1.6.10

Michelle

El trozo de carboncillo parecía bailar entre sus dedos, ahora manchaba el papel con el lado de una larga barra, después resaltaba un vértice con la parte más afilada de un minúsculo pedacito. Una diminuta goma de borrar, blanca a fuerza de limpiarla sobre la madera, rompía sombras y acentuaba expresiones; el difuminador, aplicado con la gracia que la caracterizaba, convertía negros en distintas gamas de grises y de nuevo, aparecía el carbón sobre todo aquello, sacando reflejos a base de pronunciar oscuridades.

Michelle contempló el rostro de la persona y la comparó con el dibujo, repasó aquí y allá con las yemas de sus dedos expertos y se dio por satisfecha. Firmó en una esquina y después una rociada de laca sobre el papel dio por finalizada su obra. El cliente volvería más tarde a recogerla, cuando se hubiese secado lo suficiente y pudiese ser enrollada y atada con una fina cinta. La muchacha, quitó las chinchetas y con ayuda de unas pinzas colgó el retrato bajo el parasol, así también sería un reclamo para los turistas que se acumulaban en torno de la Place du Tertre. Se limpió las manos con unas toallitas húmedas y clavó una nueva hoja de papel ingres sobre el tablón que soportaba el caballete.

—Michelle, ma belle… ¿no tienes sed?

Ella sonrió, sabía lo que quería Genaro. A pesar de las sombrillas, aquel día de verano hacía un calor abrasador y su compañero tenía la paleta lo suficientemente plena de mezclas oleosas como para no poder abandonar su puesto siquiera por unos minutos. Le sacó un Ducados del bolsillo de la camisa y lo encendió antes de decidirse a ir por unas cervezas a la Mère Catherine.

—Tienes que pedir más cigarrillos de éstos, los Gitane ya no me gustan.

Michelle le hizo un guiño y se alejó mientras él envolvía su cuerpo con los ojos llenos de admiración. Con un fino pantalón tobillero negro y una ajustada blusa de cuadros azules sobre su esbelta figura, caminaba sobre unas sandalias plateadas de tacón mediano pero puntiagudo. El cabello negrísimo lo recogía en una espléndida cola de caballo, mientras que su cara se veía adornada por un corto flequillo que hacía resaltar más, si cabe, las largas pestañas de sus ojos negros. Michelle se perdió entre la gente y Genaro volvió a sus pinceles, imaginando tantas cosas que podrían suceder si encontrase un bon marchand que promocionase sus pinturas entre los grandes galeristas de París… La humedad de las gotas de sudor que resbalaban desde su frente le devolvió a la realidad, su compañera no regresaba y una posible cliente miraba los retratos y buscaba a la autora bajo las sombrillas que cubrían los diferentes puestos de los pintores.

Michelle llegó casi a la carrera con dos botellines de bière muy fría, tal como le gustaba a Genaro. La mujer, que la buscaba, ocupó la silla dispuesta para posar. Y mientras bebía y observaba el nuevo rostro, Michelle comentó con entusiasmo a su compañero:

— ¡He ido a ver al japonés! Deberías acercarte a contemplar su nuevo “intérieur” ¡Es una maravilla!

—No sé qué ves en su pintura. Es demasiado realista para mi gusto.

—Realista preciosista, querrás decir. Fortuny pintaba así y sus cuadros cuelgan en las paredes de los museos.

—Marià Fortuny está muerto.

—También lo están tu admirado Picasso y sus contemporáneos.

—Pues a ti bien que te gusta Modigliani.

— ¡Es una excepción! Modigliani fue y será siempre único… Pero no te enfades mon petit Genaro, tu pintura también me gusta.

— ¡No me llames así! Me haces sentir inferior.

—No soy yo quien te lo hace sentir…, es tu inseguridad, un sentimiento injusto para ti mismo.

Genaro permaneció con gesto enfurruñado mientras su compañera se centraba en el trabajo, el retrato surgía entre sus delicados dedos con un extraordinario parecido al original. Cuando acabó, se giró hacia él con una sonrisa conciliadora:

—Esta noche podrías venir a cenar a mi appartement. He conseguido aceite de oliva y podré hacer esa tortilla de patatas con cebolla que tanto te gusta, y tú, a cambio, podrías traer ese vin doux de Málaga que tanto me gusta a mí.

Genaro nuevamente se siente feliz. No sabe cómo Michelle puede ser capaz de guisar esa tortilla tan buena, sin haber nacido en España. Le gusta todo en ella y solo espera convencerla, un día, para que se decida a compartir el appartement con él. Piensa en ello mientras continúa con sus pinceles y cree que esa vida bohemia que ambos están viviendo, es en realidad lo que siempre había soñado, aunque no llegue nunca a triunfar en las grandes galerías… Una canción le viene a los labios:

Michelle ma belle, sont les mots qui vont très
bien ensemble.
Très bien ensemble…

7 comentarios:

Durrell dijo...

Este relato se lo dedico a mi hija, que siempre me dice que no sé contar historias con finales felices. También porque París fue la ciudad de sus primeras vacaciones fuera de España y disfrutó conmigo esa plaza y sus pinturas con solo diez años. (El pintor japonés estaba allí y sus cuadros eran dignos de ser contemplados)

Aunque a ella Modigliani no le hace mucha gracia, a Fortuny le tiene tanta admiración como yo. Cada año vamos a darle un repaso, sobre todo al cuadro 'La Vicaria' que dan ganas de robarlo :)

Besitos, Ianira Dinessen.

Raquel dijo...

Me gustan especialmente tus descripciones, el primer parrafo y los matices del carboncillo. El ambiente tan bohemio y parisino, los retratos, la mujer, su personalidad, y el detalle de la tortilla de patatas. Una escena con auténtico sabor bohemio.
Besos.

Prometeo dijo...

Delicioso relato parisino, ya nos gustaria a todos poder pasar una etapa bohemia...en fin, pues yo faltare ahora una semana, playa de almeria, descanso, comer y deporte ¿que mas puedo pedir?...hasta la vuelta un abrazo. Os echare de menos.

Durrell dijo...

Gracias Raquel, con el carboncillo he trabajado algunas láminas. De ahí que tenga un poco de idea... Y la tortilla me la estaba comiendo cuando comenzó a fraguarse la historia en mi cabeza, así que al final no podía obviarle un poco de protagonismo en el relato jajajaja. Creo que es un plato muy bohemio ¿verdad?

Besitos ;)

Durrell dijo...

Uy, Prometeo, toma notas del viaje para luego escribir esos relatos de verano que nos gustan tanto. No pierdas detalle y disfruta todo lo que puedas.

Hasta la vuelta. Un abrazo.

Ana Bohemia dijo...

Un relato muy bueno Durrel, me gusta mucho, sobre todo la parte de la conversación, muy ágil e interesante, y además enriquecida con palabras francesas. Me encantan las descripciones y el ambiente conseguido. Además la construcción de los personajes, sus personalidades, todo está muy conseguido.
Besos y mucha suerte en el Tintero, seguro la tendrás.
:D

Durrell dijo...

Perdona Ana, no había visto tu comentario. No fue mal ese Tintero ¿verdad? Creo que ha sido uno de los mejores en cuanto a calidad en los relatos presentados, sobre todo el tuyo, para mi excelente.

Muchos besos :)