10.5.12

La casa deshabitada



Su hermano le dijo:

— Ayer encontré una casa deshabitada. Es muy misteriosa ¿quieres venir conmigo a verla?

— ¿Está muy lejos? Si mamá se asoma a la ventana y no me ve en la calle, saldrá a buscarme.

—Si vamos y volvemos corriendo no se dará cuenta, pero me tienes que guardar el secreto. Si lo cuentas en casa te acordarás de mí. No lo digo en broma.

Elena se estaba muriendo de ganas por ver con sus propios ojos el motivo de tanto misterio, así que los dos niños echaron a correr por las calles inmediatas hasta que llegaron a un descampado. Allí solo crecían amagos de arbustos, polvorientos y diseminados por aquí y allá entre malas hierbas y restos de escombros. La niña estaba cansada y sudorosa y paró a coger aire mientras alzaba la vista a lo lejos. Un grupo de casas viejas y solitarias fue lo único que distinguió y agarrando con fuerza la mano de su hermano le confesó que tenía miedo.

— ¡Si no hay nadie! Son las once de la mañana. La gente se ha ido a trabajar temprano.

— Por eso tengo miedo. Mamá dice que en lugares como estos matan a la gente para robarles.

— ¡Que miedica eres! No eres más que una niña tonta, quédate aquí mientras me acerco yo solo.

Ella se quedó quieta y temblando a pesar de la cálida temperatura de verano. No deseaba quedarse sola y llena de rabia se giró para volver a su casa, pero apenas había dado dos pasos cuando distinguió la figura de un hombre que venía caminando hacia el lugar en donde se encontraban. El miedo irracional de sus siete años la hizo volver junto al niño que se rió de sus temores. No había otra opción así que siguió caminando junto a él hasta llegar a la altura de las primeras casas. Allí vivía gente. Una mujer tendía ropa en una cuerda sujeta a una pared blanca algo desconchada. Aquello le dio seguridad. Si ella puede vivir aquí -pensó- es que nada malo ocurre en estas casas. Justo en ese momento el hombre que les seguía pasó junto a ellos y sin mirarlos se dirigió, llave en mano, a la puerta de una de las casas blancas y entró en su interior.

— ¡Camina más deprisa, Joanet, que se hace tarde!— espetó a su hermano, ya más aliviada.

— Ahí está la casa. ¡Mírala!

Otra casa blanca, un poco más alejada, pero más grande que las otras y medio derruida. Cerca de la entrada unas piedras ennegrecidas se hallaban puestas en círculo y en su interior reposaban los restos de una fogata nocturna. Los goznes en el quicio dormitaban sin el peso de una puerta que prohibiera el paso a los dos hermanos, así que ambos entraron cogidos fuertemente de las manos. Avanzaron con pasos quedos, observando en la tenue penumbra, cuidando de no hacer ruido. El corazón de Elena latía tan fuerte que la niña sentía todas las palpitaciones retumbando dentro de su pequeño cuerpo. A su alrededor iba descubriendo muebles viejos y abandonados de todo cuidado, una mesa se hallaba caída en el suelo, alguien en algún momento, le había arrancado una pata y le había desencajado otra.
 
Cruzaron hasta la siguiente habitación, esta se hallaba extrañamente iluminada por la bombilla de una lámpara que colgaba del techo, las ventanas estaban cerradas con postigos marrones. Una vieja cama se encontraba cubierta con ropas de todo tipo en un lío absoluto. Elena no paraba de mirar la bombilla con recelo y con un gesto y  voz muy suave le susurró a Joanet:

- ¡Vámonos! Aquí hay gente.

- La encendí yo ayer por la tarde. No hay nadie.

En silencio y con un dedo en los labios el niño le señaló, también, la ropa que había en los cajones abiertos de una cómoda vieja. Ella ya no se sentía muy segura con todo aquello, más  caminó hacia la siguiente habitación. Aquella se hallaba bañada con la luz de la mañana que entraba por una de las paredes medio caída. Un objeto enorme reposaba bastante torcido en el centro de la estancia y una especie de tapa, grande y rota, se encontraba apartada a un lado de aquel objeto. En el interior de aquella gran caja de madera, alargada y caprichosamente curvada, aparecía una larga fila de cuerdas tensadas, cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y rojo. Elena casi se sentó en él, pero en ese momento su hermano cogió un trozo de rama que había en el suelo y mirándola con ojos brillantes, declaró:

— Esto es lo que quería enseñarte ¡escucha!

Pasó la rama por encima de cada una de aquellas cuerdas tensadas y comenzó a oírse un tremendo chillido, agudo y grave a la vez, que inundó todos los rincones de la casa. La niña saltó espantada y echó a correr hacia la salida sin mirar atrás. Cruzó entre las casas blancas seguida por Joanet, corrió por el descampado sin pararse y continuó corriendo entre las calles, detrás de su hermano que con su largas piernas y el cuerpo desarrollado de un chico de once años, había logrado adelantarla a pesar del miedo que aligeraba la carrera de la niña. Cuando Elena llegó, exhausta y acalorada, su madre esperaba de pie junto a la puerta del edificio.

—¿Dónde estabais? ¿Qué os ha pasado que venís así? Llevo un rato buscándoos. ¡Elena, mira como llevas el vestido!

— Hemos estado haciendo carreras— mintió.

Su hermano simplemente sonrió y le guiñó un ojo.