22.6.20

Rosa y Laura

Escher
Se cruzaron en el rellano de la escalera, las dos con la mascarilla puesta. Una subía con una bolsa de compra en la mano, la otra bajaba con un cubo de basura. Iban a ser las ocho de la tarde pero estaban en lo más estricto del confinamiento, no había franja horaria para salir. A Laura le dolían las piernas y la espalda de no moverse lo necesario y había estado pedaleando en la bicicleta estática que tenía en casa. Una bicicleta que en varias ocasiones, a lo largo de varios años, había estado pensando en desechar por el espacio que ocupaba... Rosa subía con la compra, unos pocos paquetes que pondría en cuarentena por unos días antes de colocarlos en la pequeña cocina. También notaba tensas las articulaciones por la falta de ejercicio, aunque había caminado, no sin ciertos reparos, cada vez que sacaba a pasear el precioso labrador de dos años.  

A las dos se les iluminaron los ojos al encontrarse, aunque al cruzarse se alejaron una de la otra en todo lo posible. Dejaron más de cuatro metros entre ellas para hablar. –¿Qué tal? ¿Cómo estáis? ¿Todos bien? ¡Sí! ¡Por suerte!–. Laura recordó una noticia que había leído sobre las vacunas. El hospital que se encargaría de llevar la investigación en toda la región, se hallaba a ocho quilómetros y en él, en el laboratorio, trabajaba Adrián, la pareja de Rosa. Tal vez estaría en el equipo investigando, pensó.

–Rosa, Adrián sigue trabajando en el hospital, en el laboratorio ¿verdad?

–¡Sí! ¡Pero no te preocupes, no está en primera línea!

–¡Ya lo sé!  Pero he leído que ahí van a llevar y coordinar los equipos que buscarán las vacunas y...

–¡Sí, pero él no está en primera línea, no te preocupes!

– ¡Solo tenía interés en saber si él estará en algún equipo de...!

–¡Mira, ya te he dicho que él no está en primera línea, además va muy protegido, con varios trajes encima del suyo, incluso sobre los zapatos!

– ¡Pero si yo solo...!

–¡Mira ya está bien, no va a meterse en tu casa a contagiarte, así que para ya!

Laura incrédula la miraba con los ojos abiertos. No creía haber dicho nada que pudiese ofenderla y ni mucho menos se había quejado por convivir en el edificio con un sanitario, tal como había ocurrido en algunos sitios, según las noticias. Se sintió torpe y a la vez asombrada. Rosa se sentía manifiestamente enfadada con su vecina por el atrevimiento y el poco tacto que ésta había tenido al hablar, en esas circunstancias, del trabajo de su compañero. La miró desafiante y se giró para seguir subiendo. Pero Laura reaccionó antes:

–¡Mira, nunca me hubiese esperado de ti semejante actitud!

–¿De mí? ¡Has sido tú la que se ha quejado!

–¡Precisamente es lo que no he hecho! Intentaba comentar una noticia contigo, pero tú en todo momento has pensado lo peor. Por lo que veo, me crees capaz de discriminar a una persona que está trabajando para ayudar a los demás...

–¡Es lo que estabas haciendo...!

–¡No, es lo que tú estabas pensando! ¡Y perdona, la que va discriminando y poniendo etiquetas eres tú! Nunca imaginé pudieras pensar tan mal de mí...

Laura se giró y bajó las escaleras disgustada. Rosa empezó a subir, aún más enfadada que antes. Laura recordó todas aquellas frases que había oído, acerca de que la pandemia sacaría lo mejor de todos. Y se dijo que tantas guerras, revoluciones, epidemias o tragedias naturales, no habían cambiado el fondo de las personas a través de generaciones. Rosa, por su parte, pensó que su vecina había manipulado la conversación y no era una buena persona como había imaginado hasta ese momento. Cada una entró en su casa, se cambió de zapatos y se lavó las manos enérgicamente. Dejaron la mascarilla en agua caliente con jabón y conectaron el aparato de televisión para ver las noticias más tarde.

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