Los colores, olores y sabores fueron sino los mismos, al
menos parecidos. Llegaron las moscas, las cigarras con su continua chicharrera,
el sopor del mediodía macilento por efecto del calor, los melones con su punto
de sabor a miel, las ciruelas jugosas, los melocotones de agua… Y llegaron las
caminatas por los paseos marítimos, inhalando la brisa del mar a borbotones,
como queriendo dejar ese tiempo parado y extenderlo más allá de las horas y de
los minutos. Aparecieron las paredes cubiertas de flores de las acaparadoras polygalas,
en lucha con espesas enredaderas de brillantes hojas nuevas… en los muros de
las casas se dejaron ver las insistentes buganvillas, fucsia o liliáceas, trepando
sinuosas en busca tal vez del inmenso azul. Las opulentas adelfas invadieron
las aceras estrechas, más intransitables aún por las ramas de los árboles que
alguien se olvidó de podar a tiempo… y las cotorras anidaron en las esbeltas
palmeras, inalcanzables pero dejando constancia de su presencia para niños y
mayores, cuyos ojos cada año buscan ese verde entre el otro verde, guiados por
sus voces estridentes. El verano llegó como había llegado cada año anterior.
Sin embargo, quienes pensamos que sería una repetición más de tantas
otras, nos equivocamos. El mundo y sus gentes estábamos impregnados por el
desasosiego; llegó el mal tiempo con sus lluvias y la bajada de temperaturas,
cuando no tocaba, y se aposentó en nuestros días de verano junto a la
incertidumbre y el miedo silencioso a tantas injusticias que se nos han hecho
cotidianas por repetidas. La avaricia de algunos provocando la ira de otros, la
sangre derramada por los bombardeos, las muertes por accidentes sobrecogedores,
el ébola, la llamada a la lucha por la religión, las políticas asfixiantes, el
hambre, las torturas, los asesinatos,… llenaron nuestras horas dedicadas a mantenernos
informados a través del teléfono móvil o de la televisión. Quedó ampliamente
constatado que el afán de poder y de maldad de los humanos es inmensurable, su
ambición se ha desbordado y la vida en este planeta empieza a no valer nada.
Pero el verano en zonas de paz discurre con una cierta
placidez. Para algunos llegaron las vacaciones, los reencuentros con las familias,
los días de sosiego en los pueblos añorados. También la novedad de ciudades
nuevas, los paisajes exóticos, los atardeceres de postal contemplando como el
sol se oculta bajo el mar… las noches locas de música y fiesta, las mañanas
dormitando sobre la arena, las comidas copiosas y alguna siesta antes de salir
a pasear. Son días libres de obligaciones, que duran menos de lo que uno
quisiera. Y visto el panorama, es mejor vivir el verano intensamente, por si algo lo estropea… porque este año la incertidumbre también estaba veraneando a
nuestro lado. Para algunos este espacio de tiempo ha sido excesivamente corto,
otros quizás ni lo han saboreado. Pero siempre están los niños, para quienes la
vida se centra en otras pequeñas cosas: los amigos, los juegos, los helados,
los misterios que descubren cada día,… Sin olvidar que todo es relativo en esta
vida y este verano ha sido muy dispar incluso en zonas de paz.

