4.11.13

De las cosas y la memoria...

Hay veces en las que nos tenemos que plantear y llevar a cabo, sin más esperas, el hacer una limpieza de cosas almacenadas por diferentes motivos prácticos o sentimentales, incluso por pura dejadez. Pasan los meses, pasan los años y los armarios y cajones cada vez se ven más abarrotados de cosas innecesarias que no dejan hueco para las que sí lo son. Hacer una selección no siempre es fácil, si además los objetos llevan implícito un recuerdo que te viene a la memoria cuando lo tienes entre las manos, el proceso se enlentece y aparecen las dudas y las cuestiones sobre la conveniencia de seguir guardándolas o no.

Hace un tiempo tuvimos que desmontar el interior de una casa de un familiar que nos dejó. Era muy mayor y había tenido la idea que tienen muchos mayores de ir repartiendo las cosas que ya no necesitaba. Aún así, quedaron muchas otras y entre ellas las que representaban recuerdos de emociones pasadas: regalos recibidos, fotos antiguas, un dedal de su madre, los rosarios de comunión de sus hijos... Quien haya tenido que hacer este trabajo, en algún momento habrá sentido tristeza también por lo solos que se quedaron esos objetos, por el abandono de las emociones, de las caricias, de las miradas y ensoñaciones de quien los guardó. Si te paras a pensar que algunos de esos objetos requirió un gran trabajo y grandes anhelos de esa persona para poder conseguirlos, a la tristeza se añaden cuestiones sobre el fundamento de nuestro pasar por esta vida que es única y no entiende de segundas oportunidades.

Realmente nuestra vida está cosificada. Ya no solo nos machacamos trabajando para conseguir cosas "necesarias o no", sino que compramos, tiramos y volvemos a comprar lo mismo pero de otro color, tamaño o forma, pero que sirve para lo mismo o simplemente para nada. Y al fin, cuando ya se acabe la vida, es posible que nos preguntemos si mereció la pena desperdiciar ese tiempo y probablemente nos sintamos estafados. Tal vez no sea así, pues sería difícil caminar por esta vida sin esa ilusión por conseguir alguna cosa, sea material o etérea, pero emocional al fin y al cabo.

Lo que me cuestiono, ahora que los cajones de mi memoria también están demasiado abarrotados y no encuentro todo lo que quisiera, es si no debería comenzar a liberarme del lastre emocional de las cosas y a comenzar a deshacerme de ellas. Si mi vida acabase mañana -nunca sabe uno su destino-, mi familia tendría un enorme trabajo por delante para clasificar, desentrañar, seleccionar y decidir lo que hacer con todas las cosas que tengo repartidas por toda la casa. Me gusta tenerlas, pero a la vez considero que, tal como escribió Machado, deberíamos caminar ligeros de equipaje y solos con nuestra memoria, y si la perdemos... pues nada pasará porque si no recordamos no padeceremos ni nos alegraremos de algo que ya es irrecuperable, irrepetible, irreal... puro pasado.