Recuerdo el día que llegasteis a la ciudad huyendo de la desidia de aquel pequeño poblado en el que apenas había futuro tan siquiera para un pobre perro callejero, una mancha olvidada en algún punto del mapa que maltrataba a sus hijos con la dureza de una tierra mal repartida en manos de unos pocos. La ciudad era un sueño lleno de promesas para ti. Esperabas mucho de aquella oportunidad y comenzaste a trabajar duro aunque eras casi un niño.
¿Por qué pienso ahora en aquellos días tan lejanos? No sabría explicarlo. Tal vez porque la palabra ilusión me trae recuerdos de aquel tiempo. Cuando nos miramos la primera vez me cautivó tu sonrisa y la seguridad en ti mismo. Yo no era más que una niña de colegio que apenas había comenzado a jugar a ser mayor y me impresionó la fuerza de tu espíritu y tu férrea voluntad. ¿Recuerdas tú aquellos días? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.
Me gustaba escuchar aquellas historias de tu niñez, eran tan diferentes de mis vivencias que me parecían relatos contados para entretener en tardes de lluvia: Aquel año en que debías comenzar un sexto de primaria y todos los alumnos de aquel curso hubisteis de repetir quinto porque nunca llegaron los libros necesarios; las veces que dejaste de asistir a las clases para ir con el rebaño que tu padre enfermo no podía cuidar; la vez en que se escapó aquel toro, traído para las fiestas, por las calles del pueblo y tuvo que acudir la guardia civil….
A mí me gustaba tocar tus manos: fuertes, grandes y endurecidas por el trabajo. Yo las acariciaba con respeto, venerando cada espacio de piel gruesa en la palmas, recorriendo con la yema de mis dedos los fuertes nudillos y sintiendo la ternura con la que acariciaban las mías, suaves y finas y tan diferentes a las tuyas. Un día pusiste un precioso anillo en uno de mis dedos ¿recuerdas, amor? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.
En tu casa los muebles eran escasos, un armario para todos y algunas camas compartidas; en el comedor las sillas alrededor de la pequeña mesa y un aparador que tu madre mimaba con ceras y con el celo insistente con el que mantenía impecable vuestro pequeño espacio. Tu madre llegó a esta casa de la ciudad arrastrada por vosotros, sus cinco hijos y un marido casi derrotado, envejecida y enflaquecida por el trabajo y la necesidad, aunque en sus ojos brillaba la misma determinación que en los tuyos. Hace varios años que no sé de ella, la última vez me abrazó como si supiese que no nos veríamos más, yo la recuerdo como la valiente mujer que supo imponerse con tesón a todas las vicisitudes y a todo el dolor que la vida le trajo.
Pero hablábamos de la ilusión, la de aquellos días que recuerdo felices mientras nos abríamos a la vida de adultos y a las nuevas experiencias. Nuestro afán por estar juntos nos hacía soñar con el momento en que tendríamos nuestra propia casa y hacíamos planes y soñábamos despiertos. Yo preparaba un ajuar como las chicas de antes y tú trabajabas demasiadas horas lejos de mí. Ahora pienso que tal vez desperdiciamos las horas que podríamos haber tenido para estar juntos ¿tal vez tu también piensas así, querido? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.
Aquel día fui a trabajar como cada día al taller, era poco más de media mañana cuando fue a buscarme mi padre. Su mentira no me convenció, era demasiado burda y él no sabe hablar sin verdad. Una angina de pecho fulminante y tu cuerpo descansando en aquel cajón metálico y frío del depósito del cementerio, tú parecías dormido pero no quisieron que te tocara. Las lágrimas casi no me dejaban verte y el espacio de tiempo, yo contigo y tú conmigo, se cortó de golpe cuando cerraron aquel cajón. Aquel momento no lo podrías recordar si pudieras, cariño, porque tu corazón ya no latía y el mío, en aquel escaso minuto en que pude mirarte por última vez, se rompió para siempre.
¿Por qué pienso ahora en aquellos días tan lejanos? No sabría explicarlo. Tal vez porque la palabra ilusión me trae recuerdos de aquel tiempo. Cuando nos miramos la primera vez me cautivó tu sonrisa y la seguridad en ti mismo. Yo no era más que una niña de colegio que apenas había comenzado a jugar a ser mayor y me impresionó la fuerza de tu espíritu y tu férrea voluntad. ¿Recuerdas tú aquellos días? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.
Me gustaba escuchar aquellas historias de tu niñez, eran tan diferentes de mis vivencias que me parecían relatos contados para entretener en tardes de lluvia: Aquel año en que debías comenzar un sexto de primaria y todos los alumnos de aquel curso hubisteis de repetir quinto porque nunca llegaron los libros necesarios; las veces que dejaste de asistir a las clases para ir con el rebaño que tu padre enfermo no podía cuidar; la vez en que se escapó aquel toro, traído para las fiestas, por las calles del pueblo y tuvo que acudir la guardia civil….
A mí me gustaba tocar tus manos: fuertes, grandes y endurecidas por el trabajo. Yo las acariciaba con respeto, venerando cada espacio de piel gruesa en la palmas, recorriendo con la yema de mis dedos los fuertes nudillos y sintiendo la ternura con la que acariciaban las mías, suaves y finas y tan diferentes a las tuyas. Un día pusiste un precioso anillo en uno de mis dedos ¿recuerdas, amor? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.
En tu casa los muebles eran escasos, un armario para todos y algunas camas compartidas; en el comedor las sillas alrededor de la pequeña mesa y un aparador que tu madre mimaba con ceras y con el celo insistente con el que mantenía impecable vuestro pequeño espacio. Tu madre llegó a esta casa de la ciudad arrastrada por vosotros, sus cinco hijos y un marido casi derrotado, envejecida y enflaquecida por el trabajo y la necesidad, aunque en sus ojos brillaba la misma determinación que en los tuyos. Hace varios años que no sé de ella, la última vez me abrazó como si supiese que no nos veríamos más, yo la recuerdo como la valiente mujer que supo imponerse con tesón a todas las vicisitudes y a todo el dolor que la vida le trajo.
Pero hablábamos de la ilusión, la de aquellos días que recuerdo felices mientras nos abríamos a la vida de adultos y a las nuevas experiencias. Nuestro afán por estar juntos nos hacía soñar con el momento en que tendríamos nuestra propia casa y hacíamos planes y soñábamos despiertos. Yo preparaba un ajuar como las chicas de antes y tú trabajabas demasiadas horas lejos de mí. Ahora pienso que tal vez desperdiciamos las horas que podríamos haber tenido para estar juntos ¿tal vez tu también piensas así, querido? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.
Aquel día fui a trabajar como cada día al taller, era poco más de media mañana cuando fue a buscarme mi padre. Su mentira no me convenció, era demasiado burda y él no sabe hablar sin verdad. Una angina de pecho fulminante y tu cuerpo descansando en aquel cajón metálico y frío del depósito del cementerio, tú parecías dormido pero no quisieron que te tocara. Las lágrimas casi no me dejaban verte y el espacio de tiempo, yo contigo y tú conmigo, se cortó de golpe cuando cerraron aquel cajón. Aquel momento no lo podrías recordar si pudieras, cariño, porque tu corazón ya no latía y el mío, en aquel escaso minuto en que pude mirarte por última vez, se rompió para siempre.




