2.6.20

Mirame a los ojos I




– ¡Si al menos pudiese llorar… esta ira me está matando, no puedo más!

 Joanna hablaba en voz alta consigo misma dentro del coche mientras conducía de vuelta a casa. Habían pasado seis meses desde que dejó el negocio y había ido cayendo en un pozo de desánimo. En casa las cosas no iban mejor, había pedido ayuda a su marido y a su joven cuñada pues sabía que necesitaba que la ayudasen a sostenerse, pero increíblemente estaban demasiados ocupados para hablar con ella.

Rememoraba toda aquella etapa una y otra vez, el juicio lo había ganado sí, pero la traición de sus socias era algo que no se esperaba. Se había dejado la piel con ellas, haciendo más horas para recuperar las forzadas ausencias. Les había solucionado papeleo que ellas no sabían por donde cogerlo, las había consolado en los momentos más tristes y había reído con ellas en los días más fáciles. Y al final, las dos se habían aliado para hacerle la vida imposible y echarla del negocio. No entendía nada. Se había ido, no sin antes ofrecerse a olvidar todo y continuar juntas, pero sin éxito. Preparó la causa con su abogado y tuvieron que indemnizarla mucho más de lo que ellas esperaban, les iba a costar seguir adelante pero a ella también. El dinero no es eterno y con la crisis, su edad y la depresión en la que estaba cayendo, Joanna se sentía sin fuerzas para volver a empezar.

Para colmo en casa las cosas no iban bien, sencillamente no iban nada bien. Adriano se negaba a escucharla y le decía que dejase de darle vuelta a las cosas. Y Susana, su cuñada a la que acogió con diez años cuando murieron sus suegros, estaba inmersa en una adolescencia tardía. Los estudios le iban bien, los amoríos no tanto, pero a esa edad… Joanna se daba cuenta de que estaba infravalorándose y que le faltaba más seguridad en sí misma. Intentaba ayudarla y había hablado mucho con ella, más últimamente era un continuo ataque el que recibía a cambio. Además desatendía sus obligaciones y la sobrecargaba a ella de faena diariamente, incluso con olvidos en sus cosas del curso que arreglaba llamando a Joanna y enviándola urgentemente a solucionarlo. No se lo agradecía, desde luego. Ni ella lo necesitaba. Pero al menos, si le hiciese caso cuando le explicaba que estaba agotada física y mentalmente y que necesitaba que se centrase en hacer su parte… pero se había vuelto muy egoísta y Joanna no entendía el  porqué. Esa actitud la estaba poniendo más nerviosa de lo que ya estaba y notaba crecer una ira muda dentro de ella.

– ¡Si al menos pudiese llorar!

Pensaba en lo feliz que parecía su vida solo un año antes, a pesar de la muerte de su madre y lo que le había costado pasar ese duelo. A pesar de tantas cosas que habían ido apareciendo y que había ido superando, como todo el mundo a su alrededor. No había sido consciente de su fuerza hasta ahora que se notaba al borde del colapso. Se sentía enferma y agotada y parecía que a cada paso que daba las complicaciones aumentaban.

Adriano también descargaba su mal humor con ella, volvía del trabajo cansado y harto del abuso al que estaban sometiendo a los empleados por causa de la crisis. El seguía vendiendo y alcanzando objetivos, pero le habían recortado las comisiones y le habían ampliado la ruta a poblaciones en las que antes trabajaban compañeros que ya no estaban. Más trabajo y menos sueldo. Joanna lo escuchaba paciente e intentaba ser positiva, lo que no conseguía hacer consigo misma. Se callaba entre semana para no agobiar a su marido hasta que llegaba el sábado, mientras Susana dormía hasta el mediodía. Entonces le explicaba los problemas con la muchacha y le pedía que hablase con ella, que la ayudase. Adriano se desentendía, él no veía nada, todo estaba en la cabeza de su mujer. Tampoco veía la lucha que Joanna tenía diariamente con las facturas delante del ordenador, ni los ajustes que estaba haciendo en las compras para poder llegar a fin de mes. No estaban tan mal, decía. Tampoco parecía ver que ella se había ido adelgazando hasta perder once quilos y que fumaba más del doble que antes. No veía cuando a menudo a ella le temblaba la voz y el pulso y no lograba descargar su frustración ante los cambios. Unos cambios que le demostraban que la realidad no era la que vivía antes, sino la que se le mostraba ahora que tenía tiempo para ser más consciente de ella.

Era de noche, sobre las tres de la madrugada. Joanna condujo hasta una calle al otro extremo de la ciudad y aparcó junto a las urgencias de un ambulatorio. No necesitaba un médico, necesitaba parar en un lugar más o menos seguro e iluminado para bajar del coche y fumarse unos cuantos cigarrillos antes de volver a su casa. No había llorado. Tampoco había sonado su teléfono, ya que su familia parecía seguir durmiendo sin enterarse de que ella no estaba en su lado de la cama. Se preguntó si en realidad les importaba algo que ella estuviese o no allí. Sintió amargura en la garganta y en el pecho y se vio más envuelta en la oscuridad propia, que bajo la negritud de aquel cielo oculto sin estrellas. Dio una calada prolongada al cigarrillo con el ansia de tragar aquella gran bola que notaba en la garganta. Exhaló el humo sin verter ni una sola lágrima y deseó desaparecer.



2 comentarios:

Isabel Barrado dijo...

Muy bueno, me alegro que estés de vuelta con más historias que contar

Durrell dijo...

He cogido carrerilla Isa, parece más fácil seguir con una misma historia que encarar relatos distintos. Ya veremos. ;* :*