— Ayer encontré una casa deshabitada. Es muy
misteriosa ¿quieres venir conmigo a verla?
— ¿Está muy lejos? Si mamá se asoma a la ventana
y no me ve en la calle, saldrá a buscarme.
—Si vamos y volvemos corriendo no se dará cuenta,
pero me tienes que guardar el secreto. Si lo cuentas en casa te acordarás de
mí. No lo digo en broma.
Elena se estaba muriendo de ganas por ver con sus
propios ojos el motivo de tanto misterio, así que los dos niños echaron a
correr por las calles inmediatas hasta que llegaron a un descampado. Allí solo
crecían amagos de arbustos, polvorientos y diseminados por aquí y allá entre
malas hierbas y restos de escombros. La niña estaba cansada y sudorosa y paró a
coger aire mientras alzaba la vista a lo lejos. Un grupo de casas viejas y solitarias
fue lo único que distinguió y agarrando con fuerza la mano de su hermano le
confesó que tenía miedo.
— ¡Si no hay nadie! Son las once de la mañana. La
gente se ha ido a trabajar temprano.
— Por eso tengo miedo. Mamá dice que en lugares
como estos matan a la gente para robarles.
— ¡Que miedica eres! No eres más que una niña
tonta, quédate aquí mientras me acerco yo solo.
Ella se quedó quieta y temblando a pesar de la
cálida temperatura de verano. No deseaba quedarse sola y llena de rabia se giró
para volver a su casa, pero apenas había dado dos pasos cuando distinguió la
figura de un hombre que venía caminando hacia el lugar en donde se encontraban.
El miedo irracional de sus siete años la hizo volver junto al niño que se rió
de sus temores. No había otra opción así que siguió caminando junto a él hasta
llegar a la altura de las primeras casas. Allí vivía gente. Una mujer tendía
ropa en una cuerda sujeta a una pared blanca algo desconchada. Aquello le dio
seguridad. Si ella puede vivir aquí -pensó- es que nada malo ocurre en estas
casas. Justo en ese momento el hombre que les seguía pasó junto a ellos y sin
mirarlos se dirigió, llave en mano, a la puerta de una de las casas blancas y
entró en su interior.
— ¡Camina más deprisa, Joanet, que se hace tarde!—
espetó a su hermano, ya más aliviada.
— Ahí está la casa. ¡Mírala!
Otra casa blanca, un poco más alejada, pero más
grande que las otras y medio derruida. Cerca de la entrada unas piedras
ennegrecidas se hallaban puestas en círculo y en su interior reposaban los
restos de una fogata nocturna. Los goznes en el quicio dormitaban sin el peso
de una puerta que prohibiera el paso a los dos hermanos, así que ambos entraron
cogidos fuertemente de las manos. Avanzaron con pasos quedos, observando en la
tenue penumbra, cuidando de no hacer ruido. El corazón de Elena latía tan
fuerte que la niña sentía todas las palpitaciones retumbando dentro de su
pequeño cuerpo. A su alrededor iba descubriendo muebles viejos y abandonados de
todo cuidado, una mesa se hallaba caída en el suelo, alguien en algún momento,
le había arrancado una pata y le había desencajado otra.
Cruzaron hasta la siguiente habitación, esta se
hallaba extrañamente iluminada por la bombilla de una lámpara que colgaba del
techo, las ventanas estaban cerradas con postigos marrones. Una vieja cama se
encontraba cubierta con ropas de todo tipo en un lío absoluto. Elena no paraba
de mirar la bombilla con recelo y con un gesto y voz muy suave le susurró
a Joanet:
- ¡Vámonos! Aquí hay gente.
- La encendí yo ayer por la tarde. No hay nadie.
En silencio y con un dedo en los labios el niño
le señaló, también, la ropa que había en los cajones abiertos de una cómoda
vieja. Ella ya no se sentía muy segura con todo aquello, más caminó hacia
la siguiente habitación. Aquella se hallaba bañada con la luz de la mañana que
entraba por una de las paredes medio caída. Un objeto enorme reposaba bastante
torcido en el centro de la estancia y una especie de tapa, grande y rota, se
encontraba apartada a un lado de aquel objeto. En el interior de aquella gran
caja de madera, alargada y caprichosamente curvada, aparecía una larga fila de
cuerdas tensadas, cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto
extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y
rojo. Elena casi se sentó en él, pero en ese momento su hermano cogió un trozo
de rama que había en el suelo y mirándola con ojos brillantes, declaró:
— Esto es lo que quería enseñarte ¡escucha!
Pasó la rama por encima de cada una de aquellas
cuerdas tensadas y comenzó a oírse un tremendo chillido, agudo y grave a la
vez, que inundó todos los rincones de la casa. La niña saltó espantada y echó a
correr hacia la salida sin mirar atrás. Cruzó entre las casas blancas seguida
por Joanet, corrió por el descampado sin pararse y continuó corriendo entre las
calles, detrás de su hermano que con su largas piernas y el cuerpo desarrollado
de un chico de once años, había logrado adelantarla a pesar del miedo que
aligeraba la carrera de la niña. Cuando Elena llegó, exhausta y acalorada, su
madre esperaba de pie junto a la puerta del edificio.
—¿Dónde estabais? ¿Qué os ha pasado que venís
así? Llevo un rato buscándoos. ¡Elena, mira como llevas el vestido!
— Hemos estado haciendo carreras— mintió.
Su hermano simplemente sonrió y le guiñó un ojo.


