6.5.15

El mensaje



...le ruego me conteste a la mayor brevedad posible.
Saludos,
Elvia Ramírez

Lo releyó y le dio al icono para enviar. Suspiró y se miró en su interior con los ojos cerrados, buscando, en los rincones más recónditos de su mente, un espacio donde hubiese paz y serenidad. Abrió los ojos de nuevo y en voz alta masculló: — ¡Qué harta estoy de todo!—. El sentimiento de hartazgo comenzaba a obsesionarla minuto a minuto. 

Desde unos meses atrás, su mirada hacia el exterior no cesaba de enturbiarse cada vez con más entrelíneas, con más duplicidades, con más navajazos emocionales que apenas lograba esquivar. La edad y la experiencia le resultaban de gran ayuda, pero también ahogaban cualquier posible atisbo de esperanza en su espíritu.

Desplazó la silla y se levantó, dirigiéndose hacia el ventanal desde el cual podía contemplar la amplia avenida. La gente caminaba deprisa por las aceras, en los semáforos daban pataditas impacientes y los coches avanzaban acelerados. Tal vez demasiado acelerados para el gusto de Elvia. Antes le gustaba conducir, pero últimamente la carretera era una carrera de obstáculos. Los conductores parecían enloquecidos, arriesgando al máximo, por obtener segundos de ventaja; los camiones y autocares circulaban, adelantando, a unas velocidades que sobrepasaban límites increíbles en vehículos tan pesados. Todo le parecía riesgo y crispación. Bueno, esa era la palabra: crispación. Allí en la oficina, pero también con sus hijos, con Andrés... tal vez estaba demasiado nerviosa, aunque él se había vuelto sorprendentemente irrazonable casi con todo. Sus hijos adolescentes no paraban de provocar situaciones desesperantes, que luego ella debía encauzar y solucionar. En la oficina las cosas iban mal, el trabajo escaseaba y si antes costaba mantener la calma en el equipo, ahora "las puñaladas por la espalda y las zancadillas" se daban un día sí y otro también.  

Volvió de nuevo a su mesa. En la pantalla no aparecía ningún mensaje nuevo. Deberían entrar unos cuantos cada hora, sin embargo, ella se cansaba de esperar respuestas que no llegaban. Literalmente estaba aterrada ante la posibilidad de que aquel fuese el fin. Demasiado mayor para empezar de nuevo, demasiado joven para jubilarse. La precariedad asomaba con sus uñas clavándose en la puerta de entrada, esa que tendrían que cerrar definitivamente si el negocio no se levantaba en pocos meses.
Cogió aire con fuerza y lo expulsó lentamente. Estaba cansada de todo, de las noticias edulcoradas, de los políticos corruptos, de la gente que los votaba... de tanta palabrería y tan pocos hechos. ¿Hasta donde debían dejar que se hundiese aquello para reaccionar? ¿Qué pasaba para que personas, declaradamente inteligentes, estuviesen tan ciegos, tan engañados? La vida había cambiado mucho en pocos años.

Algo se movió en el escritorio del correo, un nuevo mensaje. —¡Por fin!— dijo en voz alta con un suspiro. Lo abrió y se concentró en su lectura.