31.8.20

Mírame a los ojos XIX y último.


Aquella mañana había refrescado y sobre el pantalón tejano, Joanna llevaba un jersey de hilo azul celeste de manga larga. Hasta la última semana de agosto, normalmente, no llegan las tormentas de verano y no bajan las temperaturas por la mañana. Pero aquel día había amanecido con bastantes nubes y un poco de viento frío. Ella avanzaba por el paseo casi sin ver a los rostros conocidos, pensaba en la pregunta que le había hecho Gianni en la sobremesa de la noche anterior: "¿Y tú qué es lo que buscas hacer en tu vida?". Esa fue la respuesta que él le dio, nada más a ella, cuando le plantearon el dilema con la tienda de la calle París. Joanna no contestó y aquella mañana, en aquel paseo, se dijo que ella simplemente vivía. Desde hacía unos años no se planteaba objetivos ni pensaba en el futuro, solo tomaba decisiones en el día a día. Tal vez porque se sentía feliz y estaba haciendo lo que le gustaba. Lo sabía y lo valoraba.

Adriano no deseaba sumar ningún tipo de presión a su rutina. Se ganaban muy bien la vida y no solo no tenían deudas, sino que sus ahorros crecían de manera que podían vivir tranquilos sin sobresaltos. No entendía el afán de Joanna por complicarse más allá con el trabajo y perder horas que podían dedicar a ellos mismos. Desde hacía poco tiempo él también acudía al taller artístico durante cuatro horas, en dos días por semana, para aprender a modelar con arcilla. Y eso en su vida anterior hubiese sido inimaginable, cuando llegaba tan cansado y harto de conducir todo el día. Era cierto que trabajaban los fines de semana, pero no tenían que salir de su casa y el lugar donde vivían era para ellos un pequeño paraíso. Los lunes y martes podían dedicarlo a ir a la playa o se iban a cualquier lugar escogido a pasar el día y después en invierno podían disfrutar las vacaciones en cualquier fecha. Gianni lo tenía tan claro como él. Más porque, como les explicó aquella noche, al estar solo últimamente se encontraba desbordado con el trabajo. Necesitaba ayuda en la tienda y en el taller y eso le estaba robando tiempo para seguir haciendo otras cosas.

Joanna volvió sonriente de su paseo y con dos bolsas para la cocina. Le pidió a Adriano que desocupara dos sillas para añadirlas a la mesa de comer y se puso el delantal.

— ¿Quién viene a comer? Es domingo y tenemos que abrir esta tarde...

— Viene Gianni y un amigo que quiero presentarle—. Joanna le guiñó un ojo.

A las dos y media la mesa estaba puesta para cuando llegaron Gianni y David. Los dos hombres se saludaron y charlaron amistosamente mientras comían. A la hora del café, el italiano, con una taza en la mano, le hizo un gesto de asentimiento a Joanna que sonrió complacida. Después de despedirse de ellos, los dos hombres se fueron juntos a la tienda de cerámica mientras seguían conversando.

Más tarde, mientras Adriano y ella estaban enfaenados acabando algunas cajas, Joanna se mostró satisfecha ya que David podría tener un buen futuro aprendiendo el oficio y trabajando con Gianni. Y le alegró la tarde a Adriano cuando le comentó que había llamado a su antigua clienta y había rechazado la propuesta. Había comprendido lo que podía perder y no merecía la pena. Ese lunes subieron a Barcelona para hacer algunas compras y bajaron al puerto. Joanna recordó aquel otro día en que compraron el frigorífico y estaban tan angustiados por el trabajo y otros problemas. La vida le había cambiado mucho y mientras subían por las Ramblas contemplando los puestos de dulces y de flores, pedía al destino mentalmente, que todo siguiese igual en el futuro. Pero aunque a ellos les siguió sonriendo la vida, no fue así para otros en ese mismo lugar. El jueves siguiente día diecisiete, ocurría el trágico atentado de Barcelona, que se llevaba la vida de quince personas y provocaba ciento treinta y un heridos. Aquella noche de madrugada, se sumaban más víctimas en la huída de los terroristas y en el posterior atentado en Cambrils. Fueron días de terror general, hasta que pudieron volver a respirar tranquilos.

El sentimiento de saber que nadie estaba seguro en ninguna parte, se agarró al espíritu de todos. Vendrían unos tiempos más convulsos además, donde el orden anterior de las cosas iría cayendo en distintas fases. Las creencias anteriores parecieron ingenuas al destaparse tantas corrupciones políticas y sociales. Incluso entre personas, que siempre habían parecido amables y generosas, se descubrieron caracteres intolerantes y violentos, que llenaron el país de más desórdenes en las calles y más injusticias. Tal vez fueron muchos cambios en poco tiempo. Sin embargo, Joanna siguió adelante acompañada por Adriano, Alejandra y demás amigos. No es que no tuviese algunos días tristes, los tenía como todo ser humano. Pero aceptaba los cambios como venían y encaraba la frustración, sabiendo que cada día saldría de nuevo el sol y que a las tristezas y el desánimo se las vence con la decisión de seguir adelante, amoldándose a las nuevas circunstancias.

27.8.20

Mírame a los ojos XVIII


Ambos caminaban recibiendo los últimos rayos de sol en la espalda, ella con las gafas de cristales oscuros a modo de diadema apartándole el cabello de la cara. Por momentos fijaba la vista sobre los detalles del suelo que iban pisando, para después contemplar algunas figuras que les avanzaban y se iban perdiendo en la lejanía. A esa hora empezaban a aparecer los vestidos de noche en las entradas a las zonas privadas de copas y una suave música trascendía los altos cercados de arbustos que propiciaban la intimidad. Al otro lado, en los restaurantes llenos de luces, preparaban las mesas para servir las primeras cenas de la noche. Adriano y Joanna caminaban cada uno sumido en sus pensamientos, pues esa tarde habían hablado mucho y no se habían puesto de acuerdo respecto a lo que querían hacer en el futuro.

 De pronto un pequeño yorkshire les barró el paso tirando de su larga cadena y ladrando sin cesar. Una mujer morena y con gafas de sol se acercó a cogerlo y al incorporarse y mirarlos exclamó: —¡Vaya, cuanto tiempo que no nos vemos y aquí...!—. Ambos la observaron sorprendidos hasta que reconocieron a la madre de una antigua compañera de clase de Susana. —¿También habéis venido a pasar el día? Es bonito este lugar, aunque nosotros solemos subir hacia la costa de arriba—. Joanna se adelantó a contestar afirmativamente, antes de que pudiese hablar Adriano. —¡Sí, pero ya vamos de vuelta, se nos ha hecho un poco tarde ya. Deberías darle agua a tu perro, parece sediento!—. La mujer miró al animal extrañada y después a Joanna que hacía un gesto de marcharse y la paró. Empezó a hablar de su hija, presumiendo de lo bien que le iban las cosas,  del trabajo que tenía y de la boda tan buena que había hecho. Hasta que llegó al tema que no querían oir...

—¡Y mira qué casualidad...! El otro día vino vuestra hija con su novio a la agencia, para buscar una vivienda en una zona que... Mira me extrañó un poco porque allí son bastante caras, pero sí, he quedado con ellos para mostrarles lo que tenemos. Lo que pasa que no me gustaría perder el tiempo... ¿Me podríais decir si es verdad que el chico se gana muy bien la vida?

Adriano sacó las llaves del coche de un bolsillo y con cara de fastidio empezó a tirar del brazo de Joanna. Ella se alejó un paso y contestó como con prisa:

—¡Disculpa, es mi cuñada no mi hija y la verdad eso debes hablarlo con ellos, no puedo quedarme más...!

Dejaron a la mujer con la palabra en la boca y aceleraron el paso hasta que estuvieron bastante lejos. Aquel encuentro les había puesto de mal humor a los dos. Hacía muchos meses que no sabían nada de Susana, pues ella se negaba a compartir cualquier día señalado con ellos y él mostraba una actitud de soberbia increíble en alguien de su edad. Antes de primavera se habían visto de lejos en un centro comercial y Joanna los vio retroceder y esconderse tras una estantería, así que ellos siguieron su camino sin acercarse. Era un tema que preferían no tocar y estaba visto que ni en Subur se iban a librar del asunto. Joanna, que sabía lo chismosa que llegaba a ser aquella mujer, expuso sus dudas sobre si aquella coincidencia había sido fruto de la casualidad. Adriano desechó la idea enseguida con un gesto incrédulo.

Volvieron sobre sus pasos, pero unas calles antes de llegar se desviaron hacia la casa de Gianni. Las tiendas habían cerrado casi en su totalidad, sin embargo las calles se hallaban iluminadas y atestadas de gente sentada en las terrazas de los bares y también de grupos de transeúntes que aprovechaban el frescor de esas horas para reunirse. La vivienda de Gianni se hallaba encima de su tienda, que hacía esquina y era muy amplia. Detrás de la tienda tenía un enorme espacio que le servía de almacén a la par que había dispuesto una zona para el horno y todo lo necesario para producir sus piezas de cerámica. Y más al fondo, por una puerta, se salía a un gran patio ajardinado donde otras escaleras subían a la parte trasera de la vivienda.

Gianni era alto y delgado, de cabello y barba gris y casi siempre vestía una camisa blanca con unos sencillos pantalones. Vivía solo aunque a veces le visitaban amigos de Italia, que venían a pasar unos días a Subur. Cuando hubieron colocado en el enfriador las botellas de vino, se pusieron delantales para ayudar en la elaboración de la cena que ya estaba bastante avanzada. A Gianni le gustaba elaborar su propia pasta fresca y cortarla dándole variadas formas; y disponía de una serie de utensilios para hacerla, que a Joanna la tenían fascinada. Cuando el pescado estuvo en el horno y mientras esperaban, llenaron las copas de vino y comenzaron a hablar con Gianni del tema que les preocupaba.

25.8.20

Mírame a los ojos XVII


Ya no se hallan las antiguas casas de los pescadores. Los palacetes y las casas modernistas, que levantaron los ricos burgueses y los indianos, discurren, en su lugar, frente a las calas y a lo largo del extenso y amplio paseo marítimo. En los bajos de esas casas y por temporadas, habían coexistido galerías y talleres de pintores y escultores en años anteriores, y se distinguían por las ventanas libres de cortinas para dejar pasar la máxima luz posible. Ahora los restaurantes y heladerías ocupan casi todos esos espacios que dan al mar, podría decirse que los pocos artesanos y artistas que quedan, hay que buscarlos entre las blancas callejuelas colindantes a las que forman el centro más comercial. Aún así, Subur no ha perdido el encanto que posee y cada nuevo día parece el comienzo de una historia diferente.

Por este motivo, entre otros, esa mañana Joanna se sentía feliz después de varios años, tras haber entrado en una fuerte crisis personal. Adriano y ella hacía ya casi dieciocho meses que llevaban su propio negocio y habían conseguido asentarse y hacerlo viable. Joanna con su amplio vestido de flores y sus chanclas de verano, caminaba con energía por el largo paseo mientras saludaba aquí y allá como cada mañana. Llevaba una pequeña mochila en los hombros que había comprado a su amigo David, venido de Guinea Ecuatorial. A ella se le había roto el bolso en uno de sus paseos y él se lo recogió y se puso muy pesado para venderle uno de los que tenía expuesto en su manta. Ella no quería ninguno que llevase marca comercial y le dio las gracias para marcharse, pero él le enseñó esa sencilla mochila y se la quedó. David fue muy simpático e insistente por conocerla y desde entonces y cada día, Joanna se paraba a hablar unos minutos con él.

David le había contado de su periplo para llegar hasta la costa española y de lo que había recorrido hasta decidir quedarse en Subur. Aunque últimamente se sentía bastante decepcionado, porque no veía que su futuro fuese a mejorar. Tenía siete hermanos repartidos por varios países de Europa y uno menor que acompañaba a su madre en Guinea. Tres de ellos se encontraban en Marsella y lo presionaban para que se fuese con ellos. Aquella mañana le explicó que estaba sospesando el volver a su país y después, antes de un año, partir para Marsella. Lo cierto es que el muchacho de piel brillante y blanca sonrisa no parecía temer a los viajes, ni a que lo persiguieran por no tener documentos de residencia. A Joanna le entristeció pensar que no lo vería más, pero lo cierto era que él tenía razón. Ella continuó su paseo matinal pensando en lo dramática e injusta que era la vida para una gran parte de la humanidad.

Cuando volvió a casa, Adriano se encontraba sentado ante el mostrador, concentrado en la pantalla del ordenador como cada mañana. Joanna fue a descargar las bolsas de la compra en la cocina y enseguida se sentó a su lado.

— He recibido una llamada sorprendente. De una antigua clienta de Barcelona, que acaba de abrir una tienda más grande en la calle París. Me ha hablado de las  cajas.

— ¿Las cajas? Las de tus ex-socias querrás decir... ¿pero por qué te llama a ti?

Joanna negó con la cabeza: —¡Adriano escucha, me ha contado que hace años que mis antiguas socias cerraron el negocio y ella cambió a otro proveedor. No me ha llamado por eso!—. Él la miró inquisitivo y ella continuó: —Resulta que alguien que compró aquí, le ha enseñado una de nuestras cajas actuales y le dio mi nombre. Así que buscó mi número y me ha preguntado si podríamos servirle género para su tienda. ¡No quiere las antiguas, sino las de ahora! Y aunque sabe que también vendemos por internet, me ha ofrecido pagarnos el mismo precio que tenemos de salida. Sería como duplicar las posibilidades de venta pero sin acrecentar gastos.

Adriano se quedó pensativo. El negocio les iba bien y disfrutaban de una vida mucho más relajada de la que llevaban antes. Los nervios por el horario, por la carretera y por alcanzar objetivos casi los tenía olvidados. No le apetecía volver a lo mismo y era una de las cosas en la que ambos habían estado de acuerdo cuando compraron la casa. Con internet era fácil dejar el producto en "agotado" cuando recibían demasiados pedidos a la vez y la tienda estaba siempre abastecida. Joanna le había enseñado los entresijos de forrar las cajas, teñir las telas y pegar pequeños abalorios o cintas, y cada tarde los dos se dedicaban a ese trabajo hasta la hora de cerrar. Por las mañanas él se ocupaba de la tienda si ella se iba temprano con sus pinturas y su caballete, y así, combinándose, tenían tiempo libre para los dos aún en la época más fuerte de primavera y verano.

20.8.20

Mírame a los ojos XVI


ERNEST DESCALS
Habían pasado dos semanas cuando Adriano la llamó y le dijo que sí a todo. En su empresa le dieron permiso para coger la excedencia en seis meses y durante ese tiempo aprovechó para preparar el cambio. Con Joanna estudiaron el estado del mercado inmobiliario y cuando estuvieron seguros, hablaron con Alejandra y le hicieron una oferta por la casa. A ella no le sorprendió mucho la decisión, pues había notado un gran cambio en Joanna; hablaron y se dieron tiempo pues no sabían lo que tardarían en vender el piso de la ciudad.

Mientras tanto hicieron los arreglos necesarios en la casa, restaurando lo posible y buscando los nuevos elementos en consonancia para no perder el ambiente que tanto apreciaban. La entrada la abrieron hasta el salón y prepararon las paredes y las luces para exhibir los cuadros de Joanna. En el centro un mostrador y  desperdigadas unas mesas y sillas auxiliares con las cajas decoradas. En el interior de la casa quedó el dormitorio, una habitación de taller y otra que acomodaron como sala de estar, además del baño renovado. A la gran mesa de madera de la cocina le añadieron dos sillas, luego de acondicionar una buena encimera y electrodomésticos nuevos, aquella amplia estancia les serviría de comedor también. En el patio de entrada colocaron piezas de cerámica de Gianni, un compañero italiano de Joanna y él a cambio colocó varios óleos de Joanna en su tienda, ya que como estaban cerca uno del otro, se beneficiarían de esta colaboración con los clientes.

En el piso de la ciudad aún quedaron algunos muebles. Parte de ellos se los llevó Susana junto con su colección de muñecos de trapo, pero no quiso llevarse nada más de tantas cosas suyas de cuando era niña. Así Adriano y Joanna llenaron cajas con juguetes, películas y mil cachivaches y los llevaron a un centro de ayuda a la infancia. La verdad es que resultó arduo recoger tantas cosas y tantos recuerdos, pero por suerte tuvieron unos meses para decidirse y empaquetar. Durante ese tiempo les resultó complicado encontrar un comprador porque la actividad inmobiliaria se movía poco, hasta que un día del quinto mes, una pareja joven les hizo una oferta y llegaron a un acuerdo. Una semana después de coger la excedencia Adriano, ya habían resuelto todos los trámites de las dos casas y de su nueva situación laboral.

A partir de ese momento él se ocuparía de la distribución y venta, tanto por internet como en la tienda y ella de la parte creativa, aunque ambos compaginarían el trabajo en la medida de lo posible. Desde luego los cuadros eran una ocupación exclusiva de Joanna y lo primero que hizo antes de la mudanza, fue pintar dos lienzos, una preciosa marina del mejor rincón de Subur y otro del jardín posterior de la casa con la parra incluida. Fue una sorpresa que su amiga Alejandra supo apreciar en todo su valor, pues le encantaba su manera de pintar y tendría a la vista el lugar de tantos recuerdos compartidos. Las dos habían hablado mucho desde que Joanna se fue a vivir sola y se dieron cuenta de que esa intimidad la habían perdido años atrás, con el trajín cotidiano que cada una había llevado. Alejandra aprendió a estar más atenta a las conversaciones y a los silencios de su amiga y Joanna a compartir sus sentimientos serenamente con ella.

No inauguraron la tienda enseguida, pues era invierno y la temporada más baja del año. Se cogieron unos días de vacaciones y salieron a la aventura con el coche sin un rumbo previo. Esos días los necesitaban después de tanto trabajo y tantos nervios, además tenían ganas de estar juntos y libres para descansar. Fue como un nuevo reconocimiento uno del otro, pues los dos habían madurado en comparación a los años previos de su separación. Parecía que habían perdido la inocencia por el camino y su talante era más serio, pero tal como dijo Joanna cuando lo hablaron: 

—En realidad, pienso que esos mismos problemas que hemos tenido en casa, les ocurren a casi todas las parejas en mayor o menor medida. Simplemente hay cosas, decepciones, que no vemos bien decirlas en voz alta o contarlas y les ponemos un veto incluso con las amistades más íntimas, pero enfrentarse a ellas es lo que nos va modelando el carácter y la actitud ante la vida. Al fin es lo que nos lleva a crecer o madurar y perder ese niño que acostumbramos a decir que llevamos dentro, que no es otra cosa que ir perdiendo las ilusiones. Lo importante es aceptar los cambios y la frustración que conlleva, alejarse de quien no nos aprecia en realidad, porque lo primero que tenemos que cuidar es de nosotros mismos, eso es así... Y luchar para crear y perseguir otras nuevas metas, específicamente luchar contra nuestros oscuros pensamientos ya que a veces estamos tan cerrados y derrotados que no sabemos buscar en nuestro interior. Y por encima de todo ser conscientes y valorar lo que tenemos. Yo siempre he sabido que no te había perdido, lo he sabido todo este tiempo en Subur, mientras esperaba a que tú también te dieses cuenta.

10.8.20

Mírame a los ojos XV


Joanna sospesó mucho lo que quería hacer. LLevaba días meditandolo y recordando las circunstancias que la habían llevado hasta allí. Durante su segundo año de tratamiento, Susana había vuelto a casa con sus maletas hecha un mar de lágrimas. Había discutido con Isra y éste había dado la relación por terminada. Susana se encontró de pronto sin un lugar donde vivir y con unos estudios sin terminar y volvió. No estaba en su carácter pedir disculpas, pero la acogieron igualmente, sin manifestar el lógico recelo a un futuro lleno de conflictos. Y los hubo, dos novios más y los complicados estados de altibajos y preocupaciones. Hasta que llegó el cuarto aspirante, con suficientes ingresos para pagar un alquiler y entonces, un buen día, Susana hizo sus maletas y después de montar otra escena, salió dando un portazo. Joanna había superado aquel torbellino de emociones menos hundida que la vez anterior. Ella misma se hizo fuerte y logró reconducir aquella nueva decepción. Adriano también se había resentido con todo aquel mal ambiente y casi siempre estaba de mal humor. La marcha de su hermana no consiguió calmarlo y las discusiones con Joanna se sucedieron aún sin un motivo aparente. Hasta que ella, con la aprobación de Henar a la que había consultado, decidió marcharse a la casa de Alejandra.

Aquel año pasado en Subur, el pueblecito costero, había resultado como un bálsamo para las cicatrices emocionales de Joanna, a la par que se había ido relajando su relación con Adriano. Tras once meses separados, un fin de semana él apareció en la puerta con dos bicicletas alquiladas y una mochila en los hombros. Prepararon unos bocadillos y pedalearon por el paseo que recorre la línea de la costa hasta Geltria, el pueblo siguiente, cuyo puerto es un punto importante dentro de la pesca marítima. Los pesqueros llegaron por la tarde con las cajas llenas de peces plateados y mariscos rosados, que estuvieron descargando entre ávidas gaviotas y turistas ociosos que los miraron hacer embelesados como ellos. Dos horas después, Adriano y Joanna subieron arrastrando las bicicletas hacia el centro de la población, donde las calles más populares se hallaban animadas de gente que paseaban con el frescor de la tarde y de paso aprovechaban para hacer sus compras. Ellos entraron en una atrayente librería y estuvieron hojeando novedades hasta salir de allí con dos ejemplares nuevos en la mochila. Vagabundearon por plazas y calles y se quedaron a cenar en la terraza de un restaurante que conocían de otros años ya lejanos. Era muy tarde ya cuando regresaron pedaleando de nuevo hacia Subur. No había alma alguna caminando por el paseo, tan solo les acompañó en su recorrido el sonido candencioso que producía el batir del oleaje en el oscuro mar, iluminado en ocasiones por una luna plena y lejana. Había sido un día muy feliz para ambos y al siguiente, tras volver de la playa, ducharse y comer, lo pasaron hablando relajadamente durante varias horas. Hacía años que no habían disfrutado tanto juntos y solos. Así que a la hora de despedirse, lo hicieron con ganas de volver a verse de nuevo.

Aquellos meses anteriores se habían ido sucediendo con mucha soledad para Adriano. De Susana apenas les llegaban noticias, la muchacha había terminado la carrera y después de un tiempo de prácticas había conseguido un contrato fijo en una empresa. No volvió sino en contadas ocasiones a ver a su hermano porque él se lo pedía. Pero al poco de llegar con su pareja, uno al otro se enviaban un aviso por el móvil y hacían ver que tenían que marcharse sin demora. Adriano con semblante de no darse cuenta, los dejaba marchar desilusionado pero resignado, hasta que dejó de llamarla y ella no volvió. Se sintió muy triste en aquella casa que en otros tiempos estuvo llena de risas y alegrías. Echaba de menos aquellos años en que Joanna y Susana llenaban su vida y cada día llegaba a casa deseando encontrarlas después de la jornada de trabajo. Y empezó a comprender el tormento que había padecido Joanna, cuando intentaba retener un tiempo que se le escapaba entre las manos. Ella había intuido el cambio de actitud y él había estado ciego, inmerso en solventar los problemas laborales para poder mantener a la familia. Algunas de aquellas noches había sentido correr alguna lágrima por su cara, mientras sostenía una de tantas cervezas en la mano y sus ojos se hallaban fijos en la pantalla de televisión sin ver nada. No se avergonzó por ello, después de la depresión de Joanna sabía que llorar era una vía de escape necesaria y él se sentía dolido realmente por todo lo que había perdido. En ese tiempo también había hecho algunas salidas nocturnas con amigos, que le parecieron aburridas y sin sentido para él. Además las chicas que conoció en ese ambiente le resultaron superficiales en extremo, así que pronto renunció a seguir con aquello. Fueron días sin afecto, sin ilusiones, sin un motor que le empujase a levantarse de aquel sillón, pero le sirvió para reflexionar y darse cuenta de que tenía que cerrar aquel capítulo de su vida.

Cuando días más tarde de su encuentro en Subur, Joanna subió a Barcelona y habló con Adriano, éste estuvo más receptivo de lo que pudo haberlo estado en meses anteriores. La idea que le expuso Joanna le produjo un gran vértigo, pues era como un salto al vacío y un cambio total sobre todo para él. Aquello le quitó el sueño durante los días que le pidió para pensarlo, era una decisión drástica y definitiva aunque sumamente atrayente.