías… Una canción le viene a los labios:

Michelle ma belle, sont les mots qui vont très
bien ensemble.
Très bien ensemble…