23.12.12

¡Feliz Navidad!


A tod@s l@s amig@s bloguer@s
os quiero desear
que disfruteis de 
unas felices fiestas de Navidad.
Y sobre todo,
que el año que viene
sea inmensamente mejor
que el que vamos a dejar.
Paz para todos,
salud, trabajo y
mucho amor y
amistad.


10.5.12

La casa deshabitada



Su hermano le dijo:

— Ayer encontré una casa deshabitada. Es muy misteriosa ¿quieres venir conmigo a verla?

— ¿Está muy lejos? Si mamá se asoma a la ventana y no me ve en la calle, saldrá a buscarme.

—Si vamos y volvemos corriendo no se dará cuenta, pero me tienes que guardar el secreto. Si lo cuentas en casa te acordarás de mí. No lo digo en broma.

Elena se estaba muriendo de ganas por ver con sus propios ojos el motivo de tanto misterio, así que los dos niños echaron a correr por las calles inmediatas hasta que llegaron a un descampado. Allí solo crecían amagos de arbustos, polvorientos y diseminados por aquí y allá entre malas hierbas y restos de escombros. La niña estaba cansada y sudorosa y paró a coger aire mientras alzaba la vista a lo lejos. Un grupo de casas viejas y solitarias fue lo único que distinguió y agarrando con fuerza la mano de su hermano le confesó que tenía miedo.

— ¡Si no hay nadie! Son las once de la mañana. La gente se ha ido a trabajar temprano.

— Por eso tengo miedo. Mamá dice que en lugares como estos matan a la gente para robarles.

— ¡Que miedica eres! No eres más que una niña tonta, quédate aquí mientras me acerco yo solo.

Ella se quedó quieta y temblando a pesar de la cálida temperatura de verano. No deseaba quedarse sola y llena de rabia se giró para volver a su casa, pero apenas había dado dos pasos cuando distinguió la figura de un hombre que venía caminando hacia el lugar en donde se encontraban. El miedo irracional de sus siete años la hizo volver junto al niño que se rió de sus temores. No había otra opción así que siguió caminando junto a él hasta llegar a la altura de las primeras casas. Allí vivía gente. Una mujer tendía ropa en una cuerda sujeta a una pared blanca algo desconchada. Aquello le dio seguridad. Si ella puede vivir aquí -pensó- es que nada malo ocurre en estas casas. Justo en ese momento el hombre que les seguía pasó junto a ellos y sin mirarlos se dirigió, llave en mano, a la puerta de una de las casas blancas y entró en su interior.

— ¡Camina más deprisa, Joanet, que se hace tarde!— espetó a su hermano, ya más aliviada.

— Ahí está la casa. ¡Mírala!

Otra casa blanca, un poco más alejada, pero más grande que las otras y medio derruida. Cerca de la entrada unas piedras ennegrecidas se hallaban puestas en círculo y en su interior reposaban los restos de una fogata nocturna. Los goznes en el quicio dormitaban sin el peso de una puerta que prohibiera el paso a los dos hermanos, así que ambos entraron cogidos fuertemente de las manos. Avanzaron con pasos quedos, observando en la tenue penumbra, cuidando de no hacer ruido. El corazón de Elena latía tan fuerte que la niña sentía todas las palpitaciones retumbando dentro de su pequeño cuerpo. A su alrededor iba descubriendo muebles viejos y abandonados de todo cuidado, una mesa se hallaba caída en el suelo, alguien en algún momento, le había arrancado una pata y le había desencajado otra.
 
Cruzaron hasta la siguiente habitación, esta se hallaba extrañamente iluminada por la bombilla de una lámpara que colgaba del techo, las ventanas estaban cerradas con postigos marrones. Una vieja cama se encontraba cubierta con ropas de todo tipo en un lío absoluto. Elena no paraba de mirar la bombilla con recelo y con un gesto y  voz muy suave le susurró a Joanet:

- ¡Vámonos! Aquí hay gente.

- La encendí yo ayer por la tarde. No hay nadie.

En silencio y con un dedo en los labios el niño le señaló, también, la ropa que había en los cajones abiertos de una cómoda vieja. Ella ya no se sentía muy segura con todo aquello, más  caminó hacia la siguiente habitación. Aquella se hallaba bañada con la luz de la mañana que entraba por una de las paredes medio caída. Un objeto enorme reposaba bastante torcido en el centro de la estancia y una especie de tapa, grande y rota, se encontraba apartada a un lado de aquel objeto. En el interior de aquella gran caja de madera, alargada y caprichosamente curvada, aparecía una larga fila de cuerdas tensadas, cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y rojo. Elena casi se sentó en él, pero en ese momento su hermano cogió un trozo de rama que había en el suelo y mirándola con ojos brillantes, declaró:

— Esto es lo que quería enseñarte ¡escucha!

Pasó la rama por encima de cada una de aquellas cuerdas tensadas y comenzó a oírse un tremendo chillido, agudo y grave a la vez, que inundó todos los rincones de la casa. La niña saltó espantada y echó a correr hacia la salida sin mirar atrás. Cruzó entre las casas blancas seguida por Joanet, corrió por el descampado sin pararse y continuó corriendo entre las calles, detrás de su hermano que con su largas piernas y el cuerpo desarrollado de un chico de once años, había logrado adelantarla a pesar del miedo que aligeraba la carrera de la niña. Cuando Elena llegó, exhausta y acalorada, su madre esperaba de pie junto a la puerta del edificio.

—¿Dónde estabais? ¿Qué os ha pasado que venís así? Llevo un rato buscándoos. ¡Elena, mira como llevas el vestido!

— Hemos estado haciendo carreras— mintió.

Su hermano simplemente sonrió y le guiñó un ojo.


28.4.12

Barra de labios

Le dolían los pies con aquellos zapatos de doce centímetros de tacón y una estrecha plataforma bajo los dedos. No estaba acostumbrada. Lo suyo siempre había sido vestir cómoda y caminar con deportivas. Pero la vida da muchas vueltas y la suya había ido girando y decayendo como arrastrada por un desagüe. Tenía frío, el abrigo de piel sintética no servía de mucho con tan poca ropa debajo. Además, debía abrírselo cada vez que aparecían los faros de un coche y aquella carretera estaba muy concurrida. Aún así no tenía suerte, ningún conductor se paró en aquella parte de la acera ni siquiera para preguntar el precio. Por otro lado, estaba espantada. Era la primera vez que ponía en venta su cuerpo. Y sentía asco. No quería pensar, porque podía arrepentirse y andaba muy apurada de dinero. Si no conseguía tres mil euros en una semana, le embargarían el piso y sus hijos y ella quedarían en la calle sin un lugar donde vivir. Antonio, su ex, vivía en una habitación estrecha donde solo cabía una cama y también estaba sin trabajo. A sus padres, que vivían de una pequeña pensión en el pueblo, no les había dicho nada ¿Para qué preocuparlos si no podían ayudarla?

Un coche se acercó lentamente,… —¿cuánto?— Ella le dio una cifra y el conductor abrió la puerta para dejarla entrar en el vehículo. Era un tipo gordo, de mediana edad y se notaba que le gustaban las putas. Despedía bocanadas de olor entre tabaco, alcohol y sudor que a ella le revolvía el estómago. La llevó hasta un descampado fuera de la ciudad, tan solo iluminado por la luz de la luna y paró el coche junto a unos arbustos. Silvia temblaba sin decidirse a seguir adelante. Aquel hombre le inspiraba una repulsión tremenda y su espíritu se rebelaba contra la fuerza de la necesidad. Cuando lo vio intentando bajarse los pantalones, se plantó y le dijo que la volviese a llevar a la ciudad, que no le cobraría nada, que ella no era lo que él se imaginaba y comenzó a llorar sin poder contener su desesperación.

El tipo no estaba para súplicas, estaba muy excitado y se abalanzó sobre ella derribándola en el suelo. Silvia continuaba suplicando mientras él desgarraba su ropa. Forcejeaban, ella rodaba sobre sí misma intentando zafarse de aquel pesado cuerpo que intentaba aprisionarla forzándola a abrir las piernas. Comenzó a gritar pidiendo un auxilio que nadie podía escuchar. Él contestó abofeteándola primero, después comenzó a descargar sus puños por todo aquel cuerpo que no quería dejarse dominar. Se levantó lleno de furia y comenzó a darle patadas en el estómago, en la espalda, en la cabeza. Silvia se sintió vencida, pero las patadas continuaron. Hubo un momento en el que sintió un crujido en la cabeza y quedó inmóvil sobre un costado. Ya no podía moverse, el dolor de los golpes comenzaba a desvanecerse y sus ojos llenos de lágrimas quedaron quietos, con la vista fija en el bolso abierto que yacía sobre la tierra húmeda. Un pequeño objeto había llegado rodando hasta pararse cerca de su cara, lo miró casi sin verlo, era la barra de labios. Quiso sonreír a pesar de todo, pero cerró los ojos y se dejó ir.

27.4.12

María, la costurera


En el taller, tan solo se escuchaba el murmullo de la vieja radio que emitía notas de una conocida balada. Las dos máquinas de coser descansaban, después de una larga mañana de ajetreo, mientras las muchachas hilvanaban piezas de ropa con hilos de colores vivos. En un rincón, una mujer algo más mayor, se ocupaba de repasar los vestidos con la plancha, sus gestos precisos denotaban los largos años de experiencia en el oficio. 

María las miraba hacer desde su sitio al lado de la ventana, los ágiles dedos descansaban perezosos sobre la costura. La verdad es que le dolían las cervicales después de estar tantas horas con la cabeza inclinada. Le daban envidia las jóvenes aprendizas cuyos cuerpos no se resentían como el suyo, aunque se decía a sí misma que no tenía derecho a quejarse. Con cincuenta y cinco años aún no necesitaba usar gafas para coser, ni tampoco para su otra gran afición que la llevaba a fijar la vista, por las noches, en las páginas escritas por grandes autores. Sonrió recordando el cuento de Anderson Imbert, lo había releído por enésima vez la noche anterior. Le gustaba mucho aquel pequeño relato de Jacobo, el niño tonto.

Se recolocó el negro cabello con una pinza y se disponía a continuar con la labor cuando unas voces chillonas llegaron desde la calle. A través de la ventana miró hacia  el centro de la plaza donde, en ese momento, dos figuras llamaron su atención. Se levantó presta y corrió hacia la puerta del taller. Llegó de inmediato y como pudo metió su cuerpo entre los dos adolescentes, encarándose con el más alto.

     ¿No te da vergüenza meterte con un inocente? ¿Por qué no te vas a pelear con otros como tú? ¡Anda, pégame a mí si te atreves!

Parecía increíble que una mujer como ella, menuda y que seguramente no debía pesar más allá de cincuenta kilos, se enfrentase con un corpachón como aquel de metro ochenta por lo menos. El muchacho se la quedó mirando con aire retador y despreciativo, pero al fin dio media vuelta y se marchó lentamente.

     ¡Ma-má, ma-má, Ja-co-bo no es ma-lo! ¡Ja-co-bo no que-ría pe-gar!

     Lo sé, cariño, lo sé.— Le acariciaba la cara y le peinaba el cabello con sus manos. Lo atrajo hacia ella y lo abrazó largamente hasta que el niño comenzó a relajarse. —¡Anda, vamos a casa! ¿Me ayudarás a hacer la comida? ¡Después podemos hacer una torta como la de tu cuento! ¿Quieres?

23.4.12

Feliç Sant Jordi 2012

Hoy de nuevo es Sant Jordi, uno de mis días preferidos a lo largo del año. Llegará la rosa y llegará el libro, tal vez más de uno.

Me voy a pasear por la Rambla, entre los puestos de libros. A buscar los autores que estarán en largas mesas para firmar, también con largas colas... Todo ello entre la fragancia que despiden las rosas en los numerosos kioscos y las que van en manos de los paseantes. Es un bonito día de olores, el olor del papel y el olor de las rosas ¿qué más se puede pedir en un día como este?


19.4.12

Siguiendo a Cortazar


Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Había como un silencio que impresionaba, tan solo roto por el crepitar del fuego en la chimenea; fuera se mecían las ramas de un viejo sauce. Levantó la mano presta a descargar el golpe y súbitamente apareció. La mirada de la niña quedó fija en el puñal, enturbiada por el asombro, por el horror de aquel acto abominable. La boca abierta donde debió estrangularse el chillido que no salió. Su inmovilidad al otro lado de la cristalera paralizó la mano que enfundaba el arma mortal.

El hombre del sillón continuaba leyendo, enfrascado el ánimo en aquella novela negra. Ajeno al peligro. Sin ver a la niña, quieta bajo las ramas del sauce. Sin sentir los pasos descalzos del hombre, que comenzaron a alejarse. Sin el más pequeño presentimiento sobre su propio fin, tal vez por incierto.

Se calzó de nuevo y con indecisión rodeó la casa. El viejo árbol estaba allí, el viento seguía batiendo sus ramas. Buscó entre los árboles y aún más lejos, hacia el camino de entrada y no halló, en modo alguno, la blanca presencia de aquella niña rubia. Guardó el arma, otra vez, entre las ropas que cubrían su pecho y mientras salía de aquel recinto, pensó que tal vez se le había aparecido un ángel.

9.1.12

El boleto de lotería


Aún tenía la boca pastosa cuando bajó del taxi, encendió un cigarrillo y se abrió camino entre los curiosos. En el centro del círculo vio la figura caída en el asfalto, los ojos muy abiertos como sorprendidos, la ropa un tanto revuelta y en el suelo sin duda el contenido de alguno de sus bolsillos. El agujero en el pecho y la ropa quemada alrededor implicaba la cercanía del asesino, un conocido desde luego, con la suficiente confianza para llegar a disparar con el cañón de la pistola pegada al cuerpo. El traje de aquel individuo se veía de buen corte, los zapatos limpios y con la suela apenas gastada, como de alguien acostumbrado a moverse en coche. Julio se volvió hacia el guardia que sostenía la linterna a su lado:

- ¿Han avisado…?

- Sí señor, la policía científica ya viene en camino, también el forense y una juez de guardia. Este es el nombre y dirección del muerto –añadió pasándole una hoja escrita y una cartera de piel dentro de una bolsa de plástico- la cartera estaba en el suelo, no parece que falte dinero ni documentos.

El inspector miró la dirección, un número dos calles más abajo. Decidió ir a pie, era la parte de su trabajo que menos le gustaba, inmiscuirse en el hogar de una familia para dar la noticia de una muerte violenta. Acompañado por otro policía se alejó caminando mientras se preguntaba el motivo por el cual un tipo como aquel podría haber salido a las tres y media de la mañana en un lunes húmedo de noviembre. Llegaron a la puerta de un edificio moderno con fachada de ladrillos y tras obtener respuesta por el interfono Julio decidió subir solo. La mujer que le recibió de unos treinta y cinco años iba envuelta en una bata azul sobre una camisola a rayas, no pareció tan sorprendida como quiso hacer ver cuando escuchó la palabra ‘policía’. En el salón, de pie con un cigarro recién encendido esperaba otra mujer algo más mayor con una bata y un camisón similar, Julio miró sus piernas extrañamente cubiertas con medias dentro de las zapatillas.

- ¡Quédense aquí sin moverse!- Ordenó.

Antes de que pudiesen reaccionar él ya había abierto puertas y localizado los dormitorios. Las camas no estaban deshechas, ropas tiradas de cualquier modo sobre la cama indicaba el cambio apresurado de vestimenta, una pesada maleta quedaba mal oculta detrás de la puerta de una de las habitaciones. El inspector con su arma en la mano volvió al salón, ellas le miraron resignadas, la mayor acertó a balbucear:

- Pretendía marcharse sin nosotras….él solo…con el boleto premiado de la lotería… ¿entiende? él solo,…tuvimos que improvisar, no tenemos nada…ni siquiera este piso es nuestro…

La mujer escondió la cara entre las manos mientras sollozaba, relajada ya de tanta tensión acumulada, su hermana abrazándola espetó secamente al policía:

- Guarde su arma inspector, no la necesitará.

Julio marcó un número en su móvil y dio una orden. Se sentó y encendió un cigarro.

- La maleta era de él ¿verdad? ¿porqué no se llevó el coche?

La hermana mayor dejó de sollozar y se apartó el cabello de la cara con cierta furia.

- Escondí las llaves, no quería que se fuera. Pero a él no le importó, dijo que encontraría un taxi…y entonces recordé que teníamos aquella pistola, la cogí y salí detrás…el muy estúpido sonrió cuando le dije que quería darle el último beso…Marta es inocente, me vio llegar con la maleta y decidió ayudarme…no tuvimos tiempo…

Julio pensó en la lotería, en como afecta a la vida de los individuos. No siempre les trae felicidad…