28.4.12

Barra de labios

Le dolían los pies con aquellos zapatos de doce centímetros de tacón y una estrecha plataforma bajo los dedos. No estaba acostumbrada. Lo suyo siempre había sido vestir cómoda y caminar con deportivas. Pero la vida da muchas vueltas y la suya había ido girando y decayendo como arrastrada por un desagüe. Tenía frío, el abrigo de piel sintética no servía de mucho con tan poca ropa debajo. Además, debía abrírselo cada vez que aparecían los faros de un coche y aquella carretera estaba muy concurrida. Aún así no tenía suerte, ningún conductor se paró en aquella parte de la acera ni siquiera para preguntar el precio. Por otro lado, estaba espantada. Era la primera vez que ponía en venta su cuerpo. Y sentía asco. No quería pensar, porque podía arrepentirse y andaba muy apurada de dinero. Si no conseguía tres mil euros en una semana, le embargarían el piso y sus hijos y ella quedarían en la calle sin un lugar donde vivir. Antonio, su ex, vivía en una habitación estrecha donde solo cabía una cama y también estaba sin trabajo. A sus padres, que vivían de una pequeña pensión en el pueblo, no les había dicho nada ¿Para qué preocuparlos si no podían ayudarla?

Un coche se acercó lentamente,… —¿cuánto?— Ella le dio una cifra y el conductor abrió la puerta para dejarla entrar en el vehículo. Era un tipo gordo, de mediana edad y se notaba que le gustaban las putas. Despedía bocanadas de olor entre tabaco, alcohol y sudor que a ella le revolvía el estómago. La llevó hasta un descampado fuera de la ciudad, tan solo iluminado por la luz de la luna y paró el coche junto a unos arbustos. Silvia temblaba sin decidirse a seguir adelante. Aquel hombre le inspiraba una repulsión tremenda y su espíritu se rebelaba contra la fuerza de la necesidad. Cuando lo vio intentando bajarse los pantalones, se plantó y le dijo que la volviese a llevar a la ciudad, que no le cobraría nada, que ella no era lo que él se imaginaba y comenzó a llorar sin poder contener su desesperación.

El tipo no estaba para súplicas, estaba muy excitado y se abalanzó sobre ella derribándola en el suelo. Silvia continuaba suplicando mientras él desgarraba su ropa. Forcejeaban, ella rodaba sobre sí misma intentando zafarse de aquel pesado cuerpo que intentaba aprisionarla forzándola a abrir las piernas. Comenzó a gritar pidiendo un auxilio que nadie podía escuchar. Él contestó abofeteándola primero, después comenzó a descargar sus puños por todo aquel cuerpo que no quería dejarse dominar. Se levantó lleno de furia y comenzó a darle patadas en el estómago, en la espalda, en la cabeza. Silvia se sintió vencida, pero las patadas continuaron. Hubo un momento en el que sintió un crujido en la cabeza y quedó inmóvil sobre un costado. Ya no podía moverse, el dolor de los golpes comenzaba a desvanecerse y sus ojos llenos de lágrimas quedaron quietos, con la vista fija en el bolso abierto que yacía sobre la tierra húmeda. Un pequeño objeto había llegado rodando hasta pararse cerca de su cara, lo miró casi sin verlo, era la barra de labios. Quiso sonreír a pesar de todo, pero cerró los ojos y se dejó ir.

27.4.12

María, la costurera


En el taller, tan solo se escuchaba el murmullo de la vieja radio que emitía notas de una conocida balada. Las dos máquinas de coser descansaban, después de una larga mañana de ajetreo, mientras las muchachas hilvanaban piezas de ropa con hilos de colores vivos. En un rincón, una mujer algo más mayor, se ocupaba de repasar los vestidos con la plancha, sus gestos precisos denotaban los largos años de experiencia en el oficio. 

María las miraba hacer desde su sitio al lado de la ventana, los ágiles dedos descansaban perezosos sobre la costura. La verdad es que le dolían las cervicales después de estar tantas horas con la cabeza inclinada. Le daban envidia las jóvenes aprendizas cuyos cuerpos no se resentían como el suyo, aunque se decía a sí misma que no tenía derecho a quejarse. Con cincuenta y cinco años aún no necesitaba usar gafas para coser, ni tampoco para su otra gran afición que la llevaba a fijar la vista, por las noches, en las páginas escritas por grandes autores. Sonrió recordando el cuento de Anderson Imbert, lo había releído por enésima vez la noche anterior. Le gustaba mucho aquel pequeño relato de Jacobo, el niño tonto.

Se recolocó el negro cabello con una pinza y se disponía a continuar con la labor cuando unas voces chillonas llegaron desde la calle. A través de la ventana miró hacia  el centro de la plaza donde, en ese momento, dos figuras llamaron su atención. Se levantó presta y corrió hacia la puerta del taller. Llegó de inmediato y como pudo metió su cuerpo entre los dos adolescentes, encarándose con el más alto.

     ¿No te da vergüenza meterte con un inocente? ¿Por qué no te vas a pelear con otros como tú? ¡Anda, pégame a mí si te atreves!

Parecía increíble que una mujer como ella, menuda y que seguramente no debía pesar más allá de cincuenta kilos, se enfrentase con un corpachón como aquel de metro ochenta por lo menos. El muchacho se la quedó mirando con aire retador y despreciativo, pero al fin dio media vuelta y se marchó lentamente.

     ¡Ma-má, ma-má, Ja-co-bo no es ma-lo! ¡Ja-co-bo no que-ría pe-gar!

     Lo sé, cariño, lo sé.— Le acariciaba la cara y le peinaba el cabello con sus manos. Lo atrajo hacia ella y lo abrazó largamente hasta que el niño comenzó a relajarse. —¡Anda, vamos a casa! ¿Me ayudarás a hacer la comida? ¡Después podemos hacer una torta como la de tu cuento! ¿Quieres?

23.4.12

Feliç Sant Jordi 2012

Hoy de nuevo es Sant Jordi, uno de mis días preferidos a lo largo del año. Llegará la rosa y llegará el libro, tal vez más de uno.

Me voy a pasear por la Rambla, entre los puestos de libros. A buscar los autores que estarán en largas mesas para firmar, también con largas colas... Todo ello entre la fragancia que despiden las rosas en los numerosos kioscos y las que van en manos de los paseantes. Es un bonito día de olores, el olor del papel y el olor de las rosas ¿qué más se puede pedir en un día como este?


19.4.12

Siguiendo a Cortazar


Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Había como un silencio que impresionaba, tan solo roto por el crepitar del fuego en la chimenea; fuera se mecían las ramas de un viejo sauce. Levantó la mano presta a descargar el golpe y súbitamente apareció. La mirada de la niña quedó fija en el puñal, enturbiada por el asombro, por el horror de aquel acto abominable. La boca abierta donde debió estrangularse el chillido que no salió. Su inmovilidad al otro lado de la cristalera paralizó la mano que enfundaba el arma mortal.

El hombre del sillón continuaba leyendo, enfrascado el ánimo en aquella novela negra. Ajeno al peligro. Sin ver a la niña, quieta bajo las ramas del sauce. Sin sentir los pasos descalzos del hombre, que comenzaron a alejarse. Sin el más pequeño presentimiento sobre su propio fin, tal vez por incierto.

Se calzó de nuevo y con indecisión rodeó la casa. El viejo árbol estaba allí, el viento seguía batiendo sus ramas. Buscó entre los árboles y aún más lejos, hacia el camino de entrada y no halló, en modo alguno, la blanca presencia de aquella niña rubia. Guardó el arma, otra vez, entre las ropas que cubrían su pecho y mientras salía de aquel recinto, pensó que tal vez se le había aparecido un ángel.