Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad,
los acontecimientos del relato son en verdad, pura ficción
inventada por la autora. 
Me impresionó tanto la presencia de aquella máquina al fondo de la inmensa cocina, hasta el punto que durante un intenso minuto dejé de sentir el ruido de las voces y de los grandes cucharones removiendo sopas y salsas en las enormes ollas aposentadas sobre los numerosos fogones. El potente disco de cuchillas con forma de sierra, aparecía embutido hasta su mitad en una raja, hecha a medida, sobre un amplio y frío mármol blanco. Me volví hacia mi acompañante intentando disimular los crecientes latidos que mi corazón había comenzado a producir ante aquella verdad revelada.
—No acierto a comprender la utilidad de este aparato tan grande ¿no les suministran las piezas en la medida necesaria para su utilización?
—En realidad, sí. Pero se trata de algo más que un capricho de mi jefe, no es desconocido para el público que por un cierto tiempo estuvo estudiando, en diversos países, el arte de las diversas técnicas que existen para cortar la carne. Hay cocineros que han intentado imitar algunos de sus platos y no lo han conseguido, simplemente porque el secreto no estaba en la guarnición ni en las salsas, sino en el modo en que se había fileteado la ternera, el cordero, o cualquier otro animal, según haya sido el caso. Él mismo se encarga de escoger las grandes piezas en el matadero, y a última hora, cuando nos hemos ido todos, las trocea en el modo adecuado para el menú del día siguiente.
—Entonces, es de suponer que cada día desechan bastantes residuos crudos aparte de los restos de comida que dejan los clientes ¿Quién se encarga de retirarlos?
— Ezequiel se ocupa de ello. Vacía los cubos en un camión que tenemos ante la puerta trasera y él mismo lo conduce, a última hora de la noche, hasta una empresa que lo tritura y convierte en pienso para animales. Y mire usted por donde, aquí tenemos al protagonista de la conversación. Buenas noches Ezequiel.
Un hombre rudo, de unos cincuenta y muchos años, con un mono azul marcado por diversas manchas, imposibles de determinar el origen, nos miró de través con desconfianza mientras cogía uno de los cubos, arrastrándolo, para después desaparecer por la mencionada puerta trasera.
—No le haga caso, he de decirle que es mudo, aunque no sordo, oye perfectamente. Algo de las cuerdas vocales, parece ser que de nacimiento. No se trata con nadie, pero tiene delirio por el jefe pues babea como un perrillo faldero cuando está a su lado. Creo que se dejaría matar por él si fuese necesario. Yo creo que su cerebro no se acabó de cocer cuando nació y de resultas, sus instintos son bastante primarios.
—Volviendo a la conversación, deduzco, por lo que me ha contado, que ningún cocinero está presente cuando Mario Torres utiliza esta sierra. Que se trata de uno de sus secretos de cocina.
—En efecto. Así es.
— ¿Y Ezequiel?
—No podría confirmárselo, pero la creencia general es que es él quien le ayuda. Mover esas piezas tan grandes no es cosa fácil para una sola persona.
Me despedí dándole las gracias efusivamente, por aquel recorrido por las interioridades de la cocina de El Bullicio de la Rambla. Pocos clientes pueden presumir de haber tenido este privilegio y en mi caso puedo asegurar que no hubiese disfrutado de él, sin el carnet que el director de un destacado periódico, amigo mío, había tenido a bien prestarme para este caso. Un caso producto de mi curiosidad como detective. Nadie me ha contratado y de nada van a servir mis deducciones pues Mario Torres es un restaurados con dos estrellas Michelin y está sentado en la cima del mundo en lo que a alta cocina se refiere. Si la policía y los jueces se decidieron, en su día, a archivar el caso, sus buenas razones tendrían. Las dificultades por la falta de pruebas y el renombre del chef ayudarían a dar carpetazo a un asunto políticamente molesto por la relevancia internacional del personaje y porque su imagen había aparecido en momentos puntuales de la anterior campaña electoral.
Un también afamado crítico de restauración, enviado por la guía Michelín, había desaparecido unos meses atrás y la última vez que se le vio fue en El bullicio de la Rambla. Al parecer se trataba de un gran amigo de Mario Torres, pero un abrazo olvidado al recibirlo y un frío intercambio de manos, antes de sentarse ambos a la mesa esa noche, llamó la atención de los camareros. La velada no había sido precisamente plácida para los dos comensales, según se desprendió de las declaraciones de algunos clientes que se hallaban allí esa noche. Se les había visto discutir en el transcurso de la cena y Mario se retiró a la cocina antes de los postres. El crítico no tuvo inconveniente en continuar allí mientras tomaba notas en una pequeña libreta y siguió sentado paladeando un viejo armañac cuando ya el local se hallaba vacío y el último camarero echaba el cierre a la puerta acristalada. Torres declaró que salieron por la puerta de atrás y tras un largo paseo y una razonable conversación, se despidieron amigablemente a unos pasos del hotel donde se hospedaba el enviado por Michelín. En el hotel nadie recogió su llave, sus ropas y sus maletas continuaron en la habitación mientras los diferentes medios se hacían eco de su desaparición. Y esta es la historia, hasta el día de hoy para el resto del mundo, no ya para mí. Considero innecesario afirmar que me mantendré prudentemente alejado de las puertas de dicho restaurante, pues esa sierra infernal y la maligna mirada que me dirigió Ezequiel no son más que tema para una terrible pesadilla.