¡¡¡Feliz Año Nuevo 2008!!!

Espero que este año venga lleno de salud, amor y felicidad.
Ojalá que se cumplan todos esos deseos que tanto anhelamos.
y
como decía aquel famoso personaje aquejado de alopecia extrema...
Que la suerte nos acompañe ;)

Pues yo, como mujer prevenida que soy, hace varios meses que me puse a reflexionar sobre lo que se acrecientan los precios en Navidad. En estas estaba cuando salió por la tele un señor muy conocido ofreciendo dinero fácil y al momento, y recordé un reportaje que hicieron, no hace mucho, sobre los desastres acarreados en varias familias que se atrevieron a llamar al numerito tentador del anuncio. Así, con el temor metido como un puño en el estómago, meneé la cabeza de lado a lado y deseché los consejos del buen señor.
Esto si que ha sido lo que se llama tener mala suerte, nunca encontraré otra como ella. Esto lo aseguro con la mano en el corazón, que lo tengo triste y dolorido desde que se la llevaron escaleras abajo como si fuese un deshecho sin valor. Y no lo era, no, para mí fue como una compañera, como una sierva dispuesta siempre a satisfacer todos mis anhelos, era única entre todas las que he conocido, no tengo suficientes palabras para elogiarla y sé que nunca, jamás la olvidaré.
Una gran tapa rota, apartada a un lado, dejaba ver dentro de aquella gran caja de madera, alargada y curvada, una larga fila de cuerdas tensas cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y rojo. Casi me senté en él, pero en ese momento mi hermano cogió un trozo de rama que había en el suelo y mirándome con los ojos brillantes explicó:
Siento dolor en el costado, la luz… el maldito reloj está lejos, ya llego… las ocho. Otro día más. Otro largo día sin nada que hacer. Bueno hay cosas que debería hacer, pero... ¡mierda! ¿Qué prisa tengo?
Me había quedado dormido, son las seis. Oigo ruidos en la escalera, los vecinos vuelven. Mi hijo aún no ha llegado, tal vez sí.
Ya está otra vez aquí, sin remedio. ¿Hay alguien a quien le gusten los lunes, si le toca trabajar?
Hay momentos en la vida en que a más de uno no nos ha quedado más remedio que plantearnos un interrogante sobre el origen de nuestros propios males y yo hoy me encuentro en uno de esos momentos. ¿Recuerdan el anuncio ese del donuts y del día redondo? Pues yo debo ser de los que no han desayunado el famoso bollo y ahora estoy pagando las consecuencias.
ormido y me miró de arriba a bajo con aire de perdona vidas. El médico, menos simpático aún, me facilitó unas muletas y me envió al hospital comarcal. Nuevamente acomodado en el taxi empecé a preguntarme por la razón unánime que hacía que todo el mundo a mi alrededor estuviese de tan mal humor, yo creía tener más derecho que ellos a dejar caer lamentaciones e improperios y en cambio estaba siendo el blanco de todos ellos.
Desde hace algunos días no dispongo apenas de tiempo para escribir aquí o visitar blogs amigos. Lo cierto es que aún tengo para un tiempo de estar así y voy bastante cansada -como el de la foto, vamos-. Yo creo que me tocaría invernar ya si fuese oso, pero como nadie me va a hacer caso y aún faltan días para las vacaciones, he decidido colgar el letrero de 'Continuará...' para avisaros del paréntesis de inactividad que abriré por unos días. No es una despedida, en cuanto ponga un poco de orden a mi alrededor y dormite lo suficiente en mi cueva, prometo volver a dar la lata, desde esta casa, con mis cuentos inventados. 

La dirección es: http://www.palimpalem.com/1/DURRELL/
Perro viejo dicen que soy los que trabajaron a mi lado tantos años y
aunque peque de inmodestia, he de confesar que tienen toda la razón los
que así hablan. El que no se convierte en un perro viejo en esta
profesión, no tiene nada que hacer en ella. Ningún indicio, ninguna
huella vale nada, si no intuyes, si no doblegas las debilidades humanas.
Yo he sacado la inmundicia que había en el interior de hombres
intachables y he jugado con la bondad y los sentimientos de asesinos
atroces. Las mayor parte de las veces he tenido que tapar la verdad
sobre los primeros, en aras de un mal entendido bien comunitario y he
dejado que los segundos, en muchas ocasiones, cargasen además con culpas
ajenas sin poder evitarlo.
Las satisfacciones de la profesión yo no las conozco. Una leyenda no se
crea dando de comer migas de pan y la mano dura, con la que tienes que
ejercer el poder de este cargo, no engendra simpatías ni grandes
amistades. No me conduelo de ello, las cosas son como son y hay que
apechugar con lo que a uno le ha tocado en el sorteo; hay quien obtiene
peores resultados en esta vida sin buscárselos siquiera. En realidad
tengo ganas de irme y desligarme, por fín, de todo este enredo. Antes de
acabar en un asilo, contando batallitas que nadie quiera escuchar,
quiero empezar a perder mi tiempo sin obligaciones de ningún tipo. Vivir
sin horarios, sin tener que afeitarme cada día, o sin tener que comer a
una hora determinada, sin tener que dar explicaciones de mis actos o
por la falta de ellos. Y como no he tenido apenas momentos para cultivar
aficiones, tal vez mi próximo destino me encuentre pescando sobre
alguna vieja barca y en algún río perdido entre montañas. Tal vez, como
hicieron otros tantos policías de leyenda anteriores a mi…
Hay generaciones de personas que vienen a este mundo únicamente a pasar calamidades. A veces cuando oigo comentarios a este respecto, se me agolpan en la mente visiones de aquella pesadilla en la que me vi envuelta con apenas ocho años. Pero esto es adelantarme al principio de mis recuerdos y exponerlos desordenadamente, será mejor que le dé un comienzo a mi pequeña historia.
Algunas vecinas nos socorrieron y en los días sucesivos esperamos a que mi madre saliese de aquel trance, pero no fue así, aunque abrió los ojos en varias ocasiones los cerró definitivamente a los dos días de aquella noche fatídica. La habían golpeado con saña y nada se pudo hacer por ella, mi padre continuó desaparecido, seguramente su cuerpo quedó entre aquellos tantos que metieron en las fosas comunes donde fueron a parar los que no tuvieron la oportunidad de ser reclamados. Fue una etapa trágica para la historia y una vida trágica para los que sufrimos la pérdida de nuestros familiares más inmediatos. Mi hermano y yo fuimos separados a pesar de nuestros lloros y súplicas, los orfelinatos no tenían en cuenta los lazos de sangre y mi vida continuó rodeada de otras niñas con las mismas carencias que las mías. No voy a dar detalles de lo que fue mi existencia en aquel hospicio pues hay demasiados testimonios ya de las penalidades por las que pasamos los que tuvimos la desgracia de crecer en ellos. Cuando salí de allí dediqué todos mis esfuerzos a sobrevivir y a buscar a mi hermano, no lo encontré y después de tantos años no confío siquiera en que el niño lograse llegar a adulto pues era muy pequeño y muchos niños morían enfermos por las malas condiciones en las que vivían en aquellos viejos e insalubres edificios.
Me miraba, sí. Como yo a él, acariciando sus ojos. Él seguía hablando, exponiendo el tema… me atraía tanto que me hacía daño la presencia de los demás. Me miró de nuevo y yo, me enganché en aquellas pupilas y le sonreí con deseo, mojé mis labios y él enmudeció.
La tarde comienza a caer lentamente y apenas puedo distinguir las letras impresas en las páginas del libro, pero me gusta quedarme así sentada, esperando la oscuridad, sin moverme. Al otro lado de la cristalera las flores han cerrado sus pétalos, no hay insectos ya que vuelen a su alrededor perturbándolas, tampoco se escuchan las voces de los niños jugando, ni hay perros que ladren a las gentes que pasan cerca de las rejas que ellos guardan. Me imagino la vida en otras casas, madres que se afanan en bañar a sus pequeños mientras en la cocina bulle alguna olla, todo allí serán luces, risas y juegos, como antes lo fue aquí. Si cierro los ojos puedo revivir las imágenes de aquellos días tan nítidamente que superan en colores y en brillos a la realidad palpable que me envuelve.
El fondo del escenario es una reproducción de un mesón del siglo XVII, hay largas mesas de madera envejecida con bancos a los lados. En primer término a la izquierda aparecen dos personajes: el primero es maese Pedro, un hombre gordo y un poco calvo que lleva un gran mandil blanco y permanece de pie con unas vendas en la mano, el segundo es don Blas, se haya sentado en uno de los bancos y va vestido a usanza de aquella época con medias y calzón corto rayado, espada al cinto, sombrero negro de ala ancha y amplia capa oscura colgando de sus hombros. Este último parece que ha tenido un altercado pues su ropa está llena de polvo, el sombrero se haya sobre la mesa un tanto aplastado y de la cabeza le cae un chorrillo de sangre.
DON BLAS: - ¿Quién vive? ¿Quién ha? ¿Por qué os cubrís el rostro? ¿Quién os persigue?
DESCONOCIDO: - ¡No mentéis a Satanás! O que él os lleve. Soy don Martín por buen nombre y os salva de luchar ese brazo en cabestro, más no creáis que os salvará de un buen escarmiento.
Cuentan que mientras mamaba respiraba la sal de la brisa marina, que sus primeros pasos fueron sobre una red de pescar de tantas que su madre cosía y que aprendió a caminar detrás de las gaviotas confiadas que se acercaban a comer los restos del pescado descargado por la mañana en el muelle. La piel clara le duró muy poco, enseguida se le cubrió de color con los abrumadores rayos del sol, y sus manitas y su cara se hicieron fuertes ante las inclemencias del tiempo que trajeron sus primeros inviernos. Su padre que era pescador y sabía lo duro que era vivir de ese trabajo, soñó y planeó para él otra vida diferente lejos del mar, no supo comprender que todo lo que el niño había vivido hasta entonces sería como un veneno que inundaría su cuerpo y su espíritu para siempre.
s redes de pesca…Así, entre la ciudad y el mar, pasaron los años de su adolescencia y aún corrieron unos cuantos años más de estudio para Manuel hasta que llegó, por fin, aquel día en que volvió a casa.
Dicen que a pesar de todas mis caídas tengo una naturaleza muy fuerte, también dicen que mi fuerza está en saber levantarme y resurgir como el ave fénix resurge de sus cenizas. Yo no sé si tienen razón de pensar así, sé que me mueve la rabia que llevo dentro, la rabia de tantas injusticias vividas. A veces me pregunto cómo la mayoría de la gente puede creer todavía en la justicia de este mundo, como también me cuestiono la creencia que tienen en la justicia divina. Hace tiempo que perdí toda esperanza de encontrar la fe en Dios y de encontrar la verdadera bondad en los humanos.
- ¡Caballero Lucifer, aquí!
con Villiers, duque de Buckingham. Fue entonces, sí, cuando conocí aquel valeroso caballero gascón, Artagnan. Ardua tarea tuve para evitar que me descubriese el mocetón, pues allá a donde iba parecía que había de encontrarme con el impetuoso muchacho. Mis transformaciones apenas me llevaban más de tres segundos y no bien aparecía con mi capa negra a lomos del caballo, encontraba al aprendiz de mosquetero persiguiéndome en venganza de no se qué agravio, que afirmaba haber recibido de mi persona. Fue una empresa difícil ejecutar los deseos de su eminencia, con semejante tormento pisándome los talones. No le he guardado nunca rencor, muy al contrario, en mis últimas apariciones como Rochefort llegamos a intimar, el me apreciaba y yo reconocía su valor aunque luchase en el bando equivocado. Creo que al final se dio cuenta de quien poseía la razón. ¡Grrroooooommmm!
cifer como al diablo. ¡Pero cuidado, bellas damas y aguerridos caballeros! ¿Recuerdan de qué color son los gatos que acompañan a esas hermanas brujas? Sí, en efecto. Nosotros tenemos poderes que otros gatos no tienen, vemos el pasado y el futuro, podemos transformar nuestro cuerpo y en ciertas ocasiones, hacernos invisibles al ojo humano. Yo he sido leal a mi señor porque he reconocido en él una sabiduría mayor que la de las brujas. Tal vez la historia no le hará justicia, pero no será por sus actos que no han perseguido, al fin y al cabo, más que el beneficio y el engrandecimiento de Francia. No será por sus actos –insisto- tendrá mucho que ver en ello un tal Alejandro, escribidor de folletines y poco apegado a la verdad, el cual llenará la historia de mosqueteros y se olvidará de nombrar a los gatos del cardenal. Catorce felinos olvidados seremos, pero él pasará a la posteridad como el gran Dumas, el de “Los tres mosqueteros”. ¡Miau!
Caminaba deprisa por la oscura calle, desde una ventana se dejó oír la estridente música procedente de un aparato de radio; unos ojos verdes llamearon desde las sombras que abrazaban la pared y se apagaron tras emitir su dueño, un agudo maullido. Los tacones se clavaban con furia en el asfalto, más deprisa, más deprisa… Tuvo que apoyar el puño y clavar el codo en aquella rasposa pared para no caer, el tacón partido, el filo de su mano sangrando y el maldito taxi sin aparecer. Estaba loca, loca rematada, pero no podía quedarse allí, el miedo le hizo quitarse los zapatos y avanzar descalza por aquella calle desierta y mojada. Unos faros brillaron a lo lejos y al verlos echó a correr hacia la fuente de luz, el coche tuvo que desviarse para no atropellarla -¡hija de p...!- Mirella se detuvo en seco ¿qué estaba haciendo? El pánico no la estaba dejando razonar ¿porqué creyó que sería el taxi? Un ruido a sus espaldas la hizo estremecerse, corrió hacia la pared y se ocultó entre sus sombras, el gato pasó rozándose contra sus piernas y ella relajó los hombros, aliviada. No debía perder el tiempo y siguió avanzando, esta vez, al amparo del silencio que le proporcionaban sus pies descalzos.
Apenas habría dormido un par de horas cuando unos golpes secos la sacaron de la inconsciencia, los golpes volvieron a repetirse y una voz queda y apremiante emitió un – ¡abra, por favor!-. Mirella se dijo que la vida tiene su recorrido trazado y que romper, aunque solo sea una vez, el monótono ritmo que lo marca, es como romper un cristal que se irá quebrando en mil pedazos, cada vez más pequeños… cada vez más difíciles de volver a unirse. La misma voz se dejó oír de nuevo y se oyó el ruido que hizo la cerradura al girar, la puerta dejó entrar lentamente la luz del pasillo; la mano de ella aferrada al auricular del teléfono del hotel, en un intento vano y desesperado, se quedó inmóvil sin llegar a descolgarlo. Todo el contenido del bolso cayó disperso entre las ropas de la cama, el paquete envuelto con celofán marrón también cayó. Aquel maldito paquete de polvo blanco que Mirella nunca debió poseer, aunque fuese durante unas cuantas horas,… las horas más largas de toda su vida.
El doctor Fillado agarró su maletín y salió de la consulta, se notaba enormemente cansado y sin mirar a los pacientes que llenaban la enorme sala del hospital, arrastró los pies hacia la salida del edificio. Toda la mañana se le había ido en revisar placas y miembros lesionados –interiormente, se preguntaba qué demonios hacía la gente para destrozarse de esa manera los huesos-, y por último aquella maldita mujer con sus dolores y su verborrea inútil diciéndole que él solo servía para calentar la silla y cobrar a fin de mes. Esa mujer –pensó- aún cree en los reyes magos, qué querrá que haga yo si en las pruebas no se refleja la radiculopatía…el dolor es muy relativo, y cómo voy yo a saber si lo tiene de verdad…a veces…, demasiadas veces, últimamente…
Sonidos de pasos decididos, apresurados; caras serias y concentradas, con la vista fija en el suelo observando los pies y los pasos, intentando acrecentar la velocidad a través del largo túnel ¿sonrisas? ni una. Manos cargadas con bolsas, carpetas, carteras de mano; bolsos colgando de los hombros y asegurados con la mano en la correa para que no caigan, para que la caída no interfiera en la larga carrera hacia el andén. Las escaleras aparecen llenas de figuras elevadas por piernas que se flexionan una y otra vez, sin descanso. Hay que bajar por la derecha, sin equivocarse, siempre por la derecha, los más inseguros agarrados a la baranda para no caer. Por el medio, entre los que suben y los que bajan, casi vuelan los que ya llegan tarde, los desesperados por recuperar los minutos, los segundos…pero el tren metropolitano ya se marcha...
La próxima estación se acerca, la velocidad disminuye, ya hay cuerpos en movimiento que se agolpan ante las puertas, las piernas un tanto abiertas para aguantar el equilibrio ante la frenada del tren. El aire se enrarece con olores de alientos y de cuerpos demasiado próximos, la necesidad de salir se torna más inquietante. ¡Por fin! Las puertas se abren como una liberación hacia el ambiente caliente del andén, apenas una mínima mirada para los que quieren entrar, y de nuevo se reanuda el baile de las carreras contenidas, de los pasos acelerados resonando en las escaleras y en los pasillos que conducen hacia la salida. Se deja oír el canto monótono de las puertas metálicas en un vaivén incesante, desbloqueando el paso de una masa humana que lucha con ellas buscando el camino que conduce hacia la luz de la calle. Otra jornada más en el metro para la inmensa mayoría, un viaje especial quizás para alguien.