17.9.14

El largo y desasosegado verano...



Los colores, olores y sabores fueron sino los mismos, al menos parecidos. Llegaron las moscas, las cigarras con su continua chicharrera, el sopor del mediodía macilento por efecto del calor, los melones con su punto de sabor a miel, las ciruelas jugosas, los melocotones de agua… Y llegaron las caminatas por los paseos marítimos, inhalando la brisa del mar a borbotones, como queriendo dejar ese tiempo parado y extenderlo más allá de las horas y de los minutos. Aparecieron las paredes cubiertas de flores de las acaparadoras polygalas, en lucha con espesas enredaderas de brillantes hojas nuevas… en los muros de las casas se dejaron ver las insistentes buganvillas, fucsia o liliáceas, trepando sinuosas en busca tal vez del inmenso azul. Las opulentas adelfas invadieron las aceras estrechas, más intransitables aún por las ramas de los árboles que alguien se olvidó de podar a tiempo… y las cotorras anidaron en las esbeltas palmeras, inalcanzables pero dejando constancia de su presencia para niños y mayores, cuyos ojos cada año buscan ese verde entre el otro verde, guiados por sus voces estridentes. El verano llegó como había llegado cada año anterior.

Sin embargo, quienes pensamos que sería una repetición más de tantas otras, nos equivocamos. El mundo y sus gentes estábamos impregnados por el desasosiego; llegó el mal tiempo con sus lluvias y la bajada de temperaturas, cuando no tocaba, y se aposentó en nuestros días de verano junto a la incertidumbre y el miedo silencioso a tantas injusticias que se nos han hecho cotidianas por repetidas. La avaricia de algunos provocando la ira de otros, la sangre derramada por los bombardeos, las muertes por accidentes sobrecogedores, el ébola, la llamada a la lucha por la religión, las políticas asfixiantes, el hambre, las torturas, los asesinatos,… llenaron nuestras horas dedicadas a mantenernos informados a través del teléfono móvil o de la televisión. Quedó ampliamente constatado que el afán de poder y de maldad de los humanos es inmensurable, su ambición se ha desbordado y la vida en este planeta empieza a no valer nada.

Pero el verano en zonas de paz discurre con una cierta placidez. Para algunos llegaron las  vacaciones, los reencuentros con las familias, los días de sosiego en los pueblos añorados. También la novedad de ciudades nuevas, los paisajes exóticos, los atardeceres de postal contemplando como el sol se oculta bajo el mar… las noches locas de música y fiesta, las mañanas dormitando sobre la arena, las comidas copiosas y alguna siesta antes de salir a pasear. Son días libres de obligaciones, que duran menos de lo que uno quisiera. Y visto el panorama, es mejor vivir el verano intensamente, por si algo lo estropea… porque este año la incertidumbre también estaba veraneando a nuestro lado. Para algunos este espacio de tiempo ha sido excesivamente corto, otros quizás ni lo han saboreado. Pero siempre están los niños, para quienes la vida se centra en otras pequeñas cosas: los amigos, los juegos, los helados, los misterios que descubren cada día,… Sin olvidar que todo es relativo en esta vida y este verano ha sido muy dispar incluso en zonas de paz.

13.9.14

De romanos, Coliseum y otras historias...



La red en una mano y en la otra el tridente, aplastando la arena bajo sus pies mientras avanzaba o retrocedía ante la espada de su contrincante que se acercaba peligrosamente a su desnudo torso. Aquello no era un juego y en sus oídos resonaban los airados gritos de la multitud sedienta de sangre…

La voz de la guía turística era incansable:
—… y verán esas pequeñas ventanitas en las paredes, pero que no son tales sino el lugar donde se hallaban las vigas que sostenían todo el edificio… fueron retiradas para fundirlas en la edad Media…

¡Qué bestias los de la edad Media! —pensó Isabel mientras volvía los ojos hacia los huecos en el centro de aquella gran plaza en el interior del Coliseo de Roma. Aquellos eran los pasadizos por los que debían caminar los gladiadores antes de subir a la arena y saludar al Cesar que ocuparía seguramente un lugar preferente en las gradas. Aquello debía ser como una gran plaza de toros, solo que los luchadores eran hombres… o no. Seguramente era allí mismo, por aquellos pasadizos, por donde los cristianos se arrastraban antes de enfrentarse a una muerte de las más horribles y espeluznantes que puede sufrir un ser humano: perecer bajo las garras y los dientes de felinos feroces y hambrientos, después de haber encomendado su alma a un Dios por el que estaban dispuestos a perder su vida…

—… y sobre todo no cojan una idea equivocada de lo que sucedía dentro de este edificio, pues aquí no hubo sacrificios de cristianos o algo por el estilo, tal como aparece en algunas películas americanas. Esto es el lugar donde luchaban los gladiadores y no lo hacían a vida o muerte como generalmente se cree…

¡Caramba! Isabel se quedó un tanto defraudada al oír aquello. Esa charlatana mujer se había empeñado en demostrar que los romanos eran unos santos aún en la antigua Roma. El caso es que entre todas aquellas piedras, grises por efecto del tiempo pasado, no había manera de refugiarse del aire helado que penetraba más allá de cualquier abrigo o anorak. En aquella tarde de últimos de diciembre apenas quedaban rastros de claridad natural y el Coliseo ahora se había ido iluminando con grandes focos que le daban un aspecto entre artificial y fantástico, barriendo toda ensoñación de túnicas blancas agitándose en las alturas de aquel gran circo de piedra.

Cuando salieron al exterior, levantó la mirada para contemplar la silueta de aquella maravilla. La luna se podía contemplar casi a la misma altura y esa estampa le pareció tan bella que aún estuvo a punto de dejarse llevar de nuevo por su imaginación. Esta vez la película se desarrollaba en la Roma de pocos años antes con una joven pareja paseando en una vespa… pero no. Se izó aún más el cuello del abrigo y se cogió del brazo de su compañero para regresar al hotel. El viaje no había hecho más que comenzar y quién sabe, tal vez algún día todas aquellas ensoñaciones le sirviesen para escribir un pequeño relato…

Luna llena

Entre jirones de consciencia y de sueños agitados, el calor de un extraño verano aún incompleto y el leve frescor de la madrugada, sentí una insistente sensación de llamada... Me incorporé en la oscuridad y recorrí la casa. La puerta... cerrada..; un vaso de agua fresca enfrió mi garganta en la cocina y al mirar en la ventana: ¡Luna... Luna!... luna llena, con su mirada bobalicona,... luna plena de brillante luz clara,... y sin embargo... ¡Luna endiablada! ¿por qué me llamas? ¿Qué te hice que me despiertas, que me robas de mis sueños de plata?... ¿será que llevo acaso un lobo en la pupila del alma...?