19.3.13

La mesa blanca

Es una hermosa mesa blanca, al menos eso me pareció en todas las ocasiones en que fuí a contemplarla a la tienda. Aún ahora sigue siendo hermosa, podría decirse que con exceso pues su volumen agrede y su blancura no casa ni a empujones, viene a ser como un iceberg en medio de las dunas de un desierto... no obstante, he decidido dejarla ahí y buscar una manera de domesticarla. Su gracia mayor es la de tener un expositor cubierto con vidrio y dividido en cuatro en partes, lo que llama al adorno limpio y ha invitado a la creatividad de su dueña ¡lo de Arco es una minucia a su lado!


Tres zonas quedaron resueltas con imaginación tras hacer un recorrido por cajas, cajones y armarios, y en la cuarta, como era de esperar, se hospedaron tres libros escogidos al azar de entre mis favoritos. Allí descansan rodeados de canicas históricas, traslúcidas unas y brillantes otras, Las uvas de la ira de Steimbeck, Grandes esperanzas de Dickens y sobre ellos, abierto por una página donde habla Poncia, La casa de Bernarda Alba de García Lorca. Un pequeño despertador redondo, antiguo y dorado, junto con un minúsculo casco de soldado de la antigua Grecia, completan la composición.

Y pasan los días y me da por reflexionar en la extraña elección y concluyo que no fué el azar sino mi subconsciente el que eligió esos títulos. Deprimentes, desengañados de la vida y sus circunstancias, en un mundo en crisis... y cada uno en su época y lugar. Los personajes de Steimbeck podrían estar recorriendo los caminos de España, de Grecia o de cualquier otro país donde la famosa burbuja inventada por unos pocos, ha explotado sobre las cabezas de otros muchos. Las grandes esperanzas de los personajes de Dickens fueron, finalmente, como las vanas ilusiones calenturientas de la juventud que el tiempo y la vida se encarga de deshacer y sustituye por la decepción. Llega un día en el te das cuenta que ahí fuera no hay nada y dejas de buscar..., que los sueños son solo eso y te preguntas si no hubiese merecido la pena luchar por otras esperanzas más egoistas y menos elevadas... En la casa de Bernarda Alba se pudre todo, por cerrado y por viciado, por callado y bien envuelto por demás, entre ropas con puntillas... la voz del pueblo se escucha a través de Poncia, firme, sabia y redicha. Gran, gran Federico García Lorca, un genio como el tuyo, apagado y muerto por una España de ignorantes que siempre ahoga y expulsa lo mejor de sí misma... porque ¿acaso ha cambiado en algo?

La blanca virtud de la mesa de centro ya está mancillada con historias que la superan... al fin y al cabo, a toda perfección en su forma le ha de llegar su defecto.